La tormenta

 

 

Tim Keppel

 

 

Traducción de Julio César Mejía

 


Al caer la tarde, cuando refrescaba la brisa y el viento hacía sonar el móvil, y el cielo se oscurecía con nubes que anunciaban tormenta, Ron Booker, sentado en su balcón, oyó un llamado lastimero, como el del sonido de una sirena: ¡Candelabros! ¡Candelabros! Algo en esa melodiosa, melancólica voz en la quietud de la tarde, lo cautivó. Miró por entre el copioso follaje de los almendros y limones y vio al pequeño hombre de cara aindiada, pedaleando un triciclo lleno de candelabros.
No era raro ver un vendedor en su barrio, negociando flores o trapeadores u ofreciendo arreglar zapatos o llaves que gotearan. Y todos ellos tenían su manera particular de entonar los anuncios o de hacerles un cantico. Pero Ron nunca había visto un vendedor de candelabros ni, estaba seguro, lo volvería a ver.
Los candelabros llegaban a la altura del pecho y eran de tres patas, con ramas y hojas de hierro forjado, coronados con figuras en vitral del sol, la luna y una estrella, lo cual les daba un halo ligeramente místico. Eso no iba exactamente con Ron. Él nunca en su vida había comprado un candelabro. Jamás se le había ocurrido. Pero de pronto le pareció no solamente deseable sino también muy necesario: y ahí estaba llamando al hombre.
No mucho después de que el artesano se fuera pedaleando, la tormenta golpeó con la fuerza de un tren de carga. Un aguacero arrollador azotó las calles, golpeó las matas de plátano y dobló las palmas. El cielo se encendió y explotó con ruido de cañones. Cuando un tremendo estallido hizo ir la luz, Ron prendió las velas en el candelabro y se quedó mirando sin parpadear el arbolito de luces que danzaban y se retorcían al viento y emitían aroma de pino. El candelabro suavizó lo fantasmagórico de la tormenta, magnificada por la ausencia de Carmen.
Carmen se había ido para la casa de su madre a celebrar las nuevas. Después de años de ensayar y ya a punto de rendirse, finalmente le habían acertado. Ahora ya ella iba por el tercer mes. Donde su mamá, la habían felicitado y contemplado e importunado con cuentos de comadronas como aquello de que “no te vayas a salir al sereno sin bufanda” y “no vayas a pasar por los cementerios porque se te mete el frío de los muertos”.
Súbitamente, silenciosamente, volvió la luz. En medio del gotear de las hojas y el murmullo de la lluvia, Ron sintió la urgencia de llamar a Carmen. Hasta ahora le había ido sorprendentemente bien, teniendo en cuenta su salud más bien delicada. Hasta ahora, solamente un poquito de náusea y fatiga. Pero la llamada de Ron no entró. La línea estaba muerta, cosa que no era rara en ese pueblito por allá en el campo.
Ron calentó un arroz con pollo y se sentó a ver los noticieros de la noche. Un reportero sostenía una sombrilla al tiempo que un anuncio de “Última hora” pasaba por la parte inferior de la pantalla. En acompañamiento, palpitaba una música dramática, realzada, telegráfica.
—Así es —decía el reportero— El Cali llevaba practicando solamente diez minutos cuando se vino la tormenta. En cuestión de segundos un poderoso rayo cayó en la cancha y los jugadores se fueron al piso. Pepe Gaviria y Chucho Córdoba, dos de los ídolos de los fanáticos, fueron traídos a este hospital. Faltando cinco para las siete, se anunció que Pepe Gaviria había fallecido. Chucho Córdoba, quien sufrió dos paros respiratorios y varios pre-infartos, permanece en coma.
Ron sintió que un frío le corría por el cuerpo y se quedó viendo caer la lluvia. Llevaba cinco años viviendo en este país enloquecido por el fútbol. Había dejado atrás todo -novia, trabajo, patria- haciendo un corte total, empezando de nuevo. Había viajado por toda Sur América, trabajando en traducción o en enseñanza donde aparecía, hasta que conoció a Carmen y decidió plantar ahí.
¿Qué era lo que más le molestaba del rayo? De pronto sólo su incertidumbre, lo absurdo. Como si la Naturaleza se estuviera burlando de uno por tomar la vida en serio. Por pensar siempre que todo esto tenía que tener sentido. Pero la gente aquí estaba acostumbrada a la devastación súbita -los desastres naturales, levantamientos armados, tragedias personales- y mejor equipada para manejarla.
