El fuego de Changó

 


Samuel Andrés Arias Valencia

 


Te nombro, Changó,
padre de las tormentas
con tu verga de toro
relámpago descomunal.
Manuel Zapata Olivella, Changó, el gran putas

 


Entonces Sonia grita, queriendo desatarse del

abrazo ardiente que la envuelve desde el sueño […]
Julio Cortázar, Todos los fuegos, el fuego


El padre Eusebio Gil entró al pequeño rancho y encontró a Francisca dormida sobre su catre, cubierta apenas por una delgada sábana hecha con retazos de tela. Cerró la pequeña puerta de madera vieja, se mantuvo en silencio contra ella un par de minutos sin saber cómo empezar aquella difícil tarea. Luego suspiró profundo y dio una bendición a la habitación, cerró los ojos y dijo para sí mismo con voz débil:
—“Cuando reparas en algo, dejas de arrojarte al todo; porque, para venir del todo al todo, has de negarte del todo en todo; y cuando lo vengas del todo a tener, has de tenerlo sin nada querer; porque si quieres tener algo en todo, no tienes puro en Dios tu tesoro”.
Francisca despertó abriendo despacio los ojos, sorprendida ante la presencia que distinguió entre las sombras de la luz emitida por la lámpara de aceite. Entendió que venía a darle los santos oleos y, aunque no eran para ella, agradeció con su sonrisa las palabras robadas a san Juan de la Cruz, ahora en voz de su imposible amor. Volvió a cerrar los ojos por poco tiempo mientras buscaba en su memoria algo digno para decir a tan honrosa visita, que además sirviera de inició a la confesión de sus pecados.
—“¿Qué sufrimiento no estará cansado, si siempre le resuena al oído, tras la vana arrogancia de un querido, el cansado gemir de un desdeñado?” —dijo Francisca mientras abría sus ojos de nuevo, y dirigía la mirada hacia él. Los versos de sor Juana Inés de la Cruz, evocados tantas veces en su pensamiento, se ajustaban a la delación de su mayor tormento.
La abuela de Francisca, quien también fue esclava del convento de las carmelitas, le dejó como herencia a su única nieta el patrimonio clandestino de la lectura. Durante la infancia de Francisca, la anciana le escribía canciones sobre la arena para que la niña las entonara con los otros pequeños hijos de las esclavas, quienes comenzaban a jugar acompañados por la melodía, borrando poco a poco con sus pisadas musicales las letras marcadas en el suelo. Durante años la abuela recogió en silencio las pócimas y recetas de sus ancestros, los orichas, y los nombres de hierbas medicinales recolectadas por el único herbolario que tuvo la congregación, quien en secreto, poniendo en riesgo su vida, le enseñó a leer y a escribir. Todo quedó depositado por ella en varias hojas sueltas de las que más tarde aprendió Francisca el poder de la curación.
Aún Yolanda no entendía qué esperaba frente a esa puerta. Mientras su desagradable rostro sólo inspiraba desgano, las parejas que ingresaban al local llevaban en su semblante el entusiasmo de la rumba, expresaban su alegría bailando y tomando unos tragos. Ella sólo quería escapar de las garras de su fealdad dentro de una botella de cerveza en medio de la oscuridad del lugar. Cada día se sentía peor, en las mañanas temía enfrentarse al espejo, sufría con sus horrorosas facciones. La atormentaba la monstruosa imagen que tenía de sí sumada al rechazo progresivo de sus compañeros; no valían ni su amabilidad extrema ni sus esfuerzos académicos. El mal gusto que proyectaba y el repudio que despertaba eran sus más grandes martirios.
