De los vitrales a la ninfa de alabastro


Jairo Morales Henao

 

1


Al reposado porte militar del viejo se sobrepone en su rostro un algo desdeñoso y escéptico, que se desentiende de la corona de laurel, superflua en la indiferencia de su frente cansada. Sentado en un sillón blanco, bajo un pórtico del mismo color, mira sin interés lo que tiene al frente: el jardín próximo con sus estallidos bermejos, y la colina donde dos bueyes impávidos son conducidos por un campesino acogido a su sombrero como a una sombra. Si estirara la mano, las yemas de sus dedos se adormecerían en algún pliegue del aterciopelado manto azul que se precipita, rotundo y plácido, desde los hombros del viejo para remansarse en el dorado deslumbrante del piso, que brilla como si reflejara las llamas de un incendio. La energía que le queda está en los ojos, desapegados del lugar, puestos con ferocidad insomne y desesperanzada en un punto que debe estar mucho más allá de lo visible y cercano.
No podría decir si es el contraste entre el aura, a la vez desengañada y estoica, del viejo militar, y el escenario de aquel jardín de la antigüedad, donde hasta el menor detalle más que participar nace de una pura y suave incandescencia de cristales de colores tocados por la luz más diáfana, y que parece no ser apto para nada distinto al nirvana, al no dolor, a la no pena. Sea lo que fuere, durante aquella hora permanece tan alelado en aquel mundo acabado de descubrir, que, atemperados casi hasta la insonoridad y velados hasta el desvanecimiento, le llegan el chisporroteo de los cirios, las cruces que fundan en el aire la custodia y el cáliz, los movimientos y gestos negros y rojos del sacerdote y los acólitos, las musitaciones, los roces, las palabras. Todo ello se hace extraño en el camino, incoherente, arbitrario, absurdo y, sobre todo, molesto.

2


En la mitad del río Jesús se inclina para recibir sobre su cabeza el agua —estilizado lirio de plata— que le deja caer de un cuenco color del pan oscuro “Juan el Bautista”, le ha respondido su papá. Lo tiranizan el azul zafiro de la corriente, la paloma que en el vórtice de la luz parece su reverberación más blanca, la invitante y espesa hierba alta de las orillas, donde quisiera sumergirse para espiarlo todo. Los codos aplastan la hierba, la cabeza se apoya sobre las manos cruzadas ayudándoles en aquella atalaya precaria pero suficiente. Una delgada espada de sol que penetra la lámina azul hasta la rosa móvil de su lecho arenoso, lo distrae de la escena del río y del puño de semblantes que la contemplan desde la orilla opuesta. Una flor múltiple de peces de colores infinitos se dispara vertiginosa hacia los lados, como un cristal hecho añicos por un grito de gigante. El chapoteo del oleaje contra la orilla, abajo, seco, lento, apagado, concluye el coro lejano y salmodiante de la corriente y corona con sus espesas hojas líquidas el duermevela que lo aleja. Unos latines más agudos, que ascienden hasta un tartajeo tan inteligible como estridente, disuelven su torpor de un golpe. Mira a su padre como si en su faz pudiera confirmar que también él ha escuchado el chapoteo, aunque ya antes de hacerlo sabe que no ha sido más que una impresión fugaz en el sueño de segundos que se ha echado. Sin embargo, podría jurar que hubo otro sonido. ¿Antes o después de aquel oleaje de párpados azules? ¿Por qué sólo ahora viene a sentirlo? ¿Por qué no en el momento en que ocurrió? Su padre gira la cabeza para mirarlo y él le sostiene la mirada con una aprensión absurda a que pueda adivinarle el pensamiento, su obsesión del instante por capturar la naturaleza de aquel segundo sonido que sobrevolaba el del azul adormeciente de las olas, como un silbo que parecía el inicio o la culminación de un canto coral, no el resultado de la brisa que rizaba la hierba de las orillas.

