Calle de mano única

 

 

Walter Benjamin

 

 

Traducción Juan J. Thomas

 

 

¡Vuelve! ¡Te perdonamos!
Como alguien que ejecutara el gran molinete en la barra horizontal, así uno mismo hace girar, cuando muchacho, la rueda de la fortuna, de la cual tarde o temprano saldrá el premio mayor. Pues únicamente lo que ya sabíamos o practicábamos a los quince años constituirá algún día nuestro atractivo. Por eso hay una cosa que nadie puede recuperar jamás: el no haber escapado de su casa. De cuarenta y ocho horas de abandono en esos años nace, como en una lejía, el cristal de la felicidad de la vida.

 

Obra

Es necio cavilar pedantescamente sobre la confec­ción de objetos —medios visuales, juguetes o libros— que sean adecuados al niño. Ésta es, desde la época de la Ilustración, una de las especulaciones más en­mohecidas de los pedagogos. Su embeleso con la psi­cología les impide reconocer que el mundo está lleno de objetos incomparables para la atención y ejercitación de los niños; objetos muy específicos. Los niños tienden, de una manera muy especial, a acudir a todo lugar de trabajo donde visiblemente se manejen cosas. Se sienten irresistiblemente atraídos por los desechos de la edificación, del trabajo en la huer­ta o la casa, de la confección de vestidos o de mue­bles. En los residuos ven el rostro que el mundo de las cosas les muestra precisamente a ellos, y sólo a ellos. No tanto porque con ellos reproduzcan las obras de los adultos, sino más bien porque con las cosas que se hacen jugando entre sustancias de muy diver­sa índole, crean una nueva y caprichosa relación. Así los niños se forman su propio mundo objetivo, pe­queño entre lo grande. Se deberían tener presentes las normas de ese pequeño mundo de objetos si lo que se desea es crear específicamente para los niños, y no hacer que la propia actividad —con todos sus requisitos y todo su instrumental— se abra camino hacia ellos.

 

Ampliaciones

Niño que lee. De la biblioteca del colegio se recibía algún libro. En los grados inferiores, los libros se re­partían, y sólo muy de vez en cuando, uno se atre­vía a expresar un deseo. A menudo se veían en otras manos, con envidia, libros que uno mismo deseaba. Finalmente, uno recibía el suyo. Durante una sema­na, uno se entregaba por entero al torbellino del texto que lo envolvía suave y silencioso, denso e in­cesante como copos de nieve. Uno se internaba con infinita confianza. ¡El silencio del libro llamaba y llamaba! El contenido no era tan importante. Por­que la lectura coincidía con la época en que aún uno mismo inventaba historias en la cama. El niño tra­ta de seguir los caminos imprecisos de esas historias. Se tapa los oídos mientras lee; el libro está sobre la mesa, demasiado alta, y una mano descansa siempre sobre la hoja. Todavía lee las aventuras del héroe en el torbellino de las letras como si distinguiera los contornos de una figura y percibiera el contenido de un mensaje entre los remolinos de una tormenta de nieve. Su aliento se confunde con la atmósfera de los acontecimientos, y todos los personajes lo res­piran. El niño se mezcla mucho más íntimamente con los personajes que el adulto. El acontecer y las pala­bras cambiadas lo afectan en lo más hondo, y cuan­do se levanta, todo él se ha impregnado de lo leído.

Niño que llega tarde. El reloj del patio de la escue­la le parece deteriorado por su culpa. Marca «tarde». Y sale al pasillo, frente a las puertas de las aulas, a través de las cuales se desliza un murmullo como de secreta deliberación. Detrás de las puertas el maestro y los alumnos son amigos. O está todo en silencio, como si esperaran a alguien. Pone la mano sobre el picaporte en forma imperceptible para el oído. El sol empapa el lugar donde él está parado. Entonces profana el día verde y abre. Oye tabletear la voz del maestro como una rueda de molino. Se detiene ante el juego de las muelas. La matraca de la voz conserva su ritmo, pero los mozos lo descargan ahora todo en el recién llegado: diez, veinte pe­sadas bolsas le llegan volando y tiene que llevarlas al banco. Cada hilacha de su abrigo está blanca de polvo. Cual alma en pena a medianoche, hace ruido con cada paso, y nadie lo ve. Cuando por fin está sentado en su lugar participa en silencio hasta que toca el timbre. Pero falta la bendición.

Niño que golosinea. A través de la puerta entreabier­ta de la despensa, su mano avanza como un ena­morado por la noche. Una vez que se ha orientado en la oscuridad, tantea el azúcar o las almendras, las pasas de uva o la jalea. Así como el amante abra­za a su chica antes de besarla, el sentido del tacto tiene una cita con las golosinas antes que la boca saboree su dulzura. ¡Cómo se adaptan suavemente a la mano la miel, los puñados de pasas y hasta el arroz! ¡Qué apasionado el encuentro de dos que, por fin, se han liberado de la cuchara! Agradecida y sal­vaje, como la muchacha que uno ha raptado de la ca­sa paterna, se entrega al gusto la mermelada de frutilla, sin pan y en libertad, y hasta la manteca responde con ternura a la audacia de un pretendien­te que penetró en su aposento de niña. La mano, ju­venil Don Juan, ha entrado pronta en todas las cel­das y aposentos, dejando atrás capas que se escu­rren y masas que fluyen: virginidad que se renueva sin lamento.