Cuando por fin, a la mañana siguiente Ron se pudo comunicar con Carmen, ella le contó sobre las inundaciones y derrumbes ocurridos cerca de la casa de su mamá. Varias familias habían perdido la casa; su madre había tenido suerte. Pero luego Carmen siguió con la lista de interminables problemas que la madre tenía, comenzando por el hedor de la cañería abierta en un lado y los animales muertos -perros, gatos, de todo- que la gente tiraba en el otro. Alguien había clavado un aviso que decía: No botar animales muertos. Entonces, por supuesto, cuando alguien tenía un animal muerto, este era el sitio que primero se les ocurría para botarlo.
Ron le preguntó a Carmen cómo se había estado sintiendo. Ella le dijo que había tenido algunos calambres leves y que había hablado por teléfono con el Osito, su ginecólogo, quien le llevaba un estricto control. Alguna vez ella lo había descrito como tierno y dulce, mimoso como un oso. Entonces Ron lo había empezado a llamar así. Cuando Carmen utilizaba su nombre, Ron decía, “¿Quién?” Y Carmen contestaba, “tú sabes, el Osito”. Hasta que ella misma comenzó a llamarlo así. Al principio Ron pensó que se había pasado de vivo poniéndole un nombre tan ridículo al doctor, un nombre que tenía el efecto de dejarlo neutro. Aunque más tarde se preguntaba si de pronto Carmen había sido la viva al adoptar ese uso que tenía el efecto de neutralizar las sospechas de Ron.
El Osito, como todos los doctores, abogados, jefes, lo que fuera, de Carmen, mantenía una relación muy amistosa con ella. A menudo él se sentaba a charlar con ella después de las citas, la invitaba a almorzar, la llamaba a la casa. Carmen le gustaba a los hombres. Tenía que ver algo con sus rasgos finos color bronce, combinados con su fortaleza abatida pero valiente. Eso era lo que primero había atraído a Ron. Una hermosa mujer necesitada. Atender a un pájaro herido. Sin embargo, al mismo tiempo, sacaba fortaleza de ella. Había enfrentado en la vida mucho más que él, y había salido adelante, mientras que él nunca había sido puesto a prueba.
—¿Te diste cuenta de lo de los futbolistas? —preguntó Ron, mientras miraba la lluvia.
—No —dijo Carmen, la voz distorsionada por una mala conexión—. ¿Qué pasó?
¿Por qué, se preguntó Ron, sería tan bueno compartir las noticias con Carmen? Noticias buenas, noticias malas, cualquier noticia. Y no tener simplemente que dejarlo ahí consigo mismo. Pero, bueno, ¿no era para eso que uno tenía a alguien? ¿Para compartir las noticias?
Al día siguiente Ron se mantuvo ocupado con un proyecto de traducción, un tedioso trabajo largo con un mundo de legalismos. Cuando llegó a casa, se encontró un mensaje de Carmen en la contestadora. Se iba a visitar a la tía; lo vería a la tarde siguiente.
Mientras se comía lo que había quedado del arroz con pollo, esta vez con salsa extra picante, aceitunas, y rebanadas de aguacate encima, mostraron un segmento sobre Pepe Gaviria. Un muchacho bien parecido, musculoso, marcando gol tras gol, agitando la camiseta ante los hinchas enloquecidos, abrazando y haciendo señales de triunfo a sus compañeros, la música subiendo al terminar la toma abruptamente, captándolo en el aire con los puños en alto, fijándolo allí para siempre.
Cogido por un rayo. Ron se imaginó a sí mismo muriendo de esa manera. De cierto modo, sería penoso. “¿Oíste lo que le pasó a Ron? Lo mató un rayo”. Qué cosa tan ridícula. Casi tanto como matarse al resbalar en una cáscara de banano.
Pero más grande que el temor que le tenía Ron a la muerte era su miedo a causar la suya de alguna manera por algún acto de estupidez. “¡Qué idiota! ¿Por qué no dejo de beber? ¿De fumar? ¿De manejar como un loco? ¿De vivir como un loco? ¿Por qué no huyó de la maldita tronamenta esa?”
Un mecanismo de defensa, eso era. La gente quería creer que este era un mundo en el que todos morían como resultado de su propio descuido —su propia falta de cuadrarse o de protegerse, o de asegurarse lo suficiente, o de orar lo suficiente- y los que evitaban tales disparates, estaban hechos. Podían seguir creyendo que la suerte —la estúpida y ciega mala suerte- no tenía efecto en sus vidas.
