Las tres gracias

 

 

Elkin Restrepo


 

1

 

—Ana, enciende la luz, hay alguien afuera.
El hombre andaba extraviado y pedía posada por una noche. Dijo llamarse Antonio, dijo también que la lluvia y la oscuridad lo habían hecho perder el camino y que era una suerte encontrar una casa a esas horas.
Las dueñas eran tres hermanas que vivían allí desde hacía mucho tiempo y que, por lo apartado del lugar, rara vez tenían una visita. Celebraron que la noche lo hubiera empujado hasta allí, y le dieron abrigo y comida.
Al hombre no dejó de sorprenderlo la presencia de las mujeres de negras y largas trenzas, oreados vestidos de seda (sobreaguados de alguna fiesta antiquísima), relicarios y anillos de oro y maneras finas, que parecían haberse escapado de algún daguerrotipo. “Anticuadas, solteronas anticuadas”, fue lo que primero pensó, y no le gustó haberlo pensado.
Después de contarles lo poco que tenía que contar (su vida era corriente como ninguna), pidió permiso para retirarse, pese a la insistencia en seguir la charla —la noche apenas comenzaba—, pero la fatiga, el desconcierto y el ambiente extraño, le impidieron ser un huésped comedido. Mientras lo acompañaban al cuarto, le dijeron que se llamaban Ana, Flora y Libia.
A Antonio, no le fue fácil conciliar el sueño; durante un rato largo no hizo sino mirar el techo y las tapias blancas de aquel vetusto lugar húmedo y con olor a moho. La verdad, no sabía dónde estaba y, desalentado, pensó que ni la noche ni la lluvia habían sido buenas guías. Por un momento pensó también en las tres mujeres que, a pesar de su aire inquietante, sabían ser agradables; en el íntimo entendimiento que reinaba entre ellas y en que a su modo, las tres eran atrayentes. Pero algo lo llenaba de reserva. Quizá no fuera ese halo, que envolvía su juventud marchita, sino el exceso de atención y la delicadeza con que recibían a un desconocido.
Mucho más tarde, cuando creía que no iba a poder cerrar los ojos, el silencio se hizo sobrenatural, y él se durmió y, luego, tuvo sueños de sueños.
Al amanecer lo despertó el ruido de la puerta. Antes de saber lo que pasaba, sintió que un cuerpo desnudo se acomodaba al suyo e iniciaba un forcejeo amoroso y tibio, de amazona vencida que, a la sorpresa de un comienzo, reemplazó enseguida por un deleite y una locura que le hicieron creer que su vida terminaba. No fue así, pero de nuevo, una y otra vez, bajo besos y caricias, desgajado por el aroma que nacía de ella, Antonio entró en una lid que no hablaba sino de felicidad y que duró hasta que cantó el primer gallo y una sonoridad campestre, de súbito inflamada, borró lo que restaba de ellos y trajo enseguida la naturaleza.

 

