El hombre de color caoba

 

Gloria María Posada

 


Salí ocho días con el famosísimo José Mondragón. Es un hombre extraño y silencioso que no cuenta nada de él, pero que quiere saber todo de ti. Va a pasos agigantados como si los segundos fueran semanas, y los minutos meses. Soy la mujer que siempre deseó, me dijo. Me lo dijo desde el mismo instante en que me conoció.
Yo estaba sentada en el bar, en la barra de la Fragata, haciendo tiempo para que llegara la boba de Leticia que otra vez me dejaba plantada, cuando entró y se sentó muy a mi lado con esa sonrisa de “dandy” que se le escapa para blanquear un rostro de color caoba. Le dije que el puesto estaba ocupado, que esperaba a una amiga. Pero él insistió: “Cuando venga su amiga, veremos. Además, estoy seguro de que usted me espera a mí”. Llamé con oraciones y gritos silenciosos a la Leticia; supliqué para que llegara: “Por una vez en tu vida, Leticia Gómez Pineda, por una vez no más, llegá ya”. Miré el reloj, otra vez. “Son las diez de la noche, Leticia, las diez y este cretino se está metiendo nuevamente en mi blusa; ha pasado cien veces sus ojos metiches por mi cara, ha anidado sus pupilas entre mis senos y ha medido descaradamente mi cadera. “Ciento dos centímetros, señor; espere yo rectifico. Ciento dos, hasta hoy, pero si la dieta de la piña da resultado, en dos semana serán noventa y seis”. “Llegá ya, ¿sí? Llegá ya, bruja Leti. Llegá”.
—Para ser preciso, las nueve y once minutos. Diez minutos más que hace diez minutos cuando llegué y la vi a usted tomándose ese refresco, y un minuto más que cuando miró por última vez el reloj. Ya llegué, José Ricardo Mondragón, señora, ¿señorita?, pero por favor dígame sólo José, yo invito.
Seguí su juego, le di la mano y una sonrisa. Cambié mi bebida por algo más fuerte, y, al final de la noche, le di otras cosas también. No me pregunten qué. Le di mi teléfono, claro; el número de teléfono de una mujer decidida a enamorarse de alguien, de un hombre cualquiera.
Sí, de un hombre cualquiera. Pero, ¿por qué de él? No sé. Porque su voz y su sonrisa de Adonis me inspiraron confianza y por no dejar plantada a Leticia. “¿Eso era lo que querías, cierto?, tú lo mandaste. Este es el de finanzas con pecho de osito, piel de oro caoba y alma de arequipe que me estabas mandando desde hacía un año? Muy bien, Leti Gómez. Otra vez te sales con la tuya. Me saco este mal de amores, y después te mato”.
— ¿Ah, sí…? Gracias, Jose, José? Ah, Jose, gracias, ¿siempre es así de observador?
—Secretaria, modelo, ama de casa y piruja retirada. No, no, no. No dije eso, más bien es lo que siempre he querido ser en la vida.
No. Tampoco dije eso. Disculpe, es que… Secretaria; soy secretaria retirada. Trabajé con Leti para la Fruit Company International. Fue un chiste, verá siempre lo hago con ella, con Leticia, la de Subdirección Ejecutiva. ¿Conoce a Leticia Gómez, cierto?
“Es realmente diferente este Jose. Es increíblemente diferente a todos los hombres que he conocido en mi vida: Robert, Carlos, René Hoguerts, Lucas Smith, Richard y todos, todos los demás. Sí todos. Todos se parecen en algo. Todos son casados, mentirosos, rápidos y barrigones. Todos tienen la nalga blanca, el bolsillo pelado y la libreta llena de sueños, deudas y direcciones. Pero Jose es distinto. Para empezar es sólo de piel dorada como el metal. Es enamorado, romántico, recio, seguro, un poco opaco y nada transparente, por lo del metal, seguro. Pero, bueno, siempre soñé con un hombre así. Por eso me dije, no voy a preguntar nada esta vez. Lo quiero así, sólo así: de oro como sólo lo es él. Sin miedos, amable, honesto, sonriente. Sabe lo quiere cuando lo ve y lo consigue sin rodeos. Y lo demás… lo demás… No me interesa. Tanta razón daña el encanto.
