Desnuda

 

 

Rodrigo Mora


 

Salí de mi casa y el viento helado de una mañana de octubre tensó todos los músculos de mi cara de ocho años. Todavía mordis­queaba una galleta salada, de las del desayuno que nos había servido mamá. Roía los bordes con movimientos cortos y rápidos y luego dejaba que saliva y harina de galleta formaran una masa viscosa dentro de mi boca. Jugaba a formar pelotas con la lengua hasta que la masa se desintegraba y bajaba por mi garganta.
El viento. Siempre le había tenido miedo al viento. Aquella mañana el viento se quería hacer sentir. Las diminutas hojas de los chiminangos aleteaban rabiosamente y una de las ventanas de la casa de los Varela se cerró tan fuerte, que tres vidrios se hicieron añicos y todas esas esquirlas refulgentes cayeron en su propia sala. Esta vez no había sido nuestro balón de fútbol. Sonreí. A mí no me gustaba mucho esa gente.
El estruendo de la ventana rota había detenido el partido que jugaban mis amigos un poco más abajo, al final de nuestra calle. Una calle estrecha. Mitad plana, mitad empinada.
Llegué hasta allí sin hablar. La última bola de galleta apenas comenzaba a desintegrarse bajo mi lengua.
Wilmer, un blancuzco cabezón, más alto que yo, frente ancha, cabello medio rojizo, labios regordetes, ojos brotados y sonrisa de tarado sostenía el balón entre sus manos. Estaba atónito. Wilmer era un Varela. Wilmer tenía un nombre muy sajón, decía su madre. Ella también tenía sonrisa de tarada. Wilmer corrió a su casa al escuchar el alarido de su madre que aún estaba en la cocina, imaginé. Por una gracia divina logré arrebatarle el balón antes de que saliera de nuestro alcance. Wilmer era el dueño, pero ahora debía ir a casa. Lástima.
Pateé el balón. La bola de cuero rodó sobre el asfalto y el partido comenzó de nuevo. Así, sin hablar una sola palabra del asunto. Por momentos parecía que el viento fuese a arrancar los tejados de eternit de todas nuestras casas.
Nuestros gritos subían por la calle. El aire se hacía más helado. Las madres aseguraban puertas y ventanas. Cientos de golondrinas diminutas se acicalaban, chillaban, revoloteaban, se apretujaban sobre los cables de alta tensión. A lo lejos, del otro lado del río, se veía cómo la niebla densa cubría gran parte de los barrios encaramados en la montaña.
Me gustaba ver golondrinas en las mañanas frías. Ninguno de nosotros había atrapado alguna, a pesar de la bandada que desde siempre visitaba aquel barrio de calles empinadas, tejados rojos y casas apiñadas. Un barrio repleto de niños revoltosos.
Todos los días de nuestra vida jugábamos fútbol. Hubiese o no hubiese clases en la escuela. En la escuela también jugábamos, como unos demonios. No nos interesaban mucho las niñas, salvo para lanzarles la bola empantanada cuando llegábamos de un cotejo jugado bajo la lluvia, en la cancha de tierra negra que había detrás de la fábrica de estufas. Ellas eran demasiado flacas y siempre estaban tratando de ponerlo todo en orden. Si nuestro balón rompía una ventana volábamos a otra calle o al fondo de la barranca, junto al muro de la fábrica quizá a los matorrales, detrás de la cuadra. Cuando volvíamos, una de las niñas ya había abierto la boquita. A quien había pateado, padre o madre le zumbaban una pela escandalosa. Los padres siempre tenían una buena forma de cobrar los tres billetes que habían pagado por una vidriera rota o un rosal despedazado.
Aquellas mañana, mientras corría detrás de un balón hechizante, mientras inventaba gambetas y recibía patadas inclementes en los tobillos, no sabía que las niñas entrarían para siempre dentro de mi cabeza. Como un eterno designio; como la maldición de una gitana enloquecida.
