Un lugar para Emir

Sol Colmenares



La última visión de abajo fue la de dos cuerpos negros, esbeltos y mojados que sin prisa se daban a la tarea de lavar un gran camión. Estábamos en Los Tubos, en la vía hacia Buenaventura y nos disponíamos a iniciar el ascenso. Desde abajo, tu nombre se hizo presente como un talismán: “Clara me había dicho que vendría con vos”, me saludó Amparo dándome un beso en la mejilla. Le conté que tu mamá llegó de Londres y que tuviste que viajar a Pereira para verla.
El camino pronto mostró su húmeda belleza y el sudor se hizo copioso. Me concentré en tus ojos para distraer el esfuerzo y recordé lo que dijiste sobre el ritmo. Un pie y después el otro. Mientras subía, pensé en la soberbia de la que me acusaste cuando te conté mi decisión y en la necesidad que señalaste que tengo de aprender de la enfermedad. Pensé también, ahora con más certidumbre, en la importancia de trazar una partitura propia, de descubrir el propio ritmo y ser fiel a él, es decir, a nosotras mismas. Hace poco me dijiste que si lográramos reconocer la danza que nuestro cuerpo requiere, volaríamos. El problema, mi deseada Clara, es que, acostumbradas al temor, entramos en el ritmo de los otros y queremos movernos en ellos. Esto hace que nos conduzcamos de manera torpe, con movimientos demasiado rápidos o demasiado lentos para nuestros pies...
Celebramos nuestra llegada a Pericos con un espeso jugo de borojó de color achocolatado. Me senté un rato en la casa circular y las montañas, los tucanes y las orquídeas me dieron la bienvenida con su voz de agua. Poco después llegó Rubén, mucho más joven de lo que yo había imaginado. Un hombre, descubriría después, de gran sabiduría y manos callosas que rezumaban vitalidad. Venía con un numeroso grupo de personas, algunas de ellas con camisetas de la Fundación Pico de Loro. Rubén las había llevado a una caminata y a conocer la cascada. Escuché sin atención algunos comentarios sobre la belleza del lugar que acababan de visitar. Ninguno de los presentes me inspiró mayor curiosidad. Leticia debió percibir mi falta de interés por las personas y mi creciente interés por el lugar, porque me preguntó enseguida: “Clara, ¿querés ir al agua?”. Yo la miré con los ojos sonrientes de la complicidad: “Quiero, sí”.
Nos alejamos, sin despedirnos. Descendimos un poco, yo detrás de Leticia. Ella, considerada, caminaba con pasos lentos. “¿Río o cascada?” “Cascada”, respondí emocionada de antemano. La bajada fue penosa pero llena de pequeñas y sorprendentes maravillas: flores azules, árboles húmedos y piedras de todas las formas, raíces entretejidas construyendo una multitudinaria manifestación de vida selvática, pegajosa como un gran caldo de cultivo propicio para la generación espontánea de cientos de especies animales, vegetales y espirituales. Tu rostro aparecía detrás de los árboles, encima de las piedras... De pronto Leticia dice “Es por aquí”. Después de esto, sólo hay silencio. Silencio.
La caída del agua es majestuosa. Me paro frente a ella y su fuerza me intimida. Sé que no seré capaz de ir a su encuentro, al menos no hoy. Pasa el tiempo y no puedo pensar en otra cosa que no sea su fuerza. Pero no, ni siquiera es un pensamiento, es un estado de contemplación. Pasa mucho tiempo. Me desnudo y entro en el agua. Pienso en que tú has estado aquí, en este lugar de sueño. Siento temor y felicidad.
Volvemos a la casa. Ahí está Rubén, tocando la guitarra. No recuerdo bien lo que sucedió después. Creo que hablamos un poco. Rubén dijo que tú habías mencionado mi nombre. Me hace feliz su comentario. Saber que en algún momento ocupé tus pensamientos me llena de una alegría temblorosa. ¿Pensarás de nuevo que es mi ego el que siente por mí? ¿Pensarás que el placer que me produce saberme en ti es, al igual que mis lágrimas, una manifestación de mi ego?
