La yegua

 

 

César Herrera Hispania

 

 

Levanté la cabeza y vi los belfos oscuros, gruesos pero lisos, con algunos surcos tan sutiles que no se sentirían al roce de los dedos. Unas ranuras leves que ante los ojos se verían como accidentes de la madera violeta después de haber sido pulidos y barnizados. De haberlos besado en ese instante hubiera necesitado cuatro o cinco veces el tamaño de mis labios para abarcarlos. Eran unos belfos de caballo sensual. Luego vi sus ojos de bestezuela triste: oblicuos, negros, enmarcados en un óvalo cetrino. Pestañas inusualmente grandes y curvas. Desde mi posición los veía (otra vez los belfos) a punto de abrirse y mostrar unos dientes monumentales, capaces de degollarme de una sola dentellada, pero no tuve miedo. Sus ojos me observaron con prevención o con rabia. Los miré en varias ocasiones y noté que poco a poco cambiaba su expresión. Fue entonces cuando descubrí la luz taciturna de jumento triste. Todos los caballos tienen esos ojos comprensivos, desamparados e impotentes por no saber decir lo que sienten. De tener dedos en vez de pezuñas, serían los seres más blandos, no les alcanzaría el tiempo para abrazar y apechichar.
Su torso era un poco abultado, no parecía tener senos sino dos cordilleras de fina fibra. La piel era brillante: un tapete oscuro y limpio, indemne de una manera inusitada en estos seres. En su grupa cabalgaría feliz el animal más desesperanzado del mundo. No es común estar confiado al lado de una criatura de esta magnitud. No me intimidaba, aunque sería capaz de matar a un elefante de una coz. Estas obras estatuarias de la naturaleza suelen ser frágiles y pastosas.
Haberla mirado tres o cuatro veces mientras ella escogía el asiento, mientras estaba ahí de pie en el pasillo viendo hacia atrás, hacia adelante, por la ventanilla en busca de alguien para despedirse o para cerciorarse de que habían guardado su equipaje, había sido cosa de un minuto. Haberla visto fue un choque de placas tectónicas y fue desear con toda la contracción de los huevos que se sentara a mi lado y se sentó. Esos instantes en los que uno se convence de que es mago, un poco dios. Es cuando uno piensa que la vida le está pagando una vieja deuda.
Sentados yo me veía un tanto más alto, pero sus pospiernas eran al menos tres veces más gruesas que las mías, que habían sido de futbolista de potente pegada y sus grupas se expandían duras y formidables en el cojín. Le pregunté alguna estupidez y me la contestó con un sí, después con un no, que me sonaron como una perorata musical y que me bastaron para descubrir el acento de la seducción. Vi sus dientes entre una carne rojiza y autosuficiente que en un momento dado habría podido sacar unos tentáculos y atraparme como a una larva y engullirme en una lasciva y placentera deglución y eran proporcionales a sus belfos. Su aliento era de melaza y hierba espumarajada. De haber conocido su verdadero poder hubiera sido capaz de generar una carnicería entre los pacifistas más acérrimos y hubiera hecho cambiar de doctrina al Papa.
Como es normal en estos viajes, en Santa Rosa le presté mi chaqueta, supe que iba para Arboletes porque ya estaba sentada en el hoyo soplador. Por Yarumal iba dormida sobre mi hombro y había empapado mi camisa con su babaza équida. En Puerto Valdivia le solté mi animal tozudo y después de una frágil resistencia lo emplazó en sus belfos morados y al cabo de unos segundos más naufragaba entre el espumarajo. Hundí mi diestra entre sus humedales y el autobús se llenó de un olor que hacía pegar las camisas de los pasajeros a sus pieles y les trenzaba los vellos de las manos. Las pocas mujeres que iban en el automotor se retorcían en sus asientos como si estuvieran sentadas en una gelatinosa sustancia de marasmo. En Planeta Rica estábamos agotados. Habíamos movido más dedos que un concierto de piano a cuatro manos. Empezaba a despuntar el sol marino de diciembre, anaranjado, musical y esplendoroso; pero todavía se sentía el frío caliginoso de la sabana.
Se había dormido y su belfo inferior se desprendió como el de una yegua agonizante. Ahora no se veía tan brillante ni tan portentosa y su olor de espuma antigua atraía algunos ojos aspados de artrópodos. El sol sobre su cara la despertó, entonces le dije que se quedara conmigo en Montería. Sólo movió la cabeza. Fuimos a una residencia de la calle 37 que a esa hora olía a huevos revueltos en mantequilla con tomate y cebolla, a café con leche y a jabón de baño; era un olor grueso, ululante entre aguas de colonia para después de la afeitada.
