Retreta

Olga Echavarría



El bramido triste y destemplado de las tubas espantaba los corri­llos en la plaza. Era domingo y los turistas, junto con otras personas del pueblo, se acercaban a la tarima de piedra que alguna vez fue una picota y ahora era el escenario de las bandas, para apreciar el concurso. Mi espalda magullada resistía mal el peso del saxofón, lo levanté cuanto pude para tratar de aliviarla pero esto sólo aumentó el dolor. No podíamos sentarnos. Entonábamos bambucos, de pie en la tarima, lidiando con el viento frío y los tiempos y escalas imposibles de ese ritmo. Los niños de la percusión habían llora­do cada compás por los gritos impacientes del maestro. Clara se encontraba en el centro del escenario como una reina en su trono. Los asistentes la observaban con reverencia y asombro. El sonido de su instrumento se remontaba como elevado en hombros por los acordes modestos de los demás instrumentos. Por algo era la que llevaba la melodía: el Clarinete Primero.
La casa vieja donde ensayábamos se encuentra intacta. De niña corrí en estos patios adornados por fuentes polvorientas y manchas de moho. Las escaleras, que en esos años crujían como si fueran a desplomarse, tienen las mismas grietas, los mismos remiendos. Los escombros asoman por las ventanas del antiguo cuarto de estudio y en la sala del lado, donde Vladimir reparaba y pulía los instrumen­tos, hay una oficina desordenada. El salón principal aún conserva algunos de nuestros nombres tallados en la pared y los taburetes de cuero que nos sirvieron de asiento arrumados en un rincón. Sacudo el portón de la casa que en otros tiempos se hallaba siempre abierto y que ahora está clausurado. La madera polvorienta y los candados rojos de óxido así lo demuestran. Por aquel portón entramos Clara y yo, en nuestros uniformes de escuela, a nuestra primera clase de música. Nos sentamos al lado de un piano desdentado para esperar a Vladimir. Recuerdo que pensé, mirando los zapatos descoloridos de Clara, que nuestro origen podría acercarnos; pensé que seríamos las mejores amigas, que nos haríamos guiños y conversaríamos en los entretelones, pero ella me ignoraba de una manera violenta y cuando me miraba lo hacía de un modo vacío o molesto, como si al verme se mirara en un espejo sucio que deformara su imagen. Rara vez me dirigía la palabra y más bien aprovechaba toda ocasión para mortificarme.
Después de unas semanas Vladimir consideró que era el mo­mento de dejar la flauta dulce y tomar otro instrumento. Yo insistí en iniciar de inmediato el estudio del saxofón tenor, entonces Clara me miró con desprecio, "eso hace todo facilista", dijo, "se va por lo más simple: los bronces". Vladimir estuvo de acuerdo, quiso disuadirme de tomar los saxofones tan pronto: "Nunca aprende­rás clarinete, ese es el instrumento para comenzar, si quieres ser una buena saxofonista". Y tenía razón, siempre lamenté no haber escuchado su consejo. Con el tiempo mi ejecución se hizo torpe, mientras que el estudio del clarinete produjo un cambio notable en la de Clara. Sus dedos se alargaron y adquirieron delicadeza y fluidez. Las chicas de la banda envidiábamos la fuerza y duración de su aliento, la manera como regulaba el aire que expulsaba para hacerlo pasar a través de ese tubo de madera con la claridad de una voz cantante, como si se tratara de una prolongación de su boca. Tan pronto como acercaba el clarinete a sus labios éste se sumaba a su figura, se hacía parte de su cuerpo.
Al poco tiempo tomó las partituras del clarinete primero. Algunas madres venían a vernos ensayar y se codeaban cuando interpretaba un solo: "Esta señorita va a ser una directora como Vladimir", decían, a veces añadían: "va a ser músico, será famosa". Ella se regodeaba en su pedestal, al centro y al frente de la banda, la rodeaba su séquito de Clarinetes Segundo y Tercero. Yo me sentaba más atrás, entre el trombón y el corno francés, y no hacía ningún caso de los murmullos de los mirones, más bien me deleitaba en sacar, a golpes de aire caliente, la voz ronca de mi saxo tenor. En los ensayos, Vladimir se paraba a mi lado y miraba la partitura, luego señalaba con su mano delicada los giros y compases que apreciaba más débiles o problemáticos; a menudo fruncía el ceño observando con cuidado mi digitación y luego decía, alejándose con paso marcial hacia las tubas: "Aceptable", entonces Clara volteaba a mirarme con una sonrisa de burla.
