El arte de matar

 


Orlando Mejía Rivera

 


El teléfono sonó en su casa de La Jolla hacia las doce de la noche. Él, como era costumbre desde la muerte de Cissy, estaba despierto y bebía un trago de whisky con la luz apagada, mientras acariciaba el lomo de su gato favorito. Le sorprendió oír la voz de Alfred en el auricular. Tan amable y simpático, lo invitó a comer al día siguiente para “olvidar el pasado y darte unas disculpas necesarias a pesar de la tardanza”. Nueve años antes ellos habían tenido una famosa pelea verbal, en pleno estudio de grabación, cuando él le gritó “gordo terco” a Alfred y éste le contestó en un susurro maligno: “borracho incapaz”.
Esa frase le retumbaba desde ese tiempo y llegó a pensar que sus posteriores fracasos literarios se debían a la maldición del gordo. Sin embargo, le dijo que sí, pues estaba cansado de odios y resentimientos acumulados en sus setenta años de vida. Además, ya no le importaba nada, fuera de sus gatos.
Comieron en el área privada de un restaurante italiano. El mismo Alfred escogió el menú. Su exquisitez gastronómica era admirable. Hablaron del mundillo de Hollywood, que ambos afirmaban despreciar, y de la época de la filmación de la película, recordando anécdotas como el capricho de Alfred de aparecer en escena subiendo al tren con un contrabajo. Pero no se disculpó jamás.
A no ser que su forma de hacerlo fuese la confesión que él le susurró al oído mientras degustaban el postre. Le contó que a los seis años de edad había envenenado el gato de su abuela. Su padre se dio cuenta y lo mandó a la inspección de policía del barrio con una nota. Allí fue encerrado en una celda durante cinco minutos y le hicieron prometer que nunca volvería a ser un niño malo.
Alfred se despidió con un tono enigmático: “Mira, querido Raymond, los discípulos de Sir Arthur y de Agatha seguiremos vigentes cuando ya nadie lea tus historias. Además, no se te olvide nunca que mi amor por el cine es más grande que mi moral. Buenas noches y felices sueños”. Claro, ahora sí, en este instante que se siente morir, mientras el dolor de su abdomen es muy intenso y carece de fuerzas para ir a buscar ayuda, comprende la venganza del gordo, obsesionado durante tantos años con el fracaso de su versión de Strangers on a train, que atribuyó al guión que él le escribió. Entonces, supo que el niño había vuelto a envenenar a otro gato.


Orlando Mejía Rivera (Colombia)
Novelista y ensayista. Profesor en la Facultad de Medicina de la Universidad de Caldas


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