El doble yo

Olga Martínez



Agustín se despertó temprano aquel día. La mañana, con sus tintes pálidos y añiles, entraba silenciosa por la ventana de su habitación, acechándolo. Se levantó despacio y respiró el aire que traía enredado un aroma a madreselva, que lo inundó, como desde pequeño, de una vitalidad que le daba la sensación de volver a nacer. Varias veces había sentido la impresión de haber estado en esa extensa y recóndita tierra del sur del Huila y fantaseaba, entre imágenes sueltas, sobre cómo habría sido dos mil años atrás.
—Daría parte de mi vida por descubrir la razón del encanto que tiene San Agustín para mí —murmuró el arqueólogo.
Ese día iría por tercera vez a estudiar las necrópolis situadas en los alrededores de San José de Isnos, un pueblo en donde sólo el polvo acumulado sobre los tejados de las añosas casas daba indicios de que transcurría el tiempo. Muy cerca de ese lugar, en la última incursión, sintió la presencia de seres fantasmales que deambulaban entre la hojarasca. Esa mañana, el carro que transportaba a Agustín iba más lento que de costumbre, pero había hecho ya una parte del recorrido y estaba próximo a San José. Creyó no llegar, sintió el aire denso y enrarecido el entorno, por un momento le pareció que los caminantes daban sus pasos por un esfuerzo supremo de la inercia. Hasta los arbustos cercanos se mecían sin aliento por la tenue corriente del viento que parecía aquietarse en esos caminos.
—¡Las nueve! Hoy parece que no se va a acabar el día —dijo el arqueólogo al llegar a San José.
Había recorrido algunos lugares de la región: El Lavapatas, Quebradillas, y Las Guacas. Faltaban varios aún, entre ellos el Alto de los Ídolos, que era el yacimiento de esculturas indígenas más grande del territorio. Tenían más de dos mil años y sin embargo algunas de ellas aún conservaban parte del color natural. Pensó que ese día no alcanzaría a visitarlas, pero la mañana se había ensanchado como un fieltro de mago. Sacó su pañuelo para secarse el sudor que le humedecía los ojos, pero notó que sus movimientos tardaban demasiado, como si su cuerpo fuera parte de un filme pasado en cámara lenta. Aturdido, trató de caminar más rápido, pero sintió como si estuviera arrastrando un peso excesivo. Llegó por fin al restaurante que antes le parecía cercano. Apenas si tuvo alientos para tomarse un café.
—Son las nueve y cinco... —respondió muy despacio el camarero cuando Agustín le preguntó la hora, para corroborar la que le mostraba su reloj.
—¿Por qué el tiempo no pasa aquí?
El mesero lo miró y sonrió por un momento.
—Le está haciendo daño el aire de estos lugares —contestó.
Luego de un rato que le pareció interminable salió y continuó con la ruta planeada. A pesar de su malestar, sintió la necesidad imperiosa de ir al Alto de los Ídolos. Cuando llegó, su reloj marcaba las nueve y treinta, aunque estaba convencido de que llevaba más de una hora de recorrido.
Después de caminar por el extenso valle, sus piernas flaquearon y un fuerte dolor en el pecho atenazó su cuello, dificultándole la respiración. Se percató con asombro de cómo se transformaba poco a poco el paisaje. Las ruinas que abarcaba con la mirada comenzaron a cambiar, dándole la impresión de ser más recientes las lajas de piedra que cubrían las tumbas. La vegetación se tornó más agreste, luciendo un verde más vivo, además, escuchó el sonido de una corriente de agua que no había advertido antes. El aire que entraba con mayor dificultad hasta sus pulmones lo obligó a detenerse en la tumba más cercana. Estaba custodiada por la escultura del guerrero de doble cara y miradas paralelas que tanto le gustaba: el Doble yo. Los latidos de su corazón se hicieron difíciles, sin embargo, los escuchaba tan claro como al viento que traía a su oído cadencias desconocidas. Sus párpados se entrecerraron, enturbiándose la imagen de la escultura que tenía al frente y en su lugar vio una luz, una estela blanca y brillante.
Cuando la luz se disipó, el dolor en el pecho ya no estaba. Escuchó al frente suyo una voz ronca: era de un hombre de piel morena y fuerte complexión, con profundas arrugas que circundaban su rostro. Llevaba una diadema sobre su cabello encanecido y vestía con una túnica blanca que le llegaba hasta las rodillas. Los rasgos de su cara, pétreos, los suavizaba un collar de cuentas de piedra y una nariguera de oro en forma de media luna. El hombre lo observaba mansamente y sin cansancio.
—¿Dónde estoy? —fue lo primero que preguntó Agustín al contemplar el paisaje que apenas comenzaba a vislumbrarse con el amanecer.
El hombre respondió en una lengua que el arqueólogo no reconoció. Seguía hablando, dirigiéndose a él y moviendo las manos para señalar aquel amplio territorio. El arqueólogo se levantó despacio, observó a lo lejos varios bohíos de bahareque y techumbre de paja, uno muy cerca del otro, localizados a la orilla de un río de aguas claras. Vio personas en la aldea, similares al indígena que permanecía a su lado. Este volvió a hablarle, pero en esa ocasión, no supo cómo, empezó a entender ese lenguaje arcaico, que le pareció familiar.
—Todos llegamos hace tres días aquí —creyó entenderle al hombre, que señalaba a los demás—. Somos de otro lugar lejano, más al sur.
—¿Por qué están aquí?
—¡Esta tierra es sagrada! —respondió el indígena haciendo una reverencia a toda la llanura—. Aquí descansan nuestros grandes guerreros para tomar aliento y continuar después el largo viaje. En este lugar la madre tierra y el ancho río les dan vida de nuevo...
