El exterminio de los poodle


Samuel Andrés Arias

 


I. El poodle asesino

 


Al igual que yo, en mi barrio amamos las mascotas. En cada una de las casas hay por lo menos un perro o un gato. Hasta hace dos semanas, las puertas permanecían abiertas para que los animalitos rondaran libremente de lado a lado. Pero todo cambió el día que comenzaron a morir uno tras otro. El primero fue Tony, un animal de raza indefinida que vivía en la calle y que todos los vecinos de la cuadra cuidábamos. El único que se daba el lujo de nunca bañarse y de escoger qué comer y dónde. Lo encontraron en el parque con una pequeña herida en el cuello y, según dijo el veterinario, con la tráquea fracturada. En los días siguientes fueron otros dos: Mechas, una fox terrier de pelo liso y Manolo, un labrador dorado; ambos con las mismas lesiones.
El barrio se declaró en alerta y, por seguridad, a los perros se les encerró para evitar fueran asesinados. Luego murieron los más grandes: Simón, el fila brasileño, y Toronto, el gran danés. A Toqui, el tranquilo san bernardo, lo encontraron herido. Lo salvó su espeso pelaje. Los vecinos culparon a Narco, el bull terrier; pero él también fue sacrificado días después. Lo más triste es que murió con bozal y amarrado en su propio hogar.
Lo único que no me gustaba de Tatiana era su perro. Una tarde en la que entré en la habitación de Margarita, su hermana, encontré a Copito encaramado en el escaparate de las muñecas. Cuando me vio, separó sus labios negros, me mostró los dientes y el rosado de sus encías y me gruñó desafiante. Me retiré despacio y aterrado, pero me quedé espiando detrás de la puerta entreabierta y fui testigo de cómo el maldito animal agarró por el cuello a Ñuñi, el oso de peluche preferido de mi cuñada, lo apretó con sus dientes y lo lanzó lejos. Entonces lo entendí: las heridas de los difuntos sólo podían corresponder a un animal pequeño que los sorprendía dormidos y en un único ataque los vencía sin que ellos pudieran reaccionar. Y allí estaba Copito dando muerte a un muñeco de felpa. Estaba pasmado. No entendía por qué quería eliminar a los demás perros del barrio... ¿envidia?... ¿celos?... los poodle son feos y rencorosos... Igual su móvil ya no me importaba. Lo que vi: su rostro de odio, la sevicia con la que se ensañó con el juguete, eran para mí suficiente prueba de su culpa. Cerré con cuidado la puerta y huí despavorido.
Después de revolcar mi casa, encontré un veneno que alguna vez mamá usó contra las ratas y escondió luego cuando, accidentalmente, Minnie, la hamster de mi hermana, lo tragó y murió. Saqué una lata de Pedigree, que tenía reservada para el día de cumpleaños de Tony (q. e. p. d.), y la mezclé con el veneno. El resultado fue una torta de comida húmeda adornada con grumos azules. Al atardecer, regresé al hogar de mi novia, entré por la puerta del patio y dejé el bocado junto al lavadero.
Tatiana me llamó a las dos de la mañana. Corrí a su casa. Toda su familia lloraba angustiada. La muerte de Copito fue aparatosa (aunque justa). El animal chillaba, vomitaba una sangre que teñía de rojo violáceo su impecable pelo blanco y su pijama. Hasta el último instante, ya bajo la luz gris de la madrugada, el perro, en medio de su dolor, mantenía su mirada fija en mí. Él sabía que había sido yo y yo sabía que había sido él.

