Desde el balcón

 


Gabriel Jaime Alzate Ochoa

 


Todos los días doña Orfa caminaba cerca de dos horas y de paso aprovechaba para hacer alguna diligencia en el banco o arrimar al supermercado a comprar algo que le hiciera falta. A veces no hacía nada diferente a preguntar por el estado de su cuenta o averiguar el precio de algún producto. Después, regresaba siempre por las mismas calles, seria, recta, con paso firme.
Saludaba a quien hallaba en el camino más porque eso le daba cierta garantía de seguridad que por simple amabilidad. Evitaba meterse con desconocidos, así que del saludo no pasaba nunca. Decía que se trataba de algo similar a cuando uno sonríe a un perro que le enseña los dientes. Con el tiempo la gente de los barrios vecinos, barrios de gente rica como en el que ella vivía, gente que hacía ejercicio entre los árboles inmensos y junto a los jardines bien cuidados, terminaron por hacerla una de ellos. No hablaban, no tenían qué decirse, pero iban al trotecito o caminaban sin parar, con un ritmo febril que podía traducirse en “tememos a los infartos y odiamos las trombosis”.
Cumplidos los ochenta años el mundo se componía cada vez de menos asuntos, no porque la vista se acortara o los sentidos se atrofiaran, sino porque sabía muy bien qué necesitaba y qué no existía para ella. Vivía sola, tenía hijos, nietos y una hermana menor casada con un hampón lleno de dinero. Jamás veía a su hermana para no tener que encontrarse con la cara del tipo. Una vez dijo: “Si voy a su casa y me entero de que le ha hecho o dicho algo insultante a mi hermana, lo mando al hospital, y termino en la cárcel”. Así era el asunto. Otra vez, mientras hablaba por teléfono con su hermana y como esta se quejara del comportamiento de su marido, le dijo: “Las quejas no tienen remedio y duran toda la vida. Si lo matas resuelves todo en un instante. Nosotras no estamos para sufrir”.
La calle donde quedaba su apartamento era amplia, silenciosa, rodeada de árboles y palmeras, con jardines amplios a lado y lado. Una mañana cuando regresaba de caminar tuvo una sensación incómoda como si unos ojos se prendieran de su espalda y la paralizaran desgarrándola: “O alguien me está mirando o voy a morir aquí mismo”, pensó. Cerró los ojos.
—Buenos días, señora —oyó.
Abrió los ojos, se detuvo en seco, dio vuelta para mirar y vio al hombre sentado en el jardín en una mecedora de mimbre. Llevaba un sombrero blanco de paja con una cinta negra. El hombre quizá tenía su misma edad.
—Buenos días —respondió.
—Es bueno caminar, señora.
—Dígamelo a mí.
—Antes la veía pasar con su marido.
—Mi marido murió.
—Yo lo conocí. Íbamos al mismo bar, a veces tomábamos un par de tragos juntos, después cada uno salía por su lado. Y pensar que éramos vecinos. Parecía un hombre tan saludable.
—Hasta que murió.
—Tan vital.
—Iba cumplir ochenta y cinco años.
—¿Qué pasó?
—Los médicos entendieron lo que pasaba cuando ya no había qué hacer.
—¿No se aburre sola?
—A esta edad ya no pasan ciertas cosas.
Ella dijo: “Hasta luego, mucho gusto”, y se fue sin más. Él dijo: “Señora”, mientras saludaba con la mano.
Su marido había sido el hombre menos expresivo del mundo. Ella decía: “Siempre está ahí, no necesito que hable demasiado”. Su hermana menor acotaba: “Hubiera sido mi marido ideal, un hombre hecho de silencio”. Otras mujeres, de la familia casi siempre, decían que era un hombre galante y amable. Ella sabía muy bien que no era ninguna de esas cosas, que simplemente su forma de tratar a los demás era ignorarlos con educación.
A veces recordaba los últimos días que vivieron juntos: ella iba a salir de compras y él le dijo que estaba cansado, que le pesaban las piernas. Después le dijo: “Estás muy bonita”. A ella le quedaron sonando las tres palabras como el estallido de un cañón disparado en medio de la noche. Pensó: “Va a morir” y se estremeció. Pero no murió ese día ni al siguiente sino tres días después.
Desde el balcón de su apartamento miró hacia la calle mientras regaba las matas y les quitaba las hojas secas. Dejó que los ojos buscaran al hombre sentado en la mecedora en diagonal hacia abajo en medio del jardín abanicándose con el sombrero de paja. Después llamó a su hermana.
—Esta mañana cuando regresaba de caminar, me abordó un hom­bre.
—¿Un hombre, cómo así?
—Un vecino.
—Ah.
—Tenía un sombrero blanco con una cinta negra.
—Así eran los sombreros de papá.
—Dice que conoció a mi marido. Frecuentaban el mismo bar.