El mueble donde guardábamos los instrumentos ha desaparecido, sin embargo, la pared parece aguardarlo. La atmósfera de la casa era otra en mi infancia. Antes de partir al encuentro de bandas hicimos una fiesta con nuestras familias en el patio de atrás, donde comienza el zaguán que conduce a la pequeña puerta de servicio, que es ahora la entrada principal. Clara se mantenía aparte con sus amigas: Cla­rinetes Segundo y Tercero, todas niñas menores que ella. Mi padre, que se oponía al viaje, acabó aceptando con un gruñido, sosteniendo un trozo de carne en una mano y una cerveza en la otra. Me sentí complacida al pensar que mi presencia era importante, el saxo tenor destacaría al fin entre los instrumentos de acompañamiento.
Vladimir había programado un toque de quince minutos pero, allí, en la tarima, el cansancio y la incomodidad me hacían temer mi solo, tan repasado, tan trabajado y sufrido. El frío de las baldosas del colegio donde nos alojaron y el viento helado, que se filtraba debajo de la puerta, se habían quedado en mis huesos, pero resolví ignorar aquellas molestias. Los chicos de las otras bandas comenzaban a lle­gar al parque, se ubicaban entre el público o se alistaban alrededor de sus maestros. Vladimir se veía disgustado pero trataba de disimular con una sonrisa ceremonial para sus invitados. Desde la noche en que ese hombre cargado de arandelas de oro se presentó al ensayo todo había mejorado para él: donaciones, conciertos privados, re­laciones con gente de sociedad. Los niños de la banda recibíamos algún dinero, lo que hacía muy felices a nuestros padres, pero ahora las exigencias de Vladimir eran mayores, así como la dificultad del repertorio. Fue una sorpresa para mí recibir al fin papeles de saxo tenor en vez de los del trombón o los cornos, como era costumbre. Al examinarlos descubrí los compases terribles y balbuceé:
"Pero…, a mí nunca me ha tocado un solo". Vladimir me miró ceñudo, "Pues ya era hora, hay que avanzar".
Clara miraba la escena con sorpresa, ella era quien tomaba siempre los papeles más difíciles, aquellas piezas que le permitie­ran lucirse y se creía con derecho a elegir, a tomar y a excluir a su antojo. El maestro la consentía pues, sin duda, era su alumna más aventajada. Los demás niños, no sólo más nuevos en la música sino más recientes en el mundo, la obedecían con mayor reverencia que al mismo Vladimir. Apenas tuvo la oportunidad me arrebató los papeles, los examinó con cuidado y me los devolvió con una sonrisa satisfecha, estaba segura de que nunca lograría tocar semejantes escalas.
Si Vladimir viviera y me viera ahora recorrer esta casa, me segui­ría con su cantaleta: "La música no se puede dejar", haría su ademán de director, "ella es la que lo deja a uno si uno se deja". Mi rutina de trajines y largas jornadas en la oficina me han hecho olvidar la dicha de los ensayos y las presentaciones que planeamos en estas mismas salas que debo abandonar para regresar a la ciudad. Los niños de entonces hemos crecido y cambiado. Muy pocos se han dedicado a la música. Víctor, el antiguo flauta traversa, es profesor de música y las hermanas González aún cantan las misas y tocan porros en sus clarinetes "Segundos". Las fotos de los reencuentros de los antiguos miembros de la banda se hallan alineadas en la pared en orden cronológico, en todos ellos hay una sola ausente: Clara. Recuerdo, y el recuerdo es como una masa informe que me crece por dentro, la ruptura definitiva de nuestra amistad fallida.
