El círculo

Elisa Mujica



La cantinera cogió la botella y vertió el líquido de color verde almendra en las copas pequeñas, talladas en un vidrio muy grueso. Moisés Barba y el otro hombre, recostados contra el mostrador, se dispusieron a tomarlo. Hacía fresco dentro de la tienda, pero si se dirigía la vista a la plaza, de la que parecía que el sol había tomado posesión indefinida, todo el calor que debía sentirse allí se entraba de una bocanada hasta la pieza. A Moisés le dolía un pie, pues se le había introducido una piedrecilla dentro de la alpargata, colocán­dose en medio de los dedos. Hubiera deseado inclinarse a desatar el calzado y librarse de la molestia, pero no se atrevía. Al entrar a la tienda a comprar un paquete de cigarrillos se había encontrado con el inspector, quien lo invitó a beber una copa. Mientras le hablaba, brilló en el claroscuro de la tienda la doble hilera sin mácula de sus dientes. Moisés no pudo rehusar. ¿Cómo hacerlo si el inspector era Juan Lobo?
Un instinto le advirtió que debía fingir serenidad y hablar des­preocupadamente con el inspector. Pensaba que era indispensable ganar tiempo, no sabía exactamente por qué. Pero al escuchar su propia voz descubrió en ella notas extrañas, que le dieron la sen­sación de que hablaba un desconocido, cuando dijo: " -Claro que no es prudente que los campesinos usen dinamita pa pescar. El otro día se lo advertí a Tirso y a Napo. Ellos son mis compas, ¿sabe usted? Me contestaron que desde hacía tiempo venían empleando el explosivo por estos laos ...
—No hay disculpa que valga —dijo Juan Lobo—. A los cam­pesinos que esconden la dinamita hay que hacerles lo mismo del otro día, ¿te acordás? No vamos a dejarles el explosivo, sobre todo sabiendo pa qué lo quieren...
"Entonces, ¿también él sentía miedo?", se preguntó Moisés. ¿Sería esa la causa de lo que ocurría? ¿La causa de lo que había visto hace ocho días, cuando lo llamaron a declarar a la Inspección? Mientras contestaba maquinalmente a Lobo y los vasos verdes perdían de un golpe su color, creyó encontrarse de nuevo en el des­pacho del inspector. Lo sacudió un espasmo, e intentó disimularlo apurando rápidamente el vaso.
La Inspección funcionaba en el mismo cuarto donde dormía Lobo. Moisés recordaba muy bien la habitación, con la cama a un lado y en el otro el escritorio, cubierto de papeles, un látigo y una pistola. De una viga que cruzaba el techo colgaba un lazo. En ese cuarto de paredes encaladas y piso de ladrillo, donde se encerraba el calor como en un horno, allí ocurrió todo.
Ahora el inspector, que conversaba con Matilde Isabela, la can­tinera, parecía inofensivo bajo el marco de botellas, cajas de jabón y ramos de velas que decoraban las estanterías de la tienda. En cam­bio, el día de la tortura fue distinto. Moisés recordaba cómo había contestado las preguntas de Lobo, escogiendo cada palabra con el cuidado con que se hacen los movimientos cuando el cuerpo está enfermo. Pero al mirar a los hombres que se hallaban amarrados en un rincón de la pieza, lo inundaba una corriente de comprensión para con ellos, y la necesidad de disimularla le hacía daño.
Entre los presos se encontraba Antonio Itá, un médico indio. Señalándolo, el inspector ordenó a sus hombres:
—¡Veinte azotes por cada taco de dinamita que le encontremos!
El cuerpo del tegua, desmirriado y amarillo, se balanceó en el aire, colgado de la soga. Moisés lo había visto, unos días antes, dando de beber zumo de flores de saúco a un enfermo para que le bajara la fiebre. Ambrosio conocía las virtudes de las yerbas y afirmaba que el jarabe de totumo era bueno para aliviar el maltrato producido por los golpes. Ahora se le presentaba una excelente ocasión para comprobarlo él mismo.
