Paradero inmóvil


Un hombre corría por la acera contigua del gimnasio donde otro hombre, arriba de una máquina aeróbica, corría también. En un momento preciso, el hombre de la acera miró, a través de la ventana, al hombre de la máquina aeróbica y, a su vez, el hombre de la máquina aeróbica miró, a través de la ventana, al hombre de la acera contigua al gimnasio. Cuando las dos miradas se encontraron en un punto que fue de aire o pájaro que canta, los dos hombres se prodigaron un ademán inexpresivo. Por la cabeza de uno y otro pasaron imágenes voraces, árboles intrépidos, estaciones, destinos, ríos milenarios en los que alguien se bañó dos veces. Luego, cada cual continuó su marcha: el de la acera contigua para volver al mismo sitio en el que había empezado (le quedaban tres días con sus noches para reconciliarse con los suyos) y el de la máquina aeróbica para franquear los límites de un camino interminable (él mismo era ya el camino y él mismo, esta vez como todas las veces, lo infranqueable).


Rogelio Guedea (Colima, 1974)
Acaba de aparecer su novela 41, bajo el sello de Random House Mondadori.


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