Que pase el siguiente

 


Gustavo Gómez Vélez

 


Una historia clínica

 


Tendido en lecho de enfermo miraba yo el Metro que pasaba a través de la ventana. Mi habitual habitación 307. Era ya el cuarto día de mi permanencia en la Clínica. Estaba pues viviendo allí, como en la quietud del jaguar, como interpretaban los Mayas; observando mi ritmo interno, su leve cosquilleo.
Eran las tres de la tarde de un jueves caluroso, cuando me anunciaron una nueva visita. Pregunté a una dama de blanco que de quién se trataba. “Dice llamarse Ernesto”.
Dejé que pasara. Primero, Ernesto me observó desde la puerta. Tenía los cabellos rizados, cosa que me llamó mucho la atención ya que la última vez, cuando él pasaba por el estado de lechuza, llevaba el cabello engominado. Le señalé la silla con mi acostumbrado movimiento suave de la mano. Vino a sentarse sin decir nada aún. Se limitó a mirar la bolsita de suero.
—Gracias por venir —dije.
—No hay de qué —respondió mirando la pantalla del televisor—. Pensé que era la única forma de hablar contigo —se aventuró, observando las frutas sobre el nochero—. Creo que me haces un favor al enfermarte —continuó, ahora viéndome a la cara—. Lo digo porque hace rato quiero hablar y no había podido hacerlo por tus ocupaciones. Además no se lo contaría a todo el mundo. Espero que no te moleste mi charla.
—Creo que no. Mientras a mi sangre no le de por detenerse del todo. Además, es normal que los que vienen a visitarme tengan que hablar ellos. Los pensamientos que me rondan van como en rillenti.
—Entiendo. De todos modos seré breve; imagino que viene mucha gente a verte y el tiempo es corto.
—Adelante.
—Primero quiero disculparme contigo por lo de la última vez, debes recordarlo, mi estado de lechuza. Esa vez tuviste que hablar toda la noche. Yo en cambio tenía las palabras represadas en los ojos, ya sabes. Y fue porque el día anterior le había soltado todo a Mirella. Todo, como se dice todo. En verdad andaba en estado de lora o guacamaya, qué sé. Y hablé y hablé; le hice un recuento de lo que había sido nuestra relación. Fue traumático para ellas. Y cuando dije la última palabra fue como si nada más tuviera que decir por el resto de mi vida. Por eso cuando me viste esa noche, ya la lechuza me había armado su nido. El mutismo total.
—Suele suceder —dije—. Luego de soltar tantas emociones uno queda sin aliento.
—Sí, algo así. El caso es que Mirella se fue. No pudo soportar tanto silencio mío. Que por qué le había dicho lo bueno lo malo y lo feo, y que después nada. Que estaba conmigo. Pero me lo dijo al otro día cuando yo ya no hablaba y lo siguió diciendo al segundo día, que ella me quería y yo nada, hasta que a la semana ya ni me lo decía, y comenzó a ponerse neurótica; se le caían los platos y yo ni mu. Hacíamos el amor y yo ni mu, y ella gritaba más fuerte que nunca y yo ni por dentro podía gritar. Y entonces dijo: “¡No aguanto este monólogo! Ocho días haciendo monólogos. Me voy a vivir con mi mamá, por lo menos ella habla, aunque sea para echarme cantaleta...”
—Imagino, Ernesto, que ¿después le hablaste?
—No. Nada. Lo que pasó, fue que se me empezó a salir el perro. Creerás que son cosas mías, pero fue cierto. Mirella me seguía llamando para ver si ya estaba hablando y le contestaba, pero no quería hablar, de modo que dejó de llamar un tiempo. Después me vinieron los latidos. Escuchaba latidos por todo el apartamento, luego los escuchaba cerca a los oídos y ya sin darme cuenta me estaba latiendo el corazón, fuertemente. Me alegré al principio, porque ya estaba cansado con lo de la lechuza dentro y ese mismo día la sentí aletear, como posándose en mi hombro para echar vuelo. Descansé, te digo que descansé de ese silencio mío tan insoportable, tan poco socializador.
