Recortes de galletas


Emma Lucía Ardila


Para llegar a la casa en donde vendían los recortes de galletas, tenía que recorrer calles y calles sentada en la silla de atrás del carro. Miraba a la gente que iba y venía, a los niños pidiendo limosna, al carretillero con bombas de colores que cambiaba por cosas viejas, al caballito de la leche cruzando con su tintineo de litros, a la ambulancia que pasaba gritando con el pito, al carro de la basura recogiendo bolsas, y luego la loma grande que el carro subía con esfuerzo, casi quejándose, y a su padre moviendo la palanca para tomar fuerza nueva y arrancar con decisión.
Y llegaban a la casa de la costurera, la que vendía galletas. Su mamá, siempre con telas compradas, con planes para que doña Teresita le hiciera vestidos a ellas, y el papá en el carro, esperando impaciente mientras leía el periódico, o mejor lo repasaba, porque ya lo había leído entero en la mañana, mientras el desayuno.
Pero ese día todo fue confuso, porque cuando por fin salió su mamá y le entregó los recortes de galletas (esas que ella esperaba, empacadas en pequeñas bolsas de papel de tienda, con grasita por fuera porque eran de mantequilla, y que estaba prohibido ponerse en las piernas porque ensuciaban la ropa) y su papá prendió el carro y arrancó, cuando ya habían terminado de bajar la loma entendió que sus padres no hablaban sino que se estaban peleando y que la discusión no paraba sino que entonces la voz del papá gritó, y la mamá furiosa se bajó del carro, aprovechando el semáforo, y tiró la puerta y casi al mismo tiempo vio cómo la mamá se quedó parada allí, con un gesto como si necesitara ayuda y no tuviera a quién pedírsela, porque nadie la escuchaba, sin saber qué hacer. Luego vio que tocaba con los nudillos en la ventana y que su papá, después de bajar el vidrio, le decía con rabia:
—¿Qué hubo?—
Y en la voz se veía que estaba furioso, como cuando se callaba por días y días y no le hablaba a nadie, pero ahora hablaba como si hiciera un nudo con la boca para que no salieran palabras y las que salían es como si salieran a la fuerza, retorcidas, como por un tubo delgadito y como apretadas.
—No tengo plata para el taxi.
Él sacó de la billetera el dinero y se lo entregó como tirándoselo.
La mamá lo recogió, y la niña, sin saber por qué, pensó en los limosneros que sacaban comida sucia de la basura. El papá arrancó con fuerza y los frenos chillaron. La niña miró por la ventana de atrás y vio todavía a su mamá, sin cartera, gorda, con el borde de la bata de flores arrugado, parada en medio de la calle, llorando, mientras esperaba a que el carro se alejara. Entonces, levantó la mano y pidió un taxi.
Sólo después, la pequeña miró el paquete de galletas que todavía tenía en las manos y se dio cuenta de que ya no había recortes sino harinitas, quién sabe en qué momento las había dañado todas. Ahora ya no se sabía cuáles eran de chocolate, ni podría jugar a buscar en los trocitos la forma que habían tenido antes. Ahora tendría que comérselas muy despacio, mojándose el dedo con saliva, sentada en el balcón, mientras esperaba el regreso de su mamá.

Emma Lucía Ardila (Colombia)
Tiene dos novelas publicadas Sed y Los días ajenos. En 2007 publicó su libro de cuentos Nos queremos así. Ha publicado dos libros para niños: El gran temblor y La cazadora cazada.


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