La cruzada de Santa Lucía

 

 

Claudia Ivonne Giraldo

 

 

A veces la invade la rabia, una rabia que le nubla los ojos y le hace temblar las manos y entonces no atina con nada; en la casa se vuelve un desastre, quebrando cosas, torpe y enojada... La mamá, desde la cama en donde la debilidad de su enfermedad la mantiene quieta e inútil, no entiende lo que le pasa Cómo va a entender si ella misma no entiende: sólo que necesita salir un rato le dice, porque se acabaron las cosas y hay que ir hasta la tienda para poder comprar con qué hacer la comida de hoy, el desayuno de mañana y el almuerzo, y entonces otra vez saldrá por la tarde a hacer las compras, como siempre, después de que ella ya se haya dormido por un rato...
Y cuando vuelve está más tranquila, su mamá le ve una luz como de iluminada; le ha dicho mucho al padre del barrio que su muchacha no es rara, que es que Dios la tiene para algo importante y que por eso no le hace caso a los muchachos que la buscan y que creen que es vanidosa y estirada; —no— le dice al padre—, Lucía es igualita a la Santa y si ella pretende mantenerse pura debe ser por un designio divino; mire cómo trabaja todo el día en ese almacén y cómo tiene la casa y cómo la cuida a ella... Que pobrecita, que apenas con veinte años y ya con tanta carga, sin quejarse, pero que últimamente se pone rara y sale y no vuelve como hasta las diez y le dice que va a la Iglesia... Deberá ser cierto porque vuelve como iluminada.
Después de eso que la empuja a la calle, esa rabia tan grande que le hace que vea todo oscuro, vuelve con las compras y prepara lo de mañana para que su mamá pueda pasar hasta que vuelva del trabajo, tanto trabajo Dios mío; y cuando se acuerda de eso, llora casi toda la noche, ¿cómo hace para olvidar? Entonces se levanta de su cama, muy callada y muy despacio, para no despertar a su mamá que duerme ya tranquila después de haber rezado por horas, muy cerca, en la otra cama al otro lado de la única pieza que tiene la casa; Lucía toma el librito de vidas de santos y abre en la página en donde se cuenta la historia de Santa Lucía:


Lucía, queridísima hermana, ¿por qué pides por intercesión de otra lo que tú misma, por la fe que tienes en Jesucristo, puedes obtener para tu madre? Y entonces la jovencita despertó de su sueño y encontró sana y restablecida a su madre, feliz por haber recobrado completamente la salud.


Pero por más que pide y pide, eso no pasa con su mamá que cada día se pone peor, más débil; una mamá que se va perdiendo en afanes religiosos que la acosan y que ella tiene que compartir... La vida de esa mujer de hace tanto tiempo la consuela, le hace pensar que también ella encontrará la paz después de su martirio, un martirio que se empeña en persistir toda la noche: esas manos, esos alientos acres, los botones de su blusa rotos, los gritos ahogados por unos dedos enormes, ella impotente, sin poder saber cuántos son, de quiénes son las voces, las risas y la nubla el espanto como si fuera ahora, allí mismo y se abraza las rodillas con fuerza, entonces vuelve a la rabia: los dientes apretados... Para calmarse no puede rezar como su mamá, ni creer, ni confiar; entonces retoma el libro:


De inmediato un piquete de hombres se adelantó hacia Lucía. Todos ellos, rudos soldados hechos a todas las tropelías y las violencias, se prometían gozar desenfrenadamente con aquel espléndido manjar. Pusieron sus manos encima de ella, pero aunque eran muchos y fortísimos, y los empujaba la lujuria y el orgullo, no pudieron mover el cuerpo de la muchacha un solo centímetro, porque de repente sus miembros se hicieron más pesados que todo lo pesado que hay sobre la tierra.


