La pelota de trapo

 


Fanny Restrepo V.

 


El fútbol se juega para hacer goles. Mi tía Ladis, que vive en Quibdó, le dijo a mi mamá que me deje ir con ella, que ella me lleva a la escuela para que no pierda el tiempo jugando en la calle y pueda aprender a leer y salir adelante en alguna cosa en la vida. Nosotros no necesitamos porterías altas porque las pelotas de trapo no rebotan, pero de todas maneras nos sirven para hacer goles, y como vamos descalzos y como las pelotas son suaves no nos duelen los pies. Ahora que mi mamá se quedó sola con mi hermano y yo, y que está a punto de parir otro hermanito o hermanita, no se sabe, mi tía me quiere llevar y ella puede, porque ella es también mi madrina desde el día en que me bautizaron cuando vino Monseñor de Quibdó. Para hacer una pelota de trapo lo que se necesita son retazos. Los de franela son mejores porque la bola queda blandita, como esponjosa, y no pega tan duro en la cara o en la cabeza como la que hacemos con los retazos de los pantalones viejos de mi papá o del hermano de Tino, esas, cuando se envuelve bien apretada la tela y se amarra bien con una piola fuerte, que es la otra cosa que se necesita para hacer una pelota de trapo, esas sí quedan bien macizas. Mi tía no tiene hijos y es la maestra de la escuela y allá lo único que se hace es ir de la casa a la escuela y de la escuela a la casa y los domingos a la iglesia, por la mañana. No quiero irme a Quibdó. Una vez me partieron la ceja de un cañonazo que, me hizo ver lucecitas y me partió la ceja porque el hermano de Tino la había amarrado con alambre, pero esa fue la única vez, porque después ya no nos dejaron amarrar las pelotas con alambre sino con piola porque quedan más suaves y muy bien armadas. La salida de los domingos sí es buena porque después de misa nos quedamos en el parque y mi tía me da paleta de limón y a veces una de limón y otra de mora, que son las que dejan la lengua morada y las de limón la dejan verde; eso es cuando mi tía se queda conversando y riéndose con las amigas de uñas pintadas, con las que se encuentra en el parque a la salida de la iglesia; así fue la otra vez que estuve con ella muchos, muchos días, cuando mi papá tuvo que perderse y meterse al monte; mi mamá se puso tan enferma que mi tía nos trajo a mi hermano y a mí a su casa mientras mi mamá estuvo en el hospital. Lo mejor es jugar donde termina la calle, porque allí ya no hay casas a lado y lado y tenemos más campo. Pero a mí me gusta más jugar pelota con mis amigos que vivir en Quibdó y no quiero dejar sola a mi mamá porque ella llora mucho. Mi tía Ladis dice que ese tierrero en la cara y en los ojos nos va a hacer enfermar que porque nos mantenemos jugando pelota en medio de ese tierrero. A mí me gusta más jugar cuando hace calor que cuando llueve, aunque, a veces, el viento levanta torbellinos de polvo de la cancha y me lo tira a los ojos y no puedo ver la bola cuando voy corriendo y no la puedo chutar y alguno del otro equipo puede quitármela, pero el viento también me gusta porque me hace sentir un friecito en los brazos y en las piernas y en la frente cuando voy corriendo. Me siento como si volara. El otro día Tino me contó que él había soñado que volaba como un alcatraz y yo le conté que yo soñé que había hecho un gol en el estadio y mi equipo ganó y yo corría por la cancha quitándome la camiseta de la selección y se la tiré a la gente que aplaudía y gritaba ¡goool...! Es lo que sueño también cuando estoy despierto y cierro los ojos. Yo sé que llora porque la he visto. Cuando entro a la cocina y tiene los ojos rojos es porque ha llorado. Y otras veces la oigo por la noche cuando ella cree que mi hermano y yo estamos dormidos. El sí pero yo no; duerme que duerme. Y la oigo llorando mucho, mucho rato, y ya me quedo sin sueño, los ojos bien abiertos y viendo todo negro. Escupo en mis manos y las estriego en los pantalones. La pelota va junto a mis pies mancita, la devuelvo, la domino, la adelanto. Ni siquiera puedo pensar si patear o no, y ni pensar tan siquiera puedo; y ni siquiera pienso si tengo ganas de patear. Las piernas piensan solitas. Frente al arco, ella conoce el camino, convertida en rayo, imparable, entra sólita con un taquito que le doy... y ¡gol! Hoy hice muchos goles. En la noche el cansancio me cerró los ojos antes de acostarme, pero me despertó la voz de mi papá que hablaba pacito con mi mamá, como otras noches. Ella, ahora sí, lloraba sin disimulo. Yo no los veía porque la noche había oscurecido el cuarto y las cosas, entonces bajé del zarzo y me arrimé a ellos, llevado por la voz y el llanto. Mi papá me puso la mano en el hombro y me dijo, “venga, mijo, que en el monte lo necesitamos”.


Fanny Restrepo V. (Colombia)
Véase Odradek, el cuento No. 5


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Me senté entonces a escribir sobre la no existencia de un lenguaje de mujer, porque según pensaba entonces el lenguaje nace en el asexuado inconsciente humano, y me sentía reconfortada por la seguridad de que no era posible diferenciar mi escritura de la escritura del hombre, el maestro. La palabra sacrosanta que con tanta voracidad había devorado desde la adolescencia.
Y de golpe, para citar una frase de Nélida Piñón en la República de los Sueños, empecé a experimentar “un primer viaje que me inundó el corazón de un sentimiento insospechado”, porque las palabras se me rebelaron ahí mismo, en esas humildes páginas, y no quisieron seguir reafirmando mi aparente certidumbre. Mis propias palabras se largaron a decir lo contrario de mi suposición consciente, y madame Bovary ya no fue ni Flaubert ni moi, y yo ya no era yo, era muy otra de cuya boca -o mejor dicho de cuyas puntas de los dedos- afloraban las víboras de un decir diferente porque no, señores y señoras, no: instantes antes de cobrar vida propia el lenguaje se erotiza, se carga con las hormonas del emisor (¡la emisora!), nos traiciona, se sacraliza, revienta, y sí, hay un lenguaje femenino escondido en los pliegues de aquello que se resiste a ser dicho.


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Las escritoras debemos estar particularmente atentas a nuestra posición marginal en las tierras baldías del lenguaje. Gracias a ella conocemos bien el reverso de las palabras, su maloliente trasero, y reconocemos el poder generativo de su secreta entrepierna.
Y las narradoras tenemos ansias de aventura, al mismo tiempo mucho miedo.


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A las mujeres el desorden no nos aterra, nos enfrentamos con él a diario y de alguna manera sabemos que encierra un orden implícito, como bien acabó demostrando la teoría del caos gracias a los “atractores extraños” que configuran un oculto diseño organizativo en todo lo azaroso y complejo, como las nubes.
A las mujeres no nos asusta el desorden, y también aceptamos y sabemos poner las manos allí donde se supone que uno no las pone nunca, no debiera meterlas.”


Luisa Valenzuela


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