Una pared

 


Lina María Parra

 


Hace veinte años que vivía en esa habitación y cada una de sus grietas y desperfectos me eran terriblemente familiares. Conocía por qué y cuándo se había desprendido cada pedazo de pintura que faltaba en mis paredes, y los tenía a todos guardados en una caja, sin marcar ni fechar; no era importante, de todas maneras todos un día fueron una sola capa de pintura. Claro que mirando en las paredes los huecos que dejaban al descubierto el concreto gris, podía recordar perfectamente cuál era la fecha de desprendimiento.
Aun así no pretendí nunca reconstruir mi pared, simplemente guardé sus pedazos caídos en una caja, como las cenizas de un ser querido cuando muere, y los mantuve cerca de mí, porque me era difícil desecharlos.
Eran las once de la noche y otra vez Marcia tenía hambre. Supongo que en esa habitación tan pequeña no había ratones que cazar, así que su dieta era básicamente atún y casi cualquier líquido que se encontrara en la nevera. En la cocina vi que Delfina ya había predicho mi pequeña excursión nocturna dejando una lata y un abrelatas en la mesa; se lo agradecí pues encontrar cosas en los cajones de la cocina era una tarea casi imposible si no eras Delfina.
Nuestro apartamento era pequeño, teníamos una cocina larga pero angosta, de sólo dos personas de ancho, lo que quería decir que Delfina apenas podía caminar sin quedarse atrancada entre las hileras de cajones y puertas. Además teníamos una sala comedor, un baño y dos habitaciones con balcón. En la sala vivían los peces de Delfina en una pecera rectangular adornada con figuras de plástico en forma de barcos piratas y cofres del tesoro. En una de las habitaciones vivía Delfina, con setenta años e infinidad de recuerdos acumulados por los rincones que le hacían más difícil cada día caminar de un lugar a otro. Y en mi habitación vivíamos Marcia y yo, con una cama de tubos de metal, una mesa, una lámpara y un armario del siglo XIX que perteneció a la abuela paterna de Delfina, una mujer inglesa que viajó por el mundo entero y que alcanzó a tener cinco esposos. El resto del espacio en el apartamento estaba ocupado por montañas desordenadas de objetos tan disímiles como libros viejos, unos cuantos electrodomésticos a medio armar, sillas quebradas, candelabros, lámparas, sábanas y cajas llenas de cosas que nunca vi, pero eran increíblemente pesadas. En un rincón de la sala había una torre de juegos de mesa que casi llegaba hasta el techo, y debajo de todos los muebles se podían encontrar zapatos viejos y cuadernos usados.
Por eso insisto en que la única capaz de encontrar algún objeto, como un abrelatas, en la cocina o en el apartamento en general, era Delfina, pues en su cabeza el caos de nuestro apartamento parecía tener un orden establecido y lógico. Desde que tengo recuerdos las cosas eran así, lo único que podía cambiar de orden en el apartamento era lo que había dentro de mi habitación, porque en ella nunca entraba Delfina.
Creo que nací en ese apartamento, pero no estoy muy segura, me contaron la historia sólo dos veces cuando tenía siete años y ambas eran diferentes en algunos datos. Lo que si sé es que ese apartamento fue mi primer hogar y Delfina quien me enseño todo lo que sé, aunque escasamente leo y todavía no logro entender el arte de escribir. Delfina era mi tía abuela, tía de mi madre y hermana de mi abuela, se quedó conmigo después de que mi madre se casó con un señor de otro país que se la llevó a vivir casi como una reina con la condición de que me olvidara, y ella cumplió. Desde entonces viví en la misma habitación y casi no salí del apartamento, sólo conocía a otras cinco personas aparte de Delfina. Primero estaba León, el encargado de los domicilios del mercado, que traía cada cuatro días comida para la casa; después estaba la señora Juana, que vivía en el primer piso del edificio y subía cada mes para pagarle el arriendo a Delfina, ya que era su edificio. También conocía a Lía, Gregorio y Rafael, los tres hijos de Delfina que vivían en al segundo, tercero y quinto piso del edificio, nosotros ocupábamos el cuarto piso. Ellos también llegaban a pagar el arriendo mensual, pero no eran tan cumplidos como la señora Juana.
Todos los días desde que era una niña Delfina me contaba historias sobre su abuela inglesa, la que logró tener cinco esposos. Dependiendo del ánimo de Delfina las historias variaban un poco y encontraban finales diferentes, pero esos detalles no me parecían relevantes. Luego jugábamos uno de los tantos juegos de mesa que estaban arrumados en la sala y en la noche nos sentábamos en el balcón, yo con los pies colgando y ella medio dormida en su silla mecedora, a mirar la gente abajo en la calle. Para mi cumpleaños comíamos pastel de frutas; fue, creo, en mis diez años que Delfina me regaló a Marcia. Nunca deseé nada más; lo que podía encontrar en el apartamento era suficiente para mí, y las novedades que son tan deseadas por otras personas nunca fueron algo que tuve en cuenta.
Pero tampoco vivíamos alejadas del resto del mundo: unos días antes de mi último en el apartamento supimos que a Rafael, el hijo menor de Delfina que vivía en el quinto piso, justo sobre nosotras, le habían aumentado el sueldo en el trabajo así que decidió comprale a su esposa una bañera blanca con patas de animal y llaves bañadas en oro. En los días siguientes no hubo más que ruido y polvo en todo el edificio mientras Rafael remodelaba su baño para poder ubicar la bañera.
Después de dar de comer a Marcia el atún que había dejado Delfina sobre la mesa, me quedé despierta en mi cuarto disfrutando del silencio y recogiendo la gran cantidad de pedazos de pintura que se habían caído de las paredes para quebrarse en el suelo gracias al incesante golpeteo de las remodelaciones en el piso de arriba. Ya casi toda la pintura de las paredes estaba descansando dentro de mi caja, pero no temí que terminara de desprenderse pues los trabajos acabaron esa misma tarde y Rafael ya había instalado su tan esperada bañera. Me quedé mirando los pedazos, podría cubrir una pared entera con todos y me sobrarían. Fue entonces cuando oí un crujido, como el resquebrajarse de las piedras, luego un chorro de agua y al final un estruendo de losas que se quiebran y muros que se desmoronan. Salí corriendo de mi habitación y encontré la puerta del baño en el piso. Dentro estaba, sobre una montaña de escombros, la reluciente bañera de Rafael medio quebrada por el golpe, y justo debajo, como apresada entre el piso y lo que una vez fue el techo, estaba Delfina.
No hice nada, nada hubiera servido, sólo retrocedí y salí del apartamento con Marcia en una mano y la caja de mis paredes en la otra. No reconocí nada afuera del edificio, pero no paré de caminar por horas, hasta que las piernas no me lo permitieron. Entonces en medio de un andén de cemento me senté y abrí mi caja; uno por uno puse todos los pedazos de pintura sobre el suelo hasta que este quedó cubierto como solían estarlo mis paredes, abracé a Marcia, me acurruqué como un bebé sobre la pared recién armada y me quede dormida.

Lina María Parra


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