La boba del vía crucis

 


Luz Ofelia Jaramillo

 


Andreína estaba incómoda. Pero, como era su costumbre, recostó la cabeza en el espaldar de la banca y se entretuvo mirando los ángeles pintados en la cúpula del templo con colores pasteles y una que otra pincelada dorada. De vez en cuando les hablaba:
—Venga. Déjeme tocar sus alas. ¿Pesan mucho? —Y se reía a las carcajadas cuando uno de los angelitos montañeros de mejillas coloradas y gordiflón le respondía con un guiño en los ojos. Algo la incomodaba. Retorcía los zapatos que no alcanzaban a tocar el piso. Se había calzado el botín izquierdo en el pie derecho y el botín derecho en el pie izquierdo. Hablaba de nuevo mirando hacia la cúpula:
—¿Cómo es eso de estar volando? Venga, muéstreme las alas, ¿se las puede quitar?
Andreína no se daba cuenta de que la ceremonia de Semana Santa comenzaría en pocos minutos y seguía riéndose, tumbada sobre la primera banca de la iglesia. Por las puertas de los costados del templo habían comenzado a entrar los feligreses. Las mujeres usaban mantilla, los hombres ponchos a cuadros sobre los hombros. Los más viejos llevaban en las manos sombreros de fieltro. El vestido de flores de Andreína, arrugado pero limpio, sobresalía entre los de tonos oscuros de las mujeres que se sentaron con ella —sin quererlo porque su presencia les molestaba— en la primera banca, frente al altar.
Aunque un rezago de compasión no les permitía admitirlo en público, muchos en el pueblo sentían repulsión por Andreína y pensaban que no debía salir sola a la calle. La muchacha se vestía como la Virgen María y permanecía inmóvil por horas en el atrio de la iglesia, o recorría las calles hablando con seres imaginarios mientras los niños jugaban en torno suyo: le subían la falda para verle los calzones, le revolvían el pelo o le lanzaban cáscaras de banano y avioncitos de papel periódico. Por épocas Andreína se enamoraba. Entonces, dejaba flores silvestres en la puerta de la casa de su amado de turno, lo buscaba en las heladerías y, al encontrarlo, lo halagaba con canciones de amor o le daba algún regalo hecho por ella: una muñeca de trapo deforme, una carpeta de croché mal terminada, un gorro de lana inacabado. Sin razón, así como se enamoraba, de pronto la agobiaba el desamor y lloraba sentada en las bancas del parque o en la iglesia, recostada en los confesionarios. La gente no veía bien que Andreína conversara con los ángeles de la cúpula o con los santos de los vitrales e interrumpiera las oraciones y las ceremonias. Por lo general, el párroco enviaba a un monaguillo a hacerla salir del templo y ella se resistía con puños y patadas pero, ese día en que sucedieron los acontecimientos que se narran, al cura le pareció inoportuno echarla y consideró que era mejor soportarla que someterse a uno de sus escándalos.
A la iglesia entraba el ritmo de los platillos y de los tambores de la banda del Liceo. Andreína supo que algo estaba a punto de suceder, se incorporó y, por el costado de la banca, se asomó para mirar hacia el fondo del corredor central del templo y ver qué pasaba en el atrio. Allí, un grupo de niños vestidos de blanco agitaba pañuelos y, otro hacía volar papeles amarillos, azules y rojos, verdes y blancos. El sonido de la banda de guerra se acercaba y Andreína sentía el retumbar de los tambores en la banca. Todavía sus pies se retorcían como movidos por los hilos invisibles de un titiritero.



