La entrega

 


Emma Lucía Ardila

 


El árbol era enorme y extendía su sombra de tal forma que alrededor no crecía ninguna vegetación. Reinaba en el terreno hincando sus raíces, arañando la tierra, apuñándola toda para sí, y se erguía imponente con sus hojas redondas y carnosas.
Como todas las tardes al entrar en su casa, fue al patio en busca del sosiego que le ofrecía el árbol, del silencio que lo circundaba. Como todas las tardes, permaneció allí hasta cuando el color lila del cielo se filtró a través de las hojas, en esa hora en que las cosas todas parecen a punto de morir y se silencian. Pero esta vez, cuando ya empezaba a oscurecer, la sensación fue distinta. Se dio cuenta de que no estaba sola, de que era observada. Trató de penetrar en la oscuridad del follaje y lo primero que vio fueron los ojos, muchos ojos que la miraban como si siempre la hubieran visto, como si no tuvieran otra razón para existir distinta de observarla. La miraban tranquilos; parecía que ni el tiempo ni las premuras diarias les concernieran; después pudo percibir el bulto negro de sus cuerpos mudos, difuminados en el follaje del árbol.
Se sintió pequeña y sola, una intrusa que sin derecho había entrado en la oscuridad de la fronda y los había descubierto. Pero al mismo tiempo sintió una enorme atracción, una hermandad con aquellas sombras, un deseo de conquistarlas y acercarse a ellas; creía conocerlas desde antes, con un recuerdo tan atávico como impreciso, parecido a los presentimientos.
Avanzó lenta, sin dejar de escrutar el follaje. No pudo ver entre tanta penumbra qué clase de seres eran, pero por la expresión de sus miradas supo que estaban terriblemente solos, que tenían hambre, que no era una intrusa para ellos y que la necesitaban. Volvió sobre sus pasos y entró en la casa para buscarles algún alimento. Recordó las frutas que había comprado esa tarde, atraída más por la textura y el color amarillo de la cáscara, que por el deseo de comerlas. Fue por ellas hasta el comedor, dobló el borde de la blusa hacia arriba para improvisar una bolsa y las depositó todas. Luego se acercó al tronco, tantas veces acariciado y de nuevo alzó la vista.
Del follaje se desprendía un denso silencio. Muchos ojos la miraban desde arriba, pero eran sólo eso, ojos, sombras. Tomó una de las frutas y tendió la mano hacia ellos. Uno se movió, bajó ágil, adecuándose a la penumbra para ocultarse, y alargó una extremidad oscura y ansiosa. Ella le entregó la fruta y la superficie de una piel seca se rozó con la suya, haciéndola estremecer. Las demás las depositó en el suelo, sobre la tierra húmeda y se fue sin volver a mirar, hasta que cerró la puerta tras de sí.
Se sentó en una de las sillas del comedor y empezó a jugar con el frutero vacío, mientras pensaba con extrañeza en ese sentimiento que aquellos seres le despertaban. Era solitaria, tenía pocos amigos y a éstos escasamente los frecuentaba, mas eso no la hacía sentirse infeliz. Consciente de la soledad inevitable, su elección le había proporcionado una tranquilidad, que en vano había buscado antes en afectos engañosos. Suprimió reuniones con los conocidos, pues sólo le producían una sensación hueca y ausente. Evitó competencias laborales, no le interesaban, dejó a los otros el afán de sentirse premiados y reconocidos por los demás. Con su reserva fue alcanzando un sosiego nuevo. Por eso quizás, al ver a las sombras, había sentido un eco de sí misma en aquellas presencias replegadas y silenciosas. A veces, incluso, se preguntaba si ya no tendría calidad de sombra, de tan apartada y sigilosa como se había vuelto.
Pronto aprendió que era inútil buscar a aquellos seres durante el día; se ocultaban en la parte más densa del follaje y sólo era posible intuirlos, pero no verlos. Entonces cambió sus hábitos diarios; si antes, eventualmente, salía en las noches o retardaba el regreso, entretenida en encuentros con los pocos amigos que aún conservaba, ahora ningún motivo era suficiente para retenerla fuera. Ansiaba su casa, su resguardo, su soledad. Esa soledad, ahora en compañía, que había descubierto en aquellas sombras mudas, cada vez más cercanas, más amigas, menos esquivas.

Cada noche aquellos seres bajaban del árbol, amparados por la oscuridad, y lo rodeaban silenciosos, formando un anillo oscuro dentro del círculo cerrado de la penumbra y permitían que ella los observara de lejos; pero si intentaba acercarse, subían de nuevo y se ocultaban. Cuando iba a su cuarto, al desnudarse, a través de la ventana que daba al patio, los presentía, casi eran palpables sus ojos escrutadores. Y ella se desnudaba despacio, sin miedo, y entregaba a aquellas sombras la claridad de su cuerpo.
Se les fue acercando con paciencia, cada día un poco más; poco a poco logró que la esperaran, que no la rechazaran. Empezó a vestir de negro de pies a cabeza y dejó suelta su cabellera oscura. Lo único que sobresalía en ella era el rostro claro, como luna reluciente en el patio sigiloso.
Sólo restaban unos pocos pasos para integrárseles. La ansiedad casi la vencía. Decidió que al día siguiente, cuando oscureciera, se reuniría definitivamente con ellos. No la asustaba el riesgo.
Llegada la hora, caminó resuelta con pasos cautos, semejantes al movimiento de sus brazos al desnudarse, hacia el corro de sombras que rodeaba el árbol y la observaba. La intensa atracción casi le hacía doblar el cuerpo. Se dejó tomar por aquellas extremidades oscuras que, sin soltarla, la llevaron hasta el centro del círculo; el círculo fue estrechándose hasta encerrarla, y así, en aquel cerrado anillo, comenzó una danza, primero lenta, de pasos retumbantes como tambores profundos, y luego rápida, más rápida, más rápida, vertiginosa. Pronto no se supo cuál sombra era cuál y si aún la mujer existía, fundida entre ellas.


Emma Lucía Ardila (Colombia)
Véase Odradek, el cuento No. 2


www.odradekelcuento.com

Anterior | Siguiente