Los ojos del paraíso

 

 

Elkin Restrepo

 

 

Aquel día había salido a caminar más temprano que de costumbre, por lo que encontraba la ciudad vacía, fácil de recorrer y, aún más, de disfrutar a mi antojo. A mi paso no encontraba vehículos ni gente que estorbara. Había ido hasta La Floresta y, tomando la avenida 80, estaba ya de vuelta; sólo me faltaba llegar hasta la calle 33 y subir en dirección a El Castillo. No era mucho para quien, cada día de la semana, fiel a una disciplina férrea, camina de diez a quince kilómetros sin mucho desgaste físico.
Salvo el espectáculo de los primeros albores, la mañana pintaba como cualquier otra, con un chalado dispuesto a cumplir el plan de siempre. Debo decir que desde hace algunos meses, fiel al pensamiento de que lo robado por el tiempo se recupera con actividad al aire libre, la preocupación por lo físico se había convertido en parte importante de mi vida. Nada anormal, si se tiene en cuenta que el próximo febrero cumplo cincuenta años, una edad que es también una afrenta.
Al cruzar San Juan, el reloj electrónico indicaba las cinco y el día apenas se insinuaba sobre la montaña, en el oriente. Apreté el paso. A esta hora, cuando la oscuridad comienza a perderse, la ciudad es otra. Más íntima y sosegada, menos arbitraria, uno casi podría amarla. No puede entenderse cómo luego se transforma toda ella en una alabanza del fin de los siglos; en un crudo evangelio sin belleza ni forma.
Antes de llegar a la glorieta de la calle 35, las luces públicas se apagaron y, sobre el ripio de la noche, anidó una claridad huérfana que todavía no daba calor.
Controlaba mi respiración y atendía a que mi paso no decayera y fuera siempre regular. La verdad, ni se piensa y, cuando lo haces, es porque las piernas, el corazón, la boca, son ahora tu único pensamiento, tu real asunto. Me gustaba ese cansancio que, después de una madrugada de marcha por las calles, te hace sentir el cuerpo, esa cuna de órganos y sensaciones, trabajando a todo vapor.
Tomé la acera y pronto dejé atrás el pequeño parque que da sobre la avenida 80. Dos cuadras más allá estaba la iglesia, punto de partida de mi última etapa. Al llegar, mientras me detenía a descansar un poco, sobrevino la más hermosa de las mañanas, con arreboles y todo, y no tardó en iluminarse el horizonte entero. Era una luz dorada y suave, que envolvía a la ciudad en una resurrección lenta y jubilosa. Nadie había allí, sin embargo, para percatarse de ello. Eso creía yo. Di vuelta en la esquina de la iglesia y, cuando empecé a subir la calle 33, oí de repente que llamaban a mis espaldas.
—¡Álvaro!
Aunque no me llamo Álvaro, me volví a mirar. Salidas de no se sabe dónde, corrían tras de mí el par de pajarracos (nunca debí llamarlas así) más extravagantes que haya visto nunca. Me hacían señas pidiéndome que me detuviera y se reían a carcajadas de su propia conducta. Eran dos muchachas, la una con el pelo amarillo y la otra verde, con gafas de fantasía y vestidas al modo punk.
—Álvaro, qué bueno verte, —dijo la mayor, extendiéndome la mano.
En mi vida las había visto. Parecían escapadas de algún submundo empegotado de ácido lisérgico; revoloteaban como urracas a mi lado y me trataban con confianza.
—Álvaro, Álvaro, —repetían—, qué suerte haberte encontrado.
Antes de que fuera demasiado tarde quise despedirme, huir, pero hicieron caso omiso de ello y, tomándome del brazo, me pidieron que las acompañara a comprar una cerveza.
—¿A estas horas? No creo que haya un lugar abierto —les respondí—. Además, yo no me llamo Álvaro, —se me ocurrió decirles, buscando zafarme de semejante compañía.
—Está sudando, el pobrecito —dijo la más pequeña. Tendría unos quince años y hablaba con una voz delicada que no iba con su apariencia.
—Seguro tiene fiebre, dijo la otra, echándome una mirada rápida. Luego, con seriedad fingida, como una madre a su pequeño niño, me puso una mano en la frente y sentenció:
—¡Necesita una cerveza!