“¡Ay!, váyase pa’ otro lugar que la fiesta no es para feos, compay”, le gritaron, con ritmo de salsa, los parlantes como bienvenida cuando entró al local acompañada sólo por el frío intenso de la ciudad. A pesar de la advertencia de la canción, Yolanda ingresó al lugar atestado de bailarines, pidió una cerveza, bebió un trago y confundió su propia amargura con la del líquido que se deslizaba hacia el estómago. Se sentó en un extremo de la barra, arrancó la etiqueta de la botella y, mientras Héctor Lavoe le cantaba al oído: “y nadie pregunta si sufro, si lloro, si tengo una pena que hiere muy hondo”, pensaba con desesperanza en su malogrado anhelo de amor. Golpeaba con las uñas sucias la botella marcando el ritmo de las melodías que percibía con sus grandes orejas cuando sintió unos dedos tímidos que le golpeaban la espalda. Una nueva canción comenzaba: “Si me toca bailar con la más fea, si baila bueno, no me importa na’…”. Giró la cabeza y encontró un chico con el rostro pletórico, bañado en sudor, el cabello en desorden y una mano extendida invitándola a bailar.
Las lecturas de Francisca no se limitaban a las frágiles hojas amarillentas de su abuela en donde guardaba los secretos de su arte. En ocasiones penetraba a hurtadillas en la biblioteca personal de la madre superiora para raptar libros que a las pocas semanas dejaba nuevamente en su lugar. Así aprendió más salmos que las mismas monjas, leyó los evangelios, el Antiguo Testamento, san Agustín, santo Tomás e incluso al mismo san Juan de la Cruz, pero el día en que llegó el nuevo cura rector de la congregación encontró Los sonetos y redondillas de sor Juana Inés de la Cruz. Cuando abrió el libro y lo hojeó reconoció en aquellos versos la atracción que sentía por el padre Eusebio, entonces lo robó y se aprendió cada uno de los poemas, para reemplazar con ellos las caricias que creyó nunca llegaría a recibir. Por eso, aquella noche utilizó las palabras de la monja mexicana para delatar su amor, mientras su irremediable enfermedad la consumía.
El clérigo reconoció, inmediatamente, con sorpresa y gusto los versos. Sus sensaciones se enredaban en medio del calor abrasante que expedía Francisca y que contrastaba con el frío implacable que azotaba la ciudad; lo confundía también el cuerpo semidesnudo de la negra sobre el lecho empapado en sudor, que hacía que el deseo sentido durante tanto tiempo estuviera a punto de desbordarse; y ahora, las palabras de sor Juana Inés lo incitaban a dejar que los afectos se impusieran sobre el miedo y la razón. Eusebio estiró su mano como si fuese a tocarla, pero no se atrevió. Ella mantenía su mirada triste. Él siguió con el juego de los versos prestados:
—“Cuando tú me mirabas, su gracia en mí tus ojos imprimían; por eso me adamabas, y en eso merecían los míos adorar los que en ti vían”. —dijo mientras Francisca recibía con alegría sus amorosas palabras, éstas le notificaban la comunión entre los dos. El delirio del amor y de la fiebre la empujaron a responder de inmediato, a pesar de la debilidad producida por la temperatura cada vez mayor de su cuerpo:
—“Yo bien quisiera, cuando llego a verte, viendo mi infame amor poder negarlo; mas luego la razón justa me advierte que sólo me remedia en publicarlo; porque del gran delito de quererte sólo es bastante pena confesarlo”. —dijo Francisca ocultando el rubor debajo de su piel oscura.
Yolanda medía sus pasos, tenía que recordar el “un-dos-tres-cuatro, un-dos-tres-cuatro”, que aprendió sola viendo bailar a otros. Un paso adelante, un paso atrás, la mano derecha del muchacho cogía su mano izquierda, la otra mano se apoyaba en su inexistente cintura y las cuatro piernas se movían mecánicamente. Se acabó la canción, pero él no la soltó. Al comenzar de nuevo, Yolanda advertía la pesadez de la danza, estaba atrapada en una canción que repetía: “las tumbas son crucifixión, monotonía, monotonía, cruel dolor”. Por fortuna la música era lenta, lo cual le permitía llevar fácilmente la secuencia de los pasos aunque su cuerpo se negaba a relajarse.