II


Durante esa Semana Santa, la arquidiócesis había programado la visita de la cruz por los pueblos de la zona de violencia que harían las veces de estación del vía crucis. De caserío en caserío, al paso de la caravana, los pobladores saludaban al crucifijo con redobles de tambores, juegos pirotécnicos y corredores de estudiantes luciendo el uniforme de gala. La cruz pasaba por los caminos veredales sobre una grúa y era seguida por una caravana de autos oficiales, camiones del ejército y busetas con curas y monjas. En algunos tramos de la carretera los hombres con pasamontañas se acercaban a la vera del camino y bajaban los fusiles en señal de respeto.
En la grúa, además de la cruz, viajaban los responsables de su cuidado: varios hombres debían velar porque nadie tocara el crucifijo —un capricho de monseñor— y por mantener bien atados los lazos que lo fijaban a la grúa. Cuando lo permitía la altura de las iglesias, los hombres se encargaban de desatar el gran Cristo y llevarlo desde el atrio hasta el altar. Uno de ellos era Tomás Franco quien, por encargo de la curia, había diseñado la enorme cruz de hierro. A pesar de que la Virgen de los Dolores era sólo la segunda estación, Tomás se sentía cansado cuando llegaron a la iglesia. Por los altoparlantes del atrio el cura anunció el arribo de la caravana e invitó a los pobladores a entonar el himno nacional. Para Tomás era otro pueblo igual al que habían dejado hacía una hora, las mismas callecitas empedradas, el mismo parque adornado con banderas y salpicado de palomas, las mismas voces, los mismos acordes de la banda. Alguna mujer suplicaría que le permitieran subirse a la grúa para tocar la cruz que creía milagrosa y pedirle por el alivio de su hijo enfermo, una matrona se arrodillaría ante la caravana, les lanzarían flores al pasar frente al comando de policía y el alcalde y su mujer, desde un balcón de la alcaldía, agitarían pañuelos.
En el altar dos monaguillos acompañaban al cura párroco y preparaban los incensarios. Los feligreses vieron en la fachada de la iglesia alzarse la cruz, mientras Tomás pensaba en la sonrisa con que Pablo lo había despedido. Creyó ver en ese gesto del muchacho un rastro de coquetería.
—Hasta el lunes —había dicho Pablo desde la acera. El viento hacía volar en remolino hojas y basuras y el muchacho se entretuvo observándolas.
—Te llamaré cuando regrese —respondió Tomás desde la grúa y buscó el lugar hacia donde Pablo estaba mirando. El remolino se desplazaba por la acera levantando lo que encontraba a su paso, al mismo tiempo que perdía fuerza para debilitarse por completo frente al portón de la casa cural. Los buses y automóviles de la caravana iniciaron la marcha y la grúa los siguió. Pablo miró a Tomás y le regaló una última sonrisa. A Tomás le pareció dolorosamente rápida, un pequeño gesto que, sin embargo, lo conmovió. Luego, Pablo caminó de espaldas a la caravana y Tomás vio con tristeza cómo se alejaba sin mirar atrás.
No hacía mucho tiempo que Tomás conocía a Pablo, pero desde entonces lo veía a diario. Luego de ir a cine, a un parque o al teatro, terminaban las noches en el apartamento de Tomás y escuchaban ópera. Las sesiones concluían de manera inevitable en Turandot de Puccini y, en especial, en el aria Nesum Dorma. Escuchaban varias versiones y habían concluido que la mejor interpretación era la de Pavarotti. Muchas veces Tomás le pidió a Pablo que se quedara a dormir, pero éste rechazó con cortesía la invitación. Nunca habían hablado de sus pasados. Pablo parecía solitario y evitaba hablar de sus afectos, prefería las conversaciones sobre música, arte o la vida de la universidad.
A Tomás lo sorprendía la sensibilidad de Pablo, su conocimiento de la música y que coincidieran a pesar de su diferencia de edades. Le sucedía con frecuencia que, al comenzar una relación con alguien más joven que él, llegara a sentirse muy lejos del otro, tan incomunicado que era como si hablara de un planeta a otro y fuera necesario esperar miles de años luz para escuchar una respuesta. Mientras tanto debía conformarse con una sensación de soledad que al despertar lo amarraba a la cama.
Entre Tomás y los cinco cargadores subieron la cruz por los escalones del atrio y Tomás recordó las palabras que entre ironía y broma le dijo Pablo un poco antes de la sonrisa de despedida:
—Reza mucho por nosotros, para que no nos toquen las llamas del infierno.
Recordaba todavía los ojos del muchacho que sonreían. Contó los días que faltaban para volver a casa y repasó las palabras que le diría, por fin, a Pablo. ¿Cómo sería su mirada? De nuevo pensó en las conversaciones que habían sostenido y se detuvo en su frase preferida:
—Yo, por amor, sería capaz de todo. Creo que las almas no tienen sexo, no son ni hombres ni mujeres y uno se enamora de las almas —dijo Pablo una noche, luego de varias copas de ron.

