Aplausos para vos


Alejandro José López Cáceres


Para Soranlly


A los veinte minutos de entrar en el estudio ya te habías acostumbrado. Un tipo levantaba ese cartel en que aparecía el letrero "Aplausos" y todos obedecían. Vos hacías lo mismo porque te explicaron, desde el principio, que en eso consistía el asunto: aplaudías y a la salida te pagaban quince euros. Y habías llegado como la mayoría de los que estaban allí; o sea, por la famosa, por la maldita crisis económica. En fin, el caso es que la cita inicial era en la estación de metro Plaza de Castilla. Ya después repartirían la gente de acuerdo con las necesidades de público que tuvieran los diferentes programas; porque se trataba de eso, de salir en televisión. Aclaremos: ni como estrella, ni en calidad de invitado, ni porque te fueran a preguntar nada; faltaría más. Pero por algo se empieza, Filomeno, y vos nunca fuiste un hombre de poca fe.
Como te dijeron que debías estar puntual en la estación, a las 8:00 de la mañana, preferiste llegar un poco más temprano. Al cabo de un rato comenzaron a aparecer los demás. Y el hecho de que fuera tu primera vez allí, te acrecentó la curiosidad; así que te pusiste a analizar la gente. Había hombres y mujeres por igual. A grandes rasgos, se distinguían dos tipologías: de una parte, españoles jubilados con el cabello tinturado y vestimenta juvenil; de otra, latinoamericanos varados, indocumentados con toda seguridad. Paquita, la encargada de llamar a lista y organizar las cuadrillas, arribó a la hora exacta. Venía con papel en mano y ajustada circunspección. Tan pronto como los más impacientes empezaron a rodearla, ella se desmarcó, dio tres pasos hacia atrás y dictaminó con tono castrense:
—¡Venid de a uno, joder!
Te sentiste regañado, Filomeno, porque vos eras el que estaba más cerca de ella. Sin embargo, te consolaste pronto al recordar que en Madrid la gente suele hablar con hosquedad. No había razón para deprimirse. Decidiste, entonces, aguardar un poco, dejar que otros se reportaran y acercarte sólo cuando Paquita mostrara un mejor semblante; pero tus planes de espera se transformaron drásticamente con una aparición repentina. Bueno, a decir verdad, cambiaron más cosas: tu malestar previo, tu percepción del clima, tu noción del tiempo y, sobre todo, tu ritmo cardiaco. La ciudad misma pareció perfeccionarse con cada paso dado por esta mujer que acababa de llegar. Salió de la boca del metro y se fue directo a donde Paquita:
—Soy Anka Voicu.
Repetiste su nombre en un sollozo, como si fuera un mantra que activara el deseo. Te incorporaste rápidamente para reportarte, aunque tus intenciones eran otras. En efecto, conseguiste ver de cerca a la recién llegada: ojos azules, piel de armiño, cabello negro, falda gris, abrigo de cuero marrón. Y cuerpo de sueño nocturno bajo una catedral de cristales oscuros mientras llueve leche sagrada venida de la antigua Babilonia para instaurar eternamente el significado de la palabra hermosura.
—¿Y usted? —arremetió Paquita.
—Filomeno Cortés.
—Métase en la cuadrilla que va para el programa "Sálvate si puedes", con la chica rumana que va ahí.
A veces no se tiene suerte, Filomeno; pero a veces sí. Con todo, a la fortuna es preciso echarle una manito y en este momento no se te ocurría cómo. Mejor dicho, una trabazón de ansiedades se montó sobre tu cabeza durante el recorrido hacia el estudio televisivo. Y semejante nido de cigüeñas incubó en su centro, todo el tiempo, una pregunta fija. ¿Cómo hacerte con el número telefónico de Anka Voicu? Por cierto que en la memoria de tu móvil recién adquirido tenías, por ahora, muy pocos registros: el dato de tu madre, de quien te despediste ocho días atrás con la promesa de regresar pronto a Colombia; el de la casera que te alquiló aquella habitación diminuta pero barata; el del muchacho cubano que vivía en el cuarto de al lado, el mismo que te había dicho: "Apúntate esta referencia y preguntas por Paquita, chico, que ahí te puedes ganar unos cuantos euros mientras consigues algo mejor". Bueno, algo mejor a estas alturas habría sido tener el dato de aquella preciosa mujer rumana; pero como no has puesto de tu parte y preferiste imitar a una marmota durante todo el camino, ni modo.