Ella se resistió, gimió, suplicó, trató de impedirlo con todas sus fuerzas, pero su cuerpo no se volvió pesado, más pesado que todo lo pesado, sino hasta después, cuando la dejaron al fin, tarde, muy tarde, y sola, muy sola, en ese solar al que la empujaron sin que nadie se pudiera dar cuenta, sin que nadie se compadeciera de su desgracia. Casi no pudo pararse y medio cubrirse con la blusa, subir de nuevo el bluyín, buscar abrigo en el saco de lana, afrentosamente rosado. Casi no puede llegar a la casa y en silencio atender a su mamá que estaba muy preocupada. Malamente puede balbucear una excusa de horas extras imprevistas y realización en el almacén. Luego lavarse en el baño de atrás, en el chorro de agua helada que no logra quitarle el asco y el espanto, condenada por siempre a no entender y a bañarse dos y tres veces al día, a vomitar a cada rato, cada vez que las imágenes y los gritos y las risas vuelven.
Ahora, en su cama, los miembros se ponen rígidos, la recorre un sudor implacable, un calor de rabia que no logra aplacar con agua, una rabia que está en las noches y en los días, que sólo amaina con la lectura de la vida de Santa Lucía y con las salidas ya al atardecer, en las que como una loca al principio, más precavida después, vuelve al lugar con la esperanza de encontrarlos, de reconocerlos, de seguirlos, de saber cómo eran, quiénes eran, con la mano empuñada, armada de la rabia más feroz, intensa y extraña, desconocida hasta ahora.
Su mamá se preocupa por esas malas noches, por esas tristezas tan largas, por su rápido adelgazamiento, que sin embargo no ha logrado disminuir esa belleza de la que todo el mundo habla y en la que ella no cree, porque la suciedad y la risa de los hombres como perros es lo único que logra ver de su cara, de su cuerpo en el espejo.
Sin embargo, le cuenta la madre de Lucía al padre del barrio que llega siempre a llevarle la comunión y a acompañarla un rato, hace unos dos días que Lucía está más contenta, —hasta la oí cantar pasito allá en la poceta del patio cuando lavaba la ropa— Y cree firmemente que Santa Lucía está ayudando a su hija a salir de esa melancolía y de los malos sueños que la despiertan con un grito desgarrado con el que la llama y ella le dice como cuando era chiquita,-chiss, chiss, mi amor, que ya pasó todo.
Lucía viene contenta, desde hace unos días, es cierto, porque encontró la pista, la siguió y dio con ellos. La noche la emplea, rígidos los miembros, cerradas las manos en puño, apretados los dientes, en pensar y planear; repasar, sopesar... leer:
—A los siervos de Dios no les pueden faltar las palabras, que no son ellos los que hablan, sino el Espíritu Santo el que habla en ellos, dice Lucía—.
—¿Y crees que el espíritu Santo está en ti y que es él quien te inspira lo que haces?— Le pregunta con sorna el prefecto—.

Esa noche pudo dormir tranquila; al otro día, viernes, estrenó vestido, se puso realmente linda, cambió de peinado, se maquilló y después de hacer todo como de costumbre, dándole un beso largo a la mamá, salió apurada para su trabajo; no regresó temprano. Pero regresó contenta. —Quizás un amor— pregunta el padre—, No padre, cómo se le ocurre—, responde Lucía— y el padre ve con verdadero asombro que sí, que Lucía está rodeada últimamente por una luz que parece salirle de adentro.
Ese viernes fue uno; fue despacio, con engaños, sin que la reconociera; el otro viernes fue el otro, y el último viernes, el que faltaba. Una invitación de esa mujer tan linda no era cosa de todos los días. Un aguardiente gratis tampoco y luego el mareo y luego el horror, el grito ahogado por unos dedos delgados pero fuertes, y esa parálisis tan rara, que no los deja mover, ni repeler el ataque, la lentitud del martirio: lo primero son los ojos que la vieron y no se conmovieron:
...y ante la vista de todos, su rostro se inundó de sangre y sus ojos rodaron hasta el piso y se confundieron entre el polvo.
Lo segundo, la lengua, que se entrometió donde no debía:
La conmoción de la muchedumbre fue enorme; en muchos de aquellos paganos se exacerbó el odio, pero en otros, nació la piedad.
Lo tercero, las manos, que la tocaron sin permiso... y de allí en adelante, ella no tiene piedad.
Y entonces la rabia cedía; el cuerpo iba ágil por la calle, rápido a casa, alegre como antes, curada, sanada... riéndose de a poquitos... pensando en un vestido nuevo que iba a comprarle a su mamá, mañana, mañana...


www.odradekelcuento.com

Anterior | Siguiente