3


Ni la a la vez discreta y radiante hermandad de los rostros, ni las manos hilvanadas por la premonición del gozo coral, ni el fulgor del topacio, el rubí, el aguamarina, el perla o el esmeralda de las túnicas, ni la atractiva oscuridad de las copas de madera donde supone un vino rojo casi negro, le parecen tan reales como el pan que, en la mitad de la mesa, irradia la luz, tamizada y como más viva por la ausencia de ventanas, que se extiende sobre el mantel, se aquieta en trajes y rostros, y se disgrega en el recinto. ¿Quién le dijo en la casa que a ese pan le decían “ázimo”? La palabra le gustó aunque la explicación no le dijo nada: “Porque no tiene levadura”. No aparta los ojos del pan. No hace nada por detener el ascenso y surgimiento pleno de una emoción que a nadie reconocería: la creencia de que si pudiera acercar la mano sentiría el mismo deleite tibio que disfruta cuando el domingo, muy temprano en la mañana, lo envían a la panadería. Los apóstoles dirigen su atención a Jesús, que, en la mitad de la mesa, levanta sus brazos en actitud de oración. Baja de nuevo su mirada al pan, sigue su alargado contorno marrón, pasa al amarillo yema del centro, al dorado de las protuberancias. Cierra los ojos para adelantar los acontecimientos: las manos toman el pan y lo parten poco a poco con suavidad y firmeza, liberando un aroma que por un instante calla el de las veladoras cercanas, arrincona el del incienso, vela la mirada de los doce apóstoles y desvanece la impresión del colorido fastuoso de sus túnicas, que tanto contradice o ignora la adustez de los rostros.

4


Es como entrar en un lugar cuando no cabe presencia distinta a la de quienes ya ocupan el recinto. Un recinto cuya estrechez, desnudez y escasa iluminación, denuncian como insignificante en la presentida masa palaciega monumental que lo acoge, y evidencian como escogido a propósito para que nadie presencie aquel encuentro entre el ángel, flotante en el haz de luz que se desliza de la alta y pequeña claraboya tetrafoliada, y la Virgen. Sólo tiene una mirada para la deferencia secreta, profunda, con la que el ángel se inclina hacia esa niñez que en lugar de disimular acentúa el turquesa desleído de la túnica de mujer adulta. Pero es en el arcón donde sus ojos terminan por detenerse. Fuera del banco rústico donde se sienta la Virgen, el arcón es el único mueble en aquel aposento diminuto y de alguna manera refuerza el misterio de la escena. Sin embargo, la oscuridad impide captar todos sus contornos y detalles, y tampoco se muestra por completo, adosado como está en el lado opuesto de la hornacina que acoge al ángel, ocupando casi todo el primer plano del vitral. Pero es un arcón adornado con fasto. En su tapa, correas, bocallave, molduras, goznes, repujados y enchapados, que se esfuman en la sombra, se adormecen los gualdas, carmesíes, escarlatas, lapislázuli y aguamarinas innumerables de las piedras preciosas. ¿Qué contendrá? Lo supone repleto de espadas y puñales con mangos donde se engastan perlas, rubíes y diamantes; alguna rodela con el escudo de armas de una familia famosa en la Italia del Renacimiento; mapas con las claves para hallar un tesoro; ballestas, mallas y cascos de caballeros, tal vez libros viejos, quizá joyas, monedas o gatos de porcelana que acarrean males a sus propietarios. Comprende que por unos segundos más que mirar ha recordado lecturas: el Capitán Luna, en la carátula de un número de El Peneca, subiendo a una diligencia un arcón parecido para esconderlo más tarde en una cueva con ayuda de unos amigos; el cofre misterioso que una banda de ladrones le ha robado a un viejo, malgeniado y muy bajito egiptólogo de larguísima barba blanca, y que recuperan pronto los detectives Ventura y Salvo, cuando ya está en el muelle a punto de ser enviado a un país enemigo y lejano así como a un vertiginoso alud de ilustraciones, títulos y personajes, bajo el que la Virgen y el ángel se alejan con su secreto hasta desvanecerse.