Y últimamente a Ron lo había invadido un temor a que algo saliera mal en el embarazo. Y de encontrar que él tuviera la culpa. De cierta manera, ésta idea se le había aposentado en la cabeza y no se le iba hasta que producía una carga específica: uso de drogas. ¿No se había trabado por allá cuando la concepción? Y ¿no podría eso tirarse el embarazo? Seguramente no, pensó, pero le daba miedo investigarlo porque, ¿qué tal si…?
Las noticias siguientes hablaban de la historia de los rayos en los eventos deportivos. Mostraban la toma de un partido en Sur África en 1998 en el cual los jugadores iban corriendo con sus uniformes blancos, como los de críquet, cuando de pronto un ensordecedor golpe sacudía la imagen en la pantalla y varios jugadores se derrumbaban al piso. Después, a la cuenta de dos, algunos se volvían a parar, casi como en los muñequitos, y seguían como si nada hubiera pasado.
Cuando terminó el noticiero, Ron se fue para el restaurantico al aire libre donde los viernes por la noche bebía cerveza con los matemáticos. Así los llamaba, aunque en realidad solamente uno lo era; otro era químico, otro físico, y así. Aunque eran buena gente para beber con ellos, Ron nunca podía seguirles el paso en cuanto a su modo particularmente científico de mirar las cosas. De todos modos, había seguido yendo allí cada semana por años.
Ahora, al caminar bajo las acacias amarillas en flor, recordó la cita de una novela: Una de las últimas ideas más importantes: la vida no sale como uno espera. La primera vez que la leyó, se había sentido demasiado joven para entenderla, y entonces la había guardado para más tarde. Y entonces, ¿era esto el “más tarde”? ¿Era por eso que la cita había vuelto a emerger, olorosa a verdad?
Y ¿qué, exactamente, era lo que había resultado distinto a sus expectativas? ¿Era simplemente que estaba aquí viviendo en otro país, hablando otra lengua, etcétera? O ¿era que había esperado más de este viaje? ¿Esperado que lo hubiera llevado más allá? ¿Más allá de qué? ¿Más allá en cuanto a conocer? Pero, ¿no eran estos los pensamientos de un joven? ¿Había realmente creído alguna vez en ellos?
Estos eran los pensamientos que a menudo rondaban en su cabeza, a los que le daba vueltas esta noche cuando iba caminando a su encuentro con los matemáticos, precisamente  la clase de pensamientos que le era imposible discutir con ellos.
Como era de esperar, la conversación giró hacia lo de la caída de los rayos, y uno de los matemáticos, quien había visto la toma sobre Sur África, mencionó que el rayo no era detectable en la pantalla, solamente un gran estruendo exactamente cuando los jugadores cayeron.
El físico señaló que de hecho, el rayo no simplemente desciende; también asciende. Los electrones negativos se acumulan en el suelo y suben hasta que atraen los electrones positivos en el cielo, los cuales descienden a encontrarlos.
Esto le pareció una revelación deslumbrante a Ron, una revelación que podría exigirle reformular muchas de sus antiguas ideas. Sólo que no estaba seguro de cuáles debería reformular.
—Golpea al objeto más alto que se encuentra —dijo el geólogo, idea que parecía contradecir el razonamiento del descender y ascender al mismo tiempo, pero Ron se quedó callado y siguió bebiendo.
—Eso es —dijo otro—. Al primero que golpeó fue a Gaviria porque era el más alto.
—O el más salado —dijo otro—. La sal atrae los rayos.
—No comer sal —dijo el geólogo en el momento preciso en que el físico se metía una papita frita a la boca.
Todos soltaron la risa.
Todavía estaba lloviendo cuando llegó Carmen. Acalorada y llena de lodo del viaje, se duchó y se extendió en la cama bajo el ventilador. Ron se recostó junto a ella, escuchándola contarle todos los cuentos de comadrona que su madre le había predicado: quema incienso el día que el niño nazca, tu primera comida que sea chocolate y tostada, y en el primer año no le cortes el cabello al niño o se vuelve sordo y bobo.