Nos dieron una habitación con vista a un enorme patio interior donde unos pequeños descamisados y pipones correteaban tras un balón de caucho. Se metió a la ducha. Yo me tiré en la cama, desnudo y bocarriba bajo el ventilador. Estuve viendo sus descomunales nalgas limpias de cicatrices. Era un bello ejemplar.
Cuando me miraba a través del agua tibia, sus ojos de matalón lúgubre alumbraban como un tren de la infancia. Iba a sentarla sobre mí aunque en ello se me fuera el costillar. Aunque mi rostro quedara como después de ocho asaltos de una pelea mal casada. Me ardían los ojos. La voz no me salía.
Serían las doce del día cuando desperté; aturdido por la somnolencia y el calor la busqué instintivamente en el baño. No estaba. Me di un chapuzón de un minuto como si de repente hubiera recordado un matrimonio: el mío. Y no era para menos: durante el viaje se me había pasado por la mente que me quedaría el resto de la vida con ella. Siempre había deseado una criatura de ese tamaño, de esa envergadura y ahora interpretaba otras ansiedades que no tenían explicación en su momento y de súbito se me aclaraban: debía oler a esa brutalidad, hacerse líquido de ese modo y gruñir como una bestia (aunque los pocos pasajeros que habían viajado en el expreso miraron entre confundidos, avergonzados y excitados para la banca de atrás y no vieron más que un bulto negro y encabritado en el sitio del ronroneo). Salvo la estupidez monosilábica con la que había contestado a la estupidez que le pregunté, no pronunció palabra; sólo sí, no, y esos bramiditos de animal salvaje y mudo: tal como me lo imaginaba en el paraíso.
Me vestí a toda prisa y salí. El sol del mediodía me puso su mano al rojo vivo y concluyente en la cara. De modo que esto era el desierto, el abandono, la soledad. El pavimento derretía las suelas de mis zapatos. A la derecha el río, a la izquierda la circunvalar, a mis espaldas el norte, la calle Cuarenta y sus parrandeaderos donde en un tiempo bebimos ron y bailamos con la música de Jorge Oñate. Al frente el puente: cruzarlo, pasar sobre el río y sus locos empelotes, enmariguanados, enmariconados. Pasar de largo el barrio La Granja y levantar la polvareda del camino canicular; coger la ruta a Santa Lucía, Los Córdobas y Puerto Rey; llegar a Arboletes y preguntar... ¿preguntar? ¿Señas particulares? Tiene los ojos tristes de un corcel tierno, no grita, no habla, brama un poquitín durante los orgasmos, se muerde una mano, moja la planicie, riega la sabana, hace crecer el pasto de los hatos ganaderos y a los mangos de azúcar los convierte en golondrinas. Sí, así es, ¿no la han visto? Tiene los belfos de un hermoso azabache, la grupa negra y pura y algo del color de las entrañas que jala con violencia hacia lo más profundo de los infiernos... ¿no la han visto? Huele a la espuma de masticar hierba y beber melaza, al azufre de los volcanes carnívoros y al humo de los trenes oxidados que regresan de la melancolía. ¿No la han visto? No la habían visto. Me senté durante varias noches a esperar en esquinas y bares, en poblados cercanos y en playas, y una mañana ya sin voz de tanto preguntar y sin olfato de tanto decir a qué olía y sin recuerdos de tanto recordarla, empecé a caminar de regreso. Entonces fue cuando comprendí que no puede haber regreso para quien no se ha ido del todo.
Y no la habían visto ellos, los que la conocían y la esperaba yo que nunca la había tenido; esperaba a alguien que no se había marchado porque nunca había pasado por mi lado. Ojalá hubiera podido quedarme despierto mientras se bañaba la piel de petróleo y dejarme destripar de sus huesos subsaharianos, pero no éramos de la misma laya. Igual ella hubiera podido acabar con mi paupérrimo líquido seminal, haber desayunado después de la ducha y marcharse por donde no había venido, porque en aquella dirección sólo lo haría yo solo.
¿Por dónde partiría? ¿Cuándo? No sé por qué se me ocurrió que podríamos ir juntos por la calle. Ella no tenía nada qué decirme y quizá nunca se hubiera tomado la molestia de pasarme una de sus cañas delanteras por el hombro, así como tampoco se hubiera inmutado si yo me desplazara por las calles o por los campos balanceándome en sus ijares, agarrado de sus crines o golpeando con mi sexo inofensivo sus grupas maestras. ¿Qué hacer? Regresar al sinregreso. Una mujer es un viaje feliz y breve, es un espejismo en el que ingresamos y del que la salida es el paso a otro con cuerpo de bestia indomable, indiferente porque la mujer es la parte animal del hombre que no tiene conciencia de la muerte.

 

César Herrera Hispania (Colombia)
Director de la revista Mascaluna. Ha publicado los libros Travesia para recobrar el sueño (poemas), Testigo ocultar (poemas), Cruces de mar abierto (cuentos), Escotilla para un amor (poemas), Isolina (novela).


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