5


El viento inclina hacia la derecha el rectángulo compacto de espigas del otro lado del camino por donde se acerca el hombre de túnica blanca y barba rubia montado en un asno. “Es trigo”, le ha dicho su padre al oído. Centímetro a centímetro el unanimismo de su tonalidad miel sugiere de pronto el cabello de Irma rasgando el más claro oro del parque a las tres de la tarde de un domingo de verano, cuando desde el escondite del zaguán de la casa de su abuela asiste a otra misa, la de su exclusión absoluta, ni siquiera merecedora de propósito deliberado alguno, oficiada por ella y sus amigas, hechas un amasijo de risa y móvil resplandor e ignorancia radical de todo lo que no son ellas mismas, centro y periferia del universo, realidad autónoma y autosuficiente, núcleo irradiante del que parte, como anillos, como ondas, lo demás, menos real cuanto más alejado esté de ellas.
Algo diferente, piensa, ocurre al fondo de la hornacina, pues si bien no hay duda de que el apacible blanco de la túnica del hombre que viene en el asno es el nimbo común del follaje que eleva sus surtidores sobre el barranco; de los tulipanes que rinden el furor de su coagulado granate a la indiferencia dormida del turquesa del lago, abajo; del pueblo que asoma sus cúpulas, alminares y minaretes, apenas sonrosados por la luz, en el horizonte más lejano de la espesura, y de los rostros terrosos de terrosas miradas que en el primer plano, van al encuentro del hombre del asno en medio de una lluvia verde que asciende de sus manos oscuras, tampoco hay duda de que todo ello, todo lo que es otra cosa que el hombre de barba rubia, es en la misma luz, tiembla en ella.
Una reverberación súbita de sol que pega desde afuera sobre el vitral y que parece sacarlo de su marco y dejarlo unos instantes levitando en el aire denso de incienso, plegarias, música de órgano y cánticos, le ahonda un sentimiento de contraste profundo entre el mundo de los vitrales y el de la casa, el barrio, la escuela, todo. Un sentimiento de exclusión más agudo que el que lo arrincona en el zaguán de la casa de su abuela los domingos en la tarde cuando Irma festeja su gloria y la de sus amigas en el parque del barrio.