Ron recostó su cabeza en el vientre cálido de Carmen, dejando resbalar un dedo por el muslo. Pero en cierto punto ella lo detuvo. —Ahora no —le dijo—. Tuve un pequeño sangrado.
—¿Cómo así?
—No es nada. Mira.
Y le mostró un par de interiores con manchas de sangre oscura. Aunque no estaba preparado para ver esto, Ron siempre había admirado el candor de Carmen.
—El Osito dice que si la sangre es color chocolate y no hay dolor, no hay problema.
—¿Has sentido dolor?
—Realmente no.
—Oye ¿por qué no llamas al Osito?
Carmen le puso un beeper al Osito y él inmediatamente retornó la llamada.
—Dijo que no me preocupara —contó Carmen después—. Dice que probablemente no es nada. Pero que puedo ir a que me hagan una ecografía por la mañana, para estar seguros. Dijo que desafortunadamente no va a poder estar, pero que su compañero estará en la jugada.
A Ron esto no le pareció simplemente tan tranquilizante. Pero como no podían hacer nada hasta la mañana siguiente, prendió los noticieros. Empezaron con una historia sobre Gaviria. Hablaba de sus logros en la cancha —su premio al jugador del año, su temeridad y liderazgo— y, fuera de la cancha, las travesuras a sus compañeros, y la devoción a su esposa. Su entierro estaba programado para la mañana siguiente.
Ron se quedó esperando a ver si mencionaban a Córdoba. Estaba ansioso por saber sobre su estado. Finalmente, hicieron la toma de un reportero en el hospital: Córdoba todavía estaba en coma. Iban a hacer algunos exámenes para establecer si tenía daños en el corazón y el sistema nervioso. Pero ahí seguía.
Ron se despertó y encontró a Carmen ya vestida para ir al hospital. Había salido el sol, y el día brillante, luminoso, parecía un buen augurio. Las palmas se mecían, en los semáforos los vendedores pregonaban sus frutas, y los muchachos hacían sus volteretas, malabarismos y payasadas para ganarse unos pesitos.
En la radio del carro escuchó a un periodista que seguía con el tema de los rayos. El rayo puede ir muchos kilómetros adelante de una tormenta, decía, y parece surgir de un cielo azul claro. Si uno escucha el trueno, uno está en la zona donde puede caer el rayo.
Una persona a la que le caiga un rayo puede tener paro cardíaco inmediato, seguía diciendo el periodista. En otros puede que no se vea señal exterior de herida. Algunas personas pueden quedar privadas durante periodos variables. Pueden quedar confundidas y no recordar lo que pasó. El rayo hasta puede destellar por fuera de la persona, volarle la ropa, y dejar pocas señales de herida.
El periodista daba unas cuantas estadísticas y explicaba las medidas preventivas que uno podría tomar: no pararse bajo un árbol. No llevar objetos metálicos. Si uno no puede encontrar un refugio, debe agacharse en posición del que atrapa la pelota en béisbol y poner las manos en las rodillas, o colocarlas sobre las orejas para evitar daños en los oídos. Si hay otra gente, hacerse a por lo menos cuatro metros de distancia uno del otro. Y recuerde: el rayo sí puede caer dos veces en el mismo sitio.
Después abrió las líneas telefónicas. Una persona que llamó le dijo que dos niños habían sido muertos por el rayo el mismo día que los futbolistas. Estaban trabajando en un cañaduzal cuando se vino la tormenta, pero su historia, a diferencia de la de los jugadores, había pasado inadvertida.
Alguien llamó para decir que se había dado el caso de que el rayo cayera no solamente en el mismo lugar, sino también a la misma persona, más de una vez. Citó el caso de un hombre a quien en el transcurso de sus setenta años, le habían caído rayos en seis ocasiones distintas.
—¿Y sobrevivió? —preguntó el periodista.
Y sobrevivió —dijo el que había llamado —. A todos menos al último.
En la sala de espera del hospital, Ron y Carmen estaban sentados en sillas plásticas en medio de mujeres de vientres abultados y bebés en cunas —todo el mundo mirando en el televisor montado en la pared, el entierro de Pepe Gaviria. Mostraban la sacada del ataúd de la iglesia, y después la cola de carros que seguía el féretro al cementerio.