Perro bajó corriendo por la cuesta sin dejar de gritar. No lográbamos comprender sus alaridos. Recostó su lánguido cuerpo contra la reja de hierro que protegía el jardín de la señora que nos odiaba como nadie en toda la galaxia. Perro venía de la verdulería, por eso traía entre sus manos una yuca enorme, envuelta a medias en hojas de periódico. La primera plana de un tabloide amarillista, quizá. Jadeaba y sus ojos tenían la viva expresión de haber visto algo alucinante. Cuando pudo balbucear algunas palabras inteligibles, esta fueron suficientes para que saliéramos disparados del callejón, nadie quería llegar de último hasta el parque.
Cruzamos la avenida casi sin mirar, atravesamos sin rasguños la alambrada de púas y trepamos el repecho cubierto de tréboles hasta llegar a la explanada. Allí, bajo los chiminangos azotados por el viento, la visión de una mujer blanca, impecablemente desnuda y de ojos tristes, acabó con el poco aire que todavía quedaba en mis pulmones. Sólo en ese momento comprendí el terror y la fascinación que marcaban el rostro de Perro cuando fue a llamarnos. Nos unimos a una multitud compuesta por vagos de barrio, señoras aterradas, niños y niñas para contemplar el espectáculo que la demencia había llevado a nuestras calles aquella mañana helada. Vivir cerca del manicomio siempre nos había asegurado una que otra jornada jubilosa. Los fugados llegaban a nuestro barrio y allí, en un acto majestuoso, dejaban toda su felicidad, toda su rabia, toda su angustia, todas sus risotadas, todas sus miradas amenazantes. Los fugados fueron quienes nos mostraron el camino verdadero. Ellos sabían que éramos su público.
La mujer desnuda soltaba insultos y luego sonreía con ternura. Trepé hasta las ramas medias de un carbonero. Ella correteaba tras los niños que se le acercaban por la espalda y le chuzaban la nalga con un palo de escoba. Tiraba piedras a los balcones repletos de mujeres despelucadas. Después de nuestro balón de fútbol, los locos lo hacían bien destrozando ventanales. Parapetado en una rama me la pasé mirando. Mis ojos no se apartaron de sus labios suaves, de sus pezoncitos rosados y endurecidos por el viento frío. Del vello rubio enmarañado entre sus piernas. Aquella fue la única vez que no me uní a la multitud para reír como idiota de las monerías de un fugado.
Un jeep descapotado salió desde el cuartel de policía, subió por la avenida y se estacionó a unos cuantos metros del poste del alumbrado público, donde la mujer estaba recostada. Dos policías bajaron del campero. Ella, al verlos, comenzó a caminar con elegancia por la acera. Llevaba las manos en la cintura, entornaba los ojos y sus labios hacían una mueca de lascivia. Ellos se acercaron. Ella sonreía y ellos sonreían. Las ramas del carbonero donde yo estaba trepado se balanceaban. Ella se detuvo. Uno de los policías volvió al jeep, sacó una cobija negra y polvorienta de debajo del asiento del copiloto y corrió hasta unirse de nuevo a su compañero. Luego, se acercó a la mujer y la cubrió suavemente con la manta. Ella la abrazó como las mujeres abrazan su abrigo de visón. Los tres subieron a la patrulla. Ella se acomodó en medio de los dos. Estaba sonriente y nos dijo adiós con la mano. Desde el árbol vi cómo el jeep cruzó la entrada del cuartel donde quinientos hombres se entrenaban para lidiar las calles.
En la tarde, la escuela fue más estúpida que nunca.

 

 

Rodrigo Mora (Colombia).
Autor del libro de relatos cortos Blues.

 

 

 

La diferencia entre una novela y un cuento corto es que éste tiene personajes que no cambian; la ficción corta nos muestra una situación y luego alguien tiene algún tipo de revelación o toma de conciencia. Esa es la forma clásica de un cuento corto. En cambio, las novelas son un viaje largo, como la vuelta al mundo en 80 días.

Susan Sontang



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