 

III


Desde la primera banca del templo, Andreína vio aparecer a Tomás cargando la cruz y, como no alcanzaba a distinguir a los demás hombres que soportaban el peso del resto del Cristo, le pareció que Tomás era muy fuerte. Comenzó a aplaudir y la siguieron los demás feligreses. El incienso llenó de humo el altar y las primeras bancas de la iglesia.
Andreína sintió que flotaba cuando por su lado pasó Tomás, inclinado, con la cruz a cuestas, y sin apartar su mirada de las baldosas ajedrezadas del piso. Andreína lo detalló cuando se sentó en los escalones del altar: notó sus manos delgadas, las uñas grandes, los brazos pecosos, y le gustaron el pañuelo blanco con que se limpió el sudor de la frente y las canas en las sienes. Lo observó durante la ceremonia de bendición del crucifijo y, cuando lo escuchó responder a las oraciones del cura con un amén a destiempo, soltó un gritico de sorpresa. La mujer sentada al lado de Andreína le pidió que hiciera silencio cuando llamó a Tomás con un silbido.
Tomás tampoco atendió a la ceremonia. Mientras el coro de las mujeres del pueblo entonaba el Cristo redentor, recordó cada uno de los detalles de la despedida, cada uno de los movimientos de Pablo. Repasó las palabras, interpretó mensajes secretos en los gestos. Lamentó no haber sido más directo, no haber hablado de lo que necesitaba hablar antes de salir de viaje. Pensó que una conversación franca le habría facilitado las cosas y que ahora no estaría haciendo conjeturas.
De pronto sintió que alguien en la iglesia lo observaba, esa extraña sensación que tenemos cuando alguien nos mira con insistencia, cuando alguien nos grita con la mirada. Tomás buscó entre las bancas la imagen que lo llamaba y encontró a Andreína que le sonreía. Vio sus encías sin dientes, el vestido de flores, el pelo recogido en dos trenzas despeinadas, sus ojos negros con arrugas en los contornos: una muñeca de trapo grande y árida. Vio cómo sus mejillas se coloreaban y cómo entrelazaba sus manos con nerviosismo y retorcía los pies como la caricatura de una enamorada. Entonces, con lástima y sin pensar, Tomás le regaló un guiño con los ojos, un gesto parecido a un saludo, a una señal de complicidad, insignificante, casi imperceptible.
Andreína se paró de un salto, se limpió en el vestido el sudor de las manos y gritó emocionada algo que sólo entendió Tomás Franco:
— ¡Me va a llevar, me va a llevar!
Y luego, entre las risas de los asistentes a la ceremonia y el enojo de monseñor que se preparaba para la elevación, corrió por la nave central del templo y se perdió entre la rechifla de los niños de la banda que esperaban sentados en las escalas del atrio la salida de la cruz. El lugar de Andreína en la iglesia fue ocupado por una anciana que tosió hasta el final de la misa. Tomás se ruborizó ante la reacción de Andreína y sintió lástima por ella.
Cuando la ceremonia concluyó, un grupo de niños del liceo llevó hasta el altar varias jaulas con palomas. A la señal del cura párroco, se abrieron las puertas de las jaulas. Las palomas volaron por la cúpula de la iglesia, entre los ángeles de Andreína. Alguna se posó sobre el altar, otras en los confesionarios, algunas con torpeza buscaron salida por los vitrales. Un rumor eufórico se confundió con los acordes de la banda que en el atrio comenzó a tocar. La cruz desfiló por el centro de la iglesia y una lluvia de flores la recibió al salir por la puerta principal.


