Cuentos cortos

 

 

Harold Kremer


 

Binoculares

Desde que doña Mélida se declaró a sí misma impedida, los binoculares cumplieron en su vida una función de complemento, de agregarle algo a su pobre existencia de mujer anclada en el balcón de la casa.
Desde allí vio a su yerno andar en amores con la Claudia del consultorio odontológico, y así se lo hizo saber a su hija.
Desde allí vio el asalto al Banco Ganadero cometido por cuatro hombres, luego detenidos por la policía.
Y vio a don Martín en la sala de masajes Dulce piel con la sinvergüenza de la Lola, cosa que le costó el matrimonio.
Y también avisó a la policía cuando varios forasteros en el pueblo se movían por la plaza en actitud sospechosa y al ser detenidos se descubrió que eran los que extorsionaban al comerciante don Tito.
Era tan popular doña Mélida que muchos la saludaban, desde la distancia, levantando la mano o sonriendo para que ella los viera.
Entonces el alcalde y la policía decidieron exaltarla como Ciudadana Ejemplar, y cuando llegaron a su casa para entregarle el pergamino, doña Mélida recién bañada y arreglada con su mejor vestido para la ceremonia oficial, vio la bala que se introdujo por los binoculares, atravesó su ojo derecho, salió por la parte de atrás de la cabeza y se incrustó en la pared de bahareque recién pintada para la ocasión.

 

Cambie su vida

Entra a la casa, prende la luz e inmediatamente aplausos sonoros retumban en la sala. Esa no es su sala, no son sus muebles y hay gente extraña, pero el animador le dice, No está equivocado, esta es su casa querido amigo y está participando en el exitoso programa Cambie su vida, y... ¡sigue el concurso! El coordinador prende la luz de Aplausos y suenan los aplausos. Hay un corte para comerciales y aparecen tres maquilladores y el coordinador que lo lleva a un sillón y le pregunta, Conoce las reglas del concurso, y sin esperar la respuesta se marcha, y las maquilladoras le echan polvos en la cara, le arreglan la camisa, la corbata, le echan un líquido con aerosol en el pelo, lo peinan, le dicen cómo sentarse mientras se oye la voz del coordinador diciendo, Silencio, 5, 4, 3..., y prende la luz de Aplausos, y aplausos, y la cámara en un plano medio muestra al animador hablando, señalando los premios y anunciando nuevas sorpresas. ¡Y entran las mujeres!, grita señalando con la mano, y aparecen tres mujeres con vestidos ceñidos de colores amarillo, azul y rojo, y se prende el anuncio de Aplausos, y suenan los aplausos, y el animador dice con voz grave y bien vocalizada, Primera pregunta, cambiaría a su mujer por una nueva, tiene treinta segundos para responder. El hombre las observa, mira al presentador, al técnico de cámaras, al público que empieza a gritar, sí, sí, sí, y dice, Sí, y aplausos sin necesidad esta vez de prender el anuncio. Muy bien, dice el presentador, recuerde que si coinciden en dos respuestas son ganadores del premio mayor. Y vamos a la segunda, Cuál mujer escogería usted, y el público susurra, pero el presentador y el coordinador piden silencio y el hombre cierra los ojos y grita emocionado, Amarillo, y la mujer da un paso adelante y el anuncio de Aplausos se prende, y resuenan los aplausos. Tiene buen gusto, picarón, dice el presentador haciendo girar a la mujer para que la cámara la registre, Medidas perfectas, dice mientras suena la música del programa y se anuncian comerciales. El coordinador dice, Dos minutos, y entran las maquilladoras a secarle el sudor, echarle más polvos y peinarlo con un cepillo que le aplasta el rebelde mechón que tiende a caerle sobre la frente. Suena la música otra vez y el animador dice, Tercera pregunta, viviría con la señorita del vestido amarillo. El público calla, todos lo miran, la mujer sonríe, el hombre se rasca el mentón, mira al público, se agarra de los brazos del sillón y dice, Sí, y aplausos que se confunden con la música del programa. Muy bien, dice el presentador, miremos por vía satelital las respuestas de Myriam, su esposa. Se prende el monitor gigante y aparece la mujer en otro estudio. Al fondo se observa a tres caballeros vestidos de amarillo, azul y rojo. El otro animador repite las preguntas y, La primera respuesta es... No. No se preocupe, dice el presentador de este lado, todavía quedan dos respuestas, La segunda es... No, dice el presentador desde el monitor. El público de este lado protesta y el presentador recuerda que hay premios de consolación, y la tercera respuesta es... No. Es una lástima, dice el presentador, pero aquí tenemos una bella canasta con productos de nuestro patrocinador. Se prende el anuncio de Aplausos, y suenan los aplausos mientras el hombre sonríe al lado del presentador, quién anuncia premios acumulados para el próximo programa. Se apagan las luces, el público sale y los obreros desmontan el estudio.
El hombre se sienta agotado y deja a un lado la canasta. Tocan a la puerta, abre y Myriam lo saluda, sonriendo. Entra con otra canasta similar, observa la de su esposo y exclama, Son dos, las lleva hasta la mesa del comedor, les quita el papelillo y empieza a acomodar en el ceibó los enlatados, cremas, champúes, frutas y dos paquetes de pañales desechables.