Cuando el autocar llegó a su destino, se detuvo en un portal muy grande. Al bajar trataste de acercártele a Anka Voicu; pero, tan pronto como todos se apearon, les indicaron pasar rápidamente a una sala de espera. Había allí más gente aguardando. De entrada, la chica de tus sueños se encontró con dos amigas y, luego de un expresivo saludo, se pusieron a conversar animadamente en un idioma que te pareció rarísimo. Por eso es que no se pueden desaprovechar las oportunidades, Filomeno.
Diez minutos más tarde apareció Paquita. Se paró al lado de una mesa larga que estaba dispuesta lateralmente en el salón y sobre la cual había dos abultamientos, de mediano tamaño, tapados con un mantel blanco. Los demás concurrentes hicieron una fila y vos, por supuesto, estuviste atento para procurarte el sitio de privilegio que requerías. Pero fue imposible: las tres amigas permanecieron estrictamente juntas y Anka Voicu se puso justo en el medio. Paquita retiró el mantel y empezó a entregarle a cada quien un sándwich y una bebida gaseosa. Apenas terminó con la repartición, pasó a las instrucciones:
—¡Apagad, todos, el móvil!
Su dictamen fue acatado inmediatamente. Cuando miraste hacia ella, descubriste que algún comentario de sus amigas trazaba en el rostro de Anka Voicu una sonrisa de estrella fugaz. Y tuviste la certeza de que jamás habías presenciado ningún prodigio comparable. Por su parte, Paquita prosiguió con su entonación militar:
—Una vez paséis al plató, estaréis atentos. Yo misma os diré dónde se sentará cada uno. Mientras esté encendido el letrero que pone "Grabando", no quiero murmullos ni gilipolleces. En las tres horas siguientes nadie se parará de su puesto. Ni masticará chicle. Y cuando os lo indiquen, aplaudiréis. ¿Alguna pregunta?
Silencio.
—Bien —concluyó Paquita—, al terminar yo estaré en la puerta de salida para daros el pago. Tenéis quince minutos para acabar vuestro bocadillo.
Chance que se va no vuelve, Filomeno: te ubicaron dos filas atrás de ella. Quizá la única ventaja de tu puesto era que alcanzabas a ver, ligeramente, el perfil de Anka Voicu; sin embargo, pensándolo mejor, aquello se parecía más a una condena que a otra cosa. Porque la distancia de ahora te obligaba a mirarla como una mujer quimérica, imposible. En cualquier caso, obedeciste siempre que alzaron el letrero; pero se notó que al comienzo aplaudías con un desgano cósmico. Y si bien es cierto que el programa este llegó a parecerte una estulticia cristalizada, no podrás negar que de a poco te fue generando interés. Se trataba de un panel integrado por tres periodistas del corazón, alternándose, acribillando con preguntas confidenciales a una rubia famosa. Esta invitada especial, de labios hinchados por el botox y maquillaje recargado, respondía con voz quebradiza cada vez que le mencionaban a su ex-marido, un torero legendario por su destreza con la espada.
—¿Le odias?
—No —contestó la rubia.
—¿Qué es lo que más te duele?
—(Silencio…)
—¿Cómo te sientes en este momento de tu vida?
—(Gimoteo…)
—¿Quisieras compartirnos qué es lo que más te ha lastimado?
—… La… La indiferencia —sentenció por fin la mujer, deshecha en llanto.
Letrero: "Aplausos".
Por espacio de siete largos segundos, los concurrentes cumplieron su función a cabalidad batiendo sus palmas emotivamente. El aviso de "Grabando" se apagó entonces por un momento, lo cual indicaba el paso a los anuncios publicitarios. Dos ayudantes ingresaron al plató para retocar el maquillaje de la rubia, un poco estropeado por efecto de sus propias lágrimas. Ella se comportó con total profesionalismo: les presentó su cara inexpresivamente y cerró los ojos para que las dos muchachas pudieran hacer su trabajo con rapidez. Vos te volviste una vez más hacia Anka Voicu y supiste que debías pensar pronto. A esta parte y ante la imposibilidad física de abordarla, tendrías que improvisar al menos alguna forma de establecer contacto. ¿Una pequeña nota? Podría ser. ¿Y qué escribir allí? Pues tu nombre y tu número telefónico. ¿Algo más? Habría que ser cauteloso. ¿Entonces? Algo así: "Me llamo Filomeno Cortés y me gustaría conocerte. Teléfono: x-y-z". Vale, ¿pero cuándo entregársela? A la salida, mejor, cuando se acabe la historia de la famosa rubia. No se diga más.
