Ladrón de iglesias

 


David Gonzalo Henao Alcaraz

 


Yo soy ladrón, ladrón de iglesias. Mi nombre no es del caso mencionarlo. Trabajo de noche, en la madrugada de los lunes, porque para mi trabajo el día más recomendable es ese, ya que los donativos más cuantiosos se colectan los domingos. Mi trabajo me gusta: no es sencillo, pero da para vivir. Además, tiene la ventaja de mantenerme cerca de la única presencia que da, y ha dado siempre, sentido a mi vida: Dios. Cuando estoy trabajando, no dejo de pensar ni un minuto en Él. De Él es todo cuanto tengo: es mi leal compañero, mi amigo, mi benefactor. Todos los domingos asisto a misa, para agradecerle por los favores recibidos. Voy, también, porque necesito detectar el lugar donde los curas guardan los óbolos, así como calcular la cantidad que han recogido para no arriesgarme a robar una iglesia pobre.
El trabajo lo hago de esta manera: cada iglesia que robo la he seleccionado entre semana, el martes o miércoles, o cualquier otro día que no sea el domingo. Mi método es no robar iglesias aledañas, o a una misma consecutivamente, de modo que cada iglesia sea robada sólo una vez al año. Con esto me aseguro de no arruinar a ninguna y de mantener conmigo la ventaja de la sorpresa, que es la mejor arma de un ladrón. Además, acostumbro siempre asistir a misa previamente en la iglesia que he seleccionado para el robo. Hacerlo es ya un hábito, como el primer paso de cada operación. Otra cosa a la que me he acostumbrado con el tiempo, o mejor, que el tiempo me ha enseñado, es a respetar a la víctima, más aún cuando se trata de la santa Iglesia. Respetarla implica no tocar su alma, no robar nada en lo que Dios tenga puestos sus santos ojos. “Nunca robarle a Dios”; ése es mi lema y mi mayor testimonio. Este testimonio lo he traído desde aquella madrugada en que...
Hoy voy a hablarle sobre esa noche; quiero contarle lo siguiente:
Antes, cuando era nuevo en el oficio, robaba los cálices del vino eucarístico —¡qué descaro!—, pero Dios me ha enseñado a respetarlos. Hace algún tiempo, en una iglesia del centro de la ciudad, un cura por poco me vuela la cabeza cuando intentaba robarle sus cálices sagrados. El trabajo era por la noche. Me había entrado por la parte trasera de la iglesia, donde quedaba el patio de la casa cural. Un patio cuadrado, con arriates de rosas blancas y canastas colgantes con flores amarillas. Era una iglesia que visitaba por primera vez. Sin embargo, la sentí familiar, como si la hubiese robado antes. El patio estaba cercado con un muro que daba a una calle peatonal. Yo, caminando alguna vez por allí, había visto fácil la trepada del muro, y justamente así fue. Antes de entrar, como de costumbre, estuve en misa de seis y me confesé. Cuando terminó la eucaristía tuve todo listo. El lugar de los óbolos estaba precisado y asimismo su cuantía. También los cálices, que eran guardados en una caja fuerte, y hasta la combinación de la caja, porque el curita no tuvo ningún problema en revelármela durante la confesión:
—Acúsome padre de que pienso robar esta iglesia hoy, cuando entre la noche —le dije sonriente.
—En ese caso hijo —contestó sonriente también— la combinación de la caja es ésta... Y procure tomar más en serio el sacramento de la confesión, que no son para jugar las cosas de Dios.
Terminé de confesarme y luego estuve orando por un momento para cumplir con la penitencia. Cuando salí de misa eran las siete menos diez. A las siete en punto estaba dando un paseo alrededor de la iglesia, calculando posibles vías de escape y eventuales dificultades. La huída la pensé por la misma parte de la entrada, pues era seguro que las puertas delanteras de la iglesia estarían aseguradas por dentro y por fuera. El muro trasero era fácil de franquear y libre de peligros, aunque daba al patio de la casa del cura. Yo, sin embargo, confiaba en su largo y tranquilo sueño.
Sólo faltaba esperar a las doce, la hora en que había planeado entrar. Di otro paseo y regresé a las once. Para las y cuarto estaba sentado en el andén, junto al muro de acceso. Cuando fue la hora, trepé. Caí en un patio. En la pared de enfrente se hallaba la puerta de entrada a la sacristía. La forcé sin mayor dificultad. Una vez dentro, todo estuvo en mi mano. La clave, por supuesto, resultó ser falsa, pero la caja fuerte era prácticamente de juguete, y fue facilísimo abrirla. Ahí estaban los benditos cálices. Los introduje en el saco y caminé hacia el lugar donde se guardaba el dinero de las dádivas, con la idea de haber terminado el trabajo. No había dado muchos pasos, cuando oí un ruido. Di otro, tratando de esconderme, y en ese momento alguien me hizo un disparo. Un balín de la carga pasó tan cerca de mi cabeza que me sentí morir, y el estruendo llenó el lugar hasta el punto de dejarme aturdido. De inmediato alcé las manos, atemorizado, y tiré la bolsa. Los cálices hicieron un ruido tan terrible