Las miré con mayor atención. Entre ellas no había mucha diferencia de edad; la mayor, de unos dieciocho años, no podía decirse que fuera fea, pese a su aspecto alucinante. Tenía el pelo verde y echado sobre la frente; sus ojos, bajo los aros redondos, eran color miel, hermosos, pero la boca, con el labio superior levantado, desentonaba y echaba a perder la perfección de sus otros rasgos. Daba también la impresión de que ella misma cortara sus vestidos con el único afán, seguramente, de contrariar a un padre autoritario; además, eso se veía en lo rebuscado del diseño, quería ser creativa y ensayar sus propios estilos; la verdad, se cubría apenas con unos retazos chillones, unidos sin mucho arte; por lo que observaba también servían de modelo a su compañera, la cual apenas se diferenciaba de aquélla por los anteojos de fantasía y por la inocencia de su disfraz de chica mala. Además, su pelo amarillo empezaba a decolorarse, añadiendo un efecto triste al rojo encendido de su boca; calzaba botas verdes y nadaba en una bata varias tallas más grande. Su aspecto era común, a la manera de las niñas de la calle, pero la voz delicada, llena de sortilegio, con sólo dejarla resbalar, enseguida me encadenaba, hacía de mí su esclavo. De la mayor, sería una tontería pasar por alto la plenitud de un cuerpo que apenas lograba disimular tanto andrajo.
Dejé de resistirme.
—Tiene fiebre, mucha fiebre —repitió la más pequeña.
—Hay que conseguirle una cerveza —insistió la otra.
Me tomaron del brazo y casi me arrastraron calle arriba.
—Álvaro, —insistía la mayor, viéndome la franela húmeda de sudor–, estás muy mal, qué bueno que nos encontraste.
En vano intentaba explicarles que sudaba porque había estado trotando, pero no escuchaban sino a su propio delirio.
—Cerca hay una tienda, sé que hay una tienda —repetía la del pelo verde.
—Todo está cerrado, miren la hora que es —les dije—, sin mucha convicción.
Caminamos varias cuadras, fuimos a un lado y otro, pero no encontramos nada abierto. Aunque la mañana estaba cada vez más luminosa, no se veía un alma en parte alguna. Entonces se les ocurrió, cambiando repentinamente de propósito, que las cervezas no hacían falta y que debían llevarme al lugar de donde se habían escapado.
—Aún sigue la fiesta, te invitamos —dijo la mayor mientras pegaba sus senos a mi brazo. Tuve que respirar profundo porque el roce me mareó. Pronto iniciamos una errancia por el barrio que, pese a las vueltas que dimos, no nos llevó a ninguna parte. Olvidaban dónde habían estado y no lograban dar con el lugar de la fiesta.
Incorporado del todo a la pareja, todavía insistimos por las calles un rato más. Aunque al principio se veían desconcertadas, después comenzaron a dar saltos y a reírse de lo que les sucedía, como si todo fuera un chiste. Era, me gritaban, el final perfecto para la gran parranda iniciada la noche anterior. “El extravío, el extravío —repetían—, eso es lo nuestro”.
Cada vez estaban más escandalosas y yo, un hombre serio, cuya única intriga son los papeles de cambio, me preguntaba –sin mucho ánimo de dilucidarlo– qué era lo que me ataba a este par de criaturas desbordadas, que me llamaban con un nombre que no era el mío y todavía no me decían ni siquiera el suyo. Me dejaba, pues, arrastrar por lo extravagante de la situación. La verdad, me desconocía actuando de este modo; hasta ahora la juerga, el desarreglo de los sentidos, poco habían tenido que ver conmigo. Me justificaba pensando que era sábado, día de asueto y, que, a lo mejor, este tipo de encuentros, si despiertan la alarma, tampoco dañan a nadie y, en últimas, hasta son divertidos.
Cuando alcanzábamos el punto de partida en las afueras de la iglesia, no sé a cuál de las dos se le ocurrió que era hora de un descanso y que la glorieta, ahí enfrente, con sus palmas y almendros, con su jardín descuidado, estaba que ni mandada a hacer.
Cruzamos la avenida y buscamos un lugar entre la vegetación. La hierba estaba alta y húmeda de rocío. Nos sentamos, sin reparar en nada.
El conjunto, para decir lo menos, era risible. Dos espantapájaros y un fulano en sudadera, sin plan alguno, acaso no los reúna nadie, salvo un azar burlón. Pero allí estábamos y la escena, curiosa y ditirámbica, se armaba por sí sola. Lo digo porque, un instante después, alegando calor, las dos muchachas empezaron a desvestirse y a mostrar su cuerpo sin mayor envaramiento. Actuaban como si yo no existiera o como si, entre nosotros, hubiera ya la confianza que da un viejo amor. La verdad, cómplices como eran, parecían embebidas en un ritual que únicamente a ellas atañía. Cuando terminaron, después de decir adiós a la última pavesa de la noche, se volvieron para que las contemplara.
