La barra

 


Alejandro José López Cáceres

 


A Umberto Valverde

 


La que me hizo el gordo Reinaldo nunca la voy a olvidar. Todos los viernes nos encontrábamos en la salsoteca Zippo’s Passion y nos instalábamos en la misma esquina de la barra, atentos, simpáticos, resueltos incluso con cuanta hembra se apareciera sola; y como corrían tiempos de liberación, llegaban bastantes. Algunos decían que el sitio no era gran cosa; pero la música, hermano, eso sí era melodía. Ahí no estaba permitida la melosería romanticona que ponen ahora en la radio: nada de merengues ni vallenatos; el reguetón y el hip-hop, a kilómetros. Eso era un santuario. De Richie & Bobby lo que quisieras, lo mismo que de la Fania, Lebrón brothers, los finaditos Héctor y Celia; en fin, vos sabés. O sea, que de lo último que sonaba, muy poco. Excepto Los Van Van y eso no hay que explicarlo: el mérito habla solo.
¿Y quién fue llegando? Un terremoto de mamacita. ¿Y dónde se parqueó? Aquicito no más, en la mitad de la barra. La chequeé ahí mismo: jeans negros, blusa roja bordada en rojo, de flores, manga larga y cuello alto. Los collares iban por fuera y vos le pillabas la clase de una. Le miré los pies y claro, tacones negros, altos, destapados. ¿Las uñas? Pedicura escarlata con grabados brillantes. A lo que pude despabilar, me volteé hacia el gordo Reinaldo y estaba en las mismas.
—Cerrá la boca, que se mira es con los ojos —le dije.
—No, pues, menos mal que vos la tenías muy cerrada, ¿sí o qué?
—Tocó brindar —propuse exaltado, levantando una copa de ron y pasándole otra a Reinaldo—; a ver si el niño Dios me trae una de esas.
—Yo conozco esa hembra.
Eso era lo que me enverracaba del gordo: lo bocón. Nunca lo había visto engancharse a ninguna; pero, según él, mujer que no tumbaba la dejaba al menos chapaleando.
—Ya vas a dañarle la reputación a la pelada —me le planté—; mínimo me salís con que te la vacilaste. O que es fufurufa…
—En serio, Kike, la historia de esa hembra debe de ser tesa.
—Cómo así que “debe de ser”. ¿Viste? Vos sos un inventón.
Me dio piedra con Reinaldo. Si iba a echar cuentos, pues que los armara bien; pero que no me creyera pendejo. Tomé entonces la decisión: le caería a la mamacita de una, sin preámbulos.
—¿Bailamos?
—Bueno.
Sentí que la suerte estaba de mi lado cuando oí la descarga de percusión y trompetas con que arrancó el disco. Mucho tema. De todos modos, empecé a bailar suave, cadencioso. A las hembritas elegantes nunca les han gustado los manes arrebatados. Me dediqué fue a admirarla, con disimulo: tenía el cabello negro, largo, ensortijado. ¿Los ojos?, color miel. La boca sí tuvo que haber sido que mi Dios se dedicó a perfeccionársela porque era un milagrito colorado. “La temperatura sube, sube… Sube la temperatura”.
—¿Y vos cómo te llamás?
—Samia.
—Mucho gusto, yo soy Enrique —le sonreí—; pero mis amigos me dicen Kike.
La danza estaba bacanísima. “Que-sube-la-tempera-que-sube, sube, sube-la-tempera-que-sube, sube, sube… Sube la temperatura”. Ahí fue que traté, entre un paso y otro, como sin más, preciso antes de empezar a hacer las vueltas, de deslizarle casualmente mi mano por la espalda; pero Samia se pegó una timbrada tenaz, se quedó parada en la mitad de la pista y me miró ofendidísima. Yo me alcancé a asustar:
—¡Qué te pasó!
—Si no querés que te deje bailando solo —refunfuñó—, no me volvás a tocar así.
Quedé tan achantado que el resto del disco lo terminé fue de puro caballero. Después me fui a mi sitio, callado. Reinaldo me recibió con un trago. Me di cuenta de que se la había pescado toda apenas me soltó la pregunta a quemarropa:
—¿Qué te dijo?
—No, nada, que estaba como indispuesta…
—Huy, sí, y yo soy Brad Pitt…
—Dejá de ser insidioso, gordo —lo frenteé duro—; parecés una vieja arrabalera.
Preferí cambiar de tema; de cualquier manera, Reinaldo era amigo y no valía la pena amargarnos el rato. Pero la noche como que estaba para chascos, porque un estruendo ni el verraco tachó de repente la melodía, me espantó el zumbido del enojo y puso a todo mundo pilas para la huida. Claro que la calma regresó de una. Simplemente, un mancito que se había emborrachado en la otra punta de la barra se quedó dormido con los brazos y la cabeza sobre el mostrador. ¿Y entonces? Pues que esa mierda se le desfondó. A cual más se tenía la barriga de la risa. Los de seguridad corrieron a alzarlo, bajaron las escaleras con él en guando y lo sacaron a la calle. “La pelea y el bochinche… No me hacen falta, no me hacen falta”. Lo encaramaron ahí mismito en un taxi. Mientras tanto, una montonera de gente nos apretujamos en las ventanas para curiosear al pobre imbécil. “Tirijea para allá, que tirijea para acá, ay, no, no… No me hacen falta”.
