Cómo lo llama el bosque

 

 

Claudia Ivonne Giraldo Gómez


 

El hombre ya está viejo; ha entrado en el estado en que se insiste en la existencia; nada le gusta o le disgusta en demasía; creo que ha entrado en el nirvana. El hombre talla madera, hace literalmente cualquier cosa con la madera, desde aquí se escuchan bien los sonidos pausados de su taller, no muy moderno, no con muchas herramientas rápidas y estruendosas, sino con buriles y serruchos, puntillas, pinturas y un cepillo para lijar que va dejando roscas doradas, delgados ripios de madera. El olor lo complace y reconoce cada especie por el olfato, por el tacto, sabe de dónde viene cada leño, cada estaca, cada listón largo y pesado. Por la mañana corta, insiste, lucha con las formas, con un pequeño torno que posee; en la tarde lija, pule, sopla agotado sobre los pequeños caballos, soldados, muñecas, aviones, carros. En la noche pinta de vivos colores sus juguetes. No sabe para quién serán, a quién alegrarán con ese mismo contento siempre estable y parejo que él siente cada vez que termina cada una de las figuras.
Están en la vitrina, perfectamente ordenados, ejércitos de caballos, de figuras de madera; allí esperan mientras que el viejo duerme esa noche, tranquilo, inusualmente tranquilo para ser un viejo. En la mañana, un grito ahogado, porque en medio de su soledad nadie escuchará, él lo sabe, con nadie podrá compartir el asombro: al último de los juguetes, a un soldado de uniforme rojo y azul, le han salido hojas, es decir, retoños. —¡Cómo retoños? ¡Cómo hojas! ¡Dios santo, qué son éstas cosas?—. El hombre perplejo, no se explica, no atina. Va hacia el madero de donde ha salido el soldado, lo examina bien, lo toca y siente que definitivamente es madera seca, buena, de buen cedro, madera curada. Huele y toca, vuelve a tocar y a oler, pero nada, no hay explicación posible a tal portento, que en sus muchos años de trabajar en el taller jamás había pasado, ni conocía historias parecidas, nada de noticias lejanas de artículos hechos y retoñados de la noche a la mañana. Acaricia al soldado al que le salen hojas, y como inspirado, lo lleva al solar rodeado de tapia que hay al fondo de su vieja casa. Deposita al muñeco en la manga cerca de un naranjo. —Algo habrá que hacer con el proveedor de la madera—, dice o le dice al soldado expuesto a la intemperie.
Para su desconcierto, a otras figuras de ese día y de los siguientes, también les han salido hojas y también ha ido a depositarlos en el patio, sobre la tierra húmeda y abonada. Y ha seguido trabajando, fabricando sus juguetes, sacados de distintos trozos de madera buena. No ha hablado con nadie del asunto y ha estado entregando los pedidos cumplidamente, de los juguetes de antes, de los que tenía guardados y que no retoñan. Los otros están en el patio como ya dije, demasiado en el patio diría yo, pues no sólo les han salido retoños, sino raíces, rizomas y han dado en crecer, de manera que el patio grande del hombre se ha vuelto un pequeño bosque que crece de día en día, y a eso habría que aunarle el hecho de que huelen fuerte los cedros y los cominos, los pinitos y los guayacanes, que a veces parecen más bien soldados y caballos que estiraran sus brazos y patas hacia el cielo.
El hombre viejo que es callado y tranquilo, puede percibir de cerca los sonidos y los aromas del bosque y puede dormir en las noches, como de hecho ya lo hace, tirado sobre su cama de madera nueva, recién hecha, en un sueño pesado en donde ya no distingue, ni le interesan, los retoños pequeños de su cama, ni los que le han salido a la mesa hecha de roble tosco y sin pulir; tampoco le estorban algunas hojitas que van saliendo del piso de madera y que ahora parecen un tapete verde en el que refulgen pequeñísimas flores blancas; ya no le molesta regar pacientemente todos los días a sus muebles ni a sus juguetes nuevos que parecen que se adentran en la tierra por las ranuras del suelo como largas patas como alas de sueños como si se lo estuvieran llevando halándolo con fogosidad de amantes queriéndolo para sí la tierra y eso debe ser porque hace rato, digo tiempos, que no se escucha el ajetreo en el taller del hombre viejo pura paz puro sonido del bosque.

 

 

Claudia Ivonne Giraldo Gómez (Colombia).
Licenciada en Filosofía de la Universidad Pontificia Bolivariana. Especialista en Literatura Latinoamericana de la Universidad de Medellín. Este relato pertenece a un libro inédito.


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