6


El centauro, olvidado de la dulce evaporación solar (tan extraña, pareja y delicada que si quisiera atribuir una hora del día a lo que mira, no sería posible) donde las otras cosas y seres del vitral exhalan o son acogidos por su traslucidez común, acentúa con su carne de obsidiana la separación, la distancia insalvable que guarda con él ese mundo suspendido en una iluminación extraterrena que lo ha relegado a un destino de contemplación. Viven en ese paraíso de la luz el azul aguamarina del lago, terso, sin el menor encaje de la más leve agitación blanca; el follaje verde aceituna que festonea las orillas y los escasos estallidos dorados de su florecimiento de campánulas; la deslumbrante pureza blanca de la balaustrada semicircular, de las cuatro columnas que alguna vez sostuvieron un techo y que ahora acogen la negligente condecoración en espiral de una rama delgada que asciende por ellas como frágil humillo verde tocado por el topacio de unas uvas, y de la banca bajo el parral; la mujer joven que se encuentra sentada en ella, con la cabeza recostada en el espaldar y los ojos cerrados, lo que es decir el nacarado claror de su piel, el naranja fuego de su túnica sin mangas, el abundante cabello rubio extendiendo desde sus hombros el ámbar de sus ondas, como las nubes más adecuadas para la tierra encendida del vestido; el rubio estopa, casi blanco, del hombre que se encuentra de pie al lado de la mujer; el azul celeste de su traje; el amarillo pajizo del laúd que sostiene en la mano izquierda (su mirada se pierde en un punto que no está dentro de los límites del vitral y su figura parece a punto de desvanecerse en la difusa oquedad creada por el parral), y el zafiro sin alteraciones del cielo, en el que los cuarzos de dos nubes obliteran sin esfuerzo aquella crisálida del sosiego.
Pero hay algo en la mirada del centauro que lo rescata de esa marginalidad: el pedernal de sus ojos se posa en la mujer adormilada con seguridad dominadora, triunfal, y a él, que apoya sus manos con timidez en el escritorio de ébano del estudio donde se encuentra el vitral, se le clava la convicción de que la adormida sabe de esa mirada, que para ella el resto comparte el denominador común de contar sólo como frontera incierta, marco diluido o elongación de su sueño, y que en esa cercanía y esa distancia equivalen el músico y las escalinatas veteadas de musgo que desde las ruinas del pórtico bajan hasta el agua. De los duros ojos abiertos del centauro al nácar de los párpados de ella, viaja en el pesar del aire una espera gozosa y correspondida que los dos deben ocultar. Más tarde o más temprano, la luz perderá su delicado brillo de vino blanco y aun su más esplendorosa reverberación —el traje y el cabello de ella anudados en su remansado fulgor — se acogerá a una común crisálida de sombra. Se habrán descorrido entonces las cortinas de una vehemencia latente que lo llena de angustia y que quiere sobreponer, a aquella que contempla, una imagen que es apenas un presentimiento agónico de escenas de pesadilla y gozo demencial, de las que no sabrá el poeta del laúd.
No podría decir por qué, pero un sentimiento, hecho de fascinado temor, detiene su mirada y su emoción en el centauro. Ha descubierto que su cerrazón es una gala, no una pesadumbre. Es una claridad oscura, una convicción que no es pensamiento, una certidumbre que es sólo emoción, y que a la vez lo atrae y estremece de temor.
Semanas después supo con desconcierto que esa atracción y ese temor se habían anudado en la distancia. Se lo reveló el ángel de una nueva visita a la casona de aquel señorón, conocido de su tío, que, enterado de su embeleso por el apacible fasto evanescente, de cuento de hadas, de los vitrales, permitió una visita más, para que, sin los apresuramientos de la primera, pudiera mirar los otros nueve vitrales que iluminan su biblioteca, cuyo tamaño podía ser descrito como el de una capilla pequeña. No son vitrales de inspiración religiosa; lo que hay en ellos es un mundo antiguo y excesivo de lujo y molicie: mujeres que navegan recostadas en la popa de barcas que lleva el viento, sus cuerpos y cabezas se abandonan en la negligencia escarlata de cojines anchurosos; amorcillos regordetes de expresión saciada y perversa las acompañan trepados en la borda y sostienen arpas pequeñas o extienden hacia ellas ramos de uvas; una ligera robustez común las asemeja al igual que la mirada ausente mas no triste. Árabes en los que brillan por igual los ojos, los rubíes grandísimos que iluminan la blancura deslumbrante de sus turbantes, las empuñaduras pobladas de piedras preciosas de sus cimitarras, las velas de las embarcaciones que se asoman a lo lejos a través de diminutas ventanas ojivales, el piso ajedrezado de sus salones y hasta el aire de lámina de oro, hecha polvillo de luz, que acoge los holgados trajes naranjas, verdes, dorados y carmesíes, de mangas como globos bordados con el violeta subido de un cielo de amatistas. Reyes taciturnos, a los que el fasto de las piedras preciosas, los jubones, los estandartes, las armaduras, los festones de puertas y atavíos, los terciopelos, las molduras, los brocados, los cofres y arcones esmaltados, las empuñaduras de dagas y espadas engastadas en joyas, las alfombras, los atriles taraceados, la transparencia incandescente de clarines y trompetas, encendidos en los surtidores de luz que descienden de ventanales y claraboyas de colores, bastan para retirar de sus semblantes una brizna de la sombra que los entristece en medio de pajes, volatineros, enanos, guerreros a caballo, gentileshombres con talante de generales o intrigantes, alabarderos, monjes, obispos, reinas y damas jóvenes. Sólo ellos, los reyes, están tristes, y sólo ellos son viejos en medio de aquel exceso de lujo y carne joven.