Se produjo en el caserío, cerca de la desembocadura del río San Juan, donde nos detuvimos de camino para el concurso de bandas. Vladimir nos pastoreaba desde su mesa en compañía de algunos hombres cuyo tamaño y vigor aumentaban con sus sombreros, sus relojes y sus bordones. Ya estaban allí un par de bandas de otros pueblos, los muchachos mariposeaban alrededor de Clara y forma­ron con ella un grupo compacto al cual los demás sabíamos que nos sería imposible entrar. Ella se acercó a la mesa que compartía con mis amigos y trató de arrebatarme el menú. Fue un mal momento. El estudio de la pieza que incluía mi solo me había quitado el apetito y el sueño. Tras pasar las dos últimas semanas encerrada en el cuarto de estudio de la casa, apenas había conseguido dominar las escalas, así que mi habitual cobardía se había escurrido por los goznes de mi saxofón; me encontraba poseída por el deseo de mejorar mi ejecución de esa pieza, tras escucharla muchas veces, con la cabeza apoyada en el cuello curvo de mi instrumento. La voz de Clara me sonaba a martilleo de metrónomo, a la mano del maestro golpeando mi atril con impaciencia. Sentí rabia y retuve el papel grasiento, de bordes agrietados, tan fuerte como pude. Ella me sostuvo la mirada y dijo roja de ira: "Dámelo". Los niños nos rodearon, podía sentir sus pequeños corazones palpitando de ansiedad, felices al compro­bar que mi continuo agachar la cabeza era sólo una antesala a este momento. "No", respondí y el sonido de mis palabras era extraño hasta para mis propios oídos. Al notar su alarma y la vergüenza que se dibujaba en sus ojos aproveché que los chicos de la otra banda, sus admiradores y pretendientes, nos miraban y le ladré en la cara un montón de palabras insultantes: "¡Morcillera!", le gritaba ante el asombro de los niños y del propio Vladimir que se acercó pidiendo que no lo avergonzáramos frente a sus amigos. La furia y la sorpresa de Clara la dejaron muda pero pude advertir en su silencio y en sus lágrimas una amenaza mayor que la que todas las malas palabras juntas podrían haberme deparado. La referencia al oficio de su familia que sólo sabíamos los mayores, la ofendía y la humillaba. No era posible ocultar por mucho tiempo estas cosas en mi pueblo donde todos nos conocíamos y donde todos, por algún cabo, terminábamos unidos en una larga trama de parentela mal avenida. Unas horas después, en la caravana de buses camino a la sede del concurso recobré el dominio de mí misma y me tranquilicé, no sabía de la venganza de Clara y sus amigas.
Llegamos a un pueblo de calles empedradas y casitas chatas con paredes blancas de bareque y tejas de barro. Nuestro alojamiento era un colegio de religiosas, un edificio antiguo de zaguanes oscuros y techos altos. El viento frío silbaba y hacía remolinos en los rincones.
Tres monjitas pálidas de rostros adustos nos cuidarían durante la noche. Con sus frases cortantes nos extendieron las colchonetas y las cobijas gruesas de lana. Ellas dormirían en el primer piso, en la enfermería, mientras nosotras pasaríamos la noche en el segundo piso, donde estaban las aulas. Apenas la última de las religiosas se despidió apagando las luces, Clara y sus amigas cayeron sobre mí arrebatándome las cobijas. No luché, sabía que era inútil y asumí que en caso de golpearme no sería muy grave: Vladimir se pon­dría furioso, las expulsaría y para Clara la banda, la música, eran muy importantes. Las pequeñas Clarinetes Segundo y Tercero se aplacaron, no era divertido violentar a quien no mostraba enojo ni temor. Su silencio me turbaba, tal vez Clara temiera que las monjitas oyeran pero esto no era probable, la planta baja estaba retirada y aislada por grandes salones, zaguanes y el continuo rumor del viento. Los demás niños gritaban y aplaudían entusiasmados, una pelea era perfecta para completar las horas de libertad lejos de sus padres. Clara los amedrentó con un par de frases y ellos callaron. Los detalles mínimos de aquella noche se me escapan, cómo fui conducida a aquel salón enorme, donde una imagen de la Virgen sonreía dulcemente ante el asalto, ya no lo recuerdo; lo que sí tengo presente aún es el frío que clavaba agujas en mi piel, las sillas endurecidas por el frío, el dolor de mis costados después de unas horas en cada posición,mi vagar por los salones y corredores, pues no me atrevía a acercarme a la enfermería para pedir que me permitieran entrar de nuevo al salón donde dormían los demás. Al día siguiente la puerta del salón se abrió dócilmente, las monjas ya subían las escaleras con sus rosarios para hacernos rezar un ángelus antes de arreglarnos para asistir a la retreta.