En un instante los azotes cumplieron la función de ponerle las espaldas exactas a las del Señor de la Columna de la iglesia, ante el cual Moisés, de niño se arrodillaba a rezar, pero sin poder apartar los ojos de las llagas. La atmósfera del cuarto se había vuelto densa y extraña. Los hombres de Lobo hacían circular una botella de aguardiente y parecían experimentar un acceso de voluptuosidad, en medio de los quejidos, el humo de los cigarrillos, las maldiciones y el chasquido de los latigazos. Lobo se acercó al reo y apagó la colilla de su cigarrillo contra los párpados de este.
Moisés sentía descompuesto el estómago y una molestia rara en el pecho. El cuerpo herido parecía una flor monstruosa. Cuando por fin Lobo le permitió salir, se quedó un minuto inmóvil, estupefacto. Luego se acercó despacio a la puerta y en la calle empezó a correr. Lo bañaban olas de sudor, unas veces frías y otras ardientes. Sólo volvió a ser el mismo cuando se encontró entre las paredes de su casa, y un inmenso sentimiento de solidaridad lo unió con ellas.
—¿Se sirve otra copa?
Era el inspector en persona el que le hablaba, casi echándole el aliento a la cara. "Tiene miedo de que los pescadores reúnan por fin el explosivo", pensó Moisés. El pie seguía molestándole y se había puesto caliente como una plancha. No podía agacharse para desatar el calzado, pues sabía que Lobo lo vigilaba y desenfundaría el revólver apenas lo viera hacer un movimiento que le inspirara sospechas. Era preciso esperar.
Otras escenas de su vida continuaban llenándole la imaginación. La gente aseguraba que eso ocurría cuando uno iba a morir, ¿o sería el trago tal vez? A cada copa más borracho, el inspector no reparaba en las ausencias mentales de su interlocutor, quien a ratos lo escuchaba y a ratos dejaba de oírlo, impulsado por una fuerza irresistible. Ahora recapitulaba su infancia de mulatico pobre, con los pies descalzos como todos los niños de Boca de Honda. Asistía a la escuela el primer mes de cada año, porque la negra Clara, su madre, no abandonaba el proyecto de que su mulatico se istrujera. Al cabo de ese tiempo de estudios tenía que salir de la escuela para ayudar a la madre en su trabajo y reunir entre los dos con qué com­prar plátanos, arroz y, algunas veces, pescado, mazorcas y panela.
Cuando Moisés se convirtió en un hombre siguió comiendo plá­tanos, pero, además, se emborrachaba con aguardiente en las noches de los sábados. ¡Caramba! ¡Cómo pasaba la semana deseando que llegara el sábado! Hacia las seis de la tarde, cuando aún había luz, empezaban a echar cohetes en la plaza del pueblo, y los pescadores amarraban las barcas a la orilla del río y se dirigían a sus chozas. Iban caminando de prisa, con el pelo revuelto y la nariz húmeda, como los caballos que regresan al establo, pensando en la comida que les espera. El olfato se les tornaba más fino, y si se abría la puerta de alguna choza de los alrededores, percibían los olores que salían de las piedras del fogón. Apenas terminaban de comer corrían a bailar porro a la plaza y bebían hasta el amanecer. Algunos habían ganado en la semana rollos de billetes y los gastaban esa noche, sin dejar nada para el mercado del día siguiente.
Así había sido la vida en Boca de Honda, con sus días de locu­ra y otros de pena, "pero no como era ahora", se dijo Moisés con tanta amargura, que dio un manotón en el mostrador, haciendo tambalear las copas. Los campesinos sufrían por verano excesivo, por el invierno interminable, por las enfermedades para las cuales resultaban impotentes las yerbas perfumadas que cogía en el monte el tegua Itá. Pero desde la llegada de Lobo existió un peligro nuevo. Fue el alcalde quien dio la noticia a Moisés una mañana en la plaza del pueblo.
—¿Se acuerda de Juan Lobo? —le preguntó.
—¿El hijo de Juan Lobo?
