Léonie Bathiat

 

 

Octavio Escobar


 

—Querida, sabrá disculparme, pero la suya es una historia inadmisible.
El rostro de Alvaro Santacoloma demostraba con cuanta satisfacción había dicho lo que los dos pensábamos.
—Que Napoleón y Victor Frankenstein visitaran el mismo burdel, es aceptable; que escogieran a la misma prostituta me parece una coincidencia exquisita —suavizó su alegato—, pero que la muchacha convulsionara después de fornicar con ellos, ¡y sólo con ellos! —recalcó.
La incredulidad ponía su rostro rubicundo, de ojos pequeños, más cercano a la fealdad; la corbata parecía asfixiarlo. Yo escurrí la mirada hacia el whisky mientras esperaba la respuesta.
—Pues no es un invento, doctor Santacoloma.
La voz femenina, ligeramente ronca, proclamó:
—Es un hecho histórico.

Reyes me había presentado a Verónica Franco en la librería a la que acudimos tras cumplir con nuestra rutina de abogados, para comprar algún volumen de literatura estadounidense o europea —abominamos de la autóctona—, y enterarnos de la crónica menuda de la ciudad. Aquella tarde, no más entrar, mis ojos ascendieron por unas piernas tan bien torneadas que durante la presentación intenté disculpar tanto atrevimiento; Verónica Franco agradeció mi sonrojo con una sonrisa. La charla, deliciosamente insulsa, nos condujo al coctel inaugural de la exposición de una pintora que nadie cree una buena apuesta para el futuro. Sus desnudos —calificados con optimismo como autorretratos—, indujeron a nuestra acompañante a hablar de Ingres y Botticelli, de Giorgione y Boucher con una autoridad que apuntaba a cursos en París o Italia, a horas copiando a Rubens en el museo del Prado. Una fragancia, sauce quizá, embriagaba a quienes acompañábamos sus pasos, excepto a Santacoloma que retorció un comentario sobre erotismo hasta conseguir que autorizara su habitual monólogo en alabanza de Napoleón Bonaparte. Sus casi dos metros de estatura reiteraban los logros del corso cuando Verónica Franco lo interrumpió con su curioso relato.
Según ella, al final del verano de 17.., una espaciosa casa de dos plantas en la rue de M., era el prostíbulo parisino que atraía a los espíritus más inquietos. A la discreción de madame Potdevin y el buen porte de sus pupilas, la presencia de Léonie Bathiat agregaba un carácter singular. De origen desconocido, tocó a la puerta en otoño, y la caridad y el cálculo acogieron su silueta frágil de rostro enflaquecido. Un mes después estaba lista para agradecer los favores recibidos; sus mejillas recobraron el color, y sus senos y caderas ganaron la turgencia necesaria para ejercer el oficio. Jean Maury, un cliente habitual, fue el primero en disfrutar de las sobresalientes habilidades de la muchacha, de su certero instinto para conseguir que un hombre desfogara su sexualidad de forma muy placentera. Avezado en el trato con prostitutas, le manifestó a madame Potdevin que nunca terminó una visita tan satisfecho y con tan pocos sentimientos de culpa, en sus palabras, “tan libre e inocente como un nativo de Las Indias”. Sin medir costos, la acaparó, pero un comentario indiscreto reveló al resto de la clientela las virtudes de Léonie. Su oferta económica fue superada y la Ciudad Luz entronizó una nueva estrella.
—¡Vaya estrella! —interrumpió Santacoloma.
—La prostitución es un oficio honorable, monsieur, y una conducta más honesta que otras —replicó Verónica Franco, apartando del rostro sus cabellos tornasolados.
El uno inflamado por las ideas revolucionarias, harto de la guarnición de Valence, el otro añorando a la idílica y algo sosa Ginebra, Bonaparte y Frankenstein cayeron por allí en diversas oportunidades. Madame Potdevin consignó en su libro de memorias que Léonie, sana hasta ese momento, convulsionó violentamente después de satisfacer al futuro emperador y una segunda vez cuando el miembro viril del médico que desbordó los límites de la vida, abandonó su cuerpo, y la atenazó un terror tan profundo que sólo ansiaba la inconsciencia.

