Olor a melón

 


María Adelaida Echeverri V.

 


Son las once de la noche, lo dice una voz árida en la radio. Conduce con lentitud, prolongando entre calles desidiosas el tiempo que toma para llegar hasta su casa, mirando cómo las pocas luces encendidas en las ventanas van apagándose para fundir en la sombra las casas fatigadas. Piensa en la exigua probabilidad de encontrar la suya en completa oscuridad. Si así fuera abriría la puerta con la misma maña inútil de un marido infiel que regresa al amanecer. Dejaría las botas en el corredor para caminar en puntas de pies hasta su habitación. Su oído aguzado como el de un cervatillo perseguido, le diría que Irene no está. Entonces podría encender la lámpara y notar que de ella solamente queda el denso olor a melón de su piel.
Sólo así lograría sentirse liberado del malestar que lo apabulla hace meses. Sin pensar más en las palabras y en el momento apropiado para terminar con el hastío de una relación agotada, se echaría en la cama sin quitarse la ropa, sin tener que soportar los besos que ahora lo hostigan y los senos, todavía firmes, que Irene exhibe con lascivia dejando rodar sobre sus brazos las cintas que le atan el corpiño. Luego vendrían las preguntas de siempre sobre el avance de la obra, el conflicto con la constructora, el almuerzo y, después, aquellas que indagan, con un matiz de sutileza que no logra esconder su verdadero propósito, por los momentos que pasa fuera de su sitio de trabajo. Sabe que a pesar del tiempo transcurrido persisten los arañazos que la relación anterior dejó en Irene, impidiéndole respirar con tranquilidad cuando él está fuera del área que ella puede controlar con sus cinco sentidos. Lo supo desde el comienzo, desde antes de decidirse a bajarle las maletas del quinto piso donde vivía sola, cuando la hallaba en el balcón padeciendo algo semejante a una crisis asmática provocada por las tramas que construía al repicar sin respuesta su teléfono o al no encontrarlo con su casco cubierto de polvo caminando entre carretillas cargadas de ladrillos, observando cómo tomaban forma las líneas trazadas sobre los pliegos de papel tendidos ante sus ojos absortos.
A cada minuto disminuyen las ventanas iluminadas, y al acercarse a su casa se desvanece el ensueño; la certeza de que ella estará esperándolo con el cabello derribado en su espalda rociada de pecas, es similar a la infalibilidad de la lluvia presagiada por el nubarrón que desciende sobre las azoteas de los edificios. Cómo decirle que añora llegar a la puerta de su casa y limpiar con meticulosidad en el felpudo que ya no existe, el barro amarillo adherido a las botas para no estropear el brillo de los pisos. Que desea ver sus libros encasillados en los estantes de la biblioteca como siempre los tuvo, siguiendo el orden alfabético de sus autores y no clasificados, puerilmente, por la altura o por los colores de los lomos. Que detesta la ropa sucia acumulada al lado de la cama y los potes de cremas rejuvenecedoras desperdigados en los nocheros, sobre el lavamanos o en el último sitio que abandonó antes de acostarse, olvidándose de él, de las manías de hombre solitario que adquirió cuando resolvió dejar a sus padres y defender su independencia, su intimidad, aunque siente que continúan fisgoneándolo desde el retrato erguido sobre la mesa de la sala y que él, por un simple acto de amor filial, o por un negado temor a verse solo, se ha contenido para no lanzarlo a la basura. Quisiera también decirle a Irene que está cansado de la minuciosidad de las palabras que siempre resuenan con una punzada mordaz implícita en las frases inconclusas, ingrávidas, girando como moscas imperecederas tras su olor a melón, para caer en el momento oportuno, lacerando la sensatez, clavándose en su estómago, al lado de los dardos disparados por su madre, cargados con un resentimiento irreflexivo, desde el día en que sintió pelusas en sus mejillas, en él, su único hijo, que dejó de pegársele a la falda para hablar de sus temores y le cerró la puerta del cuarto como anuncio de su emancipación. Emancipación que su padre envidia y que, desde esa época de adolescente difícil, acolitó metiéndole unos pesos en el bolsillo antes de darle un puñetazo cómplice en el brazo y continuar de largo, por el corredor, hacia la biblioteca, escapando del soliloquio penalizador de su mujer.
Un perro vagabundo lo obliga a pisar el pedal del freno y se queda ahí, estacionado en medio de la vía solitaria, mirando la figura raquítica que le impone una pausa. Lo observa menear la cola y siente que los pelos apelmazados se agitan contra sus mejillas como bofetadas acuciantes. La voz árida le dice que son las once y quince. Falta poco para llegar, pero puede seguir dando rodeos. Lleva semanas dando rodeos, tantos rodeos le harán estallar el estómago. En el estómago se le acumulan los resentimientos, los rencores: son las náuseas que lo asaltan cuando piensa en ella. Enciende un cigarrillo y decide fumarlo aparcado frente a la capilla donde sueña casarse Irene. La cola del perro callejero vuelve a golpearle la cara en el instante en el que se disponía a subir los escalones, hacia el altar, del brazo de su madre.