Pensé que soñaba y que su belleza era producto de una somnolencia espléndida. Rieron de mi asombro y, para inquietarme aún más, empezaron a abrazarse y a jugar con el pelo, echándoselo la una en la cara de la otra; luego, como si se tratara de una práctica ensayada, comenzaron a mover los hombros y a agitar sus senos de un modo que haría perder la virtud a un santo y, con una suave agitación nacida de sus cinturas, recogieron los brazos y giraron las manos, entregándose a una danza que, sin obligarlas a moverse de su lugar —estaban sentadas, con las piernas cruzadas—, las semejaba a serpientes erectas o, mejor, a un par de bailarinas balís, espejo la una de la otra, salvo por alguna diferencia de proporción o trazo.
Desnudas, la diferencia entre ambas era menor y la aprovechaban para (como lo hacían vestidas), entablar juegos de repetición y semejanza. Eran dos que jugaban a ser una y una que, desde quién sabe cuándo, acudía a una multiplicidad malvada. Bastaba oírlas hablar, escuchar su pintoresca slang, su fraseo burdo, para saber lo que puede conseguirse con las virtudes (siempre discutidas) del calco y el artificio. Su idioma era el mismo, igual la fábula de sus gestos y pensamiento.
De pronto se detuvieron, quedándose perfectamente inmóviles, como dos muñecas de porcelana. Luego, cuando menos lo esperaba, rompieron a reír, echándose, rosadas y lánguidas, sobre el pasto húmedo. Estaban locas y aún más lo parecieron cuando me pidieron que me uniera a ellas.
Oía el gorjeo de la pequeña; la tibieza de algodón de la segunda me tentaba a anidar en ella, pero soy un cobarde irredimible que necesita repensar cualquier oportunidad, por atractiva que ésta sea. Ante mi falta de resolución, fingieron indiferencia y con un aire de aquí no ha pasado nada, se pusieron a estudiar sus uñas.
Comenzar la mañana, con dos damas desnudas en un jardín protegido apenas por unas cuantas plantas, era un suceso. Sin embargo, ganas no me faltaban de huir de allí, dejándolas a merced de su borrachera.
Todo en ellas, para no hablar de su índole esperpéntica, me producía difíciles sentimientos. El episodio, carnal y jubiloso, superaba en mucho cualquier cálculo que yo hubiera hecho acerca de la amistad y la relación entre las personas. Pero opté por no hacer caso y quedarme. Quizá vivía demasiado encerrado y fuera hora de aprender que el trabajo no es lo único que gratifica; quizá fuera tiempo de convenir también, ¿por qué no? (y éste era un pensamiento nuevo) que, bajo cualquier disfraz, acosando al mundo, viajan gráciles las deidades del placer y del amor.
La ciudad despertaba a medias y su zumbido de abejón mecánico comenzaba a escucharse a lo lejos. Sin pensarlo dos veces, me saqué la sudadera (he dicho que para mí mismo era ya un extraño), quedando desnudo, presto a lo que se presentara. Me echaron una mirada de reojo, deteniéndose a curiosear entre mis piernas, fingiendo un desinterés que no engañaba a nadie. Me sonrojé, pero enseguida volvieron al cuidado de sus uñas, y restablecer las cosas no fue fácil.
Hacía fresco. Salvo taparme con las manos, no se me ocurría nada. Además la idea de que pronto la avenida estaría atestada de gente y vehículos, empezó a aterrarme. ¿Qué tal que alguien pasara y nos descubriera? ¿Cómo sería el escándalo?
Los minutos se hacían largos y las dos mujeres cuchicheaban y seguían embebidas en su labor de manicura. Allí, sentados en la hierba, parecíamos un grupo de esculturas cuyo autor hubiera olvidado de repente qué conexión las agrupaba. Al fin, gorjeando como pájaros mañaneros, después de algunas miradas implorantes de mi parte, tornaron a una actividad más participativa y convinieron en establecer un puente, siempre y cuando no las volviera a defraudar.
Asentí. Entonces la mayor (aún no me decían sus nombres ni parecía que fueran a decírmelo) buscó entre las ropas amontonadas y sacó una pequeña bolsa de cuero llena de marihuana y, con práctica, empezó a liar un cigarro. Luego lo encendió y le dio dos o tres chupadas largas antes de pasárselo a su compañera.