A lo que quisimos retomar la rumba, pillamos a los del personal de Zippo’s Passion recogiendo la escombrera, apurados. Yo no había caído en la cuenta antes de que el local fuera una antigua bodega. La acondicionaron pintando los muros de azul encendido y rellenándolos con afiches de orquestas y cantantes. La cosa era que el pedazo de barra que se había desbaratado dejaba al descubierto el interior del bar: zócalos descascarados, envases desocupados, baldosas cuarteadas, refrigeradores remendados, cables enmarañados. Me dieron ganas de mirar para otro lado, pero descubrí que las mesas también tenían su historia: la superficie y la base eran de madera, redondas, simétricas; estaban unidas entre sí por un cabo muy grueso en posición vertical; y las habían rodeado de butacas sin espaldar. Mejor dicho, antes que mesas habían sido tubinos industriales para enrollar alambre.
—Mucho güevón —oí que dijo Reinaldo.
—Más lo serás vos…
—Calmate, hombre —me interrumpió—, que estoy hablando es de ese pinta que se emborrachó.
—Ah, eso sí.
—Esa es la vida, viejo Kike —siguió con su comentario—; el que se duerme, pierde.
Francamente, me dio pena con el gordo porque ahí se me había echado de ver lo prevenido, y pues tampoco daba para tanto. Queriendo tranquilizarme, busqué el centro de la barra. Allá seguía Samia, mamita rica, sentada, moviendo los hombros, dulzurita malgeniada llevando el ritmo, ¿quién se atreve? Este pecho:
—¿Bailarías?
—Ajá —me contestó con esa boquita colorada.
Concentración: tenía que ponerme en la jugada para no dar pasos en falso. Nada de movimientos indiscretos, cero comentarios. “Azuquita en tu cintura, tú tienes mami al andar… Que me causa sabrosura, y me suele trastornar...”. Se movía como si el fin del mundo fuera a ser mañana, como si se hubiera convertido en el último bomboncito de lujuria que nos dejarían ver a los viciosos de esta tierra. “Azuquita, mami, azuquita pa’ mí... Pero dame un poquitico, no me hagas sufrir”. ¿Y yo? Tremendo caballero, mirando de reojo, callado, antojándome de ricura; pero serio, llavería, hasta que ella misma se decidió a hablar:
—¿Y vos a qué te dedicás?
—¿Yo? Estudio —dije sin pensarlo.
Me quedé atento por si mostraba alguna curiosidad, dispuesto a complementarle el dato. Silencio: continuó bailando así, delicioso, como ella sabía, como si nada; en fin, entendí que no tenía interés en seguir la conversación. Apenas se acabó el disco, volví a la barra.
—Eso sí es lo que se llama elegancia —anotó Reinaldo ofreciéndome otro ron—; tiene porte de princesa, ¿sí o qué?
Me pareció justo bajar la guardia, cogerla suave con el gordo, llevarlo bien. Le busqué tema:
—Vos por qué decís que la historia de ella debe de ser tesa.
Ahí fue que me soltó la película:
—Yo la conocí una noche que estábamos rumbeando; eso fue en uno de los bailaderos que quedan en la avenida sexta.
»La hembrita llegó como siempre, con su estampa, y claro, más de uno le echó el ojo. A mí me habían invitado unos compañeros de trabajo que eran novios y yo les dije bueno, pero eso sí de cartera yo no voy, les toca conseguirme pareja. ¿Vos le ves problema a eso? Pues sí, porque ustedes en lo suyo y yo colgando jeta, ¡qué pereza! Nada de nervios, Reinaldo, nosotros lo resolvemos. Dicho y hecho, por la noche me les parqueé en la mesa, a esperar porque no aparecía la otra pelada. No te preocupés, que mi amiga no demora. Y el mancito: seguro, mi socio, además, sin demeritar lo presente, esa muchacha está como quiere. A la novia como que no le gustó el comentario, digo, porque puso cara de escopeta. Yo me quedé callado, quién se iba a andar metiendo, ¿sí o qué? Bueno, etcétera, el punto es que la hembrita llegó».
¿Qué podía seguir? La fantochería del gordo, obvio; pero conmigo, a kilómetros. Lo corté ahí mismito y se la monté feo:
—Dejame adivinar el resto. Apuesto a que te la bailaste todo el rato, luego te la llevaste a recorrer la ciudad y a la final resultó que era ninfómana.