—Por favor, querida, un hecho histórico —protestó Santacoloma—; no voy a afirmar que Napoleón despreciaba los prostíbulos, es bien conocida su lubricidad, pero esto de las convulsiones... Creo que se deja llevar por su amor a la pintura. Conozco el dibujo de Goya: “El sueño de la razón produce monstruos” —blandió el vaso de whisky ya sin hielo— y, por supuesto, la anécdota que nos ha contado puede emparentarse con esa afirmación. Napoleón y Frankenstein eran unos racionalistas, pero también unos románticos, y sus proyectos, más el del suizo, me atrevería a opinar, originaron monstruos, pero esta historia no resiste análisis: un receptor del futuro en la vagina de una prostituta —concluyó burlón.
—Entiendo su incredulidad, doctor Santacoloma, pero las cosas suceden.
—Claro que suceden, querida, pero he leído todo lo que se ha escrito sobre Napoleón, Calle puede corroborárselo, y en ninguna parte figura tal anécdota. De Frankenstein no sé nada, la verdad; ¿qué piensas tú?
—Pues Mary Shelley no lo registra en su biografía —admití—. Las fechas coinciden pero me parece imposible comprobar algo así.
—¿Y si vieran lo que escribió madame Potdevin? —preguntó Verónica Franco.
En ese momento se acercó la anfitriona y los tres intentamos homenajearla sin alabar sus pinturas; agradecida, nos empujó a un recorrido del que Santacoloma huyó sin disimulo. Verónica Franco se disculpó cuando pasábamos frente a los baños y tuve que soportar en solitario su pormenorizada explicación de propósitos y técnicas hasta que un admirador genuino la raptó. Santacoloma aguardaba cerca de la puerta.
—¿Y Verónica? ¿Dónde la dejaste?
—Entró al baño hace quince minutos.
—Típico. Primero inventan una tontería y después salen corriendo.
—¿La conoces desde hace mucho?
—No. Me la presentaron ayer en la oficina. Llegó hace unos días de Londres o Madrid pero no sé qué estará haciendo aquí. Debe de ser una de las conquistas de Norman De Sola.
—Debe de ser, y ni modo de criticarle el gusto —afirmé.
—Es una mujer deliciosa y tiene una conversación... Lástima lo pretenciosa, su acento es la cosa más extraña que he oído, no sé si es uruguaya, cubana o vallisoletana —exageró—, y lo fantasiosa, sobre todo.
—Creo que se cansó de tus alabanzas a Napoleón; como todos —anoté burlón.
—No abuses de las circunstancias, mira que puedo perder el buen humor. Además, borra esa sonrisa: almuerzo mañana con ella —declaró triunfal.
Algo parecido a la envidia me hizo cambiar de tema.

Cuatro días después Verónica Franco iluminó la sala de espera de nuestras oficinas.
—Buenas tardes, doctor Calle.
—Buenas tardes —respondí, ofreciéndole mi despacho.
Entró sin prisas, su talle ligero muy erguido.
—Le voy a regalar uno de mis batik, a este lugar le falta vida; me parece que es usted pura interioridad.
—No esté tan segura. ¿Qué la trae por aquí?
—Quedé en deuda con usted y el doctor Santacoloma.
—Las memorias de madame Potdevin —recordé.
—Exactamente.
—Disculpe, pero pensé que todo había sido una invención suya para hacer callar a Santacoloma, una invención admirable —aclaré.
—Gracias —aceptó mi halago—. Es cierto, había que detener a su amigo de alguna manera, pero las memorias existen.
—¿Y se las mostró ya? Tengo entendido que pensaban almorzar juntos.
—Y lo hicimos —admitió—, pero me negué a complacerlo al respecto.
—Debe estar muy contrariado.
Evitó cualquier comentario.
—¿Las trajo hoy? —señalé su bolso.
—No, claro que no. Siguen en mi casa.
Sus ojos color miel me enfrentaron:
—Sé que el doctor Santacoloma está de viaje, pero si usted quiere verlas esta noche...
—Por supuesto, me mata la curiosidad —concedí.
—Entonces, nos podemos encontrar en la librería a eso de las seis de la tarde. ¿Le parece bien?
—Perfecto.

Asistimos a un concierto en el que clavecín, viola da gamba y archilaúd acompañaban las enervantes, melancólicas canciones de amor de John Dowland y Henry Purcell, interpretadas por un tenor y un contratenor. Verónica Franco pareció seguir con los labios algunas de aquellas letras del siglo XVII —My dearest, my fairest, por ejemplo—, y tras la reiteración de los aplausos se acercó al escenario e interpretó sin tacha dos docenas de notas en el clavecín, ante la mirada complacida de los músicos, a quienes felicitó con familiaridad. Después cenamos sin prisas, dando tiempo al vino, quizá demasiado. En el salón principal del restaurante un bullicioso grupo veía un partido de fútbol.
—No entiendo la fascinación general con el fútbol —dijo—; si por lo menos fuera un verdadero ritual, una ceremonia donde estuviera en juego la vida de los participantes, lo entendería. ¿Sabe qué sería hermoso? Que cuando triunfara un equipo, los jueces incendiaran algún líquido inflamable en un foso al lado de la gramilla, y que entonces los perdedores, silenciosos y desnudos, saltarán en medio de las llamas sin proferir queja alguna, animados por los himnos y cánticos de la multitud.
—Un poco bárbaro, pero hermoso —condescendí.
—Precisamente —replicó exaltada—. Lo mejor sería la bacanal, la orgía posterior, ¿no le parece?
—Espero que haya humo blanco para su propuesta —afirmé.
—Eso depende de usted, Monsieur.
Me miró fijo y fui incapaz de articular respuesta. Su perfume aleteaba enervante.
—Estoy viviendo en el edificio Písamo, frente a la plazuela de San Carlos, pero preferiría que fuéramos hoy a su casa, si no tiene inconveniente.

