Un domingo vagabundo

 


Lina María Pérez Gaviria

 


El mundo imaginario está basado en la posibilidad de llegar a ciertas componendas con el mundo de la lógica.


Vladimir Nabokov


Fue una de esas noches de conciencia intermitente. Las pesadillas le dieron la razón al doctor Froliano. Había advertido que mis sueños escabrosos me estaban llevando a extremos insospechados. Me incorporé de la cama con trabajo y prometí una vez más ponerme a dieta. Y qué se va a hacer, la vanidad moderada no hace daño. Me sentí pesado y con cortos circuitos en todo mi cuerpo. Cosas de la edad y de las palabras serias con las que me define Froliano. Me bañé despacio para terminar de aclarar mis pensamientos y desentumirme. Llevé un tazón de té al estudio y me puse a hojear los periódicos. Quería un domingo vagabundo.
No había ruidos ni movimientos, pero tuve la sensación de no estar solo. Un tenue olor a pantano me alertó. Giré los ojos en todas direcciones. Se me atoró el aire. En el sofá del fondo había un bulto. ¿Un muerto? No. Un espasmo sutil salía de esa cosa. Yo no soñaba, de eso estaba seguro. Si algún trastorno mental me hacía imaginar seres extraños, qué astuta y marrullera es la imaginación para crear algo tan real. Algo real que respira y que huele a pantano.
Me levanté con cautela. Calculé cada uno de mis movimientos. Me desplacé sin quitarle los ojos de encima. No sentí temor. La cosa seguía en la misma posición, y fuera lo que fuera, en cuanto a tamaño, podía tener la mitad de mi cuerpo. No parecía una fiera en reposo dispuesta a sacar garras para atacarme. Por algún signo que salía de ese fardo intuí a un ser inofensivo. Me acerqué unos pasos. Pude verlo mejor. Aunque estaba tapado con una manta, percibí formas raras. Era un tangente, de eso no tenía duda. Recordé la publicidad sobre el circo de visita en la ciudad. Su principal atracción era la de exhibir esos bichos repudiables. Claro, todos disimulan la morbosa curiosidad que suscitan encerrados en sus jaulas. Los tangentes son feos, monótonos y predecibles. Por fortuna cada vez son más escasos. Se les ha venido exterminando porque dicen que arrasan con todo, que son brutos, violentos y demasiado primitivos. Se asustan con los espejos, le temen a sus sombras y actúan sin control cuando llueve. Todavía hay quienes estudian sus comportamientos torpes y su incapacidad para asociarse entre sí. Cuando no pueden sobrellevar sus miedos se suicidan. Bueno, eso habla bien de esos seres repugnantes. Su carne es apetecida por paladares exóticos y caros, aunque tiene un humor amargo. Tangente a las finas hierbas es un plato que sólo se sirve en establecimientos de cinco estrellas. Esa criatura debió escapar, se refugió en mi casa y se quedó dormida.
Me paré a un lado para sorprender al tangente cuando despertara. Por si acaso, tomé un fierro de la chimenea, aunque más que peligroso, lo vi inofensivo, hasta cobarde. Siguió quieto un buen rato. De pronto se movió y la cobija cayó al suelo. Era un cuerpo deforme, estrambótico y chocante. Nunca había tenido la oportunidad de ver a un tangente así de cerca. Se acomodó para continuar dormido, o eso me pareció. Sentí asco y rabia; al fin y al cabo ese esperpento estaba violando mi territorio y ni cuenta se daba. Caminé hacia el otro lado para verlo mejor: era una criatura horrible, con varios tentáculos que salían de un tambor. Otras cosas imprecisas había en su cuerpo. Aún no lograba descifrar cuál era el derecho y el revés, el arriba o el abajo.
Aseguré las puertas y las ventanas; no iba a dejarlo escapar. Aún no sabía si reptaba, caminaba o volaba. En algún momento tenía que despertar. Volví a mi escritorio. Lo contemplé con paciencia preparando mi reacción. Pasaron más de dos horas y el bulto empezó a dar señales de vida. Se incorporó como pudo, de modo que lo que yo creía que era la parte inferior, quedó sostenida sobre el tambor en el asiento del sofá. Movió los tentáculos y la lógica de su truculenta anatomía empezó a tener sentido. No puedo explicar cómo, pero percibí que estableció contacto conmigo. El extraño ser soltó un resoplido y por uno de sus orificios bramó unos sonidos que yo no comprendía. Subió y bajó los tentáculos en convulsiones que interpreté desesperadas. El esperpento empezó a moverse de un lado a otro y se refugió como un ovillo en un rincón. Gemía y seguía lanzando ruidos. Algún instinto le hizo saber que estaba perdido, de modo que el monstruo se fue calmando en una derrota resignada. Me acerqué despacio sin mostrarme amenazante. El engendro se apretó contra el rincón y sus soplidos se fueron haciendo más intensos.