Una vez que dieron por concluida la grabación, las luces del escenario se apagaron definitivamente y tanto los tres periodistas como la ex-mujer del torero se marcharon por una puerta especial. El público se retiró por otra y, en efecto, allí estaba Paquita, tal como lo había prometido, dinero en mano. Las tres chicas rumanas salieron adelante y vos quedaste entre los últimos que abandonaron el plató debido a tu desventajoso puesto; no obstante, hay que reconocer que esta vez fuiste más precavido, Filomeno, pues llevabas tu nota lista. Sí, de acuerdo, habías tenido que escribirla sobre un papelucho y la caligrafía no era gran cosa; pero, para el caso, daba igual. Recibiste tus quince euros y corriste para alcanzar a Anka Voicu, quien ya se marchaba junto a sus amigas. Y por más que un manto de sustos iba cubriéndote el rostro y a pesar de que tus piernas mismas desfallecían, lograste sobreponerte:
—¿Señorita?
Las tres mujeres se detuvieron simultáneamente y te observaron, extrañadas. Centraste tu atención en aquellos ojos azules que incitaban al desvarío, te impusiste una intrepidez de emergencia y procuraste mantener la voz en calma:
—Esto… es para usted —dijiste mientras le extendías a Anka Voicu la pequeña nota.
—Gracias— contestó ella con una ere brusca; seguidamente, guardó el papelucho en un bolsillo de su gabardina marrón, se dio vuelta y prosiguió su camino.
Estuviste revisando, analizando aquel breve momento durante el regreso a tu pequeña habitación madrileña y continuaste haciéndolo a lo largo del siguiente día. Terminaste, por supuesto, dedicado a las cábalas: ¿Iba a llamarte? ¿O no? ¿Habías logrado provocarle algún tipo de interés con tu abordaje temerario? ¿O te habría tomado por un insensato, un caradura, un libertino? Quizás había querido llamarte pero perdió la nota; sí, eso era factible, probablemente se le cayó de su abrigo al salir del metro y ya nunca más pudo recuperarla, de manera que a esta parte andaría ella tan desolada como vos, Filomeno, sin ninguna posibilidad de comunicarse. Por fortuna, cuando ya tus bríos rodaban hacia el abismo de la desilusión, una claridad repentina vino a salvarte del colapso. Anka Voicu habría de concurrir a las futuras convocatorias de Paquita, eso seguro. Sólo era cuestión de que te presentaras a todas las grabaciones, sin falta, y acabarías coincidiendo con ella. Pensando así fue como lograste tu primer instante de sosiego en las últimas veinticuatro horas. Y algo más: por fin un sueño sereno vino a cobijar tu espíritu durante aquel invierno feroz, el primero de tu joven existencia acostumbrada a la calidez eterna del trópico.
Las dos semanas siguientes pusieron a prueba tu resistencia. Porque ni los programas eran muy diferentes del primero, ni los invitados sucesivos distaban mucho de la famosa rubia. Los martes y los jueves asistías al plató, según lo estipulado en la inflexible agenda de Paquita; los demás días caminabas por Madrid tratando de hallar un trabajo. Pero no hubo ofertas laborales y Anka Voicu nada que aparecía. En cuanto a lo primero, no eran muchas las opciones, como te explicó después tu vecino cubano: "La construcción está parada, mi hermano; y si te pones a buscar otra cosa, ni siquiera en los bares hay forma de acomodarse". Ya en lo referente a la mujer de tus sueños, sólo se te ocurría una última, difícil alternativa: preguntarle a Paquita por el número telefónico de la bella rumana. En eso iban tus cavilaciones aquel lunes por la tarde, Filomeno. Transitabas por Gran Vía obnubilado con el primor de sus edificios, te detenías por momentos para contemplar las imponentes esculturas sobre las azoteas y dejabas que la ciudad misma fuera un antídoto contra tu desánimo. Escuchaste, de pronto, el timbre de tu móvil. Se trataba de un mensaje que provenía de un número desconocido. Leíste:
"¿Estás ahí?".
