Hogueras (uno)

 

Emperatriz Muñoz

 


Llega al puente, es de noche, la luz de una lampara atraviesa la densa niebla. Da un paso, las piedras lisas por el rocío le advierten del cuidado que debe tener si quiere cruzarlo.
Lleva un vestido azul, le gusta el color azul, emula al firmamento; algo tan parecido al cielo, a la simpleza del arriba y el abajo, y ella en medio trasegando la vida, adhiriéndole fragmentos de infierno y de gloria. Algunas veces estaba más cerca del abajo y podía escuchar la invitación de los demonios que la llamaban; otras, en aquellas otras tan lejanas, se hallaba seducida por ángeles en medio de arpas y coros anhelantes de poseer su alma.
... Pero es de noche y no tiene del cielo más que ese color azul en su vestido, el resto es oscuridad.
De pie, sin avanzar, escucha al río que pasa decidido, seguro en su hacer, tan despreocupado de la mujer del vestido azul. Podría subirse en la barca, pedirle al barquero que la devuelva al silencio, pero cierto decreto inscrito en su piel se lo impide.
Sus ojos le dicen que al frente todo es incierto, que atrás todo fue cierto; esa certeza le ruega, le clama. En ese lugar muchas de las certezas tuvieron principios inciertos, pero se tenía ella para atravesar los puentes que se le presentaban en su camino; ahora, en la noche con tintes de azul, se siente huérfana de toda evidencia de un ser habitando su cuerpo. Cuando se nombra no escucha más que el eco de sus palabras, la unión sistemática de letras aprendidas; han desaparecido los significados, se empobrecieron los símbolos.
Son las tres de la mañana, la hora del silencio, el momento en que los espectros incursionan en la atmosfera para aposentarse en el inconsciente de los hombres, un lugar donde encuentran refugio. Por eso eligió esta hora, la de lo escondido, lo no pronunciado y lo no vivido.
Mira hacia atrás, las luces del pueblo centellean, pero hay una que alumbra más. Irrumpe en la noche el olor a humo. La taberna, ese cajón oscuro y húmedo, aún está abierta, pero deshabitada. Sus visitantes corren apurados a apagar las llamas que incendian la casa de Sonia, la del vestido azul; inútiles esfuerzos por salvarla, por encontrar algún rastro de ella.
La del vestido azul sabe de esos apuros y siente el dolor, la angustia de sus amigos. Pero no retrocede; ese adiós les permitirá llorarla y vivirla en sus recuerdos. Sus ojos se humedecen, llora a la mujer que se quema en la casa del puerto; como lloró a la que se quedó jugando en los corredores de su primera escuela, a la que gimió de puro amor en los rincones de la granja; aquella que se quedó prendida en los brazos frescos y torpes de sus amantes primeros; a todas las aquellas que llegó a ser en la creación de las personas que conoció.
... Cada partida era una hoguera encendida que calcinaba la ilusión del retorno, las heridas del adiós dejaron su aliento vacío.
Da otro paso, tiene que continuar para descifrar las notas escritas en su piel; esa torpe apología de la esperanza de descubrirse en algún lugar. El ruido de sus pisadas le da la certeza de avanzar sobre el puente; pero pronto se vuelven más y más apuradas. Mira a sus pies y el movimiento no corresponde con el sonido, luego afloran voces y risas y con ellas dos siluetas de personas que vienen a su encuentro. Ya no puede correr a esconderse, una mano la señala, le pregunta quién es, se queda callada. Están más cerca, son los esposos Wilson. Avanza, la reconocen, le preguntan, le hablan; los mira y no responde. Sigue de largo y se pierde en la niebla.
Del otro lado del puente, la del vestido azul no se da vuelta. La inoportuna presencia de vida en la hora de los espectros la obligó a aligerar el tránsito a lo incierto. Han desaparecido las lágrimas; en cambio surge la secreta sonrisa. Todo está hecho. La absurda coincidencia con los Wilson le añadió a su inflamada despedida el atributo de la leyenda.



Hogueras (dos)

 

El fuego está encendido, arde, pero no da calor. En la silla, a prudente distancia, descansa el cuerpo de la novia que tiembla de frío. Hay tanta oscuridad que no puede ver nada a su alrededor, sólo la flama del fuego retiene su atención.
Abandona la silla, se desliza despacio sobre la alfombra, como una serpiente, para acercarse al fuego. Estira una mano y la vuelve a retirar, intenta de nuevo y con ambas manos acaricia las llamas que danzan impetuosas.
Se da vuelta y recostada en la alfombra, con su vestido blanco corroído por el desencanto, observa la silla que el visitante viejo destinó para ella. El anhelo de huir le enardece los sentidos, pero no logra dar calor a su piel.
... Escucha pasos que se deslizan alrededor de la casa, unos cerca y otros un poco más lejos. No se mueve, ni se agita al sentirlos. Son los novios que vienen por ella, que pretenden internarse en la oscuridad de su morada.
El esposo descansa en la habitación de arriba. Sueña con su mujer vestida de novia, atravesando el bosque, huyendo del acecho de los novios contrariados. Al sentirla se da vuelta en su cama que rechina por el peso, el ruido se desliza por el corredor y baja los escalones para sentarse en el sillón que mira a la novia.
... Golpean la puerta, agitan la cerradura, empujan las ventanas y la novia llora. Otras más se unen en el llanto a la misma hora, con los mismos anhelos, y vestidos, pero otros son los novios que intentan derrumbar las cerraduras.
Aunque la llaman, no dicen su nombre. No se puede pronunciar el nombre de la novia; ella sólo tiene nombre para el esposo que desde la habitación la invoca.
Abandona la alfombra, se coloca de pie y con el mismo cuidado con que se puso el vestido, se lo quita. Baja la cremallera que recorre la espalda, desprende del apoyo de los hombros cada una de las mangas, descarga sus brazos y suelta así el vestido de novia que por última vez acaricia su cuerpo. Levanta una pierna y luego la otra para salir de lo que aún queda de él. Sostén, bragas, medias y tacones quedan dispersos, y así, al despojarse del traje de novia, desaparecen los golpes en la puerta, los pasos en el corredor, las voces que llaman a la novia sin nombre.
El esposo clama por su esposa. Con el crujir de la cama al levantarse, sigue el mismo recorrido del sonido: el corredor, las escalas, la estancia donde aún arde el fuego en la chimenea; allí un cuerpo desnudo lo espera.
... En el abrazo del fuego, se retuercen los anhelos de la novia abandonada a su destino.


Emperatriz Muñoz (Colombia)
Un nombre que sólo se hizo leve cuando cumplió suficientes años para sostenerlo. Por vocación es Gerontóloga, por pasión escritora. Cambió la certeza de un hacer que conocía y dominaba, por todos los inciertos que caben en un taller de creación literaria; desde entonces lo único que hace es leer, leer y leer… escribir, escribir y escribir. Su primera publicación, Cualquier día es bueno para morir, fue en la revista Generación de El Colombiano, posteriormente vino su primer libro titulado, A Dios le dio Alzheimer y otros cuentos.


www.odradekelcuento.com

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