—Ni más que fuera, viejo Kike, se te agradecen los buenos deseos, porque esa es la suerte que yo me merezco. Desafortunadamente, las cosas no fueron así.
»Después de la presentación, del qué pena con ustedes, casi que no vengo porque me tocó resolver un problemita, y del tranquila, nosotros no hace mucho que llegamos, pedimos una botella de aguardiente Blanco. Nos clavamos el primer trago y yo pensé listo, a bailar se dijo. Me fui parando, cuando, ¿cómo? Se asoma un pinta a la mesa, dizque convidándola, y Samia que bueno, a la pista de una, con sonrisita y todo. La tirria mía no era poquita, pero qué más podía hacer sino contemplarla, risueña, con sus collares, su blusa negra de cuello alto, manga larga, princesa lejana, rumbeando con otro, ¡qué piedra!».
No recordaba haberlo pronunciado. Le eché cabeza y no, no le había dicho. O sea, que si el gordo se sabía el nombre, era porque la conocía de antes. “El rey de las fechorías, ayer me dijo Facundo…Todo el mundo lo conoce, óyeme en el bajo mundo”. Claro que había algo más convincente todavía: conociéndome a Reinaldo, oírlo contar esa historia en la que él mismo perdía, se me hacía raro; no demoraba, eso sí seguro, en meter la parte donde se volvía héroe, donde agarraba a trompadas al intruso y rescataba la princesa. “En su mundo, mujeres, fumada y caña… Atracando vive Juanito Alimaña”. A estas alturas del partido, preferí tomarme las cosas con calma; menos mal que no fue sino echarle un ojito a Samia y ya: serenidad, ricura, buena onda.
—¿Y entonces?
—Pues no me vas a creer —dijo el gordo—, que se acabó el disco y los dos se vinieron para la mesa.
»Yo me timbré, cómo así, ni por el verraco, a quién le va a gustar que lo cojan de marrano; mejor dicho, si tocaba voltear con el pinta ese, qué se le iba a hacer. Pero el amigo mío estaba en la jugada y se me arrimó al oído. No te vas a acelerar, Reinaldo, que a la final vos ni conocés esta hembra, y si salió faltona eso es problema de ella. Listo, te lo acepto con una sola condición: este mancito no se me toma ni un trago de la botella. Estoy de acuerdo, me parece justo. Y entonces fue que el otro nos dejó fríos, porque saludó muy amable, pidió permiso para sentarse y mandó a traer güisky para todo mundo. Como le pillaron el acento extranjero, las peladas le preguntaron que de dónde era: de Siena, una ciudad italiana; que hace cuánto había llegado: cuatro meses, más o menos; que cómo se llamaba: Luchino, mucho gusto. De ahí para allá, nada que hacer, digo, porque él se portó a lo correcto. Samia se la pasó feliz, bailando, coqueteándole todo lo que pudo, y yo, a la hora de la verdad, terminé agradeciendo su presencia. Mirá: si el italiano no aparece, lo que le pasó después me hubiera tocado a mí, o sea que estuve fue de buenas, ¿sí o qué?».
Reinaldo logró intrigarme con su película, tanto que llevaba yo un buen rato sin bailar y ni me había dado cuenta. Sentí ganas de ir al baño:
—Ya vuelvo —le dije.
—Todo bien.
Cuando venía de regreso, pesqué una jugada extraña: en la mitad de la barra, el gordo estaba charlando con Samia. Me puse pilas y disminuí el paso, tratando de averiguar cuál era la marrulla. Lo malo fue que Reinaldo me alcanzó a ver y se devolvió de una para la esquina con su carita de cretino.
—Cómo es la cosa con la hembrita.
—Nada de nervios —me aseguró mientras servía las dos copas de ron—; sencillamente, ella miró para acá y me reconoció. O sea, que me tocó ir a saludarla.
Preferí dejar el tema así para no cortar lo otro:
—Bueno, y en qué paró la cuestión con el italiano.
—Pues qué te digo —continuó con ese tonito fastidioso, mitad soberbia y mitad malicia—, prácticamente en un fiasco.
»Igual que en los demás bailaderos de esta ciudad, a las tres de la mañana prendieron las luces y nos trajeron la factura. Como el tal Luchino andaba tan entusiasmado con Samia, nos dijo tranquilos, yo los invito. Y mi amigo: no te preocupés, que nosotros pagamos la botella de aguardiente. Que cómo se nos ocurría, que nos dejáramos atender, que le permitiéramos ese gusto. Nadie insistió más porque nos dimos cuenta de que ese pinta iba era con todo por la hembrita. Ahí fue que volteé a mirarla y me llevé una impresión brusca: aunque seguía igual de linda, tanta iluminación le había desbaratado el encanto de su arrogancia, y te lo juro por mi Dios bendito que hasta la pillé temblorosa. Después, tan pronto como el italiano se ausentó para cancelar lo que habíamos consumido, vimos que Samia salió huyendo despavorida. Tratamos de atajarla, de pedirle que se despidiera al menos, ¿sí o qué? Pero nada, mi socio, nos tocó resignarnos a contemplarla corriendo calle abajo, horrorizada, como alma que lleva el diablo».