 


II. El exterminio de los poodle

 


Todas las luces de la casa estaban encendidas. Entré por la ventana de la cocina. En la sala todos rodeaban el cuerpo ensangrentado de Copito. Margarita abrazaba a su papá, Tatiana se estiraba el cabello desesperada y caminaba sin parar alrededor del cadáver. Junto a él estaba Camilo. Pálido y serio miraba al perro inerte, en el tapete manchado con la sangre púrpura, que fluía escasa por la boca del animal. Nadie me vio entrar, me acerqué despacio y lo olisqueé. Tatiana le gritó a su novio que me quitará, que no me dejara tocarlo. Camilo, sin dejar de mirar a Copito, me levantó del suelo, me puso sobre sus piernas y comenzó a acariciarme el lomo. Retiró asustado la mano cuando palpó un par de heridas en mi costado. Me echó un vistazo sorprendido. Brinqué de sus piernas hacia Copito para oler su extraño vómito. Tatiana dio un nuevo alarido y yo subí rápido las escaleras para hacer lo único que me interesaba en ese momento: lamer mis heridas.
Esa misma noche, horas antes, Virginia me lo pidió: ¡mátalos! Sí, mi amor, le dije. ¡Mátalos! repitió. Sí, mi amor, le dije mientras intentaba desprender mi gancho de su sexo y ella enterraba sus uñas en mis bigotes haciéndome dirigir la mirada a la reja que encerraba a Gomela y Gomelo, dos poodle que ladraban desesperados. No te lo repito más: ¡mátalos!, me exigió cuando se fue. Me acerqué a los barrotes. Ellos seguían gruñendo y aullando desesperados. Me quedé allí hasta limpiar las manchas de sangre de mi bello pelaje. Entre más los escuchaba ladrar, más me convencía: en realidad los demás perros son tolerables, incluso algunos hasta son simpáticos, pero esos hijueputicas bullangueros y cobardes no deberían existir. Dejé de lamerme, clavé mis ojos azules en sus estúpidos ojos negros y lancé un bufido sordo. Se callaron por tres segundos, soltaron un chillido y se escondieron dentro de su casita blanca.
Reuní a los muchachos en el parque para explicarles el nuevo propósito. Analizamos que era absurda nuestra pretensión de acabar con toda la especie. Por más que nuestro método fuera indoloro, silencioso y rápido, nunca lo lograríamos. Pero si al menos acabáramos con los poodle, con su vulgar actitud de alcurnia barata, con su inofensiva, pero inaguantable forma de amedrentar, con su cobardía innata… el mundo sería distinto. Todos emocionados se adhirieron de inmediato.
Esa noche me fui feliz a casa, quería inaugurar el renovado plan de exterminio con Copito, mi idiota compañero de casa, pero llegué demasiado tarde. Ni ese placer fue capaz de darme el motoso imbécil.