—Sí. El patizambo que se huyó para Gamarra. Dicen que allá llevó mala vida y que por unas cuchilladas y por robo lo metieron en la cárcel de Pamplona...
—¿Dónde está ahora?
—Es el nuevo inspector de Boca de Honda, y llegará dentro de unos días.
Cuando la noticia corrió por el pueblo, la gente tuvo el presenti­miento de que ocurría algo malo, aunque Moisés vio que cada uno buscaba engañar su miedo fingiendo confianza en la autoridad. Sólo al ver que Lobo descendía de un camión, en medio de hombres con fusiles, todos comprendieron que había cambiado la vida del pueblo. Ni las caras de las personas, ni la plaza, ni siquiera la misa mayor, volvieron a ser las de antes. Los hombres amanecían muertos en el monte. La gente hablaba pasito, como si en cada casa hubiera un enfermo y el alcalde permanecía encerrado en su despacho y únicamente salía de noche, para que nadie lo viera.
Por eso cada campesino tenía que llevar un arma colgada del cinturón u oculta bajo las ropas. La de Moisés era una daga pequeña y flexible, casi como una prolongación de la mano. Una daga no es como el machete, pesado y que parece que piensa bien cada golpe antes de darlo. La daga es ligera y casi se mueve sola, pero Moisés no podía dejar de cargarla. Necesitaba tocar el mango para pensar que lo acompañaba.
—¿De modo que Tirso y Napoleón esconden la dinamita?
La pregunta salió de labios de Lobo y se enfrentó a Moisés. Desde hacía rato, el inspector y la cantinera habían dejado de con­versar y lo observaban. A fin de salvar a sus compañeros, a Moisés se le ocurrió decir:
—Don Rodrigo. Él tiene.
—¿Don Rodrigo? —repitió el inspector, asombrado—.
Inmediatamente agregó con volubilidad:
—Estás hablando por hablar y pa que no coja a esos perros. Don Rodrigo es mi amigo y respeta la autoridá. Mis caballos están en su finca de pastos, la que tiene arriba, en la loma grande: ¿no lo sabías?
Se encaraba, sudoroso, a Moisés. Después apuró su copa, mien­tras cambiaba una mirada con la cantinera. Moisés había nombrado a don Rodrigo para hacer olvidar la situación de sus compadres y pensando que a aquel su dinero lo favorecía. Además, de lo que acababa de decir corría la voz por el pueblo. Pero ahora comprendía que había pronunciado un nombre prohibido, que don Rodrigo tenía intereses comunes con el inspector y... tal vez con Matilde Isabela. Reconocía que estaba perdido. Sin embargo, a medida que se daba cuenta, su miedo desaparecía. Escogió despacio las palabras de su respuesta, saboreando cada una:
—Don Rodrigo fue a Barranquilla hace unos días y compró dinamita. No la trajo en camión, sino por lancha, forrándola bien en papel encerado pa que no se pasara la humedá. El no la usa pa pescar, como los pobres. Quizá planea algo.
Se trataba de una versión que podía comprometerlo después, pero quizás ahora asustara a los dos con lo que sabía. Era visible el efecto que les producían sus palabras.
El inspector no contestó, pero arrojó la copa sobre el mostrador con tanta violencia, que estuvo a punto de romperla. Matilde Isabela se movía de un lado a otro, nerviosa, como si se sintiera atacada. ¡Por Dios! ¡qué atractiva se conservaba ella aún! En este momento, gracias al sol que le daba en la cara, Moisés veía su piel blanca, suave y transparente, que la distinguía de las rudas mulatas y negras del puerto. La gordura no le había hecho perder lo provocativo de las formas, torneadas golosamente en su cuerpo bajito. El pelo negro, rizado y brillante, recordaba el de una muñeca, y los ojos eran verdes, del color del líquido que servía. Esa mujer había hecho la gloria de los negros en las noches de diciembre, cuando iba a bailar porros en la plaza. ¿Acaso él mismo, Moisés, no la había deseado? Pero fue en otra época, cuando era más joven. Después Matilde Isabela empezó a subir, subir, hasta llegar a mirarlos a todos con desdén. Se ponía chapas de colorete en las mejillas y pedía cortes de seda y zapatos de tacón alto a Barranquilla. En la tienda demostraba la tranquilidad del que ha sabido conquistar una meta. Moisés había sido un necio al olvidar lo que contaban en el pueblo sobre ella. Afirmaban que era la amante de don Rodrigo y que él había hecho que le adjudicaran el estanco para favorecerla. Comprendió de súbito que era cierto.