Aún sin haber acabado la canción comenzó la siguiente; el sonido lento de la anterior se mezclaba con el resonar de las trompetas de la nueva. Los bailadores aumentaron su ritmo, él siguió el meneo sin consultar a Yolanda, más aburrido que satisfecho; pero esta vez, ella sintió el cosquilleo de la música en su piel. El coro: “¿que todo, que todo, que todo qué?, que todo el mundo te cante”, era parte de la canción que ensayó tantas veces usando su reflejo en el espejo como pareja. Al fin, súbitamente, se sintió segura y alegre, ¡quería que la vieran bailar! Sus piernas se aflojaron, sus caderas comenzaron a batirse, dio vueltas, se soltó y bailó sola; dejó el conteo de los pasos y se abandonó en la aventura que le proponía música. “la temperatura sube, sube, sube la temperatura” se escuchaba en el ambiente. Su piel se calentaba y su entusiasmo aumentaba con el variar de los ritmos, ante el asombro de los asistentes.
La atracción que la mujer de piel oscura y caderas anchas producía en el cura databa del mismo momento de su llegada a la ciudad, cuando penetró en la cocina del convento en donde se encontraban algunas esclavas realizando sus labores cotidianas. Allí descubrió a Francisca quien cargaba una tinaja con agua sobre la cabeza y dejaba traslucir las curvas de su cuerpo bajo las telas blancas de su vestido delgado. Esa noche, encerrado en la celda, oró concentrado para arrancarse esa imagen femenina y disminuir la erección que le producía. No lo logró, sólo el sueño, después de largas horas de rodillas excusándose ante el Señor, le permitió alejarla de su cabeza, para reaparecer con mayor ímpetu al día siguiente en sus ratos de ocio y oración. El tiempo se encargó de controlar la molesta erección ocasional y le enseñó a convivir con aquella imagen por siempre; sin embargo, evitaba al máximo cualquier posibilidad de contacto. Nunca volvió a pasearse por la cocina y encargaba a otros la catequesis semanal de los negros y los indios, con la intención de eludir la tentación. Pero esa noche, ante la noticia de que la negra Francisca moría, que ni siquiera sus propias hierbas lograron mejorarla, corrió, con el deseo y sus temores abrigados dentro su gruesa sotana, para despedir, como a una buena cristiana, a la mujer de su callado amor, y así se lo hizo saber mientras caía de rodillas junto al catre:
—“En la noche dichosa, en secreto, que nadie me veía ni yo miraba cosa, sin otra luz y guía sino la que en el corazón ardía”. —dijo Eusebio, continuando con el plagio de versos. Tras éstas palabras Francisca se debatía entre el amor, su muerte inminente y el deseo que la empujaba hacía el infierno. Su formación edificada entre las oraciones cristianas del convento en el día y las historias, danzas y rituales enseñados por las ancianas negras en las noches, enfrentaban su moral con la lujuria. Ahora frente a la oportunidad de desatar sus pasiones, el temor a un Dios severo y a un castigo doloroso y eterno, la inhibían.
—“Detente sombra de mi bien esquivo, imagen del hechizo que más quiero, bella ilusión por quien alegre muero, dulce ficción por quien penosa vivo” —dijo Francisca sin violar las normas del juego tácito y eludiendo la ansiosa mirada de Eusebio mientras una lágrima se evaporaba en su rostro.
Sintió que la perdía para siempre en el rechazo, ya había luchado y antepuesto su ser hombre sobre Dios. Con la complicidad de la imagen de santa Bárbara —pintada con restos de carbón en la pared de adobe— que parecía dar su consentimiento, y la de una lámpara de aceite que se consumía lentamente en la intimidad del cálido rancho, él, ahora en genuflexión, con las telas del hábito pegadas al cuerpo por el sudor, con su piel y su carne caliente junto al lecho de su moribunda amada, comprendía la necesidad de vencer los temores al infierno para abrirle la puerta, sino del cielo, al menos del amor.
