Las brujas… ¿dónde están?

Faber Cuervo



Fui a buscar a las que corren con los lobos, pero apenas encontré mujeres que balan con las ovejas. Ya las veía a todas con zapati­llas rojas y piel de foca, no llegó tan siquiera Claudia Ivonne, la profesora. "Lamento informarle que no resultó el cupo mínimo para abrir este taller", me dijo lacónicamente la directora de la escuela, después de esperar veinte minutos en un salón frío y penumbroso. "Sólo se presenta un hombre a un taller dirigido especialmente a mujeres", prosiguió la dama sonriente, con un tono entre consolador y de aburrimiento. "¿No me merezco un premio?" —le interrumpí para que no se sintiera culpable. "¿Un premio?" —replicó, cambiando su rostro afable por uno puesto en aprietos. "¡Sí! Un premio para un librero ambulante que vive solo…bueno, con sus padres… ¡sí!, un premio para no perder mi venida, que salga la profesora a escena y demuestre qué tanto corre con los lobos", exigí. "¿Cómo así? Esto es un curso iniciático, no se tiene que demostrar nada", dijo mirándome de arriba a abajo. "Usted no se imagina los acontecimientos que se desataron desde que leí su convocatoria en un correo electrónico. Se atravesaron en mi camino La Madremonte, La Mujer Grande, La de los Bosques, La Mujer Araña, La Humana de Niebla, La Danza del Aire, La Luz del Abismo. En los puentes elevados, encontré sabias que acababan de emerger de los Siete Océanos; entonaban relatos, cuentos de hadas, mitos, leyendas, símbolos, ensoñaciones. En sus pies de barro se balanceaban nidos de pájaros extinguidos; raíces eran sus cabellos donde desovaban peces de mares muertos. Siempre huidizas, espantando no sé qué demonios que preten­dían robarles su casa espiritual. Entonces, me picó el anhelo de tenerlas al alcance de mis pupilas de lechuza. He esperado este momento como algo extraordinario que me va a suceder". "Qué pena con usted —recalcó cariacontecida la directora—, pero la profesora quería asegurar el cupo para iniciar labores mañana". Me despedí decepcionado. Otra vez con las manos vacías. ¿Has­ta cuándo?, me pregunté en voz alta por una calle saturada de mujeres que avanzaban como rebaño de ovejas; acababan de salir de las oficinas públicas, de los bancos y los comercios que se to­maron esta ciudad; "borrosos torbellinos de actividad" envueltos en una modorra psíquica; boquitas pintadas contándose cuentos de animales heridos. Debajo de sus seductoras corazas de tela y cuero, aún palpitaban los cantos detenidos como represas que esperan desbocarse apenas corran las compuertas. Una de ellas, zalamera, parecía rugir su instinto domeñado en una importada blusa que imitaba la piel del leopardo; con afectada coquetería, sublimaba su fuerza innata en el monolítico deseo de atrapar a un macho. ¡Ah! ¿A qué llegar al apartamento tan temprano, a ver a mamá sepultada por los caprichos de papá, su piano eternamente aplazado negándose el canto salvaje, el televisor interfiriendo la palabra, el ego y el alma separados por un río de deberes. Las brujas… ¡dónde están?, exclamé en la acera; una maquillada oveja, que caminaba en sentido contrario, saltó al asfalto, como si se hubiera percatado de su sofocada hoguera mística. ¿Dónde están las brujas que no se quejan, las bravas que contradicen, las rebeldes que denuncian, las que no se aburren, las que meditan con pausa cuántica, las que ven sin pensar ni fragmentar, las que hablan a sus células con dulce emoción? Un par de ovejitas con uniforme colegial me sonrió. ¿Dónde las insumisas, las que son cisne blanco y negro a la vez, las integrales soberanas, las que viven en el espacio sagrado del corazón? Avancé, sin rumbo, por una estrecha callejuela; alcancé a una mujer enfundada en he­ráldico atavío. Me acerqué para observarla minuciosamente, no correspondía a humana estructura sino a un tótem de geométrica estampa. Hubo un instante en que empezó a reducirse de tamaño hasta mutar en un diminuto carrete de hilo que echó a rodar por la acera. Me sobrepuse a la impresión que me produjo, aceleré el paso para coger el huso, más no se dejaba apresar. Incluso, quiso saltar a la grieta de una fachada, pero falló en su intento y siguió de largo. Intenté sobrepasar a esa extraña criatura, no lo logré. Caminé tras ella por dos cuadras que adquirieron un resplandor inusitado, pues volvió a tomar el tamaño y la mixtura humana-totémica del principio e ingresó a un café internet repleto de clientes. Entré, también, halado por una mano invisible, la cria­tura ocupó el último computador al fondo del establecimiento, fui hasta allí y encontré el cubículo libre como si por allí hubiera transitado un súcubo. Percibí que esa silla vacía estaba reservada para mí; solicité abrieran la navegación en el PC y apareció una mar en el monitor; en sus aguas picadas se balanceaba una nave, sobre su cubierta, un pasajero, aferrado al bauprés, llamaba a gritos a sus siete acompañantes, sus siete abrigos, sus siete instancias psíquicas. Le di click al cursor para acercar el rostro del viajero, ¡era mi rostro!, rostro confundido a la caza del Snark, temeroso del boojum y del bandersnatch. Una agonía en ocho espasmos me tenía perplejo; sabía que algo extraordinario me reservaba este día que ya estaba en su ocaso, pero ignoraba hacia dónde me conduciría ese extraño ser que me señaló el ingreso al cibercafé. Abrí el menú de páginas Web para cambiar el paisaje, di click al azar en la lista, entonces apareció una figura idéntica a la que me condujo hasta ese lugar, un huso de hilo plano con forma de estrella del cual pendían dos palitos de madera cruzados en ángulo recto. Detrás del huso, Los Bosques Lejanos y entre ellos un castillo de letras. ¡Eureka! ¡Allí estaban! Las mesemondók, cantadoras y narradoras de historias curativas. Allí estaba el "im­properio obsceno" lanzado por una fémina capaz de defenderse con un "hombresolo" de un peligroso conductor; también estaba Valeria, una joven que se avergonzó de ser gata doméstica y huyó a las afueras de la ciudad para vivir a fondo la experiencia de perro callejero. También estaba Lola —una escultora que amaba más a los animales que a las personas—, la esposa fugada, Cecilia y otra y otras. No paré de leer hasta la madrugada, había entrado en un profundo despertar. De súbito, en el monitor, volvió a aparecer la mar picada; el barco estaba rodeado de siete boojums y un Snark ciclópeo; una tormenta cubría el cielo con una tinta china convertida en una gouache que se desparramaba en la pantalla; por una esquina, antes de ser alcanzada por el desvanecimiento de los colores, sacó su rostro el único viajero y dijo: los hombres también corremos con los lobos, ja, ja, ja.