—Pero siquiera Ernesto...
—¡Siquiera! ¡Hombre! Si supieras. Muy grato al comienzo; librarse de la intrusa, de la lechuza quiero decir, pero después no tuve tiempo de disfrutarlo. Ese perro ya había dado las tres vueltas y se me había echado adentro. Y ¿sabes qué hice? Llamé a Lorena. No la veía desde que vivía yo con Mirella. Se sorprendió Lorena porque yo nunca la saludaba cuando iba con Mirella. Yo le dije que yo estaba donde estaba, pero que en el fondo la recordaba mucho. Fue una suculenta conversación la que sostuvimos. Hasta le aseguré que Mirella era parte de mi pasado y que me importaba lo nuevo, lo que podía venir para los dos. Hasta me dio por pensar en que a Lorena también se le salía la zorra de vez en cuando, pero no. Al fin ella siempre estaba muy pendiente de mí. De modo que le di en el clavo. Para hacer el encuentro más suave, invité a Roberto y a Lía, así el asunto era de fiesta cordial, de seriedad y de todo por la vía diplomática. Eso lo olfatee desde antes, quizás el latido me ayudó. Hicimos lasaña, tomamos vino y escuchamos música romanticona y unos cuantos boleros para ir apretando los cuerpos y, así, nos dieron las dos de la mañana y Lorena hizo amague de irse, entonces fui por su chaqueta, y ella como pensando que yo la iba a detener con un “no te vayas todavía que la noche es joven”, pero ese no era mi estilo, y le puse la chaqueta despacito, muy despacito, le tomé las manos, acomodando su cuerpo y cuando ella no sabía qué hacer, fue que se me salió el perro en todo su furor y le olfateé la orejita mientras le arreglaba el cuello y me fui yendo, lamiendo, lamiendo y ella se fue quedando, quedando toda la noche.
Hubo una pausa. Ernesto observó a una dama de blanco que entró a la habitación para suministrarme otra dosis de anticoagulante. Miraba a la enfermera en todos los movimientos, pero no tenía esa mirada perruna, de la que hablaba hace un minuto. Así que tomé el hilo de su charla.
—Y bueno, ¿en qué paró lo de Lorena?
—La verdad es que no duró mucho. Era divertida, diligente, pero un perro es un perro, y el que me poseía en esos días era bien faldero. Apareció la negra Irene. Te cuento que la lengua se me agitaba de repente, salivaba todo el tiempo, me ponía a caminar por la sala del apartamento y sin pensarlo, terminaba dándole vueltas a la misma silla donde finalmente me sentaba. A la negra Irene la conocí tomando el autobús. No quiero hacerte largos los detalles. No era tan negra, algo trigueña más bien. Tenía porte, unos veinte años, algo pequinesa, cabellos largos, llena de redondeles, firme, circularidad por todo el cuerpo. Te juro que yo no lancé el primer zarpazo. Ya me dirás, “con ese nadadito de perro...”, pero no, fue culpa de la glorieta de San Juan. Ya nos habíamos visto otras veces, pero esta vez tuve la oportunidad de sentarme a su lado, al lado de la ventana, y ella a la orilla. No tenía intenciones de modular una palabra. Eso sí, la miraba por los retrovisores que tenía enfrente. Creo que el chofer también la miraba. Pero al llegar a la glorieta, la negra perdió posición en la silla, su cuerpo torneado intentó irse a pique, tuvo la fortuna, y yo también, de agarrarse a mi chaqueta, la fina chaqueta de cuero que me regaló Lorena, bien agarradita, pues el giro fue prolongado. La miré complacido. Ella no tanto, más bien estaba sonrojada, me dijo perdone señor, qué pena. Y yo, no se preocupe, fue una curva a mi favor. Y no me trate de señor. Me llamo Ernesto. Se llamaba Irene y estudiaba en un centro de sistemas contables, y yo le dije que no sabía nada de sistemas, que el único sistema que conocía era la democracia, y que si no le molestaba podíamos sentarnos a la mesa de conversaciones para que llegáramos a algunos acuerdos, que yo tenía despejado el territorio selvático de mi corazón y que si ella no veía obstáculos podíamos almorzar. Y se reía de todo lo que dije, y se reía de lo lindo, y en eso quedamos cuando ella se bajó del autobus.
