Dos cuentos

 

 

Fanny Restrepo V.

 

 

1
¡Oiga!


Una larga serie de amputaciones en su cuerpo, comenzando por la pérdida de sus dos piernas y brazos durante la guerra y las sucesivas adaptaciones a los medios que la tecnología médica le proveía, habían logrado mantener su vida en el transcurso de los años. Las pérdidas más recientes de sus órganos, lo disminuyeron hasta el punto de que, al perder su sistema digestivo por el que se alimentaba por medio de sondas, fue necesario encontrar una alternativa para su nutrición. Se dispuso de un medio capaz de mantener vivos los tejidos y fue así como, su oreja —que era todo su ser— se colocaba, durante toda la noche, en un platón que contenía el medio de cultivo. En la mañana, su anciana madre, lo secaba amorosamente y lo colocaba sobre su cojín preferido. Se oían entonces los cristalinos acordes iniciales del Nocturno de Chopin y él se distendía, se esponjaba satisfecho para absorber todas las notas. Vibraba con ellas. Sin embargo, cuando los ruidos intrusos de la avenida se imponían a la música, era visible un encogimiento, un replegamiento sobre sí. Esos movimientos de sístole y diástole eran sus manifestaciones de vida, de asentimiento, de contento y también de disgusto.

El día aquel en que sonaron los nocturnos y las mazurcas de Chopin, y en que la cacofonía que subía de la avenida no causaron en él ninguna reacción, se impuso llamar de urgencia al médico.

Después de examinarlo, el doctor le ordenó en voz alta: ¡oiga! Pero, no hubo ninguna pulsación.



(Inspirado en el cuento “Un paciente en disminución”, de Macedonio Fernández)

 

 

2
En la capilla

 

Estamos todas en la capilla, de pie, frente al altar mayor recamado en oro. El sol se filtra por los vitrales que dan al oriente, se derrama, líquido, sobre las lozas del suelo, destiñéndolas y cae, como lanzas que rompen las nubes azulencas de incienso que gravitan sobre las cabezas de las niñas que ocupan la nave central. Las fragancias del incienso y de las flores vuelven la atmósfera tan densa que obnubila la mente, me trastorna hasta el punto de hacerme ver luces amarillas como pequeños soles que titilan frente a mis párpados y me causan esa lasitud del cuerpo, ese adormecimiento, esa exacerbación de los sentidos que me llevan al borde del desmayo, sin que llegue a desmayarme nunca, lo que sí le ocurre, en cada ceremonia, a alguna compañera que es auxiliada de inmediato. Parece que no todo el mundo está adormecido, hay unas hadas protectoras, siempre alertas, unos ángeles guardianes que nos levantan cuando tropezamos. El órgano interpreta solemne el Pange lingua; pesada, la música invade todos los rincones de la capilla, abrimos los misales de cubiertas de nácar, de hojas de seda, de cantos dorados, y entonamos las palabras del cántico religioso. Las palabras en latín, al salir de las bocas, vuelan como palomas que pujan por llegar más alto y desean salir del claustro. Las flamas de los cirios encendidos compiten con los soles frente a mis párpados. Cuando cesa el eco de la música en esta capilla, donde están hombro con hombro y codo a codo Belcebú y Jesús, Lucifer y Jesucristo, el Bien y el Mal son nombrados, como si los invocara, el capellán a quien yo creo santo y él también, pues gesticula y habla como uno de ellos, con su voz engolada, recia, que es devuelta a su dueño por el eco del recinto con la misma reverencia litúrgica con que es pronunciada. Nos previene contra El Mal, nos advierte sobre el riesgo del pecado, nos pone como ejemplo a la Virgen María y yo miro a la hermana Ángela que está un poco adelante, arrodillada, sus manos juntas; su rostro arrobado mira al capellán, lo escucha con fervor, ignora todo lo que hay alrededor, sólo están ella y el capellán, y su voz, la de él, que le llega, que la toca como dedos que hurgaran dentro, en su corazón, en su alma, está transfigurada como santa Teresa y como ella ama a Dios sobre todas las cosas en la persona del capellán, cuyos ojos, dos carbones que empalidecen más su rostro, la miran con fijeza, la penetran hasta su alma deseosa de entregarse, los une un vínculo sagrado, están por encima del mal. Una burbuja de luz los envuelve en comunión. La hermana Ángela suspira, el alma y los sentidos presa de fervor. Ella está en éxtasis, parece que va a levitar. El tiempo no transcurre, es irreal, se ha detenido en este ámbito cerrado, tal vez afuera corran los minutos porque mi cuerpo tiene sed, tiene hambre, debe ser casi la hora del recreo, tendré que terminar mi tarea de matemáticas y hablar con Estella del examen de Historia. Cuando esto termine se me pasará el malestar. Pero esto no termina. El sacerdote sigue hablando aunque hace rato no descifro ya sus palabras a pesar de que lo veo mover los labios, gesticular, ya no lo escucho. El cura se retira a la sacristía y entra la hermana Gregoria con su corneta bien almidonada, enhiesta, impoluta, que me recuerda un quitasol, un paraguas. Apaga los cirios, haciendo del hecho simple de apagarlos un ritual de movimientos precisos, determinados de antemano, siempre repetidos, mientras el órgano hace oír la música. El trece de mayo la Virgen María bajó de los cielos a Coba de Iría... Las luces titilantes se acercan a mis ojos. Una fuerza, o falta de ella, me empuja tras la luz de la estrella más cercana. Miro a través de la ventana hacia el prado donde se han reunido bajo los mangos y naranjos para el almuerzo campestre de todos los domingos, mis padres y mis hermanos, salgo y me acerco a ellos. Alguien me alcanza el tazón con la ensalada, no veo su cara, percibo el olor a vinagreta. Después me tiendo sobre la grama sin segar que siento mullida, las briznas ásperas punzan mi cara. Dormito. Escucho lejanas voces que me llaman, las voces se acercan, la luz del sol se filtra por entre las hojas de los árboles y juega en mi cara, titilante, se cuela por mis párpados, abro los ojos y veo la cara de la hermana Gertrudis, mi ángel de la guarda, que agita un pañuelo frente a mí. Estamos en un saloncito anexo al altar. Hay un olor a encurtidos en el recinto.



Fanny Restrepo V.
(Colombia)
He sido tradutora, docente en el área de inglés, y ama de casa. Desde hace un par de años, ya no ejerzo estos dos últimos oficios pues me he dedicado, por fin, a hacer lo que me gusta, esto es, leer y escribir, e intento seguir haciendolo así.


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