 

La casa

—Otra vez aquí —dijo la abuela—. Ven.
Cada vez que soñaba la abuela me llevaba por la casa, señalaba las puertas de los cuartos y decía:
—Aquí vive tu bisabuelo, aquí tu hermano José, aquí Salvico, aquí... Y así, en cada sueño, la casa crecía con los cuartos de mis antepasados.
Alguna vez pregunté por uno de los nombres y la abuela me dijo:
—Es el bisabuelo de tu abuelo.
Esta noche recorrimos la casa entera, repasamos los nombres y llegamos a un cuarto nuevo. Miré a la abuela. Me dijo:
—Este es tu cuarto.


El combate

Fue en la guerra de los Mil Días. Raúl Sánchez, con una bala en el estómago, caminó durante tres días y tres noches. Se arrastró por montes y selvas hasta llegar a Buga. Entró a su casa, besó a su madre, a sus hermanas y se desmayó. A los dos días despertó. Vio a sus compañeros de guerra y preguntó por su madre y sus hermanas. Nadie le respondió. Preguntó por qué estaba allí en el campo de batalla. Le respondieron la verdad: iba a morir. Le dieron un calmante y volvió a dormir. Al despertar se encontró en su casa. Preguntó por sus compañeros. “Cuando ibas a partir a la guerra caíste enfermo”, le dijo su madre. Raúl cerró los ojos y murió.

 

Conejitos

¿Y no era normal que doña María, después de la muerte de su esposo, se consiguiera una mascota y que con su temperamento soñador eligiera una pareja de conejitos? ¿Y no era normal que con su espíritu libertario los dejara correr por la casa y que los conejitos, como lo manda natura, se reprodujeran? ¿Y no era normal que al cabo de dos años la casa estuviera invadida de conejitos y que los vecinos, tan pobres como ella, decidieran cazarlos para suplir la falta de proteínas? ¿Y no era normal, señor juez, que tras la invasión nocturna del señor Julián Jiménez, doña María disparara sin intención de matar con la escopeta que heredó de su marido y se produjera el lamentable accidente que le voló la cabeza?

 

Los confusos

El monarca de aquel país, para perpetuarse en el poder, se propuso crear una escuela de la confusión.
—De ahora en adelante —explicó a sus ministros— vamos a cambiar el significado de las palabras. A la noche la llamaremos guayaba, a la golondrina la llamaremos mar, al toro lo llamaremos piedra, al rey lo llamaremos gafas y así hasta completar un nuevo idioma.
Los ministros se pusieron a trabajar y crearon, al cabo del tiempo, un diccionario nuevo.
Todos los niños fueron obligados a prepararse en la nueva escuela.
Cuando estuvo lista la primera generación el rey construyó una nueva ciudad y envío allí a hombres y mujeres.
Con el tiempo, las siguientes generaciones confusas declararon la guerra. Sus ejércitos se tomaron la ciudad, entraron a palacio y pusieron pres o al rey. El jefe dijo:
—Gafas, por principio te basamos en el plato torcido. ¡Te disfrazamos el ajedrez por tus colas del caucho!
Al escuchar a su jefe, los hombres confusos llevaron al rey a la plaza y lo decapitaron.

 

La huida

Leonelia Arana se sentó en uno de los asientos del corredor que daba al patio.
Eran las cinco de la mañana y ya era hora de que prendiera el carbón para preparar las arepas, pero siguió sentada mirando sobre el palo de mango la llegada del amanecer. Tampoco preparó el chocolate. Cuando su marido y sus hijos despertaron les dijo que estaba enferma y que comieran cualquier cosa en la calle. Y siguió mirando el palo de mango. Le preguntaron que sucedía y no contestó. Le ofrecieron una aspirina y no la aceptó. A las siete, cansados de preguntarle, se marcharon al trabajo.
Sólo cuando estuvo segura de que partieron Leonelia se levantó, se vistió, hizo una pequeña maleta, cerró la casa, tiró la llave a la basura y fue a la estación.
Allí se subió al primer tren que pasó y nunca más volvieron a saber de ella.

 

El leopardo

Parado en la ventana, tras la cortina, observaba jugar a Pedro, Camilo y Fercho. Los miraba escondido porque se burlaban de mí. “Eres un mariquita”, decían. Con el tiempo supe que no los necesitaba. Tenía conmigo al leopardo. Dormía a mi lado y cuando mamá entraba al cuarto decía que olía a porquería. Mi leopardo desaparecía y volvía en las noches. Lo alimentaba con pollos y carne que robaba del refrigerador. Papá empezó a quejarse por la desaparición de la comida pero mi leopardo crecía y necesitaba alimentarse. Mamá no volvió a surtir la nevera y una noche apenas pude darle papas y tomates. El leopardo se ponía de mal humor y no me dejaba dormir. “Anoche escuché ruidos en tu cuarto”, dijo un día papá acariciando mi cabeza. Desde mis ojos el leopardo lo miraba. “De ahora en adelante vamos a comer en la calle, jovencito”, dijo oliéndose la mano. “Y lávate bien la cabeza”.
El leopardo llevaba dos días sin comer y se paseaba por mi cuarto como si estuviera enjaulado. Quise hacer mis tareas y encontré la gorra que le había robado a Pedro. Se la acerqué, la olió y me miró. Le abrí la ventana y salió.
Así fueron desapareciendo mis amigos. La policía cree que el asesino es un hombre comeniños. Cuando se enteren de todo y vengan a mi cuarto cerraré los ojos y dejaré que los ataque.

 

 

Harold Kremer (Colombia)

Ha publicado La noche más larga (cuentos, 1984) y Rumor de mar (cuentos, 1989)

 


“El cuento es algo así como una gota de agua vista con una lupa, y por lo tanto en ella está el universo entero”.

H. A. Murena


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