La costura no iba conmigo

 


Pilar Villegas

 


Si hubiera aprendido a coser cuando mi abuela quiso enseñarme, hoy no estaría tan encartada tratando de unir estas partes, que no hace mucho tiempo, fueron mi cuerpo. El tren iba tan rápido que el maquinista no se percató de mi caída, solo el escándalo y los gritos desgarradores de los pasajeros, lo alertaron algunos metros adelante. Pero ya no había nada que hacer, yo era un reguero de cuerpo, un rompecabezas incompleto. Y esto de incompleto lo digo con total conocimiento: nadie me conocía mejor que yo y sé que ahora, que me metieron en esta bolsa y dejaron de buscarme más pedazos, me faltaron, me faltan piezas.
No es nada grato que otras personas te vean completamente desnuda y descubran todos tus defectos y, peor aún, que sea por ellos que te identifiquen: mi mamá tenía un lunar en la ingle o, mi esposa tenía una cicatriz en el seno, que tal que todos se enteraran que me faltan algunas muelas? Por eso, este afán de unirme, pero es en vano, no estoy completa.
La costura no me gustaba, escasamente aprendí a pegar botones y a cogerle los ruedos a los pantalones. Y eso, porque mi abuela me los hacía repetir hasta que quedaran casi perfectos. Y mientras repetía y repetía, yo sólo pensaba en lo tonta que sería una modelo pegando botones, porque yo quería ser modelo o actriz y no podía dañarme los dedos.
Mi abuela tenía la paciencia suficiente para repetirme cuantas veces fuera posible, las cosas que las niñas debían aprender para ser unas mujeres íntegras, dignas de un hombre y entre esas cosas estaba, por supuesto, saber confeccionar vestidos, tendidos de camas, cortinas, remiendos y otra lista interminable de objetos.
Pero como no fui lo bastante bonita para ser modelo o dedicarme a la actuación, me casé con Javier y tuve dos niños, a los que a regañadientes debía hacerles los tan odiados remiendos que siempre me quedaban espantosos.
Cuando uno de los muchachos se casó y nació mi primera nieta, quise regalarle una muñeca hecha por mí, pero ya no estaba mi abuela para enseñarme cómo hacerla. Así que recurriendo a mi poco ingenio en esos menesteres, me atreví a confeccionarla. Mi nieta la conserva, pero sólo por el cariño que me tiene.
Para la costura se necesitan dos cosas: la paciencia de mi abuela y la práctica que dan los años. Si uno quiere confeccionar un vestido, o una blusa debe seguir unos pasos elementales: primero, se marca la tela, se cortan las piezas y se van uniendo de una en una, hasta terminar.
Luego, se ensarta la aguja lo que se convertía en toda una odisea, intento tras intento y cada vez el hueco se volvía más pequeño hasta volverse casi invisible. Y por eso, cuando lograba ensartarla, dejaba una hebra tan larga que luego el problema era desenredarla.
Hace pocos días, había tomado la firme resolución de aprender a coser. Me matriculé en un curso para principiantes y sólo me faltaba una semana para empezar.
Por eso, ahora me parezco bastante a aquella muñeca que le hice a mi nieta y, además, estoy llena de cicatrices en los dedos.


Pilar Villegas (Colombia)
Cursa el diplomado en Creación literaria en la Academia Yurupari. Alterna la escritura con un taller de encuadernación.


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