—¿Y esa puñaleta que llevás? ¿No sabés que está prohibido llevar armas?
La voz del inspector había recobrado la agresividad del día de la tortura. Era indispensable para Moisés buscar rápidamente una disculpa que le permitiera conservar el arma. Llevó su mano a la cintura, en un ademán que podía significar lo mismo su propósito de entregar la daga que de defenderla. Lobo vociferó:
—Manzaníllo, hij. .. i entregá el arma pa no tenerte que aporrear primero y matar después!
No le quedaba sino una probabilidad de salvarse. Si no huía ahora, después sería tarde. Empezó a correr por la calle, con todos sus sentidos y potencias en tensión, y al mismo tiempo de un modo automático, sometido física y espiritualmente a un esfuerzo tan ex­cesivo que, de poder hacerlo se dejaría caer extenuado en el suelo. A sus espaldas resonaba la voz, de Lobo: —¡Pa que veás que sí es cierto!
Una detonación acompañó instantáneamente el aviso. Moisés siguió corriendo. Con el movimiento la piedrecilla se había incrus­tado entre los dedos del pie, y el dolor que le causaba asentarlos lo bañaba en sudor. iSi esa piedra no se le hubiese metido en la alpargata por la mañana! Cada imagen que empezaba a formarse en su cerebro, se rompía en pedazos de vidrio que lo pinchaban por dentro. Había dado la vuelta a la manzana y pasó de nuevo frente al estanco. Más de una cuadra lo separaba de Lobo. Sin caer en cuenta de lo que hacía, y como si su único deseo fuera encontrar un sitio donde descansar un instante y zafarse las alpargatas, apartó bruscamente a Matilde Isabela, que había salido a la puerta y entró a la tienda. "Es una buena jugada, después de todo", pensó. Lobo no sospecharía que iría a esconderse precisamente allí.
El cuarto donde se hallaba el mostrador tenía una abertura lateral, cubierta por una cortina de encaje blanco. Esa cortina remplazaba la puerta entre la tienda y el dormitorio de Matilde Isabela, que no tenía otra salida. Moisés lo sabía, aun cuando no había entrado en la alcoba sino una noche. Entonces la mujer to­davía no manejaba en propiedad el estanco, y él pudo mirar desde arriba las aguas verdes de sus ojos, hasta que la obligó a cerrarlos. Ahora, sin pronunciar una palabra, corrió la cortina y penetró en la pieza, dejándose caer pesadamente en la cama.
Lo que ahora fuera a ocurrir dependía de la cantinera. Al verlo entrar, había dejado escapar un pequeño grito gutural mezclado de espanto, sorpresa y placer. Así debían ser los sonidos que emitían los hombres, antes del descubrimiento de la palabra, para significar varias impresiones a la vez. Lo inhumano del grito heló la sangre del fugitivo. Pero después Matilde Isabela permaneció silenciosa, sin quejarse por la invasión a su alcoba, y volvió a ocupar su sitio detrás del mostrador. Moisés no se atrevió a hablarle para implorar su complicidad. Lobo podía estar ya demasiado cerca. Pero ella de­bía recordar su intimidad de otro tiempo. Tenía que ser compasiva. Era mujer… Moisés sabía que había llegado el momento decisivo y todo su cuerpo acechaba el peligro, aunque al mismo tiempo lo invadía una gran sensación de descanso. Se sentó sobre el baúl de Matilde Isabela, se quitó las alpargatas y estiró los pies.
La voz de Lobo llegó desde la puerta de entrada: -¿Viste pasar ese negro, Matilde Isabela?