Ron esperaba las últimas sobre Córdoba. Al fin, un reportero dijo que Chucho había sufrido otro pre-infarto. Ron contuvo el aliento. Pero todavía seguía luchando.
El doctor, con su cabello engominado, cadena de oro y zuecos amarillos —sí, zuecos— se veía como si estuviera en una discoteca y no en un hospital. En un momento, Ron lo pilló susurrándole a una enfermera, “En una hora estoy afuera”, alzando las cejas como Groucho Marx. cuando Carmen le dijo que había sido remitida por el Osito, no recibieron la bienvenida cálida, efusiva, como habían esperado. En lugar de eso el doctor los despachó para atender a otra paciente.
Cuando por fin volvió donde ellos, las cosas se aceleraron. Los llevó a un cuarto donde se hacía la ecografía y le dijo a Carmen que se desnudara. Luego deslizó un condón en una cámara en forma de falo, la recubrió de gelatina, y se la zampó. Fijando los ojos en la pantalla, movió el aparato como si fuera un joystick y exclamó:
—¡Ahí está! ¿Lo ve ahí? Está muertico.
Al principio, las palabras no hicieron ningún impacto en Ron; solamente cuando vio las pestañas de Carmen destellar con las lágrimas. Mientras ella se aferraba a la voz del doctor, Ron estaba distraído por la cadena de oro y el joystick y por su propia rabia que iba en aumento, la cual era probablemente una bendición ya que sin ella, ¿qué más le quedaba?
Y mientras el discómano soltaba una catapulta de jeringonza y enredadas instrucciones: “Tómese estas pastillas cada cuatro horas y estas otras cada seis”, Carmen, por encima de la fría mirada de desaprobación del doctor, extendió la mano y alcanzó la de Ron. Las pastillas le ayudarían a evacuar todo el fluido posible. Esa es la palabra que utilizó: evacuar. Más tarde le darían calambres pero debería tratar de aguantar lo más que pudiera, siquiera hasta el lunes por la mañana. Como para que no los fuera a incomodar, se imaginó Ron. Después le harían un DNC. Un término tan inofensivo al oído para “raspado cervical”. Y otros. Si tenían más preguntas, debían hablar con el Osito. Me voy.
Ron y Carmen salieron ofuscados, pasando por entre mujeres con vientres abultados y bebés de brazos. Si solamente el Osito hubiera estado allí, pensó Ron, con una nostalgia que apuñalaba, súbitamente extrañando al viejo Osito como un niño que ha perdido a su madre.
Carmen se mantuvo tranquila de regreso a la casa. Ron la llevaba de la mano.
El resto del día se fue pasando como en una nube, Carmen yendo de la cama al baño, Ron preguntándole en que le podía ayudar.
—Tú, es mejor que te quedes a un lado —le decía Carmen—. Sabes que no aguantas ver la sangre.
Eso era cierto. Aún así, Ron se mantuvo en la puerta. Podía oír a Carmen allí, el chapotear y tropezar. De cuando en cuando se animaba a preguntarle:
—¿Cómo te sientes?
—Como si se me estuvieran saliendo las tripas.
La mordacidad de su respuesta fue un alivio. Ron se tragó su miedo y miró hacia adentro, dando alarmado un brinco hacia atrás. El piso de baldosa blanca, el sanitario, la cortina del baño, hasta las paredes blancas estaban salpicadas de brillante sangre escarlata. Carmen estaba arrodillada vaciando agua con un balde plástico.
—Ojalá que nadie venga —dijo ella—. Esto se ve como si aquí hubieran matado a alguien.
Trató de reír.
Más tarde cuando llegaron los calambres, Carmen telefoneó al Osito. Acordó llamar por adelantado para que prepararan la sala de cirugía. Esta vez él mismo iba a estar presente; eso era algo, por lo menos. Después del “procedimiento”, salió y habló con Ron.
Aunque definitivamente era hirsuto— barbado, con la cabeza y el pecho cubiertos de un pelo áspero como el de un cuero— el “mimoso” era un poco exagerado. Dijo que Carmen saldría de la anestesia en más o menos media hora; la enfermera estaría con ella. Ron esperaba alguna otra explicación. Algo que le ayudara a aclarar las cosas, que arrojara alguna luz.
—La Naturaleza no es perfecta —balbuceó el Osito.
Ron no lograba dejar salir la otra pregunta, la pregunta real, la pregunta sobre el futuro. Pero al fin de cuentas, ¿qué sabía el Osito?