La noche empezó a caer y una luz que parecía más matutina que nocturna comenzó a cubrir la tarde. Rubén nos dijo que bajaría a buscar a Amparo y a Julio. Leticia y yo quedamos encargadas de hacer la comida. Entrada la noche llegaron Amparo y Julio, acompañados de Rubén. Amparo se veía cansada. Tomamos aguadepanela con café y charlamos animadamente. Julio empezó a contar chistes y lo siguió Leticia, con un extenso repertorio que nos hizo reír a carcajadas hasta medianoche. Amparo quiso irse “a mirar pa’ dentro”, como dice Julio, quien la siguió poco después. Leticia y yo nos quedamos conversando con Rubén. Sus palabras llenas de sabiduría entraron en mí como pájaros aleteando. Rubén nos habló de la necesidad del centro, de tener un eje, cimientos, un lugar al cual pertenecer que sea construido por uno mismo. Yo pensé que en mi caso, en busca de coherencia con esta naturaleza mía andante, andariega, caminante, lo que he hecho es construir un lugar que llevo conmigo a donde voy. Y si mi lugar está dentro de mí, lo que debo hacer ahora es habitarme con calma para poderme ir tranquila.
Cuando creí que ya nos iríamos a dormir, Rubén me preguntó si había visto los camarones muchiyá. Le respondí que los camarones sólo los había visto en el ceviche. Y entonces él dijo: “Vamos a camaronear”. Yo dije: “Bueno”. Pero, ingenuamente pensé que la invitación era para el día siguiente. No. La idea era ir en el acto. Ya. Bueno. Leticia, quien sí había entendido el mensaje, fue a buscar sus botas pantaneras. Rubén me prestó un par que me quedaban bastante grandes, pero me las puse igual. Equipados con una linterna, el arpón para cazar camarones y una bolsa plástica negra, partimos hacia el río. El recorrido en la oscuridad, y con la conciencia del agua en todo momento, me ubicó en el aquí y el ahora del que me has hablado. Era necesario no perder la concentración para no tropezar. Y más que la concentración, se hacía necesario no perder el ritmo. De nuevo, el ritmo. La colecta de camarones no fue muy productiva, sólo cogimos una hembra. Pero, el premio que nos esperaba a Leticia y a mí valió más que una docena de camarones muchiyá. En nuestro recorrido por el río, llegamos hasta una caída de agua. De nuevo, silencio. Aunque esta vez fue menos prolongado que el anterior. Leticia y yo decidimos entrar, muertas de risa, como en un rapto de locura. Rubén se rió mucho de nuestra hilaridad. Yo me sentía borracha de felicidad. Después, me invadió una sensación plena de gratitud. Hicimos el camino de vuelta y llegamos nuevamente a la casa. Amparito nos había organizado una colchoneta en el cuarto de Julio. Me quedé afuera un rato mirando la noche. Pensé en vos, en mí. Pensé en lo contenta que debés estar con tu mamá cerca. Y sonreí. Amparo y Rubén también están muy contentos por vos.
Dormí un sueño profundo y reparador. Cuando abrí los ojos, una luz fría delineaba todo con una nitidez cortante. Me quedé viendo cómo amanecía y me dormí otra vez. Más tarde escuché voces que se afanaban en la cocina. Me levanté. Ya todos habían desayunado. Tomé café endulzado con panela y acompañé los preparativos de Amparo y Rubén, que también bajaron hoy para vender empanadas y jugo de borojó. Amparo nos dejó algunas tareas, bueno, en realidad eran “notas para Julio”. Lavar la ropa, ir a recoger hojas secas para la letrina, subir un galón de agua para los pollos y traer dos viajes de leña. Leticia y yo quedamos encargadas del almuerzo y de acompañar a Julio en la tarea de recoger hojas secas cuando fuéramos al río. Yo leí un rato mientras Julio lavaba la ropa y Leticia repasaba su poema de Vallejo. Los sonidos de los pájaros y de las caídas de agua acompañaron nuestra mañana. Un poco más tarde salimos en nuestra excursión, guiadas por Julio. Fuimos a un ojo de agua muy bonito y Julio me pintó la cara con la tintura de una piedra. Hasta ahora, cuando cae la noche y escribo esta carta para ti, tengo en el rostro el diseño hecho por Julio. Te dejo ahora, Amparo y Rubén acaban de llegar y bajaré a saludarlos. Te quiero. Gracias por desear para mí este lugar.
