La sábana inmaculada

 


Diana Ospina

 


Nadie a otro ama, sino que ama
lo que de sí hay en él, o se supone

Pessoa

 

 

Se me olvidó evitar mirar a vuestros ojos. Esta cazadora jamás puede ser vista de frente. Chung Fu todas vuestras palabras y vuestros gestos ¿Qué observáis mientras duermes? Ahora que velo el mundo secreto de vuestros sueños. ¡Ah mi sultán bien amado! ¿Qué imágenes graciosas visitáis? ¿Navegáis acaso oh viento nocturnal penetrando sobre mis aguas, entre cada intersticio de mi piel, en toda honda y rincón, en cada aliento?
¡Os ruego escuchéis mis súplicas! He penetrado la oscuridad. Voces lejanas llegadas más allá del tiempo. Voces tenebrosas que quieren que muera en la hoguera. ¡Oh tened compasión de mí, mi sultán de Ál-boroq! Cuando me lo pidáis os juro que me paralizaré a lo ancho, a lo alto y a lo hondo… a lo profundo. Y me internaré en mi larga noche donde cada minuto un centímetro, cada hora un kilómetro, cada sonido un recuerdo, cada silencio un susurro, cada instante un olvido que me sumerge en los largos extravíos del tiempo. ¡Salvadme de morir en la hoguera! ¡Os lo suplico! Y os prometo renunciar a vuestro cuerpo si así lo queréis, no volver a mirar a vuestros dulces y profundos silencios, no morder más vuestros dientes. No llorar más cuando vuestra caricia se vacía de sentido en el camino hacia mi piel… que os clama… que os implora… ¡Pedidme lo que queráis! Libradme de morir en la hoguera. ¡Tened compasión de mí! No es más, hagáis un gesto cualquiera y al instante os obedeceré cuanto deseéis. Velaré cada noche de vuestro sueño, acicalaré vuestro cuerpo con ungüentos y bálsamos, os haré bebidas de hierbas sagradas que restablecerán vuestro cuerpo maltrecho de nuestra triste jornada.
¡Ah! ¡El fracaso de la escritura es más soportable imaginar que algún día mi cuerpo se derrita en las llamas! Egor a expulsado su largo veneno sobre mi cuerpo. ¡Oh necio Egor! Le he dicho, no me atormentéis más, decidme mejor que algún día alcanzaré su mirada. Egor insiste y se burla de mi cuerpo de mujer, de mis gestos, de mis manos, de la flor suave sobre mi lago sereno.
Os juro no volver sobre vuestros pasos. Si lo deseáis, no volveré a intentar sacaros de vuestra noche. Ahogaré los gritos destemplados de la vihuela. Sólo os hablaré con las mariposas que logre cazar en la tarde. Si me lo pedís, os juro que jamás volveré a reclamaros por vuestro alfabeto que no llega, pero ¡salvadme de la hoguera! ¡Socorredme de morir ahogada en las llamas! Salvadme de mi rostro derretido sobre las lenguas ardientes… ¡por Dios, tened piedad de mí! Rescatadme del fuego que añora morder mi piel, de las llamas que quieren desgarrarme y consumirme hasta apagar mi aliento. ¡Salvadme! Y permitid que continúe saliendo con mi jama a recoger mariposas para hablaros en el lenguaje que os agrada, concededme la gracia de vigilar la infinita labor de las polillas para que sigan tejiendo libremente vuestros ropajes.
Compadeceros de esta humilde guerrera aplastada por la culpa. Me parece escuchar el tenebroso llamado del fuego… ¡ahhh!… esclava y sierva que ha luchado con el mundo de las tinieblas. ¡Os ruego por todos los dioses, por vuestro Dios, por todas las divinidades, tened piedad! Observad mi cuerpo lleno de heridas profundas que demoran en sanar, tened compasión por los días que he pasado en los ríos de piedra, por el viaje tenebroso donde logré arrancar de la oscuridad a tantos seres que vendrán a purificarse en Nasca. Compadeceros de esta guerrera para que pueda continuar su labor de adentrarse año tras año en al laberinto secreto. Dejadme bailar y luchar cuerpo a cuerpo con el Minotauro hasta agotarlo y dejarlo sumido en un sueño balsámico, para sumergirme a lo ancho, a lo hondo, a lo alto, a lo largo, a lo profundo de las tinieblas. Permitidme llegar al colmo de la oscuridad, para que la potencia creadora surja, mientras la fuerza tenebrosa perece de tajo a consecuencia de sus propias tinieblas. Amparadme para que la oscuridad me venza y consuma hasta el último polvillo de luz, porque sólo así veré ante mis ojos el resplandor. Y retornará de nuevo la calma. Dejadme vivir para llegar al otro lado. ¡Eleison! Mi sultán ¡Eleison! Mi amado Ál-boroq. ¡Eleison! Concededme la gracia de continuar visitando la isla secreta, salvadme del fuego para continuar mi labor contra las tinieblas y os prometo recompensaros infinitamente.
Dadme la gracia de vivir y morir dignamente y os juro que estaré suave y serena. Salvadme de la determinación que intenta llevarme a las puertas del purgatorio y, con la confianza para atravesar las grandes aguas, me embarcaré en la cavidad de madera y jamás volveré a invocar el ojo del huracán, si así lo deseáis. Permitidme confiar en que jamás volveré a morir calcinada por el fuego… ¡os lo imploro! Nunca más…