Me quedé extrañado con la historia; y por más que traté de recuperar el entusiasmo, una especie de amargura me carraspeaba por dentro y se me tiraba el ánimo. Sinceramente, la imagen de Samia escapándose amedrentada era demasiado chocante. Yo me descompuse de una manera tenaz; tanto que ni siquiera la buena melodía lograba recuperarme. “Usted abusó, de mi cariño usted abusó...”. Sentí que debía botarle corriente a las cosas, que necesitaba entenderlas para sacarme de encima la mala onda; o sea, durante un rato largo estuve tratando de atar cabos. “Sacó provecho de mí, abusó”. Hasta que se me ocurrió volverme hacia la mitad de la barra, y fijate lo que es la vida, llavería, no fue sino concentrarme en Samia y todo se me iluminó. Claro, cómo no se me había ocurrido antes, la hembrita tenía su problema, por eso andaba siempre con blusas de manga larga y de cuello alto, por eso mismo se timbró tan feo cuando le pasé mi mano por la espalda, vos sabés, debía de tener una cicatriz aterradora, o algo por el estilo; pobre italiano, estaba era perdiendo su tiempo porque no iba a conseguir nunca lo que buscaba.
Luego de echar cabeza, me sentí mucho más tranquilo; mejor dicho, le había pescado el sentido a esta cuestión. Lo malo fue que bien rápido se me apareció otro dilema. ¿Le compartía el dato a Reinaldo? Antes de que se me alargara la duda, preferí contarle mi descubrimiento:
—Yo sé qué es lo que le pasa a esta pelada.
Para mi sorpresa, el gordo ni se interesó; simplemente, se limitó a mirar su reloj y ahí mismito le entró el afán:
—Pero me lo explicás en otra ocasión, viejo Kike, porque ya me tengo que ir.
Nos tomamos un ron de despedida, apurados, y él se fue. Pensé que lo mejor sería relajarme para disfrutar el último pedacito de noche que me quedaba en Zippo’s Passion. “Siento una voz que me dice: agáchate que te están tirando”. No habían pasado ni tres minutos desde la salida de Reinaldo, cuando Samia que se va yendo también. Esta vez, viéndola caminar hacia las gradas, ya no me pareció tan elegante. Algo en sus movimientos se me hizo demasiado evidente, incluso un poco vulgar; de todos modos, no quise dejarme llevar por esa impresión porque a lo mejor estaba ya prevenido con tanta cosa: que si el italiano, que si la cicatriz, que si los misterios del gordo. “Siento una voz que me dice: agúzate que te están velando”.
Me asomé a la ventana con intención de divisar a Samia mientras se iba, sin saber que la jornada me tenía reservado algo más; porque no fue sino que ella saliera a la calle para que un pinta la abordara cariñoso, atento, resuelto. ¿Quién podía ser? Lo reconocí inmediatamente, condenado gordo del infierno, dizque todo simpático, tratando de pasarle el brazo sobre los hombros; pero nada, llavería, la hembra se le zafó rapidito. Después noté que charlaban de modo amigable, discreto; parecían estarse poniendo de acuerdo porque él insistía y ella se negaba sin mucho convencimiento. Traté de concentrarme a ver si lograba distinguir el tema de la conversación. Observé que Reinaldo consultó su billetera, asintió con la cabeza y sonrió; ahí fue que ella se dejó agarrar la mano y el maldito gordo la besó. Luego, pues qué te digo, lo que era de esperarse, abordaron juntos el mismo taxi, vos sabés. A lo que regresé a la barra, los de la salsoteca prendieron la luz y me pasaron la cuenta. Miré por última vez hacia las mesas. Me parecieron horribles porque se les pillaba de una que eran tubinos industriales para enrollar alambre.


Alejandro José López Cáceres (Colombia).
Ha publicado un libro de crónicas: Tierra posible, otro de ensayos: Entre la pluma y la pantalla: reflexiones sobre literatura, cine y periodismo, y uno más de cuentos: Dalí violeta. Dirige la Escuela de Estudios Literarios en la Universidad del Valle.


www.odradekelcuento.com

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