Esta noche a ella no la incomodará el tufo de su camisa, ni el sudor será la coraza que empezó a repelerla cuando terminó el ímpetu de las primeras noches y se fue permeando en los cuerpos la monotonía de las manos exhaustas de explorar. Sabe que tendrá que soportar su mirada inquisidora, su llanto desaforado y que ella no entenderá las razones que le producen las náuseas. Arroja la colilla y enciende el automóvil, y antes de haber decidido dar otro rodeo, ya se encuentra virando hacia la avenida, alejándose de su casa, simplemente conduce siguiendo el camino marcado por el asfalto, sin deseo de parar en ningún sitio. Su mirada no se detiene en los bares que a esa hora todavía hospedan a los reacios a concluir el día, ni en el poste de cemento que es abrazado con torpeza por un muchacho ebrio, ni en la pareja que se guarece del alumbrado público bajo las ramas de un olmo que destila hojas secas sobre sus cuerpos amalgamados, tampoco en la figura desarrapada que requisa las canecas pestilentes atiborradas de desperdicios. No, su mirada traspasa todo cuerpo sólido para fijarse, sin pestañear, en la puerta abierta de su cuarto.
Irene, con su corpiño azul lánguido, no deja de inclinar los ojos hacia la esfera del reloj. En el espejo del tocador mira su semblante con una mueca de desagrado, su frente dividida en dos por el surco vertical que vierte furia cuando algo la encona, y su rostro pálido sin los colores del maquillaje, compungido, agotando las razones de su cólera. Doblegada por la duda y la afrenta de no recibir una llamada para anunciarle el retraso, sin apagar la luz, porque no lo hará hasta que él llegue, cierra los ojos sabiendo que no podrá dormir. Así la encontrará, con la sábana extendida sobre las piernas y los ojos ocultos al resplandor de la bombilla. Entonces, él deshará el nudo de los cordones de sus botas y, sin tirar la camisa, ocupará el sillón todavía caluroso frente al televisor para dejar fluir las palabras tanto tiempo retenidas, sin pausas que permitan que la voz de Irene se entrometa con sus discursos lacrimosos, que son sólo un afán de doblegarlo a su capricho, a su ansia de poder matriarcal que la hace rezumar frustración al no poder controlarle las horas, los silencios, las soledades. Y mientras sus palabras discurran, sorteando los intentos de Irene para apoderarse del timón, con los ojos apresará los canutillos escuálidos de la lámpara del techo, evitando los hombros circundados por las cintas de satín y la orfandad de su mirada que otras veces lo han hecho desistir, sucumbiendo bajo el olor dulzón que emana como un animal en celo.
Pocos metros antes de su casa lo sorprende la ventana de su habitación sin la medialuz que siempre lo aguarda. Las cortinas están corridas. El jardín le parece crecido, sofocado de glicinias sin podar que lo llenan de desolación, la desolación que produce el abandono. Antes de entrar husmea por la ventana con el temor absurdo de encontrarla vacía, como si sus rodeos hubieran sido tan prolongados que Irene, envejecida de esperarlo, se hubiera marchado. No entra en puntas de pies como lo imaginó. No hay una copa servida, ni están los cubiertos en la mesa, sólo las letras puntiagudas de Irene, reclinadas sobre los lirios pálidos de una esquela extendida en el mantel, compartiendo un lugar con las moronas de pan desperdigadas durante el desayuno: no soporta que él persista en mantener silencios vedados para ella. Sus ojos cesan de moverse como conejitos asustados, las manos se aflojan dejando escapar la angustia que traía retenida entre los dedos, su estómago se apacigua. La levedad que experimenta se asemeja a la que nos envuelve después de despertar de un mal sueño y darnos cuenta de que no tambaleamos al borde de un abismo sin fin.
El pasamanos de la escalera recibe su chaqueta mientras asciende los peldaños con pausa, apretando en cada pisada la sensación que lo asalta. El desconcierto, apoderado de su razón, bosqueja una sonrisa mordaz en el rostro de su madre que lo mira desde la mesa de la sala. Contrario a lo predecible de sus actos, arroja la chaqueta sobre el portarretratos ahogando el eco irónico de la mirada que se solaza, no en el abandono de Irene sino en su fracaso. El grifo del patio gotea, el sifón está obstruido, el agua reboza la pileta, desciende al pequeño lago que comenzó a inundar el piso. Con el puño descarga en la pared, haciendo bambolear los cuadros por un instante, la oleada de ira que lo arremete al pensar que, como el agua, el odio y el amor tienden a invadir todos los espacios libres.