Tuve la tentación de tocarlo para ver su reacción. No tenía por qué temerle, al fin y al cabo yo dominaba la situación. Era una criatura insignificante en su fealdad. Un adefesio al que todavía no lograba percibirle del todo sus formas. No iba a hacerle daño. Sólo tenía curiosidad de examinar un tangente, tomarle fotos o hacerle un video, qué sé yo, divertirme un poco a costa de él. Ya vería después qué haría con ese fenómeno. Aspiré despacio para superar los escrúpulos. Estiré un brazo y de un zarpazo lo atrapé. Se resistió, intentó safarse, volvió a quejarse con aullidos desesperados. Me deleité en ese forcejeo en el que mi superioridad venció sus escasas defensas. Cuando creí tenerlo dominado, sacó alientos y me atacó inútilmente con sus tentáculos. De uno de sus orificios lanzó un chorro de baba inmunda y me asusté al pensar que pudiera ser venenosa. El tangente se soltó de la trinca en la que yo lo apretaba contra mi cuerpo. Como un resorte brincó buscando refugio y luego se arrastró por el piso. En un intento por ponerse a salvo se encaramó sobre un armario y se arrebujó con gemidos y temblores.
Sentí punzadas de hambre. El esperpento estaba fuera de mi alcance y yo no tenía ganas de forzar mi cuerpo; necesitaba pensar. Salí con cuidado. Cerré la puerta con doble llave. Me serví algo de comer y encendí la televisión. El noticiero reportó la desaparición de algunos tangentes y recomendó poner espejos en las puertas de las casas para espantarlos. Me recosté esperando el alivio de una siesta. Quería reparar la mala noche, pero tenía mil ideas sobre qué hacer con el tangente. Se me ocurrió llamar a Froliano. Quería mostrarle que ese ser despreciable encerrado en el estudio no era una alucinación. Pensé también en amarrarlo y negociarlo con la academia de medicina o con algún zootécnico que hiciera un trabajo de taxidermia para la posteridad. Tenía otra opción: pedir una recompensa al dueño del circo, o venderlo a uno de los restaurantes de la Zona T. Conservar el tangente y domesticarlo podía ser buena idea. Una mejor: engordarlo para un banquete y presumir ante los asesores de la empresa. No tenía afán. Sólo curiosidad por ese ser grotesco, tan ajeno a mí, que había alterado mi domingo vagabundo.
Me asomía por el ojo de la cerradura. Mi cuerpo se estranguló en una posición incómoda. Sí, lo de la dieta se imponía con urgencia. Tanto peso es un agobio. Sólo pude ver un ángulo limitado y en él todo parecía tranquilo. Di dos vueltas a la llave y abrí la puerta. Giré los ojos para abarcar todo el estudio. El tangente debía estar escondido. No oí ruidos. Percibí su olor áspero. De pronto empezaron a caer sobre mi cuerpo libros y objetos, y si bien no me hicieron daño, me sorprendieron. Un zarpazo que vino de atrás me impidió recuperar el aplomo. Tenía pegado al tangente como un enorme gusarapo del que salían resoplidos desesperados. Después de todo, no son tan brutos como dicen. Éste, al menos, intentó dominarme quizá para demostrar que no se dejaría vencer. Parecía ingenua su pretensión de someter a un grundio a mordiscos, arañazos y golpes con la insignificancia de su tamaño.
Empecé a quitármelo de encima. Primero le hice una tenaza con mis dos palpos superiores, luego desplegué los artejos para arrancármelo. Con la trompa lo aparté, lo elevé por encima de mis macrocéfalos y lo neutralicé con un corrientazo de mis antenas dípteras. Le clavé aguijones, lo cegué con uno de mis fotósforos y mis lenguas flechudas taladraron su cuerpo. El tangente seguía emitiendo alaridos, que logré aplacar poniéndole un tapón con uno de mis opérculos. Desde el centro de mi caparazón desplegué la esfingosina, una de mis mejores armas, y de ella le lancé un haz de fibras pulposas que envolvió su cuerpo. Lo atenacé con mis quelíceros y el bicho quedó inmóvil. Ya completamente derrotado, el tangente mostró una resignación mansa. Lo puse sobre el escritorio, lo amarré de sus cuatro tentáculos y lo examiné con mis oviscaptos por todos lados intentando superar mis escrúpulos. Me fijé en la pelambre larga que cuelga de la protuberancia ovalada. Me llamaron la atención los dos orificios que abre y cierra para exprimir el líquido transparente que brota de ellos sin parar. Una especie de tabique con dos huecos pequeños a lado y lado separa las dos mitades de esa superficie rara. El orificio inferior es el que repite sonidos y aullidos mezclados con fonéticas irracionales: “Déjeme-en-paz-se-lo-suplico”. ¡Vaya uno a saber las incongruencias de su lenguaje aturullado!