Fumaban con fruición, con el postrero placer de un condenado a muerte. Después siguió mi turno. Tomé el cigarro y aspiré profundo. Poco sabía de estos placeres relegados. El humo, la tos, la angustia (yo que no fumo un cigarrillo, fiel a los dictados de una buena salud) me invadieron, congestionándome, a punto del síncope.
Me calmaron, dándome palmaditas en la espalda y diciéndome que eso era normal. “No hay por qué inquietarse”, recitaba una tras de otra, mientras sobaban mi cabeza y daban tiempo a que el efecto de la yerba obrara. Entonces todo cambió y la escena se tornó aún más risueña.
Por lo pronto, dejó de importarme que estuviéramos desnudos y en lugar público. Ahora atendía a otras preocupaciones, como que mis manos crecían y eran capaces de sostener en la palma cualquier árbol o nube; o que mi corazón se desgranaba en un millón de rubíes, cada uno de los cuales era una minúscula lágrima que, por años, pendía al borde de los ojos de una mujer que, después de un raro amor, se recostaba lejos de casa; o que mi cuerpo de fique y sal, como una tela guardada hacía tiempos en un escaparate de almacén, empezaba a ser halado, de muchas maneras y sentidos, sobre un campo con una cantidad indecible de gallos y gallinas, por un peón acostado en una hamaca, feliz de llamarse Dios.
Entornaba los ojos y cuidaba para que no se fuera a acabar la maravilla, cuando advertí que una de las muchachas requería mi atención. Se trataba de la peliverde, cuyo labio levantado empezaba a cambiar y a convertirse en un pico de ave; más tarde, sus brazos tomaron aspecto de alas, y su cuerpo, su magnífico cuerpo, terminó vuelto un denso amasijo de plumas. En un santiamén se había convertido en paloma y con impacientes movimientos de cabeza instaba a que la siguiéramos.
Yo no sabía cómo, pero su amiga vino a mi lado y empezó a currucutear de un modo que también a mí me fue fácil hacerlo; un instante después, sin mayores problemas, estábamos aleteando y con ganas de elevarnos hacia aquel cielo luminoso y jovial como ninguno.
Volaba, tan cómodo era hacerlo, que me preguntaba cómo no lo había intentado antes. Además, podía ir donde quisiera.
Por un rato, dimos vueltas y vueltas por el solo placer de hacerlo. Desde arriba la ciudad se veía remover en su sueño, el sol era una promesa próxima y jalonaba las cobijas. Nunca me había sentido más a gusto. Fui a decírselo a mis amigas, pero me salió un zureo que no significaba nada: nada me importó que ellas me respondieran con otro igual. Agité las alas y me dejé llevar por corrientes que sostenían sin pena mi cuerpo ingrávido. Después ya no pensaba como humano sino como ave y acepté el dictado de mi instinto.
Mi instinto me decía que si volaba en grupo, debía actuar acorde con el guía. Sabía, como si hubiera estado en mí desde siempre, cuándo ascender o bajar conjuntamente, cuándo y cómo hacer un giro rasante, cuándo pegarme a las cornisas de la iglesia.
Volar, llenar de encanto la vida con nuestros revuelos, era lo primero. Lo segundo, lo supe enseguida, era disponer de un espacio para el apareamiento. Por principio, las palomas somos lúbricas hasta más no poder. Salvo los humanos, nadie goza tanto con reproducirse y superpoblar tontamente el planeta; sólo los perdigones de escopeta consiguen, entre nosotros, mantener un control que, además, sin adentrarnos en demasiados dramas, sirve para proveer de alimento a tantos.
Eso no se reconoce, pero así es; otra sería seguramente la suerte del mundo si aplicara a los humanos igual remedio.
Después de algunas vueltas, buscamos el campanario de la iglesia y nos quedamos allí un rato. Era también una oportunidad y, sin mayores preámbulos, como suele suceder entre las especies menores, inicié el ritual. Aleteé un poco, nada que fuera a asustarlas y, arrastrando el ala, arrinconé a la que estaba más cerca. Parte de la ceremonia consiste en que la pareja reaccione e, incluso, en principio, se rehúse; al fin y al cabo se trata de una danza que, como cualquiera otra, tiene sus pasos y contrapasos, sus vueltas y revueltas; de una liturgia que, en últimas, lo que consigue es subir la temperatura.