—No te hace falta otro borracho, Orfa. Eso quedó claro hace tiempo.
—A la edad que el hombre parece tener, a nadie le alcanza la vida para ser borracho.
—Yo no diría lo mismo.
—Mi marido jamás me trató mal.
—¿Qué insinúas?
—Jamás me alzó la mano, ni me habló fuerte.
—Orfa, no hagas comparaciones, no te metas en mis asuntos.
—¿Cuántas veces te he dicho que mates a tu marido? Eso sí es meterme en tus asuntos. Dejar que te golpee, que permanezcas quieta, que ese bandido de mierda no te dé ni siquiera con qué comprar un par de calzones. Es el colmo.
Colgaron.
Volvió al balcón. Las bifloras estaban perdiendo lozanía y parecían a punto de expirar. Tenía que decirle a la empleada que hacía el aseo dos veces por semana que no tocara las matas, esa mujer era capaz de secar la selva del Amazonas.
El hombre ya no estaba en el jardín, sólo quedaba la mecedora de mimbre y el sombrero a un lado sobre la hierba. “A lo mejor soñé todo esto, a lo mejor fue mi imaginación”, se dijo, y terminó de regar las matas.
Por la tarde, contrario a su costumbre se arregló durante un buen rato frente al espejo y salió a hacer unas compras a pesar de que sentía que el cuerpo le pedía que lo dejara para el día siguiente. Tres cuadras abajo de su calle, dos muchachos le preguntaron la hora y cuando menos pensó le habían puesto un cuchillo en el cuello y le ordenaban que soltara la carterita de mano que empuñaba.
—Si van a matarme por veinte mil pesos —les dijo—, tengan, malcriados.
Quedó sin resuello cuando los muchachos salieron corriendo entre risas mientras le gritaban “gracias, abuelita”, y como pudo, con el paso entrecortado, regresó a su apartamento.
—¿Caminando a esta hora? —la voz le llegó desde la mecedora del jardín.
Intentó responder, pero sus palabras fueron escasas, el volumen nulo. Siguió de largo, se encerró y llamó a su hermana.
—Acaban de robarme —dijo.
—¿Se metieron al apartamento? ¿Qué te hicieron? ¿Estás lastimada?
—Iba caminando. Fueron dos muchachos.
—¿Llamaste a la policía?
—Hace una tarde tan hermosa.
—Pregunté si habías llamado a la policía.
—No hace falta.
—¿Estás loca?
—Si mi marido viviera…
—Estás delirando, por Dios.
—Voy a salir un momento.
—¿Cómo se te ocurre? ¿Tus hijos ya saben lo que te pasó? Voy a llamarlos.
Cortó la comunicación. Se asomó al balcón y vio al hombre en la mecedora.
Por la noche llegaron los hijos y la visita le dejó un sabor a compañía forzada. Estaban ansiosos. Las preguntas se sucedieron y ella los dejó satisfechos con sus respuestas. Se encontraba bien, lúcida, podían irse tranquilos. “Después de todo ­—les dijo cuando se despedían— mientras a uno no le pase nada, los demás pueden seguir su vida tranquilos”. Ellos parecieron sentir que les había arruinado la noche, pero se marcharon sin decir palabra. Cuando desde la ventana vio que los hijos subían en sus carros hizo señas al mayor para que subiera un momento.
—Hay un vecino —le dijo—, un hombre de mi edad, que es especial conmigo. Cada mañana cuando salgo a caminar se queda mirándome y me saluda. Es tan amable. Me dice “Señora”. ¿Te acuerdas de tu padre, lo galante que era cuando se le antojaba?
—Mi padre odiaba a la gente, tú lo sabes muy bien. Tal vez por eso te impresiona ese viejo.
—No lo llames viejo, no lo conoces. Lleva un sombrero blanco de palma con una cinta negra. Parece sacado de una película.
—Viejo y calvo, mamá, ¿qué te pasa?
—No es calvo, ¡respeta! Si no se te puede confiar nada, mejor te vas.
—Estás muy susceptible, mamá, sin duda es por lo sucedido esta tarde.
—Tienes que irte, en tu casa te esperan.
Con suavidad lo empujó hasta la puerta y cuando él intentó hablar le puso la mano en la boca, lo beso en la mejilla, le dijo que se cuidara y lo despachó poniéndole la puerta en la cara.
De regreso a su habitación se sentó en la cama a contemplarse las manos como si las viera por primera vez, hasta que la tumbó el sueño.


Gabriel Jaime Alzate Ochoa (Colombia)
Ha publicado La hora del lobo y Piedras en la boca, libros de cuentos; Los viejos tienen que morirse, novela; Oficios de la noche, poemas; Francisco de Quevedo, entre la mordaza y la pluma, biografía. Aparte del vodka, varios nombres me ayudan a vivir: Shakespeare, Conrad, Quevedo.


***


Un bello relato no deja de tener esa continuidad imperturbable que nunca existe en las situaciones vividas, pero que en encuentra en el andar de l ensueño que parte de la realidad.


Albert Camus


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