Hice un inocente experimento. Le puse un espejo al frente y no soportó el terror de su imagen horripilante. Me burlé con una cadena de carcajadas y gorjeos que lo asustaron más. Cuando por fin se desvaneció deglutí un par de aspirinas para evitar el dolor de mis tres macrocéfalos que empezaba a anunciarse con puntos verdes en los miriápodos y picadas en las carúnculas. Pasé el resto de mi domingo vagabundo estudiando al tangente. Jugué a desentrañar su esencia de acuerdo con la definición de la enciclopedia virtual:
Tangente. (De jerga ancestral: tan= así; gente= ser yo) Sust. neutro para aludir a cualquier ser tangencial, sea macho o hembra. Decadente animal mamífero dotado de razón, memoria y lenguaje conscientes, a pesar de lo cual es considerado un ser inferior en la escala evolutiva. Las escuelas filosóficas positivistas definen al tangente como producto de la naturaleza de origen incierto que se encuentra en estado de auto extinción. En épocas remotas se le conocía como perteneciente al género “humano”, término que cayó en desuso. Su materia corpórea está compuesta por una cabeza unida a un tronco del cual penden cuatro apéndices largos, dos superiores que le sirven de brazos, y dos inferiores que usa para trasladarse. En cuanto a su sexo, cada uno tiene características exteriores particulares según el número de cromosomas en su estructura genética. Sobre su comportamiento, tolerancia e integridad ética se han dado diversas teorías irreconciliables. Las posiciones materialistas consideran al tangente como fruto superior de la naturaleza que procesa mecanismos internos con un complejo órgano: el cerebro. Sobre la evidencia física de éste, se concluye que es una masa gris dividida en dos hemisferios unidos por un cuerpo calloso y resulta insostenible la atribución de funciones superiores. Las posturas idealistas han sobreestimado la potencialidad de este bulto cuyo peso apenas sobrepasa un kilo. La Academia ha respaldado estas teorías con casos plenamente documentados del SGE Síndrome Generalizado de Estupidez— padecido por los tangentes. A su vez, escuelas antipragmáticas consideran que los tangentes poseen un elemento esencial: el alma, sin que hayan logrado aportar evidencias contundentes de su existencia. Las nuevas ciencias comparativistas han retomado los estudios sobre los tangentes con el fin de obtener luces en torno a un posible vínculo con los grundios. Según las estadísticas, los códigos morales individuales y sociales de los tangentes chocan con sus conductas en función de la ambición por obtener poder económico. Ésta ha sido establecida por los estudiosos como una de las razones principales de su exterminio. La literatura científica ha documentado comportamientos casi generales en ellos relacionados con las atrofias de los sentimientos y de las emociones. Las teorías psicologistas han concluido que los tangentes aman hasta la locura y odian hasta la demencia. Resulta difícil caracterizar la disfunción de la especie tangencial para relacionarse entre sí y para proteger y conservar sus entornos. Casos aislados y excepcionales de tangentes que han logrado funcionar dentro de cierta coherencia individual y social no permiten reivindicar el género. Algunos observadores todavía se interesan en los vestigios de los tangentes. Pretenden estandarizarlos y establecer diferencias y semejanzas entre los tangentes y los grundios. En la página web de la Revue de Grundiologie del año 2732 se recoge una bibliografía exhaustiva que rastrea los orígenes tempranos del género grundiano en función del desarrollo de ramas laterales de especies arcaicas como la de los tangentes.
El tangente seguía sobre el escritorio mientras yo consultaba los dibujos en la pantalla. Había algo en ese engendro que me suscitaba misterio y a la vez un morbo repugnante. Entonces entendí que yo tenía delante un tangente del género hembra y que se distinguía del macho por las dos esferas erguidas a la altura de su tronco y por ese triángulo peludo y feo que sobresalía en el eje central y contrastaba con el cuero pálido del resto de su cuerpo.
No hay razón para conservarlo. Terminaría siendo un estorbo. Lo pondré en el congelador y prepararé un suculento tangente a las finas hierbas para descrestar a Froliano. La dieta puede esperar.


Lina María Pérez Gaviria (Colombia)
Se pasa la vida escribiendo cuentos para lectores sin antifaz que son sus cómplices literarios. También para gentes con o sin los pies sobre la tierra, personas en busca de asombros, poetas de todas las perplejidades, fantasmas que creen en la vida del más acá, espantos que se aburrieron de estar en el más allá y grundios bien dispuestos. Ha publicado: Cuentos sin antifaz, Vladimir Nabokov: a la sombra de una nínfula, Cuentos punzantes y el relato infantil: “Martín Tominejo”.


www.odradekelcuento.com

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