—“Vuélvete paloma, que el ciervo vulnerado por el otero asoma al aire de tu vuelo, y fresco toma”. —le dijo con una sonrisa tierna y lujuriosa mientras hundía sus dedos en el ensortijado y desordenado cabello de su prieta.
“Suéltala. Oye, esa tipa es candela, suéltala”, tronaba la canción mientras el chico se perdía en uno de los giros de Yolanda. Todos la miraban expectantes, sus compañeros de universidad, clientes reconocidos del lugar, estaban sorprendidos, jamás imaginaron que Yolanda Rojas bailara de esa manera. Su cuerpo esbelto y coqueto se meneaba cadenciosamente recorriendo todos los rincones de la pista con cada nota, con cada golpe de tambora, con el silbar de una flauta o con el rasgar de una guitarra. Sus ojos cerrados lo invocaban, solicitaban su presencia. Olvidada ya de todo, sólo deseaba ser poseída por el cautivador espíritu de la música.
“¡Qué viva Changó, ago! ¡Qué viva Changó, aché! ¡Qué viva Changó, qué viva Changó señores!”
Un círculo de gente calenturienta la rodeó, todos bailaban con furia. Los hombres se lanzaban al centro de la pista a probarse, Yolanda los recibía en los brazos, los apretaba hacía sí, los exprimía y esculcaba en ellos el secreto de su propio fulgor. Rió a carcajadas cuando atrapó una preciosa morena contra su cuerpo y le cantó al oído la canción que estaba sonando: “A mí me gusta el merengue apambichao con una negra retrechera y buena moza, a mí me gusta bailar de medio lao, bailar medio apretao con una negra bien sabrosa”; luego la dejó tirada en una silla jadeante de deseo y cansancio, y continúo su cacería desenfrenada.
El círculo se desvaneció en tanto que la gente se rendía poco a poco. Yolanda estaba sin control, ya nada la frenaba, danzaba de un lugar a otro, tropezaba con todo y con todos hasta que después de un tiempo quedó atrapada en unos brazos gruesos y experimentó la electrizante certeza de que era él, de tener frente a sí, anudado a ella, el fuego.
“Zarabanda, Changó ta veni. ¡Abran paso pa’ lo de arriba, que vienen bailando el mambo!”
Al escuchar Francisca los versos dichos por Eusebio pensó que si él, padre de la iglesia, estaba dispuesto a ceder ante aquella tentación que el demonio, o Dios, o ellos mismos crearon, no sería prudente negarse; de no ser por la inmensa fatiga de su doliente cuerpo, se hubiera lanzado contra él y le habría enseñado las delicias de la carne, aprendidas desde edad temprana en sus pocas experiencias de amor. Deseaba revelarle secretos heréticos y placenteros a su último hombre, a él, el del rubicundo rostro lampiño bañado en sudor, quien con sus manos temblorosas y escuálidas acariciaba suavemente su oscuro rostro. Ella intentó vencer su debilidad, alzó las manos pretendiendo alcanzar su cuerpo, pero los últimos estertores de moralidad la traicionaron y tumbaron sus brazos endebles sin alcanzar su fin, mientras decía sollozando:
­­—“Siento un anhelo tirano por la ocasión a que aspiro y cuando cerca la miro yo misma aparto la mano. Porque si acaso se ofrece después de tanto desvelo, la desazona el recelo o el susto la desvanece”.
Imposible evitarlo, en ese instante, la imagen del crucificado pesaba más que los impulsos eróticos de Francisca; sin embargo, a Eusebio la derrota no lo encontraría tan fácil. El miedo de ella lo encabritaba y lo llevó a canalizar todas sus sensaciones en un suave verso que le susurró muy cerca del rostro mientras le agarraba sus manos ásperas:
—“¡Cuán manso y amoroso despiertas en mi seno, donde secretamente solo moras; y en tu aspirar sabroso de bien y gloria lleno, cuan delicadamente me enamoras!”