2

Eran más de las once del otro día cuando Antonio se levantó y, como no encontraba a las mujeres, salió a buscarlas. Entonces advirtió que la casa era mucho más grande de lo que pensaba y que, contra lo previsto, se hallaba enclavada en un lugar agreste, rodeada de árboles inmensos y animales de toda clase. Aunque el jardín lucía descuidado, las flores tenían un color violento y despedían un fuerte aroma. Todo allí parecía intocado y la naturaleza se mostraba feraz. Deslumbrado, alcanzado por la atmósfera primitiva de aquel lugar, imaginó que así debió ser algún día el paraíso; un paraíso que ahora lo recibía de golpe, bajo un sol crudo, que lo anonadaba —él allí no era más que un intruso— y lo llenaba de incertidumbre. Pero disfrutó del ambiente, tan ajeno al de sus hábitos, y fue al encuentro de las tres mujeres que desde lejos, cerca a los corrales, lo llamaban.
Durante el desayuno, Antonio intentó descubrir cuál de ellas había sido la misteriosa visitante de la noche anterior. Pero las mujeres actuaban de modo natural y sus atenciones y comedimientos sólo buscaban hacerlo sentir bien. Le contaron, mientras le ofrecían frutas y café, que ésta había sido su casa siempre y que, por una razón u otra, nunca habían salido de allí. No ignoraban que los lugares atan de modo distinto a las mujeres que a los hombres, y que éste en especial, metido en el corazón del monte, cuna también de sus antepasados, sería el suyo, mientras el mundo siguiera siendo el mundo. Allí, contra lo que podría pensarse, sus vidas transcurrían felices y tranquilas, sin la agitación y la miseria de otros lados.
Más tarde, cuando el sol comenzaba a endurecerse, lo invitaron a recorrer la casa, y a Antonio le pareció que a ésta no se le ponía mano desde el momento de su construcción, tal era su estado. Las habitaciones estaban húmedas y decaídas; por todos lados, raíces y hierbas levantaban las losas del piso. En la gran sala los muebles, de comino fino, se encontraban dispuestos en cualquier orden y a nadie parecía importarle que estuvieran sucios de pájaros y carcomidos por el tiempo. Alguna vez las ventanas se habían cerrado; sobre armarios y mesas, sobre el montón de objetos que un día hicieron amable el lugar, la oscuridad había depositado una gruesa nata. Allí, cada estancia o rincón, contra lo que se podía esperar —al fin y al cabo eran mujeres las que la habitaban— mostraba un descuido aún mayor, de modo que la casa en su conjunto, con los patios, corredores y piezas en galería, con la cocina y el baño de inmersión, donde parte del baldosín (con la figura de un jaguar) había sido arrancado, vencida por todo tipo de males, constituía un despilfarro en medio de semejante naturaleza, que por lo demás, amenazaba estrangularla cualquier día con sus raíces y árboles, con sus animales y aromas de monte. Era, pues, una casa, fácil resultaba comprobarlo, a punto de extinguirse y ser devorada por su entorno.
En uno de los patios, bajo la fuente de bronce (que representaba a un niño orinando), había una piara de cerdos hurgando en el cieno y, más allá, al pie de un helechal, un pavo real iba y venía, contoneándose como un joven príncipe. Bajo el sofá, que estaba recostado al lado del ventanal que se abría a un jardín ciego, Antonio descubrió una familia de zorros y, por todos lados, monos que lo miraban con curiosidad y recelo. Pensó, entonces, en el día en que, ante el avance del monte, la casa perdió su lustre y en las razones que tuvieron las mujeres para permitir que las cosas continuaran su ocaso. Solas, lejos de todo, quizá dicidieron que no importaba y que lo mejor era dejar que la vida prosiguiera lo suyo. Y aunque, de aquel viejo esplendor restaba poco, aún la casa servía como guarida y, por qué no, llegada la ocasión, como lugar de paso.
Todavía se pasearon un rato más y, luego, atendiendo a la curiosidad del forastero, volvieron al baño en la parte trasera, en cuyo fondo intentaron juntar los baldosines con el jaguar emblemático, como si se tratara de un juego.
Al volver, Libia lo tomó de la mano. Supo entonces cuál de las tres lo había visitado al rayar el alba. De ellas, era la más joven y envolvía su larga trenza en una moña, como queriendo igualarse en edad con sus hermanas, pues ésta la hacía ver más adusta, con un aire de señora mayor que, sin embargo, la luz de sus ojos traicionaba, igual que la delicadeza y esbeltez de su cuerpo, que apenas apuntalaba tras el desueto ropaje. Sabía Antonio qué guardaba esta adultez fingida y, llegado el momento, qué la iba a diferenciar del opresivo abrigo de las otras dos, que en su afán de hembras plenas —llevarían ocho o diez años a aquélla—, destilaban también una gota de licor propicio al hastío.

 