Sólo vuestra merced puede interceder por mi salvación. Os suplico que permitáis manchar con la sangre de mis heridas esta sábana inmaculada, no dejéis que me delate su pureza. Os ruego permitáis que la alquimia de mi pasión cubra su blancura, que mis palabras hagan relucir su noche. Salvadme de morir en la hoguera, permitidme dejar mis huellas íntimas y el rocío sangrante de mis heridas sobre este reluciente lienzo y renunciaré a alcanzaros con mi cuerpo si así lo queréis, y os invitaré a beber agua fresca en el cántaro de la noche. Y dejaré que la golondrina vuele tranquila a su nido. Y cada vez que claméis en la sombra del lago compartiré con vos mi sultán una buena copa donde os daré a beber el afecto de lo más íntimo de mi corazón.
Egor me dice que no tengo salvación, que me habéis visto vulgar e impúdica y que por eso vais a permitir que me lama el resplandor de la hoguera. Egor con sus gritos crueles me chilla que habéis visto en mi rostro una vampira desdentada. Decidme por Dios que podéis compadeceros de mis sombras. No permitáis que la llama arda sobre mi cuerpo… no dejéis que me llegue el terror de su abrazo… Egor me dice que nuestras atracciones son contrarias a nuestros espíritus… que soy “ordinaria” ante vuestros ojos, ¡ay!, haced que se ahogue su rictus de desprecio.
¡Qué suenen los tambores de la retirada!, y que ¡el gong metálico resuene! ¡Qué cese el ataque! ¡Qué implote todo si es necesario! Pero salvadme del Minotauro con teas por cuernos… Ahhhhh… Salvadme de su fuego abrazador ¡Tened piedad de mí! No volveré a escribiros si me lo ordenáis. No volveré a invocar vuestro nombre… no me miraré jamás en el río de la noche. No lloraré. No beberé. No os recordaré… pero dejadme cubrir la sábana con mis desgarraduras y salvadme de las lenguas de fuego. ¡Oh mi señor! No volveré a ver vuestra imaginación a través de mi espejo. No volveré a abrir la ventana de mi alcoba para que cesen de entrar los sonidos que claman sobre el cuero seco del tambor. ¡Pedid lo que queráis! ¡Cualquier cosa que se os ocurra! Pero no dejéis que expongan la sábana inmaculada. Permitidme por vuestro Dios mancharla con mis gritos. Y me retiraré con una venia de humildad por vuestra merced. Os juro que no volveré a beber de vuestra fuente y avanzaré por mi camino como una yegua que corre derecho hacia delante sin mirar de soslayo hacia su compañero apareado. Y podréis seguir vertiendo en mi espejo vuestra imaginación. Y podréis seguir viendo el reflejo de la divinidad en mi cuerpo tan visible como inmirado, tan palpable como etéreo... tan violable como casto.
Egor se burla de nuevo: estáis en el lugar contrario a su imaginación, me dice con su risa maloliente. Y me recuerda las ruinas circulares del templo donde las llamas envolvieron mi alma en una danza sagrada cubriéndome con su tibio abrazo… Juradme que dejarás verter almizcles de jugos y olores sobre esta seda que ha tejido con tanta ilusión la mariposa más blanca y prístina de mi amado Nasca. Sólo vos mi sultán tenéis la fuerza y el poder para borrar mi culpa… dejadme llenar la sábana con las huellas de mi alma.
El gallo acaba de cantar. Mira mis ojos lientos de terror y de pánico. Ya pronto despuntará el alba. Vendrán a llevar las sábanas al convento para extenderlas ante sus miradas. Os juro por lo más sagrado que mi olfato olvidará tus exhalaciones, que no volveré a mirarte ni aun en el reflejo del lago. Y mi cuerpo no clamará ya más por vuestra piel, con tal que impidas que me lancen sobre las llamas inquisidoras. El gallo ha vuelto a cantar. Pero él mismo no puede volar hacia el cielo. Sólo hace oír su quebrada voz. Renuncio ya a vuestras dulces palabras… renuncio a mirarme en vuestros ojos. Si así lo queréis, si así me lo pedís y susurráis con vuestros gestos. Renuncio a pasar la espiritrompa por vuestro ombligo, jamás volveré a tratar de penetrar el código secreto de vuestra fuente. Pero, no permitáis que luzcan la sábana inmaculada. No intentéis infundir fe con vuestras “palabras” a las autoridades, dejad que manche la sábana con mi sangre y que el sudor de mi cuerpo la cubra para que no luzca su pureza… dejadme salvar de este triste final. ¡Tened misericordia! ¡Oh mi sultán! Matadme en este instante… no es más que vertáis unas gotas de amarga cicuta sobre mi copa… y dejad que mi cuerpo sea vencido en un dulce sueño… pero, ¡salvadme de las llamas! Oraré por vuestra salvación todos los días de mi vida. Quedará secreta nuestra noche… la sábana inmaculada lucirá amargamente nuestro abrazo.
Ya tocan a la puerta mi sultán ¡Eleison! ¡Eleison! ¡Eleison!


Diana Ospina (Colombia)
Véase Odradek, el cuento No. 2

 

***

“...la vocación de escritura, como deseo de liberación y expresión de desahogo, ha germinado muchas veces a través del marco de una ventana. La ventana es el punto de enfoque, pero también el punto de partida.”
Carmen Martín Gaite


“…yo la obedecía (unos tres meses, que duró el poder ella mandar) en cuanto a no tomar libro, que en cuanto a no estudiar absoluta mente, como no cae debajo de mi potestad, no lo pude hacer, porque aunque no estudiaba en los libros, estudiaba en todas las cosas que Dios crió, sirviéndome ellas de letras y de libro toda esta máquina universal.”
Sor Juana Inés de la Cruz


Soy una candidata eterna a la buena literatura. Es lo único que soy. Quiero seguir trabajando y produciendo sin miedo, sin temor y sin comprometerme con la gloria. Soy una mujer insobornable.

Nélida Piñón.


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