IV


Más tarde, cuando los lazos estuvieron de nuevo anudados y los pobladores ofrecieron a la cruz cánticos y oraciones de despedida, la caravana comenzó su recorrido de salida por las calles del pueblo. Desde los balcones y ventanas, la gente gritaba vivas y aplaudía. Tomás Franco se recostó sobre las tablas de la plataforma de la grúa y cerró los ojos. Escuchó en su mente la voz adolorida de Pavarotti. Mientras la grúa avanzaba, Tomás imaginó la vida posible con Pablo, los detalles de una cotidianidad compartida, acompañada. Se descubrió soñando lo que serían cuando los años pasaran. Pensó que podrían viajar juntos, conocer a España, supo que la compañía de Pablo lo llenaría de anhelos. Hasta tal punto llegó en su ensoñación que llamó por un nombre al hostal donde se hospedarían: El Cantábrico y le diseñó unas escaleras angostas por donde Pablo y él subirían a la alcoba. Imaginó que, desde las ventanas del cuarto, verían La puerta del sol y, en uno de los costados de la plaza, El café de la suiza: las mesas tendidas con manteles a cuadros y las paredes adornadas con mosaicos de escenas madrileñas. Continuó diseñando detalles y le gustó la vida que su imaginación le ofrecía. Pero algo —tal vez las huellas de lo vivido— le recordaba otras decepciones, otros fracasos y entonces sentía miedo de esos pensamientos pesimistas que se asomaban como los hocicos tercos de las ratas bajo las puertas cerradas.
De pronto, una gritería diferente a los vivas y a la exclamación eufórica de la multitud llamó la atención de Tomás y, entonces, se incorporó. Por encima de los silbidos y gritos de reproche se escuchaba una voz afónica que con insistencia repetía:
—¡Me va a llevar, me va a llevar!
El grito era, además de una súplica, un alarido. Al verla salir entre la multitud, abriéndose paso con afán y torpeza, Tomás distinguió a Andreína. Se había cambiado el vestido de flores por un traje negro, los botines por zapatos de tacón. En cada uno de sus brazos cargaba un maletín también negro. Había deshecho las trenzas y el cabello suelto, ondulado, se extendía sobre su cabeza y hombros, como el velo de una novia. Por el camino empedrado, Andreína caminaba con dificultad y gritaba:
—¡Me va a llevar, él me va a llevar!
Como los tacones se atoraban en las zanjas, entre piedra y piedra, se descalzó. Al ver que la grúa se perdía al fondo de la calle y la dejaba, se detuvo y sintió el peso del equipaje. Miró a su alrededor buscando ayuda y vio los rostros burlones de la gente del pueblo que la observaba desde la acera. Desconsolada, rendida, dejó caer los maletines.
Lo último que vio Tomás Franco en la Virgen de los Dolores fue la imagen de Andreína con el equipaje a sus pies, los brazos caídos, desgonzados, y los zapatos de tacón un poco más atrás. A medida que la grúa doblaba la última esquina del pueblo, vio cómo la figura de Andreína se hacía cada vez más pequeña hasta convertirse en un punto negro en medio de la calle.


Luz Ofelia Jaramillo (Colombia)
Luz Ofelia Jaramillo es Comunicadora social y periodista. Ha publicado
los libros El caso Posadita: un crimen contado dos veces (Editorial U.P.B.,
2002) y Jazmines para un tumba (Fondo Editorial Eafit, 2003).


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