Vuelvo. En el ojo al que Julio nos llevó, el agua es tranquila y transparente. Jugamos un rato. Yo, con la máscara que Julio dibujó en mi rostro, me convertí en una diabla pellizcona, una extraña y chistosa mezcla de animal felino con trazos de tótem que emitía sonidos guturales e intentaba pellizcar las “puchecas” de Julio. Él intentaba escapar de esta singular demonia ahuyentándola con un improvisado arpón. En el trayecto de regreso recogimos las hojas secas. Yo llené un costal y Leticia y Julio, otro. Volvimos rápidamente a la casa y nos dispusimos a preparar el almuerzo. El fogón nos dio algunos problemas y la cocción avanzó con mucha lentitud. Mientras picaba las habichuelas después de soplar las brasas y subir con Julio a darles agua a los pollos, entendí que éste será el lugar.
En el gallinero, Julio me explicó lo que es el Nasa Tul. Nasa, me dijo, significa “madre” y Tul es “vestido”. El vestido de la madre que se teje desde la diversidad, desde el anón, el cacao, el banano, el chontaduro, el borojó. La noche anterior, Rubén había mencionado la articulación de los elementos, el equilibrio, la armonía que se busca desde el principio circular. Recogimos tres huevos: dos blancos y uno amarillento. Julio me habló también de un túnel mágico que él construyó aquí y del que hizo un mapa. Pero perdió el mapa —me explicó— y ahora no sabe dónde está el túnel. Bajamos otra vez y nos sentamos un rato a mirar las montañas. Después volvimos y yo continué mi ejercicio de escritura. Julio me dijo que bajaría a hacer un trincho para bañarse y me preguntó si quería acompañarlo. Le dije que prefería quedarme escribiendo y le pedí que no se demorara para que almorzáramos. En efecto, no se demoró, aunque no tanto por mi recomendación, sino porque lo picaron las abejas y venía adolorido a echarse orines y a buscar una aspirina.
Almorzamos arroz mazacotudo con verduras y nos quedamos arriba cantando y jugando, Leticia, Julio y yo. Luego, Leticia se puso a escribir; Julio, a dibujar, y yo retomé mi relato, este mismo, que ya casi llega a su fin y que interrumpí cuando te dije que habían llegado Amparo y Rubén. Comimos con ellos y de nuevo nos quedamos conversando. Esta vez, Rubén habló explícitamente de su proyecto de vida. Yo lo escuché atenta y lloré al reconocer la sabiduría de sus reflexiones y me sentí afortunada de haber encontrado el lugar. “Yo le pido a las diosas que me ayuden a no distraerme, a estar atento, para comprender”. Eso dijo Rubén hoy y yo me estremecí. Lágrimas y más lágrimas no de sufrimiento sino de gratitud, de felicidad, de conmoción. Siento cómo me transformo y aunque no entiendo aún por qué recibo todas estas bendiciones, intento recibir con dignidad. Es otra de las lecciones que estoy aprendiendo; no solo hay que aprender a dar, también hay que aprender a recibir. Intento estar a la altura del encuentro.
Julio y Leticia están abajo, jugando. Yo he subido para terminar este texto que espero puedas leer pronto. Mi deseada Clara, he encontrado el lugar. Rubén y Amparo están de acuerdo. Leticia habló ya con su amiga médica y vendrá también un enfermero. Pericos es el sitio donde quiero despedirme. Quiero irme lúcida. No quiero esperar hasta que la enfermedad me impida reconocerte y mis palabras no coincidan con mis pensamientos. Es mi voluntad. Confío en que quieras acompañarme, pero entenderé si decides no hacerlo.

Llena de ti,
Emir

Sol Colmenares Rodríguez (Colombia)

Nació en Ocaña, Norte de Santander. Profesora de la Universidad del Valle. Dirige junto con dos escritores la revista literaria Bahía Ficción.


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