3

En el comedor, cuando el mediodía avanzó, las mujeres propusieron juegos y, aunque él estaba contento, sólo esperaba una oportunidad para despedirse y tomar el camino de regreso, antes de que fuera demasiado tarde. Pero aquello era un ardid, las mujeres cada vez fueron más lejos en sus propósitos, y él, muy a su pesar, vio pasar el tiempo y cuando quiso remediarlo, era ya de noche. Se disgustó consigo mismo por robar otro día más a sus asuntos, que no admitían plazo alguno.
Al amanecer, otra vez se abrió la puerta de su cuarto y, otra vez, como el día anterior, alguien corrió a meterse en su cama. De inmediato, sin preguntarse nada, se abrazó a esa desnudez olorosa a campo que lo abría de un tajo y, luego, beso a beso, lo curaba hasta convertirlo en ídolo. Cuando reconoció a la segunda de las hermanas, por toda respuesta, como si no importara, ésta se estrechó aún más a él y, juntos, después de una labor gozosa y sin pausa, levantaron una súplica que nadie oyó.
Al otro día, las mujeres redoblaron sus astucias para retenerle, y él, que todavía se resistía, debió aceptar quedarse de nuevo. Pero al alba, cuando comenzaba el canto de los gallos, tuvo entre sus brazos a la que faltaba y juntos, vueltos fuego, hicieron del amor una ceniza.
A partir de entonces, amándolas a las tres, su vida cambió y ya no fue del caso irse.
Lentamente, con los días que después fueron semanas y más tarde meses, se habituó a aquella casa perdida en el monte y a una aventura que, como si todo hubiera dado marcha atrás, lo arrastraba a la voluptuosidad de los orígenes.
Cualquier tarde, acompañado de las tres mujeres, reconstruyó el baño y repintó el mosaico con el jaguar amarillo. Después, allí mismo, en aquellas aguas dormidas y fragantes, tibias como una cuna, las poseyó una a una, cumpliendo un ritual que luego, a lo largo de meses, se repetiría una y otra vez y que, en su exceso, en su fiesta carnal, significaba para él cruzar una frontera más. Entonces el placer tomó su vida y, salvo el amor, cualquiera fuera el sitio y la hora, nada tenía importancia. De ahí en adelante, al igual que las mujeres, se alimentó de café y frutos silvestres; de vez en cuando, para evitar el hastío, sacrificaba un puerco o un par de gallinas. Después de un tiempo su aspecto cambió, y del joven austero, ambicioso, que un día había aparecido por aquellos parajes, restaba poco. Con su larga melena, las maneras bruscas, la piel tostada, daba la impresión de que otro, aún más primitivo que él, hubiera tomado su lugar. Otro que, con su aire simple, su rudeza y su silencio, con su felicidad natural, vivía acaso una verdad que aquél desconocía.
Un día, pero esto pasó mucho después, mientras se paseaba por los potreros, tirados entre el rastrojo, encontró un montón de huesos que, por su tamaño, bien podían ser humanos. Se notaba que hacía años estaban ahí y que pronto, por su estado, serían polvo. Sin inquietarse (sin siquiera preguntarse qué hacían allí, cuando era un hecho que nadie asomaba por aquellos parajes), siguió su camino y, aunque pensó comentárselo a las mujeres, luego lo olvidó.

 

4

Hacía tiempo que no dormía en la casa, sino afuera, donde lo cogía el sueño. Obraba pues, de manera igual a todas aquellas criaturas, con plumas o no, que rondaban su existencia y daban un aspecto de paraíso desquiciado a aquel lugar. De paraíso con tres Evas, inmunes a la vejez y que, como tales, eran también el comienzo de algo que él desconocía y tampoco se preguntaba.
Alguna vez, como si estuviera a punto de tener una revelación, pensó que de las tres mujeres él era a la vez padre, hermano y amante y que el jaguar de los baldosines era quizás un símbolo. Se sintió extraño, próximo a un punto del cual, lo decía la misma naturaleza de sus pensamientos, no habría ya vuelta. Tuvo miedo y, por primera vez, como hacía tiempo no lo hacía, pensó en su vida de antes, no con nostalgia sino con el sentimiento de quien teme alejarse demasiado de una orilla cierta. Desde entonces, mezclado a ese ambiente ancestral, el pasado y su orden trivial, su lejana actualidad —la del hogar y sus negocios—, empezaron a ganarlo, y él, sin mostrar sus sentimientos, cualquier día decidió regresar a casa a la primera oportunidad.
Pero aún pasó mucho tiempo antes de que, decidido a irse, se lo contara a las mujeres. Cuando se los anunció, contra lo esperado, éstas no dijeron nada, ni mostraron interés en retenerlo. Retozaban en el baño, sólo le pidieron que esta vez fuera más amoroso que de ordinario, y él lo fue; luego lo coronaron de flores y le dieron a comer moras e higos. Era su última fiesta y, ante la devoción y los halagos de las tres hembras espléndidas, él olvidó tomar precauciones.
Cuando decía un íntimo adiós a todo aquello, a la casa y su fervor instintivo, y trataba de persuadirse de que el amor, tal como lo vivía, propio de divinidades mendicantes, no era asunto suyo, pues él no era más que un hombre común —un mortal al fin y al cabo— a quien en últimas sólo importaban del mundo sus convenciones y certezas, sus sabidos caminos de salvación, sintió de pronto que, agitando aquellas aguas antiguas, olorosas a flores y sieno, cuna impensada de un pavor sacramental, las mujeres lo agarraban con una fuerza terrible y lo sumergían para ahogarlo.
No pudo zafarse por más que luchó, y entonces, perplejo, sin poder respirar ya, abandonado a su pobre destino, pensó de pronto en la osamenta que alguna vez había encontrado en el potrero y de la cual no había hecho caso; pensó también —y esto fue lo último que pensó— en qué lugar miserable tirarían la suya.

 

 

Elkin Restrepo (Colombia).
Sus dos últimos libros publicados son: El falso inquilino (relatos) y La visita que no pasó del jardín (poemas).


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