Agustín cerró los ojos con fuerza pensando que era un sueño, pero al abrirlos, aún estaba parado a su lado el hombre broncíneo de ojos almendrados, observándolo con expresión familiar.
—Cuando se ponga el sol sobre esta tierra haremos los ritos fúnebres a nuestro cacique guerrero. Ahí estará usted... —se inclinó ante Agustín y se alejó con pasos lentos, perdiéndose como un fantasma entre la claridad del día.
De pronto, el arqueólogo sintió con alegría cómo lo inundaba el mismo vigor que desde niño se apoderaba de su cuerpo al aspirar el perfume de aquella flor.
—Quizá son las madreselvas las que me hacen familiar este lugar —pensó, sintiendo cercana a sus afectos esa tierra fértil y desconocida.
Cuando el crepúsculo llegó a su final, vinieron hasta sus oídos unos cánticos que tenían un tono ceremonial desde un sitio despejado cerca del río. Observó como unos nativos que tenían sus cuerpos pintados de diferentes colores y llevaban puestas máscaras con formas felinas, iniciaban una ceremonia en torno a una gran tumba construida con varias lajas de piedra. Encendieron fuego a su alrededor y luego cada enmascarado, danzando, entraba en ella y dejaba una vasija con alimentos. Los pasos de Agustín lo llevaron hasta ellos. Con pasmo se percató de que las llamas de la hoguera no lo quemaban y que no era visible para los nativos. Una curiosidad creciente de saber para quién era la ceremonia lo obligó a entrar en la tumba. Allí observó a una indígena cubrir con hojas secas el cuerpo de un hombre tendido sobre una gran piedra. Lo habían vestido con una túnica hecha de corteza de árbol y llevaba puesto varios collares y pulseras de oro. La mujer se acercó hasta un nicho, extrayendo de allí, con extrema delicadeza, una flor que inundó de un aroma dulce y penetrante la tumba. Danzó con ella en la mano alrededor de aquel cuerpo exangüe, silencioso ante el ritual. Al cesar los cánticos, la mujer se arrodilló junto al cacique tendido y colocó la flor sobre el rostro que cubría una mortaja. Agustín reconoció el olor, era de madreselva.
—Esta flor sagrada lo llevará a otras tierras y su aliento lo volverá a la vida... —repitió la mujer varias veces en forma de canto, mientras tapizaba el cuerpo inerte con otras madreselvas.
Agustín se sintió inundado por el aroma que había penetrado en cada centímetro del recinto pétreo. La fuerza que recibió al aspirarlo fue mayor que en otras ocasiones y, sin saber por qué, quiso transmitírsela al cacique muerto, que le inspiraba un afecto particular.
Cuando salió de la tumba, vio que el fuego se extinguía y los indígenas se retiraban a sus bohíos. Con la llegada de la alborada iniciaron la partida. Sus caras cobrizas reflejaban una paz que se desbordaba sobre aquella tierra misteriosa, contagiándola de una serenidad que todo lo podía.
Inmerso en esos acontecimientos que no lograba comprender, algo hizo mirar a Agustín hacia atrás. Había aparecido allí, como traída por manos invisibles y custodiando el frente de la tumba, una enorme escultura de piedra de tallado reciente, con un tinte azulado sobre sus dos caras paralelas, casi pudo sentir el calor del artista puliendo la obra. La reconoció de inmediato, se trataba de El Doble Yo que tanta fascinación le producía. Exaltado por lo que la escultura le revelaba, entró de nuevo a la tumba. Allí estaba el cacique, iluminado por los rayos del sol que se filtraban a través de las grietas. Con una agitación que no pudo controlar corrió hasta el guerrero inerte y con brusquedad separó las madreselvas y rasgó la mortaja que velaba su rostro. Paralizado por lo que veían sus ojos, sintió de nuevo un fuerte dolor en el pecho. A través de sus lágrimas descubrió que era su cuerpo el que estaba tendido en aquella loza sepulcral, vestido como un guerrero inca, con su figura difuminada entre la blancura de las flores.
Agustín yacía inerte cerca de la tumba en donde se había detenido en su incursión por El Alto de los Ídolos, cerca de la antigua escultura del Doble Yo. El viento terminó de enfriar su cuerpo con rapidez y un montón de hojas y flores de madreselva caídas por la lluvia se arremolinaron sobre él, comenzando a inundar el aire de un olor dulce y profundo que inyectó de una vitalidad venida de otros tiempos el cuerpo yerto de Agustín. Al ocultarse el sol, aquel hombre que estaba tendido sobre la tumba comenzó a moverse. Estiró sus brazos con lentitud y se levantó de entre las hojas secas y las madreselvas que lo cubrían. Murmuró unas palabras en un dialecto incomprensible y se despojó de sus vestiduras. Arrodillado, besó su tierra fértil, milenaria, que lo había acogido como un vientre y abrazó a su guerrero pétreo de figura azulada y caras paralelas, indemne de tiempo, que por cientos de años lo había protegido y ahora era testigo de su retorno.


Olga Helena Martínez Gómez (Colombia)

Ganadora del concurso de cuento “Facultad de medicina U. de A”, en 1991, con el cuento “Plazo Cumplido”. Finalista en el Concurso Libro de Cuentos Cámara de Comercio en el año 2000 con el libro de cuentos “Encuentro con el asombro y otros cuentos”. Libros publicados: Antón Chéjov: Entre la pluma y el escalpelo. Colección Rojo y Negro Editorial U.P.B. 1999. La Literatura en La Medicina. Editorial U.P.B. 2006, entre otros.


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