Cuando Carmen se despertó, Ron la acompañó caminando al carro. Ahora, en la madrugada, todavía estaba oscuro. La lluvia había cesado. El reflejo de las luces de la calle destellaba en los charcos. Todo el mundo se alistaba para su rutina diaria. La gente en los semáforos estaba vendiendo mangos y tarjetas prepagadas. Un hombre sostenía en la palma de la mano un par de diminutos canarios. De color verde y amarillo idénticos, atados por una piola amarrada a las paticas, sus destinos unidos para siempre.
Cuando llegaron a casa, Ron llamó a su trabajo para excusarse de ir; dejó un mensaje en la máquina sin siquiera molestarse en explicar la razón. Lo cual era mal visto, pero ¿qué le importaba? Ofreció prepararle a Carmen un café y huevos.
Ella, recostada en la cama, miraba al cielo raso. La televisión estaba prendida a bajo volumen. Ron se recostó junto a ella y puso la cabeza en su corazón. Lo escuchó palpitar. Luego se levantó y volvió con el candelabro. Lo colocó frente a la cama y prendió las velas, una por una. Las velas titilaron y soltaron su aroma. Recostado junto a Carmen, Ron le contó sobre el hombre que había pasado por la casa vendiendo candelabros, sobre la quietud que antecedió a la tormenta, sobre esa voz como de sirena, sobre cómo el candelabro lo había tranquilizado. Carmen asintió con la cabeza débilmente y se quedaron recostados frente a las llamas, esperando el amanecer.


Tim Keppel (U.S.A)
Norteamericano transplantado a Colombia desde hace ocho años. Ha publicado ficción en diversas revistas de los Estados Unidos, Canadá, y Francia. En Colombia, sus cuentos han aparecido en El Malpensante, Número, y Cuentos sin cuenta: antologia de relatos de escritores de la generación del 50. Vive en Cali y enseña en la Universidad del Valle.

 

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“Los buenos autores de cuentos dan la impresión de ser, de algún modo, obstaculizadores. Como si escondieran sus intereses principales. Es una ilusión extraña. Ya que si buscamos el origen del placer más profundo que recibimos de un escritor, resulta muy sorprendente que el origen mismo sea el viejo obstáculo. El hecho es que al buscar nuestra fuente del placer hemos vuelto a entrar a otro mundo. Estamos hablando de la belleza”.

Eundora Welty


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