Una palpitación frenética se apoderó de tu ser y empezaste a sudar como un toro de lidia en su crepúsculo definitivo. Sin duda, esto superaba incluso la más optimista de tus expectativas; de allí que no se te ocurriera ni cómo responder. No obstante, comprendiste de inmediato que debías observar una calma radical si no querías echarlo todo a perder. Un paso en falso y Anka Voicu jamás volvería a reportarse, eso seguro; una palabra equivocada y adiós ensueño. Digitaste la contestación meditando muy bien cada término, cada letra:
"Hola. Sí, soy yo, Filomeno".
El mensaje siguiente no se dejó esperar; si mucho, tardó cinco minutos:
"Me alegra que estés ahí, Filomeno…".
Y vos, cuatro minutos después, quisiste aventurarte un poco más allá:
"¿Se te había perdido el papelito?".
Los intervalos siguientes se fueron acortando, hasta llegar al tiempo mínimo requerido para redactar las frases:
"Lo importante es que me has respondido…".
"No, lo importante es que estás ahí, Anka".
"¿Prefieres llamarme así, Anka solamente?".
"Si no te molesta".
Esta vez la contestación se demoró diez minutos; es decir, diez eternos minutos. Hasta que lograste leer:
"Puedes llamarme como quieras…".
Respiraste tranquilo finalmente; sin embargo, caíste en la cuenta de que, quizás, estabas apurando demasiado las cosas. Decidiste entonces hacer un monumental esfuerzo de contención para no estropear aquel lunes prodigioso:
"Bueno, Anka, me despido por hoy. Mañana te escribo de nuevo".
"Vale".
Por más que aquella fue una noche evidentemente feliz, no podrías decir que tuviste un descanso tranquilo. Demasiadas imágenes poblaron tu sueño y la ansiedad te despertó en varias ocasiones a lo largo de la madrugada. Ya en la mañana cumpliste tu compromiso con Paquita asistiendo a una grabación rutinaria, empalagosa. Desde temprano habías resuelto que te comunicarías con Anka Voicu hacia el final de la tarde, pues, al parecer, ese momento le venía bien. Pero la mujer se adelantó y te escribió justo después del almuerzo:
"¿Dormiste bien?".
Tus dedos reaccionaron más rápido que tu entendimiento, así que digitaste con plena limpieza:
"Sí".
Y lo que vino a continuación te dejaría perplejo; incluso, durante varios segundos, sin aliento:
"¿Solo…?".
¡No podías dar crédito a lo que estabas leyendo! ¡Ella quería saber si tenías pareja! Te animaste a dar el siguiente paso:
"Sí, solo. ¿Y tú?".
Esta vez no hubo demoras ni regodeos:
"También… sola".
Antes de que pudieras evitarlo, tu instinto bravío se puso al mando de la situación y te ordenó embestir sin más dilaciones. ¡Anka Voicu, la mujer que te había robado el juicio, no tenía por qué permanecer más tiempo sola! Escribiste:
"Me gustaría que nos viéramos y que saliéramos a tomar algo".
Ahora la respuesta se tardaba. Seis, siete, ocho interminables minutos:
"Todavía es demasiado pronto. Prefiero que esperemos un poco más…".
"¿Cuánto?".
"No te desesperes, guapo, yo te lo diré cuando sea el momento".
"Me gustaría oír tu voz. ¿Puedo llamarte al menos?"
"No todavía".
Esa tarde no hubo más mensajes; pero la siguiente, sí. Y todos los demás días de aquella última semana de enero. Siempre dieron lugar a largos, prolongadísimos intercambios verbales parecidos a un baile de cangrejos. La mujer daba dos pasos al frente, vos uno; ella otro, pero hacia atrás; vos dos hacia adelante. Así se la pasaron, para adelante y para atrás, hasta que te cansaste, Filomeno, con justa razón. De manera que para el lunes siguiente ya habías tomado una determinación: si Anka Voicu no aceptaba una cita para ese mismo día, darías por terminada toda esta historia. Te dispusiste a notificarle tu decisión; sin embargo, no llegaste a hacerlo porque un mensaje entrante lo impidió. Era una comunicación que enviaban de la empresa en donde contrataste, al arribar a España, tu servicio de telefonía móvil. Decían:
"Su factura ya está lista. Tiene una cuenta pendiente por valor de 175,40€".
