Nunca


Santiago Andrés Gómez

 


Sara no necesitaba hacerse la prueba para saber que había quedado en embarazo, pero se la hizo y cuando el papelito terminó de cambiar de color lo tiró a la caneca del baño con rabia.
¡Jueputa! —dijo y se tapó el rostro con las manos.
No conocía al padre. Es decir, sí sabía quién era e incluso todavía seguían siendo novios, pero ella ni lo amaba ni había pensado nunca en la posibilidad de tener un hijo con él. Con Lucas se veía de jueves a domingo todas las tardes hasta entrada la madrugada, pero de esto hacía unas cuantas semanas solamente. Era septiembre y durante todo el año Sara había tenido cuatro novios. Desatada por esos tiempos en el sexo casual, sabía tomar precauciones para evitar sorpresas incómodas. No entendía qué había podido fallar. Pero la criatura debía morir.
“¿O no?”, se preguntaba obstinadamente Sara cada que su pensamiento la llevaba a concluir aquello. Entonces la poseía un sentimiento de ternura hacia todas las cosas, que desembocaba en un suspiro profundo, una desconocida presión en el pecho y un sabor metálico en la boca. Desde el salón de clases (estudiaba bibliotecología) se quedaba mirando la silueta de las montañas recortada contra el cielo del atardecer y esa lejanía tan nítida, esa forma del ocaso que se iba lentamente en las nubes fugitivas y aparentes, la hundían en la melancolía absoluta.
Un día se vio sola en el salón de clases cuando ya era de noche. Se había quedado hipnotizada por el atardecer sin darse cuenta de que la clase había terminado hasta que todo quedó a oscuras. Se preguntaba una y otra vez qué decisión tomar. Imaginaba posibles porvenires con un hijo por criar y sentía remordimiento por adelantado: ella no había sido feliz en esta vida. No quería el mal a nadie, no daría pie al llanto de su hijo. Y en esos momentos, ya lo extrañaba y empezaba a añorar su nacimiento: ante esta idea fija y denegada, retrocedía espantada de sí misma y empezaba a argumentar las razones del aborto desde el principio.
Desde la habitación de Sara sólo se ve un pedazo pequeño del cielo, encuadrado por el marco de la ventana, el muro vecino y el edificio que hay al frente. A la tarde siguiente, Sara miraba hacia ese reducido y azul infinito, sentada en su cama, angustiada y sola. En la grabadora sonaba un casete de tangos clásicos que le había regalado su padre. No le había contado a nadie su situación, sentía que debía tomar una decisión lo más prudentemente posible. Su mirada se desviaba a veces a puntos indistintos que no determinaba para volver al pequeño rectángulo azul de la ventana, que era el único trozo de naturaleza a su alrededor. Desde que había confirmado su estado se había mantenido serena. Abstraída, sí, pero dada su parquedad característica ese detalle sólo lo había notado Lucas.
Ahora que pensaba en él situándolo como padre en la perspectiva de los años, Sara tuvo la conciencia plena de que el hijo de ambos no nacería, al tiempo que una punzada violenta atravesó su vientre. Era la respuesta del cuerpo, en el que siempre confiaba más que en cualquier otra cosa. Agachada, al pasar el dolor, Sara alzó la cabeza y adonde primero miró fue a su pedazo de cielo, diciendo en voz alta:
Necesito que alguien me diga qué hacer.
Y vio pasar una estrella fugaz.
“Tu presencia de bacana puso calor en mi nido”, cantaba en la grabadora Gardel.
Sara no dejaba de mirar el cielo. Al cabo de un rato, las lágrimas subieron a sus ojos y dos delgados riachuelos empezaron a correr por sus mejillas, pero no apartó la mirada. En todo ese tiempo nada volvió a cruzar el firmamento. No podemos decir que en Sara pasó el estupor, pero se dijo a sí misma que esa misteriosa coincidencia no quería significar algo distinto a lo que ella interpretara, quizás en su conveniencia. No dio más vueltas al asunto y la determinación que tomó en silencio, junto con el llanto de la tarde tal vez, le permitieron dormir tranquila luego de varias noches de insomnio.
Luego de hablar con Lucas largamente sobre la cuestión, ya zanjada por Sara, unas cuantas preguntas de él la llevaron al lugar. Fueron juntos en bus —a ella la impactó el dibujo de un falo erecto que había en el respaldo de la banca que tenía al frente— y cuando llegó el momento, Sara dejó a Lucas en una sala contigua al cuarto de la operación. El aborto no duró más de una hora. Sara estuvo como ausente todo el rato, contemplando las hilachas de una telaraña que había en un rincón del cuarto y que se movían tenuemente con su propia respiración. Lucas, afuera, se la pasó mirando unas revistas de moda y de farándula, y a veces se preguntaba, con la vista fija en la sombra cada vez más larga que un helecho proyectaba sobre la mesa, por qué habría traído Sara el casete de tangos que tanto le gustaba a ella y que él reconocía, pues muchas veces lo había oído y ahora escuchaba sonar las mismas canciones al otro lado y en el mismo orden en que las había grabado el papá de Sara.
“Las estrellas celosas nos mirarán pasar...”
Cuando ya vestida Sara salió del biombo, como si nada hubiera pasado, el médico abrió la puerta y Lucas entró: primero preguntó cómo había salido todo, el médico dijo que “al pelo” y Lucas irreprimiblemente se dirigió a Sara:
—¿Y por qué trajiste tu casete de tangos?
—¿Casete de tangos? —preguntó Sara.
—Pues claro, lo que estaban oyendo aquí adentro.
—Aquí no escuchamos nada —dijo inquieto el médico—. Ni siquiera hay equipo de sonido, busque y verá —agregó.
—Pues desde que ustedes cerraron esa puerta —dijo, sorprendido Lucas a Sara— el casete que te dio tu papá se empezó a oír afuera hasta hace un instante.
—Es verdad, doctor —dijo asomada a la puerta una asistente del médico que había permanecido afuera todo el tiempo—. Yo pensé que la muchacha había traído una grabadora, pero como la vi entrar sin nada, estoy como asustada.
Sara parpadeó, y con el corazón saliéndosele del pecho se apartó de todos y miró el cielo por una ventana. Entre unas lágrimas que sabía inútiles, Venus resplandecía inmóvil.


Santiago Andrés Gómez
“Toda la vida he querido ser escritor, pero solo vine a aceptarlo cuando quizá era demasiado tarde. Al principio me negaba a creer que la vida fuera algo que valiera la pena de ser contado. Ahora siento que no hay escapatoria”. El Fondo Editorial de Eafit va a publicar próximamente su primera colección de cuentos, Los hijos únicos.


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