Al comienzo fue fácil. Los sorprendíamos en la madrugada cuando dormían y adiós, pero cada día se volvía más complicado. Después de las primeras muertes, el pánico creció entre los humanos. Ya no los dejaban en el jardín y en los patios durante la noche, los llevaban a dormir dentro de las casas. Todo eso implicaba más trabajo, pero nada imposible. Durante el atardecer, el equipo de inteligencia y logística, conformado por las hembras (por ser más organizadas y brillantes) y los castrados (por parecer hembras), nos llevaban hasta dónde vivía la víctima, nos mostraban las posibles entradas y vías de escape: una puerta abierta, una ventana rota, una claraboya mal asegurada; y la rutina de los humanos y del perro: los horarios de trabajo, de salida y llegada, la hora del paseo, todo… todo era importante para la misión. Ya en la noche, yo les asignaba tareas por equipos. Un grupo de centinelas vigilaba fuera de las casas, otro que nos cuidaba la espalda. El más rudo de estos era Zenón, un tipo pardo con rayas amarillas que sobrepasa cualquier crueldad felina. Por último, yo me encargaba de la estocada final. Llegaba hasta donde estuviera la víctima, esperaba con paciencia a que, en medio del sueño, acomodara su cuello y le saltaba a la laringe fracturándola con un crujiente mordisco seco. Por lo general no se percataban de nada, excepto un par de veces que alguno emitió un débil gemido o batió levemente una pata.
Llevábamos nueve poodles en la cuenta, cuando fui sorprendido por el metiche de Camilo. Nunca imaginé que sospechara algo. El domingo pasado estaba intentando robar una pechuga de pollo en el mesón de la cocina cuando escuché el escándalo de las mujeres en la puerta. Me asomé y encontré al timorato novio de Tatiana con un pequeño poodle en los brazos. Las mujeres de la casa lo acariciaban, a la vez que hacían unos ruidos de falsa ternura. Camilo me miró sonriente, me llamó y me ofreció el cachorro. Lo ignoré y regresé a la cocina a seguir mi tarea. Ese mismo día ordené a la pandilla que inspeccionaran su casa. Al día siguiente tenía toda la información necesaria para acabar con esa tierna porquería. Entré por la ventana de la sala que da al patio trasero, subí hasta la habitación de él, me colgué del pomo y abrí la puerta con sigilo. El piso estaba lleno de hojas de periódico con pequeños charcos de orín y cagadas hediondas. Pasé con precaución para no ensuciar mis patas. Él estaba echado y debajo de su brazo derecho se veía un cúmulo de motas blancas que se expandían y contraían. Me subí al borde de la cama, me senté y esperé un buen rato hasta que lo dejó expuesto. Me acerqué por el rincón. Parado sobre la almohada, incliné la boca abierta hacia el cachorro. Cuando iba a triturar su laringe, sentí que unas manos sudorosas me aprisionaban con fuerza. El rostro de Camilo reflejó, por poco tiempo, la alegría de haberme atrapado, pero se desvaneció pronto al sentir mis uñas enterradas en su cara. Su baladro se confundió con mi furioso maullido. Unos cuantos segundos luego, Zenón estaba moviendo las garras sobre la espalda de Camilo. Como declaración de guerra, al cachorro le permitimos vivir, sólo le sacamos un ojo que tenemos enterrado en el parque, como recuerdo de nuestra primera batalla con un humano.