Cuando elige un lugar que le permita mirar los dos vitrales del fondo, los únicos que le resta por observar, se da cuenta de que a cada rato se ha estado dando vuelta para echar ojeadas rápidas al centauro, y, aunque muy oscuramente, entiende por qué lo hace: el centauro pertenece a un mundo distinto de aquel territorio áureo, sensual y esplendente de los vitrales, religiosos y no religiosos, territorio que sugiere una diferencia apabullante con el mundo conocido, con el de todos los días. El centauro está ahí, es cierto, pero también lo es que no está y que parece haber sido pintado allí ante todo para subrayar su naturaleza distinta, su pertenencia a otro mundo que el del vitral, y que él encarna como una frontera en la que presiente algo así como el dolor de la marginalidad.
Desde aquel día, su admiración fuera de lo común por los vitrales, su entrega intensa a una deleitada contemplación de ellos en las iglesias y por último en aquella mansión, no desapareció pero cedió en fuerza. Cuando pensaba en ellos o ellos atraían sus ojos, la figura del centauro no dejaba de interferir en algún momento, de implantarse en el primer plano y a un lado, afuera del vitral que lo atraía. Afuera de ese mundo pero dentro del vitral. Aquello llegó incluso a desanimarlo un poco, hasta desear no ir a las iglesias que los tenían.
Una tarde, de visita en el museo de la capital con el director del grupo y sus compañeros de curso, llegaron a un jardín interior en cuyo centro, sobre un pequeño podio, una ninfa de alabastro desnuda se inclinaba con un ánfora sobre la fuente en medio de la cual se erguía. Del ánfora salía el agua que llenaba la fuente y la superficie del oleaje rozaba apenas los dedos de los pies de la ninfa. Cuando sus ojos se detuvieron en los de ella, ciegos —dos globos oculares que miraban el vacío y la eternidad—, el pesar lo cubrió con una espesura inédita. Sin ninguna ingerencia de su voluntad, más bien como desgajada de aquel súbito y frondoso árbol negro de melancolía, la imagen del centauro se instaló al lado de la ninfa, y comprendió que una hermandad honda y desolada los unía. Ninguna soledad se podía comparar con aquella. De alguna manera los óleos, acuarelas, miniaturas, muebles antiguos, relieves y bajorrelieves en bronce, joyas, el púlpito, las tallas en madera y las instalaciones modernas que llenaban las salas del museo, se acompañaban entre sí e irradiaban algo de la calidez de los lugares donde nacieron o a los que pertenecieron. La ninfa, no. La ninfa imponía una sensación de exilio. Algo impensable, no entendible, secreto tal vez, la había separado de su mundo, de su lugar natural, poblado, lo suponía, de otras ninfas como ella, de muchachos arracimados en un solo deseo blanco tras el blanco bosque de olivos que se recata tras ellas; de una fronda de pájaros blancos detenida encima de sus cabezas; de algún fauno blanco atónito ante tanta tentación junta; de una nube pequeña y distante; de una madre, que, cántaro al hombro, se ha dado vuelta desde un alcor cercano para mirarlas: lirio blanco detenido en la brisa de una nostalgia que florece en sonrisa. Al cántaro, está seguro, sólo le presta una atención distraída, de muchacha: algo más apremiante la llama desde el pozo de su tiempo ido: quizás un silbido inconfundible que la hará alejarse y abandonar el cántaro por un rato, tal vez una flauta volatinera o sólo la espera del regreso de una bandada de pájaros que le reiterará su primer recuerdo dulce y doloroso. Sólo que es una espera inútil, como la del centauro. Siente, con una solidaridad apremiante, sorda e impotente, que el abandono y el olvido nimban el mundo de la ninfa. Un abandono y un olvido como no le vienen a ninguna otra cosa y del que por algo que no se podría llamar aún conciencia, también se sabe hermano. De ahí nace un amor distinto que el que por años le han inspirado los vitrales. Un amor tocado por una animosidad en la que por igual hay furor y desconsuelo. Alelado en la estatuilla comprende que la ninfa y el centauro —y todos sus congéneres— interpondrán su desolación ante cada vitral. Era otra forma de la belleza, triste, fabricada por la desdicha más anchurosa, y cuya oscura savia de extrañeza también ascendía por él. Desde esa distancia lo habían atraído siempre los vitrales. El vitral es lo que ellos —ninfa y centauro— no son. La cifra del vitral es su luminosidad coral, esa epifanía de la luz que hace partícipe a todo de la misma vida y funda una plenitud de lo particular que deriva de la del todo, de idéntica eternidad del instante total. Ellos jamás sabrán de eso, anclados en una separación radical, sin tiempo, del mundo del que tuvieron que hacer parte en alguna era prodigiosa.
Todo este capítulo de las memorias secretas de su infancia le ha venido de golpe al encontrarse con la palabra centauro en uno de los fascículos cuya encuadernación en un volumen le acaban de entregar. Centauro que fue una puerta a la congoja que adivina en toda escultura o grupo escultórico de elevada realización que represente figuras humanas no heroicas, sea noble o vulgar su materia, alfombre de silencio una sala de museo o entregue su misterio a un jardín abandonado.



Emma Lucía Ardila (Colombia)
Tiene dos novelas publicadas Sed y Los días ajenos. En 2007 publicó su libro de cuentos Nos queremos así. Ha publicado dos libros para niños: El gran temblor y La cazadora cazada.


www.odradekelcuento.com

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