Él tenía los ojos oscuros y mirada de candela; su piel, más negra que noche de luna nueva. Sus manos grandes y fuertes estrecharon a Yolanda contra su figura maciza. Mirándola a los ojos no dijo palabra, sólo dejaba que la música se deslizara entre los dos.
Cada vez el calor era más insoportable. Eusebio le soltó las manos y deshizo el nudo de las telas que cubrían su pecho delgado y masculino, sacó los brazos dejando desnudo su pálido tronco. Francisca miraba estupefacta la escena. Ella giró su rostro hacia sus propios pies y descubrió los montes y llanos creados por su cuerpo debajo de la sábana. Se gustó, perdió el miedo, le agradaba poder ofrecerle esas mamas redondas y bien torneadas, ese calor asfixiante que abrasaba todo en la habitación, esas últimas gotas de sudor de su deshidratado cuerpo. Venciendo su prevención lo miró nuevamente a los ojos y lo invitó para que le brindara la última caricia de su vida:
—“Porque si bien de tu pasión se infiere, mal morirá a las brasas materiales quien a las llamas del amor no muere” —le dijo con una amplia sonrisa. Eusebio aceptó, temeroso introdujo su mano debajo de la sábana, quiso mojarle los labios con un húmedo beso, pero al intentar tocarla sintió una quemazón que le hizo retirar asustado. Francisca ardía, se incendiaba, su propio fuego la estaban consumiendo; sin embargo, él estaba dispuesto a fundirse en ella si fuese posible, a derretir su cuerpo junto al suyo.
—¡Oh llama de amor viva!, que tiernamente hieres mi alma en el más profundo centro; pues ya no eres esquiva, acaba ya si quieres; rompe la tela de este dulce encuentro —gritó Eusebio mientras el hábito caía al suelo y terminaba de arrebatar la sábana que la cubría. Extendió su cuerpo sobre el lecho, el fuego de Francisca lo quemó. La burda imagen de santa Bárbara en la pared parecía sonreír complacida, mientras sus finos rasgos femeninos se transformaron en su verdadera esencia, el rostro de él: señor de las tormentas, amo de la danza y la lujuria; quien, a través de los tiempos, todo lo devora con su fuego devastador; quien exigía el sacrificio de estas tres víctimas que vivían e ignoraban su presencia. Yolanda lo abrazaba y sentía la carne apretada de su cuerpo, bruno y perfecto, adherido al suyo. Junto a él, ella se contemplaba fuerte y hermosa, sentía con propiedad los movimientos de sus angostas caderas, de sus frágiles y delgadas piernas. Su narizota raptaba todo el aire del lugar, sus labios gruesos, borde natural de su gran boca deseaban posarse en la piel oscura, y sus caóticos dientes anhelaban hincarse en sus turgentes músculos.
Quienes en un inicio participaban con ánimo estaban tumbados en las sillas, las mesas o el suelo, rendidos por un extraño agotamiento; sólo Yolanda y él seguían bailando. Afuera un diluvio se desató sin avisar, sin embargo, el calor adentro era cada vez mayor. El corazón de Yolanda latía al ritmo del duro repiquetear de la lluvia sobre el techo del local y de la intensa percusión: “vamos tocando como bestias. Al son de los cueros, a cuero na’ má’ vamos tocando como bestias”. Al son del piano del sonido bestial, ella se zafo del cuerpo de su pareja y comenzó a desbaratar sus ropas empapadas en sudor dando brincos de placer con el retumbar contundente de los tambores, bajo el lujurioso asentimiento del negro inmóvil en una esquina de la pista. Al final, con la última nota de la canción, al extinguirse el chillido de la trompeta, luego de unos cuantos segundos de silencio, desapareció la débil luz que alumbraba el local al mismo tiempo que el ensordecedor estallido de un trueno hizo vibrar los muros. Ella, quieta, desnuda, excitada y jadeante, recibió un súbito fuerte y fugaz abrazó en medio de la oscuridad mientras escuchaba una voz grave susurrarle al oído:
—“Con su espada vencedora, Changó lo vence tó. ¡Kabie sile pa’ Changó!”
