Camila


Consuelo Posada


Acabas de llegar, Camila. Me asomo a la ventana y te veo saludar con las dos manos. Estás radiante, como siempre, y como casi siempre llevas unos pantalones cortos y una blusa de tiritas que deja ver tu piel, muy tostada por el sol.
Te acompaña un joven negro de sombrero oscuro y vestido de blanco, que muy probablemente trajiste de tu viaje al balneario de Bahía Solano. Tiro la llave, desde el cuarto piso, como hacía cada vez que me visitabas cuando éramos vecinas y venías a tomarte un roncito, por favor, sin la mirada de reprobación de tus hijos. Tu acompañante sostiene las maletas y tú ríes mientras manipulas la llave en la vieja cerradura. Abro la puerta de mi apartamento y me quedo ahí, siguiendo mentalmente tu llegada. No te veo, pero oigo las risas y las voces mientras empiezan a subir las escaleras.
Tu risa se vuelve una carcajada y ahora se escucha también la risa masculina, mezclada con pedazos de una canción conocida: son niches como nosotros, de alegría siempre en el rostro...
Ahora puedo imaginar la mirada de censura de la vecina del segundo piso, que ya debe de estar fisgoneando, alarmada con el escándalo, y siento un poco de vergüenza. Pero a ti nunca te importaron los escándalos. Mis compañeras de oficina te miraban con recelo mientras los hombres comentaban la silueta de los panties bajo tus shores.
¿Estoy nerviosa? ¿Por qué no he dicho una sola palabra y me limito a esperar, con una sonrisa fría que parece la pose para una foto? ¿Por qué no bajo hasta el primer piso y los acompaño? Claro que no es una visita indeseada. Me alegra volver a verte después de tanto tiempo. Y también me alegraba cuando venías muchas veces a mi apartamento, siempre con cara de placer y siempre con algún negrito nuevo o repetido. ¿Y por qué digo negritos, si sé bien que el diminutivo los empequeñece? ¿Estoy mostrando mi desprecio? Debería saberlo si soy profesora de lenguaje.
Ay, Camila. Ahora empiezo a sentir el sustico adentro, que se siente clarito como una corriente helada en el estómago. Hace muchos días que pienso en tu llegada y no imaginas los rituales de preparación. Me acordé de tus exquisiteces, que yo llamaba rituales de condesa, y separé las sábanas de seda y los vasos de ese cristal especial que tanto te gustan. Hasta compré el ron añejo para repetir los famosos tintos envenenados de otras épocas.
Mi bella amiga Camila: ¿Qué voy a contarte ahora que entres y me preguntes por lo que he hecho en los dos años de tu ausencia? Podría hablarte del nuevo baño que verás en la terraza o de la reparación de los balcones, o de los tantos proyectos de remodelación en que me sigo pasando la vida.
Cuando te fuiste estaba a punto de cuajar mi relación con ese enamorado secreto de tantos años. ¿Te acuerdas? Pues finalmente vino a Medellín y todo parecía posible. Los días previos a su llegada saqué la cajita donde guardo las cartas de aquellos tiempos y repasé mi cuasi romance con este hombre que encontraba tan lleno de defectos. A pesar de mis temores, la última noche imaginé muchas cosas bellas, con episodios posibles para el día siguiente, pero no fui capaz.
Me avergüenza reconocer mis rigideces. Si supieras cómo envidio tu soltura, tu despreocupación por los asuntos trascendentales y tu decisión por el goce sin teorías. Cada viernes querías ir a bailar salsa y armabas rumbas con los alumnos jóvenes, mientras las señoras recatadas nos veníamos a encerrar a la casa, a terminar de ordenar un clóset o a preparar las clases de la próxima semana.
Yo envidiaba esa manera tan tuya de encontrarle sustitutos al amor oficial. Decidiste aceptar la oferta de los hombres menores, para quienes una mujer de cincuenta años resulta deseable. Tus razones parecían válidas: si no se busca el matrimonio, si solamente se quiere alguien dispuesto a acompañarnos, ¿por qué no aceptarlos? Y me contabas las ventajas adicionales. A diferencia de los esposos, estos jóvenes no encuentran problema en los surcos de la risa en nuestras caras, ni en las redondeces que se apilan en las caderas.
Así que te enamorabas de los estudiantes más apetecibles, hasta que una noche de baile descubriste a los chocoanos y desde entonces sólo quieres con ellos. Son dulces como el melao, y les parezco hermosa, a pesar de mis arruguitas, decías, y yo trataba de olvidar mi vocación de señora decente que no me permitió nunca acompañarte a tus noches de fiesta. Son muy diestros, volvías a decir. Pero siempre te insistí en que a mí no me atraen las destrezas al estilo kamasutra y que prefiero que me acaricien la cabeza.
Esta semana reviví nuestras largas conversaciones sobre la pareja ideal y sobre la idea de separar el amor de la pasión. Tu consejo era no buscar un amante de nuestra edad. Recuerda que los de cincuenta están ocupados buscando adolescentes que usan pantalones descaderados y blusas que exhiben el ombligo. Me recordabas.
Entonces nos reíamos imaginando la posibilidad de encontrar un compañero simple y feliz, alejado del mundo intelectual. Un día te dije que iba a buscar un empleado de oficios varios, que sirviera en la cama y en las reparaciones locativas, aunque después no hablara. Me aplaudiste con entusiasmo, pero las dos sabíamos que conmigo esa no podía ser una opción. El problema era ¿qué conversaríamos después de?, te preguntaba.
Mucha teoría, me repetías siempre. Piensas mucho. Sólo tienes que vivirlo y basta. Yo, como Carilda, la poeta cubana del libro que me trajiste de La Habana, quiero sentir y no pensar.
Bueno, Camila, aquí estás otra vez. Será una larga noche. Te oiré contar bellas historias y me guardaré mis verdades. Inventaré dos o tres amores fugaces cuando me mires a los ojos, buscando con picardía información sobre mi vida, y volveré a prometerme, cuando mañana te vayas, que esta vez sí seré capaz y que no pensaré mucho si un día vuelve a mi vida el lejano enamorado.

Consuelo Posada Giraldo
Tiene una Maestría en literatura italiana y trabajó 22 años, como docente e investigadora, en la Universidad de Antioquia. Ahora vive en Puerto Colombia, un pequeño municipio frente al mar, muy cerca de Barranquilla, que en las primeras décadas del siglo XX fue la puerta de entrada de todas las migraciones importantes que marcaron el asentamiento de los extranjeros en Colombia. Hoy, cuando ya no existe la pujanza de esa época y el viejo muelle está casi derruido, siguen llegando hombres y mujeres cercanos al arte que buscan los encantos de su geografía y se quedan allí para tener el mar como horizonte.


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