al caer, que en la acústica edificación, y unido con el eco del disparo, se oyó como un trueno. En principio no supe de dónde había venido el tiro, pero no pasó mucho tiempo antes de comprender que venía de la puerta del patio. A lo lejos se observaban, iluminadas por la noche, las canastas de flores amarillas. Ahí, entre las canastas y yo, a pocos metros, estaba un hombre. Atento, sin musitar palabra. Apuntaba con una escopeta hacia mi lado izquierdo, y supe por eso que no me veía. Intenté moverme, pero al oír mis pasos empezó a cargar su arma otra vez, sin apresurarse. Cuando la tuvo lista hizo otro disparo y entonces, aturdido de nuevo, me quedé quieto. Era imposible escapar de un lugar como ése. Entonces le hablé, para que me localizara de una vez por todas:
—Sabe usted, padre mío, que matar es castigado por Dios —dije.
—Y usted debería saber, si conoce la ley de Dios —respondió, y guiado por mi voz apuntó con su arma a mi cabeza—, que robar es pecado mortal. Cuánto más pecado será entonces robarle a la santa Iglesia. Mantenga las manos arriba —continuó, mientras encendía las luces y terminaba de cargar de nuevo su escopeta—, o le vuelo la cabeza con todo el gusto, que la Divina providencia comprenderá mi pecado.
Me arrodillé con las manos en alto, cerré los ojos y empecé a rezar el padrenuestro.
—Ya tendrá tiempo de arrepentirse cuando esté en el calabozo —dijo—, que Dios siempre nos concede el perdón por todos nuestros pecados.
—No me denuncie padre, se lo ruego —le imploré. Acuérdese que en confesión, durante misa de seis yo le dije este pecado, y si usted obra santamente, no divulgará un secreto que le fue dado en el confesionario.
—Conque así es la cosa, ¡eh! —dijo él. Si acude usted al secreto de la confesión, es menester informarle, muchacho, que el que estuvo encargado del confesionario todo el día domingo fue el padre Augusto, no el padre Pedro, quien estuvo oficiando esa eucaristía y está ahora a su servicio.
—Siendo así, le imploro padre que me tome ahora mismo confesión. No negará usted un sacramento a quien desesperado ha venido buscándolo a tan altas horas de la noche —dije, y empecé a confesarme con toda sinceridad: —Acúsome padre de que en mi mala intención intenté robar...
Luego de escucharme se acercó, poco a poco. Estaba en piyama y sostenía la escopeta con firmeza. Detrás de sus lentes unos ojos pequeños se esforzaban por verme, incómodos, como los míos, por la reciente luz. Efectivamente, no era el cura con quien me confesé. Éste era Pedro, el oficiante de la eucaristía. Su sermón de domingo se refirió a nuestra misión en la tierra y al deber de amar al prójimo, como obligación de todo hijo de Dios.
Caminó hasta mí —ya sin la tranquilidad y benevolencia que había revelado en su oratoria dominical—, siempre con la escopeta apuntándome a la cabeza, y cuando estuvo a mi lado me miró de arriba abajo, inspeccionándome. Luego dijo: “¡Levántese!”. Lo hice, y cuando estuve de pie, con las manos arriba, volteó la escopeta con fuerza dándome un culatazo terrible en la mejilla. Caí al suelo. Él continuó pegándome con la culata. Me atinó un par de golpes en el estómago y otros tantos en la cara. Estaba furioso: regurgitaba, se asfixiaba, resoplaba, sobresaltado por la energía que ponía en golpearme.
Después de todo fue un hombre compasivo. Me pareció muy generoso de su parte hacerme poner de pie para que recibiera los golpes. Sólo Dios sabe qué humillación tan grande hubiera sentido al recibirlos de rodillas, como un hombre que se inclina ante el dolor por cobardía. No recuerdo, ahora que hablo de esto, haber dicho palabra insultante a su persona, ni haber intentado defenderme, porque todos sus procedimientos me parecieron altivos y dignos, como dándome una merecida lección. Lo último que recuerdo de esa noche es que, tratando de esquivar sus golpes, logré levantarme y corrí hasta la puerta delantera de la iglesia. El padre, silencioso, escopeta en mano, caminó detrás de mí, sacó su llavero y abrió la puerta para que yo saliera (no estaba cerrada por fuera, como lo supuse), y allí, en la salida, cuando me disponía a marchar dándole la espalda y los agradecimientos, me dio otro golpe en la nuca que me dejó ahí tirado. Por poco me mata. Creo que él pensó que había muerto, creo que dejó que saliera para matarme afuera del templo, y que estoy vivo porque Dios lo quiso así.
Al otro día me despertó el ruido de los carros. Era tarde, muy tarde, y las gentes caminaban por el atrio, indiferentes a mi suerte. Adentro rezaban algunos devotos arrodillados ante el altar, en espera de la misa de seis. Traté de levantarme. Estaba adolorido por todas partes y no podía hablar. Me levanté por fin, y caminé a tientas hasta llegar al paradero de buses. Subí a uno, invoqué a todos los santos y, avergonzado, me fui a casa.


David Gonzalo Henao Alcaraz (??)


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