Desperté muy tarde, expuesto al sol que entraba por la ventana. El olor a acebo —en el fragor de nuestra irrepetible noche me explicó cómo selecciona y usa sus fragancias— también había desaparecido. Me di prisas y media hora después estaba frente al edificio en el que creí vivía: nunca antes experimenté tal pasión, tanto olvido de mí mismo; ni una sola vez en la vida me entregué a semejantes delicias y desenfrenos con semejante indiferencia frente al pasado y el futuro, ni deseé con tanta urgencia a una amante después de nuestro primer encuentro. Pese a mi enojo, el portero comprobó más allá de cualquier duda, que allí ni residía ni estaba de visita ninguna Verónica Franco.
Esa tarde, en la librería, me esperaba un sobre. Contenía un volumen de más o menos cien fotocopias, bien empastado. Cada página reproducía la mitad de una hoja tamaño folio escrita en francés con letra redonda, grande, apenas inclinada a la derecha. La textura del original —¿su antigüedad?— era patente en las líneas y tonos grises que reprodujo la máquina. Cuando me disponía a leer, reconocí una voz:
—¿Está Calle por aquí?
Recostado en la registradora, Alvaro Santacoloma hizo una pregunta para la que ya tenía respuesta. Flanqueó la columna central, la concurrida sección de libros de autoayuda y se acercó a la mesa que el dueño tiene reservada a los diletantes —a los maledicentes, dicen otros— que aceptamos su invitación vespertina a algo parecido a la tertulia literaria.
—Te extrañamos en la oficina hoy, ¿estás enfermo?
—Un resfrío, nada grave.
—Lo supuse. ¿Has visto a Verónica Franco? —preguntó sin sus habituales rodeos.
—No. ¿Por qué?
—Por nada. Nos habíamos citado aquí a las cuatro y no llegó; pensé que vendría más tarde o que llamaría a la oficina, pero vengo de allá y nada... Una mujer extraña, ¿no te parece? Busqué algún dato sobre madame Potdevin en biografías de historiadores españoles e ingleses; tú sabes, son los que más mal hablan de Napoleón, les gusta rebajarlo, insisten en sus debilidades humanas, y sin embargo, no encontré nada. Creo que todo es un invento suyo. ¿Qué piensas?
—Estoy de acuerdo —mentí.
—¡Y la historia de una relación sexual sin culpa! ¡Qué tontería! Convertir la fornicación en algo parecido a un juego de mesa. Uno de sus atractivos es la conciencia de que se peca, es uno de los grandes logros del cristianismo —recalcó—. También hablé con Norman. Me juró que su relación fue estrictamente de negocios.
—¿Qué negocios?
—No sé, Norman no quiso decírmelo... ¿Y ese documento?
—Una tesis que me pidieron evaluar —dije volviéndo al sobre.
—¿Tienes prisa?
—No. Puedo acompañarte a esperarla.

He repasado una y otra vez la nota que me dejó Verónica Franco, también las fotocopias; por fortuna el francés de madame Potdevin es casi tan elemental como el mío. Hace un comentario que sublevaría a Santacoloma:

Cuando Léonie convulsionó la primera vez, pensé que todo se debía a la vulgaridad de ese insoportable joven corso. Ahora no sé qué pensar, el doctor Frankenstein es tan fino, tan cortés. Una vez coincidieron en el salón y me dice Mathilde que hablaron con pasión durante más de una hora, pero no recuerda de qué. No la culpo, la verdad es que si no fuera por las convulsiones de Léonie, apenas los recordaría; tuve clientes mucho más espléndidos y mejor dotados que ellos.

La nota que me dirigió, dice:

Espero que disfrute las memorias de madame Potdevin.
El original está en las bóvedas de un banco en las islas Caimán y en dos meses podré rescatarlo. A ello contribuirá el préstamo que me hizo el doctor Santacoloma; confío en que su economía se recupere de prisa, también su orgullo. Me es difícil respetar a quienes no se santifican en la lucha.
En homenaje a nuestros secretos incineré mis ropas de ayer, me gustaría que usted cumpliera con la misma ceremonia.
Au revoir,

Su firma se extiende sin mesura al final de la pequeña hoja, las letras muy redondas, apenas inclinadas a la derecha, definitivas.

 

Octavio Escobar (Colombia)
De música ligera, El último diario de Tony Flowers y Las láminas más difíciles del álbum son algunos de sus títulos. La editorial Universidad de Antioquia acaba de publicar el libro Hotel en Shangri-Lá, Premio Nacional de Cuento de la Universidad de Antioquia (2002).


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