Él se santiguó y acarició con dolor quemante en sus dedos los negros y redondos pezones de Francisca. Ella se estremeció y comenzó a sentir la inevitable cercanía de la muerte. La llama de la lámpara disminuía; el temor ya no era a los castigos, sino al tiempo inexorable que la estaba dejando sin gozar su último amor. Lloró sin lágrimas y con afán. Con las últimas fuerzas que guardaba para el paso de la vida a la muerte giró su denso cuerpo prieto hasta quedar sobre Eusebio, quien se retorcía con doloroso placer, confundido con las lesiones que su cuerpo gustoso recibía. Él nunca tuvo a alguien tan cerca, excepto a su madre, cuando era niño. Su inexperiencia en las lidias del amor y el fuego abrasante de Francisca lo hacían torpe. Intuitivamente, sin consultarlo con la razón, abrazó y apretó el candente cuerpo mientras su miembro intentaba acomodarse con dolor en el vértice de las gruesas piernas de la negra.
El aguacero arreció. Yolanda salió del local desnuda y sin importarle el contraste del calor hirviente de su cuerpo con el frío intenso de afuera. Nadie la seguía, todos quedaron fundidos dentro del local o habían huido asustados. Las densas gotas de lluvia se esfumaban al tocarla. Era una mujer humeante con la piel expuesta a la lluvia que brincaba sacudiendo sus caderas, extendiendo sus brazos, respirando agitadamente, descolgando su cabeza y pateando el aire. Disfrutaba con orgullo la soledad, se sentía feliz por la ferviente música que le ofrecía la noche y el aguacero, por ese rayo resplandeciente que bajó del cielo, la encegueció con su intensa luz y la poseyó, por esa última danza convulsiva de su cuerpo inerte y carbonizado sobre el húmedo asfalto.
Francisca, ya frente a la puerta de la muerte, con plena conciencia de la extinción de su vida y con la calma que puede brindar sólo el amor correspondido, dejó caer sus labios sobre los de Eusebio y ya sin apresuramientos sonrió, le dio un beso seco y le quemó el interior de su boca con su ardiente lengua. Luego, mientras se adentraba con suavidad y lentitud en su gozosa muerte le recitó, con algo de dificultad pero complacida, unos últimos versos:
—“No sé por qué destino prodigioso volví a mi acuerdo y dije: ¿qué me admiro? ¿Quién en amor ha sido más dichosa?”
Eusebio recibió el último aire de Francisca sobre sus labios, a pesar de su muerte, estaba satisfecho: se sentía amante y amado. La temperatura del cuerpo inerte continuaba en aumento, las ampollas de su piel comenzaban a estallar espontáneas, creaban úlceras que Eusebio cubría apretándose más hacia ella. Poco a poco sus lágrimas de amor se transformaron en un profuso llanto de tristeza y dolor mientras unos versos de san Juan de la Cruz se colaban por última vez en su pensamiento: “¡Oh cauterio suave! ¡Oh regalada llaga! ¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado que a vida eterna sabe y toda deuda paga!; matando, muerte en vida la has trocado”. Se dedicó a la contemplación calmada de su organismo combatiente, pero seguramente derrotado, en la hirviente batalla sin tregua contra el cadáver. Besó los gruesos labios inmóviles, los impregnó de su saliva y gozó de su ardiente amor mientras moría.
“Quema, quema, quema, quema, que marikuini”.

 


Samuel Andrés Arias (Afroboyaco)
Le encantan las mentiras, aunque no suela decirlas por cuestiones éticas. Sin embargo, disfruta verlas atrapadas en el papel, por eso, escribe cuentos y crónicas (historias que no parecen ciertas, pero que lo son). Fue participante del taller de escritores de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín por dos años y becario de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Sus relatos han sido publicados en diferentes periódicos y revistas colombianas.


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