Al filo de la decadencia

Emilio Restrepo



Últimamente se sentía sumido en una rutina asfixiante. Llegó a pensar que estaba estancado en una monotonía de siglos sin que nada alterara su vaivén predecible.
New York marchaba demasiado rápido allá afuera y en su in­terior anhelaba cambios que lo revitalizaran, que lo sacudieran de su estancamiento.
Se veía a sí mismo algo rígido y acartonado, llevando a cuestas una historia muy pesada de formalismos y etiqueta, de títulos no­biliarios ya bastante anacrónicos, de una carga de aristocracia sobre sus hombros que ya se le antojaba un tanto rancia y decadente.
Miró alrededor de la espaciosa biblioteca. Se vio retratado en el cuadro que dominaba el ambiente. Su porte aún era gallardo y elegante y por qué no, imponente. No se veía ni se sentía viejo, en justicia aparentaba muchos menos años de los que en realidad tenía; la cara estaba pálida pero recordó, qué remedio, el sol nunca había sido bueno para su salud.
—De pronto me falta algo de acción, me siento un poco solo—. Pensó mientras apuraba una copa de vino frío. —Debería salir y divertirme más frecuentemente y de paso ir al odontólogo; me fastidian los líquidos helados en este diente—. Su dedo índice palpó el cuello descubierto de encía del canino superior.
De todas formas no le entusiasmaba mucho la idea de salir en busca de las emociones de la noche en esta ciudad; la capital del mundo, al igual que Las Vegas, nunca dormía. A este lado del mar las cosas tenían otro costo; definitivamente América era muy distinta a su vieja y entrañable Europa: el peligro rondaba cada esquina, nadie era confiable, todo el mundo tenía un precio, cualquiera era un potencial enemigo; la gente vivía frenética y paranoica, con el cuerpo, la mente y la sangre envenenadas de vicios, de virus, de ácidos, de SIDA, de desconfianza y temor.
En su última correría —en plena Quinta Avenida, por Man­hattan, ni siquiera por el Bronx o Harlem o Queens— fue atacado por una banda de gamberros, quienes no sólo se burlaron de él por considerarlo patético y anticuado, sino que le robaron y lo golpearon con cadenas y crucetas; llegó a sentir realmente miedo cuando intentaron clavarle una varilla a la altura del corazón. Fue un verdadero susto, una pesada cruz sobre su espíritu que le robó la calma y lo atemorizó.
Recordaba con nostalgia las noches amables y románticas de seducciones lentas y entregas totales, en cuerpo y alma.
Decidió entonces que hoy tampoco saldría.
Le gustaba por lo práctico el sistema americano de conseguir compañía femenina en su propia casa, a través del teléfono. Claro que la última vez tampoco le funcionó el plan: la jovencita que acu­dió a su llamado tenía un penetrante olor a ajo que le repugnó en lo más profundo. Se vio obligado a despacharla sin poder siquiera tocarla, luego de cancelar por anticipado el valor de sus servicios.
Hizo la llamada, concretó la cita y sonrió satisfecho. Había hecho lo correcto, una gran noche lo esperaba.
Parado en el balcón de su apartamento, dirigió su mirada hacia el puente de Brooklyn, más imponente que nunca, mientras los destellos de los millones de las luces de los edificios se reflejaban en las aguas que esa noche ostentaban una extraña mansedumbre. Sorbiendo con deleite su copa de vino y añorando el poder mirarse a un espejo para acicalarse un poco, el Conde Drácula pensó que quizás ya sí era hora de regresar a su amada Transilvania.


Emilio Alberto Restrepo Baena
Nació en Amagá (Antioquia), Colombia, 1964. Médico, especialista en Gineco-obstetricia y en Laparoscopia Ginecológica.(U.P.B. , U. de A. , CES, respectivamente). Profesor de la Universidad de Antioquia y del CES. Conferen­cista de su especialidad. Ha sido colaborador de los periódicos La Hoja, Cambio, El Mundo, y Momento Médico, en el campo de la crónica urbana y artículos de humor. Tiene publicados los libros Textos para pervertir a la juventud, ganador de un concurso de poesía en la U. de A. y la novela Los círculos perpetuos, fina­lista en el concurso de novela breve Alvaro Cepeda Samudio. Ganador de la III convocatoria de proyectos culturales del Municipio de Medellín con la novela El pabellon de la mandrágora.


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