Ningún sonido de parte de la mujer, ¿Sería que vacilaba? ¿que hacía alguna señal? Moisés se preparó cogiendo la daga.
—¿Cómo averiguaría lo de don Rodrigo? —volvió a preguntar Lobo —¡Hay que avisarle. ¿Lo ves esta noche?
—Sí— contestó orgullosamente la mujer—. Todas las noches él viene aquí.
Moisés se hallaba agazapado en el rincón próximo a la puerta, con la daga en la mano. Miraba el lavabo de Matilde Isabela, sobre el que se encontraba una repisa con un espejo, una caja de polvos y un peine. El letrero de la caja decía: "Polvos de tocador Anthea", con las letras dibujadas en una cinta que sostenían dos angelillos y que daba la vuelta a la caja. Parecía que los sentidos de Moisés necesitaban una distracción, pues sus ojos releían el letrero y su olfato reconocía en el cuarto un perfume de mujer: el perfume de Matilde Isabela, el mismo de aquella noche... Vio que la cortina se levantaba para dejar al descubierto el cañón de un revólver, a tiempo que Lobo gritaba:
—¡Te llegó la hora, manzanillo hij… !
Mientras que farcejeaban, Moisés sintió que una carne viva, pegajosa de sudor, se desgonzaba en sus brazos, al tiempo que a él también le temblaban las piernas, se deslizaban hacia el suelo. Matilde Isabela lanzaba gritos pidiendo socorro. Cuando la gente entró estaban muertos ambos: Lobo, de una herida de arma blanca, y Moisés de un disparo en el corazón.
(Tomado de Eduardo Pachón Padilla,
Antología del cuento colombiano, Bogotá, 1959, págs. 335-344)


Elisa Mujica
Nació en Bucaramanga en 1918 y murió en 2003. Hizo sus estudios de bachillerato en el Colegio de la Presentación de Bogotá. Ocupó algunos cargos, entre otros la Secretaría de la Embajada colombiana en el Ecuador. Colaboró en los principales periódicos del país, particularmente en El Tiempo y El Espectador de Bogotá, como también en algunos órganos culturales de España. Fue además una penetrante crítica literaria.
Su cuentística es valiosa, no solamente por el exacto conocimiento que tiene de la técnica del cuento, sino porque sus asuntos se hallan basados en sensatas reflexiones sobre ocurrencias frecuentes en ciertos medios colombianos. Uno de sus temas predilectos es el referente a la inadaptación de la mujer, debido a las inhibiciones y prejuicios formados durante la niñez, especialmente en los internados en donde la educación femenina se desarrolla bajo el influjo del temor, la obsesión del pecado y la ignorancia, convirtiéndola en un ser incapaz para afrontar las repercusiones de la realidad. Asimismo registra ciertas atrocidades y delitos que se ocasionan en determinadas regiones, excitados por individuos de dudosos antecedentes personales, quienes tienen la complicidad de las autorida­des y de jefes políticos, los que configura, entre todos, una verdadera asociación para delinquir, y con cuyos extraños métodos han tratado de cambiar, totalmente, las añejas costumbres de nuestra nación.
Los modelos de sus obras son estrictamente elegidos de entre el común de la gente, que a diario se ven transitar, lo cual le da más verosimilitud y contextura a las soluciones que propone, y que constituyen juiciosas reformas al estado actual. Deben citarse como sus mejores cuentos: El círculo, Una cita en el banco del parque, Cuento de niñas y Ángela y el diablo.
Obras: Los dos tiempos, novela, Bogotá, 1949; Ángela y el diablo, cuentos, Ma­drid, 1953; Catalina; novela, Madrid, 1963; Árbol de ruedas, relatos, Bogotá, 1972.


Yo me comprendo, de modo que no soy hermética para mí. Bueno, tengo un cuento mío que no comprendo muy bien… Yo escribo sin esperanzas de que lo que escribo cambie alguna cosa. No cambia nada…

Clarice Lispector

www.odradekelcuento.com

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