Faber Cuervo
Investigador y economista. Ha dirigido el taller de lectura en la Biblioteca José Félix de Restrepo en Envigado. Participó en los seminarios permanentes de Cuento Universal y Lectura Interpretativa de la novela El hombre sin atributos (Robert Musil), desarrollados por la Corporación Cultural Estanislao Zuleta (Medellín). Ha publicado: ¿Cómo nos ve el reino animal? (cuentos breves, 2001), La frágil tolerancia de Occidente (ensayos sobre multiculturalismo, 2003), El sol nació de la luna (Ensayo sobre la falsa oposición Occidente-Oriente, 2003), Locos por las amazonas (novela, 2005), y Cometas y peñascos (poesía, 2007).


Escribir es una maldición que salva. Es una maldición porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del cual es imposible librarse. Y es una salvación porque salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba. ¿El proceso de escribir es difícil? Es como llamar difícil al modo extremadamente prolijo y natural con que es hecha una flor. No puedo escribir mientras estoy ansiosa, porque hago todo lo posible para que las horas pasen. Escribir es pro­longar el tiempo, dividirlo en partículas de segundos, dan­do a cada una de ellas una vida insustituible. Escribir es usar la palabra como carnada, para pescar lo que no es palabra. Cuando esa no-palabra, la entrelínea, muerde la carnada, algo se escribió. Una vez que se pescó la entrelínea, con alivio se puede echar afuera la palabra.

Clarice Lispector

www.odradekelcuento.com

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