 


III. Por el perdón del poodle

 

Estaba echándole veneno para ratas a la comida de Abdul esta mañana. ¡Parecía un Cristo! Estaba con el rostro arañado y los brazos heridos. Al verme me abrazó, me pidió perdón, lloró y, sin pedírselo, me juró que no había asesinado a ningún perro. “Mentiras, si maté a uno, pero sin culpa”, me dijo, mate a Copito. ¡A Copito! grité yo. “Sí pero fue un error”, gritó también él. Me fui a la sala y me tumbé boquiabierta en el sofá. Él comenzó a caminar de un lado para otro y ahí fue cuando salió con el cuento de que el asesino era el gato, puede creerlo, doctor; Abdul, mi precioso birmano, el que me regaló mi papá cuando cumplí trece años. ¡Usted está loco, lárguese de mi casa!, le dije y salí llorando a encerrarme en el cuarto de mi mamá. Mientras tenía la cabeza hundida en la almohada comencé a asociar el comportamiento de Camilo con todas las cosas extrañas que sucedieron en esas semanas: primero, Tony y los otros animales asesinados; luego, la muerte de Copito; el veneno para el gato y el genocidio de los poodle... ¡Qué horrible, doctor: un genocidio! Yo todavía no entiendo cómo hacía para matarlos. Aunque pensándolo bien, si los envenenaba de día podían morir de noche sin que nadie lo notara… ¿cierto? A mi me pareció muy extraño cuando Camilo llegó a mi casa anteayer con un cachorrito de esa raza. Todas nos escandalizamos, era muy tierno y muy bello, pero nos pareció una irresponsabilidad sabiendo el peligro que corría. Además a él nunca le gustaron los poodle. Apenas si saludaba a Copito. Sin embargo, todo me imaginaba menos que él fuera el culpable. ¡Qué tristeza doctor!, cómo puede haber tanta maldad… Aunque el pobre Camilo lo hizo por locura, ¿cierto? A quién se le ocurre que un gatito puede matar tantos animales. Cuando ya me calmé, lo llamé por teléfono. Estaba solo. Su mamá trabaja fuera de la ciudad, pero con todo esto, le avisé y me dijo que ya venía a visitarlo y a hablar con usted. “Te juro que no fui yo, fue Abdul”, me explicó el idiota llorando. Le insistí en que no siguiera con esa tontería. Me dijo que inicialmente pensó en la culpabilidad de Copito, porque lo vio atacar un oso de mi hermana como si lo quisiese matar, pero que después de haberlo envenenado y que continuaron las muertes, ahora sólo de poodles, se sintió muy injusto y decidió descubrir a los responsables. ¡Imbécil, los peluches no pueden morir y todos los perros juegan así!, le grité. Me pidió que, por favor no lo interrumpiera. Me contó que hizo un inventario de todos los poodle del barrio. “Pasé noches en vela en la calle, buscando pistas, pero no encontraba nada”, me dijo. Entonces decidió ser él mismo la carnada: comprar un cachorro y esperar a que el verdugo lo buscara. Y así lo hizo. Según él, anoche, Abdul apareció en su habitación y estuvo a punto de matarlo. “Cuando lo intenté atrapar, maulló y apareció otro gato, y entre los dos me volvieron mierda, me destrozaron la cara, los brazos y la espalda, —me dijo entre sollozos—. No te imaginas a esos dos colgados por sus uñas y dientes de mi rostro; yo pedía auxilio, pero tú sabes que no hay nadie en la casa durante toda la semana, —me explicaba—. Lo peor fue ver cómo Abdul, con un solo zarpazo le arrancó un ojo al perrito, lo tomó con la boca y se lo llevó... —me dijo atragantado en mocos—. Luego me lavé la cara con cuidado, me vestí y lo llevé a Perritos y Gatitos, la veterinaria, allá lo tienen hospitalizado”. Sinceramente sí es muy raro que hubiese aparecido todo arañado. Usted lo vio, doctor. Lo que más me impresiona es la herida ancha que le atraviesa todo el lado izquierdo del rostro hasta el cuello. Nos quedamos un rato en silencio en la línea y luego soltó un berrido diciéndome: “Yo sólo quería asesinar al gatito para que Copito me perdonara, allá, en el cielo de los perritos”. Nunca me había fastidiado tanto su estupidez, no puedo comprender como algún día la confundí con ternura. ¡Güevón, el cielo de los perros no existe! Le grité y colgué el teléfono. Inmediatamente llamé a la policía y lo denuncié. Cuando lo sacaron de su casa pasaron frente a la mía para echarlo en la camioneta. Él me miró. “Lo siento y cuídate de Abdul”, me dijo y me lanzó un beso con la mano. Le juro, doctor, que, en ese momento, era yo quien tenía ganas de matar. En la comisaría me interrogaron y les conté lo mismo que le estoy diciendo a usted. Ellos me confirmaron, intentando disimular la risa, que él insiste en que el gato es el homicida, por eso lo mandaron para acá. ¿Qué cómo es Abdul? ¿Quiere saber cómo es? Venga doctor, asómese. ¿Ve la ventana de la habitación de Camilo? Sí, esa. Fíjese, sobre la tapia del frente hay como diez gatos. El más hermoso es él. El cremita, el que tiene la cara, la cola, las patas y las orejitas cafés. ¿Es bello cierto? Sí, es muy raro que estén aquí, aunque él quiere mucho a Camilo y de pronto vino a visitarlo, ¿usted cree, doctor, será posible que haya sido Abdul? No se ría, doctor, sea serio, no me tome del pelo.


Samuel Andrés Arias
Narrador, cronista y médico epidemiólogo. Ha publicado cuentos y crónicas en diferentes revistas como El Malpensante, Revista Universidad de Antioquia, Odradek y Etiqueta Negra. Actualmente prepara su primera novela.


www.odradekelcuento.com

Anterior | Siguiente