La Mano Poderosa

 

 

Juan Carlos Restrepo Rivas

 


El viejo de brazos albinos vende las monedas rotas que ponen a funcionar el aparato de La Mano Poderosa. Es una columna de latón pintado de azul que parece una báscula de esas que ponen en las farmacias para controlar el peso. Se anuncia a colores vivos como la estampa religiosa de La Mano Poderosa, esa mano derecha que sana con los dedos estirados y un estigma del crucificado en la palma, la mano desgajada que carga sobre las yemas una nube con dos mujeres santas, un viejo, un hombre de túnica morada y café y el salvador cuando apenas era niño y andaba descalzo. Pero esta otra mano que hay en el parque no tiene herida ni es bendita como aquella que sale en la estampa con cinco cabezas aladas y sin cuello revoloteando alrededor. Me llama la sed de los dedos secos como si quisiera chuparlos. —Este aparato —dice Amerina—, lee las líneas de la palma de la mano y adivina el carácter de la gente por una moneda, sólo una.
Así como los brazos velludos del viejo, Amerina se imagina los de Papá Dios, también membrudos, firmes y protectores. Ella siempre reza por su mamá, para que el Señor la mantenga protegida con sus abrazos, que han de ser tibios, calientes, generosos y muy cómodos.
—Una vez desesperada, le pedí al Creador que me llevara hasta donde estuviera mi mamá y me dio susto. Soñé que el Señor extendía el brazo para llevarme, me cogía y no eran de carne sino brazos de aire frío, y también soñé que Dios no tenía cara, era de niebla, tan blanco como una sábana envolviendo un cuerpo vacío, sin pies y que se movía el trapo como si por dentro de él estuvieran las ánimas del purgatorio pequeñas, como colonia de hormigas, moviendo el manto y dándole velocidad.
“La Mano Poderosa lee el carácter de la gente”, está escrito en el letrero hecho en varios colores.
—Es un juego— digo a Lauro que saca tres billetes.
—Si el carácter se pudiera leer así de fácil, no nos equivocaríamos tanto con los demás, ni con uno mismo— dice Lauro que no aparta sus ojos de mí. Yo no aparto la mirada de las manos del viejo que recibe la plata y le entrega dos monedas con un hueco en el medio, como arandelas desgastadas.
Leemos las instrucciones de manejo en voz alta, entonces Lauro mete una arandela por la ranura, coge mis dedos, por primera vez me toca, siento el dorso de mi mano con su palma caliente y pegajosa y me la hace poner encima de la plantilla metálica en forma de guantelete aplanado y abierto, hunde un botón rojo, tira de una manigueta y suena un motor.
Quiero retirar mi mano. Quiero zafarme pero él no deja; ataja la mía con el peso de la suya. No estoy muy segura de lo que pueda salir en ese aparato con una mano encima de otra.
Detrás de un panel con vidrio sale un haz de luz que recorre la palma y lee “objetivamente” el carácter de la gente.
—¿Has visto cómo abren las puertas en las películas del futuro, con una luz pegada a la mano?
A los pocos segundos aparece un letrero dentro de un cajón metálico en el que se puede leer High Spirit. Lo de Spirit, ella lo entiende hasta en inglés, como si dijera de afán: soy un espíritu, y Lauro le dice que High se pronuncia jaig y quiere decir alto. —Así, espíritu alto, sos como un ángel—. Eso es Amerina para Lauro. Ella se ha vuelto la oración del hombre sin necesidad de apretar los párpados. La muchacha no quita su mirada de los ojos que la quieren convencer y atrapar y tocar, y dicen en silencio tantas cosas; esos ojos expresivos y sueltos y firmes.
Después él mete la otra moneda, hace la misma operación y pone su mano ahí para que el aparato se la lea; cuando se produce el destello de luz, en el letrero sale Jallousy, como la canción de Queen.
—Y ¿qué es eso? —le pregunto—. ¿Qué quiere decir eso en inglés?
Jallous (celoso)... que tengo alma de gelatina— le miente Lauro con certeza. Amerina le cree lo dicho, que él tiene un alma dulce y comestible.
—Cuando salimos de aquella ciudad de hierro fue como si nosotros trajéramos las luces y por donde íbamos pasando, se apagaban las bombillas del espectáculo. Todo se oscurecía y apenas quedaban los reflectores necesarios para ver los esqueletos de hierro de otras atracciones. Muchas bolsas con basura estaban arrumadas afuera y ya no había vendedores de algodón dulce, ni de manzanas acarameladas o crispetas, ni de globos inflados, sólo unos tipos que parecían celadores comiendo mamoncillos y botando las pepas a la calle, y entre ellos, inclinado, había un viejo marionetero. Nos llamó con insistencia para que fuéramos donde él, pero no le vimos la cara, se la tragaba la oscuridad y el sombrero. Él se me pareció tanto al viejo albino, al vendedor de monedas rotas de La Mano Poderosa, por tener sus brazos velludos como los de Papá Dios. Está sentado en una piedra como en un trono. Se gasta la espalda intentando mover unos muñecos de trapo y madera. Los dos matachos de trapo bailan, y mientras más brincan, más enredan sus pitas.
El viejo de las marionetas actúa como si estuviera dormido, pero en verdad ¿sí dormiría?... Con los brazos extendidos agitó un muñeco que se arrimó al otro: los movió en un nudo, no era un baile, se acosaban, el muñeco afanó y él viejo del brazo extendido dejó caer uno sobre el otro como si les manejara sus destinos.
La marioneta de la mujer de uniforme rojo se limpió la cara, se tapó el pecho y el otro se agarró entre las piernas. Y por no ver lo que no quería ver, Amerina se esculcó en los bolsillos, no encontró nada, se agachó, le vio los ojos blancos al viejo, cogió una pepa de mamoncillo y la lanzó al plato metálico. El viejo se despertó engañado con el klang como si él fuera una figura mecánica de las que funcionan con el ruido del dinero que de pronto le arrojan. Entonces el viejo acostó los muñecos enredados en sus hilos familiares y Amerina se fue con el tío Lauro sin mirarse, sin reír, sin hablar y sin cogerse de las manos.

 

 

Juan Carlos Restrepo Rivas (Colombia).
Director de la editorial Universidad Pontificia Bolivariana. Con el libro Novillo suelto y otros relatos, ganó el concurso Cámara de Comercio de cuento en 1998.


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