Al final de la magia

 


Ana María Cadavid

 


La luz lo bañaba, fluía iluminando un sombrero satinado, un bigote, un corbatín y un traje negro. Volvió sus ojos verdes hacia mí. Me iluminaron. Fui la asistente elegida entre el público. Yo salí orgullosa con mi vestido blanco y subí los peldaños para meterme debajo de su luz. Él, atento, me tomo la mano y de ella sacó una paloma. Desde ese día me hizo su mujer.
A su lado los días empezaban tarde y las noches se iban hasta el amanecer. De mis orejas brotaban monedas, de mi boca manaba un arco iris de pañuelos, de mi pelo caían cascadas de pétalos rojos. Más tarde mis senos eran leche y por dentro me quemaba el fuego. Yo me nutría de magia y mis ojos no dejaban de asombrarse con cada truco.
El tiempo, lo único que no podía someterse a su voluntad, se fue resbalando en el pañuelo de seda, entre los “¡fi-fa-fu!” que victoriosos anunciaban cada revelación. Poco a poco dejé de ser la asistente graciosa que exhibía cintura de lentejuelas, escotes de paloma, cola de avestruz. El público ya no se distraía con mi brillo, todos miraban atentos al mago, le miraban las manos, sospechaban que ahí estaba la magia; pero el día que salí de sus ojos verdes supe que la magia estaba en otro lado: la buscó entre el público, la tomó de la mano, la acercó a su luz y de su pecho le sacó un corazón de crepé rojo que todos celebraron con aplausos.
Le vi el corazón saliendo de su manga.
Con un espectáculo inesperado decidió renovarse. Fabricó tres cajas blancas y tres negras de lados abatibles y fondo tapizado con terciopelo rojo. Montó las cajas sobre bases de metal apoyadas en rodachinas. Compró un serrucho grande y con cuidado afiló y trabó cada diente. Yo lo veía preparar el montaje mientras le planchaba la camisa y descubría bolsillos truculentos. El mago nunca había estado tan decidido; enfrentaría una magia de las grandes con sus dos mujeres.
Señoras y señores y aplausos y luces y lentejuelas y brillo y humo… todo en suspenso mientras nos acostábamos en las cajas. Yo sabía que las negras eran las mías y cuidadosamente me senté en el centro sobre el terciopelo rojo. Con gracia subí las piernas mientras apoyaba mis manos. Acomodé el cuello y los pies en la curva de cada extremo y esperé con los ojos abiertos a que él sellara mi cuerpo. El mago sacó el serrucho y lo blandió a los ojos de todos. Un asombrado “¡ahhh!” entró con tambores por mis oídos, mientras las luces del techo giraban, locas. Ella, acostada en sus cajas blancas era la primera; pude ver sus ojos cerrados, dispuestos, vi también como sonreía mientras el serrucho pasaba suave por su vientre y luego por sus muslos. Sonó el “¡fi fa fu!” con una bomba de humo y un reflector halógeno. Partida en tres, bailando sobre sus ruedas chinas, abrió los ojos y lo miró sonriendo. Deslumbrados, los aplausos se arrodillaron ante la magia.
Fui la siguiente, el serrucho cantaba y brillaba metálico en el escenario. No pude dejar de mirarlo; manos temblorosas, pupilas contraídas, gotas de sudor y una mueca suspendida a punto de caerse. Los tambores anunciaron el serrucho y con un movimiento pausado entró por la esquina de las cajas y encontró mi piel desnuda y la desgarró lentamente, oscilando, adelante, atrás, adelante, atrás…


Ana María Cadavid (Colombia)
Es una ama de dos casas: una la del esposo y los hijos; otra, la de papel, la mentiras, la que sopla historias y la pone a volar en cuentos. Acaba de ganar el primer puesto en el concurso “Las 700 del ego” de la revista El mal pensante. Pertenece al taller de escritores de Eafit.


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