Niño que anda en calesita. El tablado con sus com­placientes animales gira a poca distancia del suelo. Es la altura que mejor nos permite soñar que vola­mos. Se inicia la música y el niño se aleja a sacudo­nes de la madre. Primero tiene miedo de separarse de ella, pero después se percata de su propia fideli­dad. Cual soberano fiel está entronizado sobre un mundo que le pertenece. Por la tangente, árboles e indígenas forman fila. Entonces, en un oriente, vuel­ve a aparecer la madre. Luego se levanta de la selva una cima que el niño ya vio hace miles de años, co­mo acaba de verla en la calesita. Su animal lo quie­re: como mudo Arión se desliza sobre su mudo pez; un Zeus-toro de madera lo secuestra como a una Eu­ropa inmaculada. El eterno retorno de todas las co­sas se ha convertido, mucho ha, en sabiduría infan­til, y la vida llegó a ser prístina embriaguez de poder; con el retumbante organillo en el centro como teso­ro de la Corona. Cuando la música se hace más len­ta, el espacio empieza a tartamudear, y los árboles tratan de recordar. La calesita se convierte en terreno inseguro. Y surge la madre, el poste muchas ve­ces chocado en el cual el niño, al aterrizar, arrolla la cuerda de sus miradas.


Niño desordenado. Cada piedra que encuentra, cada flor arrancada y cada mariposa cazada son para él comienzo de una colección, y todo lo que posee es para él una sola colección. En él, esa pasión muestra su verdadero rostro, la adusta mirada de indio que en los anticuarios, investigadores o bibliómanos sólo sigue ardiendo empañada y maníaca. Apenas entra en la vida, el niño es ya cazador. Caza los es­píritus, cuya huella husmea en las cosas; entre espí­ritus y cosas transcurren años en que su campo visual permanece libre de seres humanos. Le sucede co­mo en los sueños: nada es permanente; todo le ocurre —cree él—acaece, le pesa. Sus años de nómade son horas en la selva de los ensueños. Desde allí arrastra la presa al hogar, para limpiarla, consolidarla, qui­tarle el hechizo. Sus cajones tienen que convertirse en arsenal y zoológico, museo policial y cripta. «Or­denar» equivaldría a destruir un edificio lleno de es­pinosas castañas que son luceros, de papeles de esta­ño que son un tesoro de plata, cubos de madera que son ataúdes, cactus que son tótems y monedas de cobre que son escudos. Hace tiempo que el niño presta ayuda en el ropero de la madre, en la biblio­teca del padre, pero en su propio ámbito sigue siendo aún el huésped errante e inseguro.


Niño escondido. Ya conoce todos los escondrijos de la casa, y vuelve a ellos como a un hogar donde uno está seguro de encontrarlo todo como antes. Le palpita el corazón; retiene la respiración. Aquí se halla encerrado en el mundo material. Se le hace in­mensamente preciso, se le acerca de una manera inefable. Sólo el reo, en el momento de la ejecución, se da cuenta de lo que son la soga y la madera. El niño oculto detrás del cortinado se convierte, él mis­mo, en una cosa blanca movida por el viento, en fan­tasma. La mesa del comedor, debajo de la cual se acuclilló, lo transforma en ídolo de madera de un templo en el cual las patas talladas son cuatro colum­nas. Y detrás de una puerta, él mismo es puerta, la lleva cual máscara pesada, y como sacerdote hechi­cero embrujará a todos los que entren sin sospechar nada. Por nada del mundo debe dejarse encontrar. Le dicen que si hace muecas, es suficiente que el reloj dé la hora para que su cara quede deformada. En su escondite sabe qué hay de verdad en tal cosa. Quien lo descubra hará que se petrifique como ídolo debajo de la mesa, que quede entretejido para siem­pre como fantasma con la cortina, que permanezca confinado para toda la vida en el interior de la pesada puerta. Por eso, cuando lo toca quien lo busca, deja escapar con un estridente grito al demonio que así lo transfiguró para que no fuese hallado; más aún, no espera ese momento, lo anticipa con un grito de autoliberación. Por eso la lucha con el demonio no lo cansa. Y el hogar es arsenal de máscaras. Pero una vez por año hay regalos en los lugares secretos, en las cuencas vacías de sus ojos, en su rígida boca. La experiencia mágica se convierte en ciencia. Como un ingeniero, el niño desencanta el sombrío hogar paterno y busca huevos de Pascua.

 

Filatelista

A través de un prismático dado vuelta, el niño con­templa la lejana Liberia, que se extiende con sus pal­meras detrás de su pequeña faja de mar; así la muestran las estampillas. Navega con Vasco da Ga­ma alrededor de un triángulo, que tiene dos lados iguales como la esperanza, y cuyos colores cambian según el tiempo que haga: prospecto turístico del Cabo de Buena Esperanza. Cuando ve el cisne de las estampillas australianas, es siempre —aun en los valores azules, verdes y pardos— el cisne negro que sólo vive en Australia y que allí se desliza sobre las aguas de un estanque como en el océano más tranquilo.
Las estampillas son las tarjetas de visita que las grandes naciones dejan en la pieza de los niños.
Transformado en Gulliver, el niño viaja a través de los países y pueblos de sus estampillas. La geogra­fía e historia de los liliputienses, toda la ciencia del pequeño pueblo, todos sus números y nombres, le son infundidos en el sueño. Participa en sus nego­cios, asiste a sus purpúreos mítines, observa la bo­tadura de sus barquitos y celebra los aniversarios de sus testas coronadas, entronizadas detrás de los zarzales.

 

Tomado de Reflexiones sobre niños, juguetes, libros infantiles, jóvenes y educación. Ediciones Nueva visión


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