“Un hombre de metal, recio, firme, buen conductor del calor, brillante para conversar, dúctil, así no me pide nada. Caminar, conversar, acompañarlo para que se tome un ron, conversar. ¿Cómo son los hombres de verdad?, sólo he conocido uno y está hecho de ensueños. Claro que no tengo nada para darle, sólo saludos y besos. Besos, besitos, besos de bienvenida y de despedida, besos con mua y sin mua, besos dormidos o despiertos, juguetones y cacheteros, hasta que… Leerle cuentos. Yo sé leer cuentos. Darle besos y leerle cuentos y besos hasta que su cabeza irradie, como el metal, la ternura que mi alma ha guardado para él. Y si de tanto besarlo y leerle, por mis labios se escapa esa bobada monogámica y fiel que me dejó el Ernesto, y si todavía en sus mejillas cabe algún mua y entre mis libros queda por leer algún cuento, pues… ya veremos.
No estaba mal. No, si tengo en cuenta que apenas lo tomaba. Muy cerca a su trabajo, en un lugar muy, muy, muy poblado enfrente a la clínica donde labora como médico cirujano: un pequeño apartamento con ventanas de cristal que se levanta ente los árboles que pueblan el cielo, una alcoba iluminada por las corrientes heladas que aclimatan el sol, una cocineta y un baño. Bien. No necesitábamos más. Cuando él viera, veinte minutos a la hora del almuerzo y diez minutos antes o después de una cirugía, podríamos, desde la ventana de la alcoba, que da al norte, divisar juntos la estatua de la Libertad, y, desde la ventana de la cocina, que da al este, divisar la torre Eiffel.
Yo hubiera preferido una la luz tenue, una de esas que se proyectan bajo la sombra de un palmar y se cuelan con las hojas hasta el lecho, extendiéndose sobre los amantes. Hacen ver las cabezas con hebritas de coco y dan la impresión de que se tienen algo por dentro. Cualquier cosa: una pulpa lechosa, puntitos cafés o agua. Pero no. No preguntó nada.
No esperó a que nos conociéramos como le dije. En fin, José, ¿Jose?, está bien. Mi guitarra, una cobija de felpa, una bufanda, dos abrigos, mis pantuflas de osito, un par de libros en el diván, tres acuerdos simples y ligeros, necesarios para la convivencia entre cualquier par de extraterrestres, que apenas se han visto, y ya. Nada de restos de cigarrillos en las matas, cero chorritos en la taza de baño, después de... bueno, después ropa, camisa o pijama para no andar en cueros por la cocina y el corredor, y dos o tres reglitas más que debimos haberlas puesto antes. Pero bueno, no se pudo, ya estaba.
Sin embargo había algo allí, un aire viejo y ajeno que todo lo volvía extraño. ¿Cómo no lo descubrí antes? El sol se posó en su cabeza sabia en el mismo instante en que lo oí decir: “¿Sabes que de acá para fuera no nos conocemos, cierto?”
Hola, José, ¿Jose?, vine a traerte las llaves. Por favor, no insistas más con tus mensajes de diferencias reconciliables. Sí me gusta el apartamento 75-08 del piso 75 y de la torre 36, y sí puedo con el frío del último piso. Allí también se puede leer un buen libro y bailar un cálido son cubano, es sólo que en cinco minutos no puedo contarte un cuento y que, en últimas, sobra el roce de mis labios, ya tienes bastante brillo en tu cabeza calva. ¿Sí ves? No hemos tenido diferencias ¿Cómo podemos salvarlas?

P. D. Encontré la cuenta del predial que no pagas desde hace tres años, está encima de la nevera. Te dejo las otras llaves, la bufanda y las pantuflas de osito; sé de cierto que, entre las nubes del cielo, pueden hacerte falta.


Gloria María Posada Restrepo
Es odontóloga, pero mejor, escribe cuentos. Y se sabe de una novela inédita.


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