La estructura herrumbrosa de una gaviota parece recobrar su compostura ante la ausencia de las carpetas de Irene, saturadas de informes y volúmenes de finanzas que la relegaron a un rincón, igual que arrinconó sus libros con el argumento de sacarlo del submundo literario en el que vivía aislado y en el que ella, después de un aparente esfuerzo, quizá por agradarlo, había ingresado, dejándolo luego por retomar sus eternos tejidos. El polvo le impregna la palma de la mano al recorrer los lomos de los libros. Irene le robó el mayor tiempo de lectura, el de las noches, prolongado casi hasta el amanecer, aferrado a la frase siguiente, posponiendo el momento de ensombrecer el cono de luz. Escoge a Calvino para tumbarse en el sofá; frota los lentes contra el paño del cojín antes de asentarlos sobre el monte de su nariz, ancha y curtida por el sol. Sus ojos redondos se entornan —siempre lo hacen como preámbulo para leer—, mientras el reloj se dispone a marchar sin premura sobre las páginas postergadas cada noche a cambio del olor a melón.
Después de pasar casi tres semanas en una supuesta tranquilidad, no deja de pensar en Irene. No es posible llegar, abrir la puerta y entrar canturreando como si ella nunca hubiera estado allí. El sofá conserva la huella de su cadera recalcándole su ausencia, la marca de sus dedos se mantiene indeleble sobre cada objeto negándole el olvido y, tras las puertas, la sombra de sus celos lo acosa asaltando su soledad. Sólo la gaviota, con las alas desplegadas sobre los libros, esparce un halo de liberación. El vientre vuelve a ponérsele tenso. Cambia de posición, pero la rigidez persiste. Continúa colmado de diatribas que pugnan por salir. Necesitan de Irene para descargar las imprecaciones contenidas en los desvelos, mientras ella dormía con una pierna sobre las suyas como un reflejo onírico para subyugarlo durante su sueño insurrecto que, tal vez, ya intuía. Siente en la boca el sabor amargo de las palabras rehuidas por ella y sabe que la acidez lo corroerá hasta el momento en que puedan estrellarse contra su último acto de menosprecio: su actitud esquiva para evadir una escena desagradable, la escena final donde, igual que lo hizo con su madre, cerraría la puerta de su cuarto.
Se obliga a seguir con las páginas de Calvino para demostrarse a sí mismo que es capaz de ser indiferente ante la actitud de Irene y, al apagar la lámpara, suspira tratando de convencerse de que puede dominar perfectamente la situación de soledad en que se halla. Se refugia en el pasado que se empecina en mantenerse intacto en su memoria, cuando disfrutaba el aire vacío de su casa, cuando sus pisadas eran las únicas que resonaban entre las paredes, cuando podía mirar en el espejo del baño el cansancio de sus ojos, su nariz brillante, las mejillas mal rasuradas sin que en el fondo se asomara una toalla amarilla que no era la suya; pero las gotas de lluvia, que se desploman con violencia en el tejado, le sentencian noches frías sin el calor del pecho de Irene y el silencio empieza a volverse tan denso que no logra impedir que ruede por sus mejillas.
Hace dos noches empezó de nuevo a dar rodeos por las calles. Los reproches en su estómago volvieron a acosarlo, anda sin rumbo, seguido por la sombra que siempre está preguntando nimiedades o buscando olores ajenos para construir conjeturas recelosas y desafiar la cordura. El rostro de Irene, a veces triste, a veces deformado por la ira, le mira desde todas las mujeres; ojos recriminadores que se asoman sobre lentes oscuros; cabelleras que se agitan despectivas; sandalias que se marchan decididas pisotean la colilla de un cigarrillo con un gesto grotesco de desprecio. Irene va y viene, girando en la noche como un torbellino que trata de arrasar las paredes que delimitan su silencio y su soledad.
En algún momento pensó que Irene también iba a explotar, sobre todo en aquellas mañanas en las que sabía que él fingía dormir. Bastaba escuchar el golpe de las puertas y los cajones de la cómoda para saber que su boca estaba encogida y que sus manos asían y dejaban luego todo lo que tomaban sin concluir ningún acto, porque su única intención era hacer resonar la rabia de una noche insomne, cavilando infidelidades con una pierna extendida sobre el espacio vacío de la cama. Y él, con el cuerpo distendido, como si todavía el sueño fuera el propietario de sus huesos, recordando las copas que bebió con sus amigos olvidado del reloj, esperaba sentir que en su espalda se volviera trizas un jarrón o se desencuadernara la agenda de teléfonos, dejando que el tiempo pasara, que se hiciera tarde para salir deprisa y evadir la intensidad de la ira que luego recibiría fraccionada, ignorando sus explicaciones.
Sabe que no pasará más de un día antes de llamarla. Le pedirá que vuelva con su baúl cargado de sospechas injustificadas y de crisis asmáticas pensando en que, tal vez, la siguiente noche u otra noche más adelante quizá, después de haber dado muchos rodeos por las calles, lo arrojará al andén y se liberará de las náuseas y del olor a melón, un olor del que carece su madre y que, malicioso, se balancea en el límite indefinido del amor y la opresión.


María Adelaida Echeverri V. (???)


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