De nuevo lo intenté, tomándola del pico, como besándonos; iniciamos, entonces, como bonzos locos, una serie de movimientos de cabeza (arriba y abajo), que no tardó en producir sus consecuencias, electrizándonos y amenazando con convertirnos, allí mismo, en lo alto de la torre, en ceniza enamorada (¡jamás había dado y recibido en la vida beso igual!).
Agotados, envueltos por una lengua de fuego, nos dimos un respiro antes de continuar.
Soplé el pecho y me pavoneé a su alrededor, el cortejo había que completarlo, describiendo círculos cada vez más estrechos. Zureaba, diciéndole mil cosas, llamándola cariño y grano de maíz. Si mis plumas relucían, era para ella; si de mi garganta nacía un chorro de música, era para ella; era a ella, en fin, a quien quería cubrir con mis alas y a quien, así sonara ridículo, entregaba las gotas de sangre de mi corazón inflamado.
Cuando su entrega era ya cuestión de trámite, aspiré profundo y, de un salto, me monté encima. Se quedó quieta, vencida por mi abrazo de hierro y, recorrido por un temblor, que provenía también de sus tibiezas carnales, clavé el pico sobre su pequeña cabeza. Sentí, entonces, que acto tan simple nos ofrecía a ambos de repente la eternidad en un estremecimiento y que morir no importaba.
Luego cada uno se hizo aparte, en actitud pensativa. Sólo entonces caí en la cuenta de que la segunda paloma estaba ahí al lado, observándonos. En nuestra especie es posible el coito con varias hembras a la vez y ésta parecía a la espera. Si los cielos se llenan de gracia con cientos de bandadas es por esta práctica, que nadie censura o reprocha. Sin embargo, algo me decía que en este caso tal aseveración no era correcta ¿Por qué?, vaya uno a saberlo.
Poseído de nuevo por una pasión mórbida, de la cual era responsable su sibilina belleza, me acerqué en plan galante. Antes de que supiera qué pasaba, me clavó un picotazo en una pata, abriéndome una herida profunda. El dolor, la sorpresa, fueron tan grandes que me desprendí de la torre y tuve que aletear con fuerza para no caer. Todavía seguía amenazándome, cuando logré pegarme a un alero cercano.
Había sido una cuchillada certera y me encerré en una meditación triste y dolorosa. Desconocía el motivo de tal agresividad, sabiendo que entre las palomas no existen los celos, ni tiene sentido conducta semejante. No se me ocurrió —cómo, si yo era un nudo de confusión— que la razón podía estar en algún sustrato de su anterior condición de mujer. También es un hecho que nuestro pensamiento de ave carece de complejidad y una consideración como ésta me desbordaba.
No sé cuánto tiempo estuve ahí, alicaído y molesto. Desdeñosa, como si no fuera asunto suyo, la otra paloma se paseaba por el borde de una ventana. De repente, para empeorar las cosas, agitándonos el corazón, sonaron seis campanazos, uno tras otro, que nos obligaron a levantar vuelo con premura.
Fue un susto tan grande, que obligaba a olvidar toda pena y a buscar protección lejos de allí.
Dimos vueltas y vueltas hasta que el repique —espantado todo demonio— se extinguió, regresando la calma. Con todo, ya no buscamos la torre del campanario sino que, conscientes de que la aventura había llegado demasiado lejos, nos asentamos en la glorieta.
De lo que siguió, apenas tengo un recuerdo porque, cuando volví en mí, las dos muchachas se vestían con premura, inquietas con el tráfico y el bullicio de la calle. Me puse la sudadera y, cuando quise despedirme, antes de que abriera la boca, me volvieron la espalda y salieron corriendo.
—Adiós les grité, haciendo caso omiso de que por más alto que gritara, ya no me oirían.
Cuadras abajo, la pequeña comparsa se disolvió en la confusión del día.
La verdad, no sabía qué pensar de lo sucedido. Quizá todo fuera un engaño de la mente, me repetía, resignándome a creerlo así. Aventura tan descabellada, ni en los libros. Concluí que la marihuana era la responsable y que, tal vez, mi inexperiencia había doblado su efecto. Eso me tranquilizó.
Cuando quise irme a casa, un dolor muy agudo en el pié derecho me paralizo. Al examinarlo, para mi horror, tenía un par de dedos descoyuntados…, convertidos en una asquerosa masa sanguinolenta.

 

Elkin Restrepo (Colombia)
Autor de La visita que no paso del jardín (poemas), y El falso inquilino (cuentos).


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