¡Ciento setenta y cinco euros con cuarenta céntimos! ¡Se trataba de un gran error! ¡No era posible que la cuenta del teléfono costara prácticamente lo mismo que el arriendo mensual de tu habitación! Saliste, presuroso, hacia la tienda en la cual te habían vendido aquel desastre. Un amasijo hecho de angustia y rabia te zumbaba dentro de la cabeza durante el recorrido, te oscurecía la mirada y te eclipsaba todas las demás cosas del mundo. Tan pronto como llegaste, una muchacha de tajante cortesía procedió a atender tu reclamación.
—Efectivamente, señor… Filomeno Cortés —dijo mirando la pantalla de un computador—: su factura suma ciento setenta y cinco euros con cuarenta céntimos.
—¡Pero de qué, por Dios!
—Veamos el desglose —declaró con sus modales distantes y empezó a leer—: tráfico nacional: 8,56 euros; llamadas internacionales: 26,90 euros; servicio RL: 115,75 euros; IVA: 24,19 euros; total: 175,40 euros.
—Y ese "servicio RL", ¿qué significa?
—Usted me lo dirá, señor Cortés…
—¡No, señorita —afirmaste fuera de casillas—, usted me lo va a decir! ¡Y ahora mismo!
—Verá, señor Cortés: ese código significa Red Line; o sea, servicio de mensajería erótica…
—¿"Erótica"? ¡De qué me está hablando!
—Le estoy hablando de una contratación que usted ha activado y que seguramente ha estado utilizando durante este periodo de facturación.
—¿"Activado"?
—Efectivamente, señor Cortés: la gente suele darse de alta con ese tipo de empresas respondiendo cada mensaje que le envían al móvil. Y una vez hecho esto, todo cliente está obligado a pagar.
La sensación de un fastidio inextinguible se apoderó de tu alma, cercenó tu voz, se te empozó en la mirada y aturdió tus pasos. Te marchaste de aquella tienda absolutamente abatido. Caminaste unas cuantas calles hasta llegar a Plaza de España. Allí te derribaste sobre una banca a mascullar tu rabia, tu impotencia. Miraste los transeúntes que iban y venían a tu alrededor y te sentiste náufrago en un océano de gente extraña. El cielo se tornó más oscuro que nunca y supiste que ya no tenías fuerza para seguir soportando la tiranía de aquel invierno. Súbitamente, tu teléfono empezó a timbrar. Dudaste por un instante; pero, en última instancia, resolviste contestar:
—¿Hola?
—¿Filomeno?
—Sí, ¿dígame?
—Soy Anka Voicu…
—¿Quién?
—Mira —dijo la voz con una ere inequívocamente áspera—: estaba limpiando mi habitación y me encontré un papelito…
—Sí, sí, me acuerdo —interrumpiste—, ¿dónde habías estado?
—Bueno, conseguí algo temporal en un bar; pero ya se ha terminado. ¿Vas mañana a lo de Paquita?
—Claro, por supuesto…
—Pues allá nos vemos entonces.
—Vale.
Tan pronto como ella colgó, un espectáculo que nunca habías presenciado en tu vida llegó a ponerse ante tus ojos. Infinitos y maravillosos copos de nieve empezaron a caer sobre ti, a juguetear con el aire, a danzar entre las ramas secas de los árboles. Rápidamente fueron armando tapices discontinuos sobre las aceras, los prados, las calles y los tejados. Te agachaste para recoger un puñado de nieve y, al tocarla, una certeza mágica te acarició como una revelación: cuando se viste de blanco, Madrid es la ciudad más hermosa del mundo.

Alejandro José López Cáceres
(Tuluá, Colombia, 1969). Ha publicado dos libros de ensayos:   Entre la pluma y la pantalla (2003) y Pasión crítica (2010), dos de crónicas y entrevistas: Tierra posible (1999) y Al pie de la letra (2007), y uno de cuentos: Dalí violeta (2005). Entre los años 2004 y 2008 dirigió la Escuela de Estudios Literarios perteneciente a la Universidad del Valle. Actualmente reside en España y es candidato a doctor en literatura en la Universidad Complutense de Madrid.


www.odradekelcuento.com

Anterior | Siguiente