Lo que descubrí por esos días fue extraordinario: cuando uno tiene el doméstico adentro, la seducción es cosa simple. No hay regodeos, ni juegos de palabras, ni retóricas. De manera que la negrita Irene se dejó acechar, olfatear, lamer y otras cosas, que si tú has vivido alguna vez con ese animal adentro, entiendes. Eso sí, a la Mirella le dio por llamar y yo ponía en mis palabras un aire aullador, de soledad, como el perro ladrando a la Luna. Discúlpame si estoy siendo un poco brusco, pero, como te dije al comienzo, es la única oportunidad que tengo de contar sobre esa carga de fauna que me viene invadiendo en los últimos meses. Tengo que decirte que los cambios de un estado a otro eran lentos al inicio; un mes de lechuza, otro de lora, de jaguar, pero luego se complicó. Las invasiones me tomaban por sorpresa. Estando de perro faldero, de repente, se me entró la hiena; desalojándolo a colmillazo limpio. Fue espantoso. Sentía un olor a carroña, un temor y un deseo por lo muerto. Era en las noches, me daban pesadillas. Tuve una con Mirella. En esa pesadilla desperté a causa del fuerte olor, un olor nauseabundo, y cuando abrí los ojos era ella que estaba en mi cama, su cara descompuesta, una risa mueca que parecía hablarme. De pronto, un ruido en la ventana... eran dos gallinazos parados en los cables de la energía, lo peor era que tenían cabezas humanas. A que no adivinas de quiénes... Lorena y la negrita Irene. Miraban ansiosas moviendo sus bocas, saboreándose antes de comerse el postre putrefacta. ¿Y sabes qué hice?, cerré y ajusté la ventana para que ellas no fueran a entrarse. Después yo mismo me di el banquete con Mirella, trozo a trozo, deliciosa carne de Mirella y lo hacía con placer para que ellas vieran. Ahí desperté. Pero no acabó. La hiena no estaba contenta. Yo salía a la calle y era un tormento. Una vez junto al trabajo un motociclista fue atropellado por un auto particular. El tipo del particular huyó dejando al muchacho muerto junto a la acera. El cadáver estuvo varias horas en el mismo sitio, pues la policía no había llegado. Me paré a mirarlo con detenimiento, las contusiones en su cara, las piernas partidas, vuelto hilachas el pobre. Una lágrima brotó de mis ojos, pero no era una lágrima de compasión. Era el dolor y la frustración de saber que no podía saciarme, devorarlo, como había hecho en la pesadilla con Mirella. Después me fui a trabajar. Tal vez te he molestado con mi charla. De seguro alguien vendrá a acompañarte.
Ernesto se levantó de la silla de visitantes mirando a través de la ventana el viaducto del Metro.
—No te preocupes, ya te pasará lo de la fauna —dije para animarlo.
—Ah, no te había dicho. Mientras subía en el ascensor, sentí un aleteo, como si me estuvieran saliendo plumas por todos partes.
—¿No me digas que es otra vez la lechuza?
—No sé, no creo que sea la lechuza, creo más bien que es otra cosa, más fuerte, ahora vuelvo a sentirlo...
— ¿Qué es Ernesto? —le pregunté.
— ¡El águila, hermano, el águila...! —y Ernesto salió volando por la ventana...


Gustavo Gómez (Colombia)
Tiene un libro de cuentos inédito Usted no tiene quien mequiera. Dedica sus ratos libres a cantar la ópera Tosca.


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