Al llegar a la plaza, con nuestros estuches y atriles, Clara y yo éramos otras. Con el rostro pálido por la tristeza y el cansancio de una noche de insomnio, nos ubicamos en nuestros lugares te­miendo que una palabra o una frase agrietaran aún más nuestra rota fraternidad. La tensión en el grupo era evidente. Aún no lo sabíamos, pero algo se había roto para siempre entre nosotros. La primera muestra de ello fue que, a pesar de las amenazas de Clara, alguno de los niños le hizo saber al maestro lo ocurrido la noche anterior. Era la primera vez que su poder sufría una mella y esto acabó de consumir su fulgor de celebridad y menguar su altivez. Al subir a la tarima y ponerse frente al grupo, Vladimir nos dirigió a ambas una mirada amonestadora y severa. Con la boca apretada por el disgusto nos recordó el repertorio y las posiciones, arregló un par de corbatas, corrigió la disposición del grupo y consideró que el saxo tenor debería ubicarse antes del corno francés, para que se destacara el solo. La banda comenzó a tocar el primer bambuco, los saltos y giros de las notas, tan repasados y sufridos comenzaron a llenar el ambiente. Advertí que el muchacho del corno me codeaba y que la chica de la tuba, detrás de mí, me tocaba la espalda. Enton­ces comprendí que me hallaba inmóvil en medio del grupo y que Vladimir iba a sacarme de la tarima. La reacción fue instantánea. De alguna manera mis ojos ubicaron los compases que sonaban, los dedos acudieron a los botones y comenzaron a moverse de manera mecánica. Mi mente dejó de repetir, como otras veces, el nombre de la nota en el pentagrama o la duración del silencio, ya no me anticipaba a las semicorcheas, no tropezaba en las octavas, ni se me ponían rígidos los meñiques. Recorrí aquella primera pieza de la retreta como si se tratara de un camino viejo y yo conociera todos sus obstáculos y recovecos; la incomodidad y el dolor se escurrieron de mis manos, mis dedos relajados se deslizaban de manera certera sobre los botones. Se produjo algo parecido a una exclamación silen­ciosa en la banda, mi solo se aproximaba. Yo no podía y no quería pensar en las escalas que, como una espiral, ascendían y descendían dolorosamente. Sin apenas mirar la partitura recorrí sus alturas como bordeando un abismo, con una paciente y metódica cautela, advirtiendo cómo en la última nota los roncos instrumentos de acompañamiento irrumpían en la pieza y la llenaban nuevamente. No me había percatado de que Clara y sus amigas habían tratado de intimidarme con la mirada, a pesar de que el maestro tenía pro­hibido a sus alumnos mirar directo a un compañero cuando tocaba solo. Su fracaso y mi triunfo fueron como dos flechas disparadas al tiempo que se encuentran y destrozan mutuamente y de las cuales, sólo quedan astillas insignificantes. Esas astillas, sin embargo, ha­brían de cambiarlo todo en adelante.
Luego de nuestro regreso los muchachos más dóciles se convir­tieron, de pronto, en los más reacios a obedecer a Clara, su corte de Clarinetes Segundo y Tercero se hundió en la mediocridad, los niños que se sabían menos talentosos, le exigían al maestro mejores papeles. Yo comencé a recibir solamente papeles de saxo tenor y a estudiar el saxo alto hasta que logré hacer el cambio de instrumento limpiamente, sin que apenas se notara. Mi viejo saxo pasó a manos del chico que tocaba el trombón y, en adelante, la atención del público se desplazó de los clarinetes hacia los saxos. Para completar, se incorporó al grupo una flauta traversa que le encantaba al público y los niños de la percusión, que ascendieron a los cornos y el trombón, hacían sonreír a la gente que aplaudía enternecida al ver esas figuras diminutas a cargo de tales instru­mentos. El día de nuestra graduación del colegio la banda estaba encargada de amenizar la ceremonia. Recuerdo que el sonido de las piezas era limpio pero frío. Muchos de nosotros nos presentábamos por última vez con la banda, sin embargo, no lográbamos expresar nada con nuestra música. Éramos niños que apenas empezábamos a conocer nuestros instrumentos y no sabíamos nada de nosotros mismos. Luego de los abrazos y lágrimas de despedida me aproximé al grupo de Clara y, mirándola a los ojos, le extendí la mano. Ella, que se encontraba sentada en las escalas de la tarima, se puso de pie y se alejó apartando bruscamente a quienes se encontraban a su paso. Fue la última vez que la vi.
La secretaria que me permitió entrar a la casa me aguarda junto a la puerta, con un manojo de llaves en la mano. Observo una vez más la cara sonriente del maestro, en las fotos de la banda que cuelgan de la pared. Tal y como lo predijo, nunca aprendí a tocar bien el clarinete. Su voz resonaba en mi mente muchas veces, tras los intentos fallidos de tocar piezas de alguna complejidad. Al salir de la casa encuentro el pueblo convertido en una pequeña ciudad, con desorden, ruidos, semáforos. Avanzo hacia la plaza donde me aguarda el almuerzo. Me repongo de inmediato de mis nostalgias a pesar del aroma único de la sopa. Allá, en la caja, una mujer me mira con insistencia. Le hago un gesto y ella se acerca con pasos modosos. Casi no ha cambiado, sus manos de dedos largos juguetean en el mantel, no se decide a sentarse. Su presencia me trae el recuerdo del sonido redondo de mi saxo tenor, de su aroma y su color dorado. Ella me sostiene la mirada y advierto que quien retira la silla para tomar asiento es de nuevo la niña tímida que jugueteaba con las puntas de sus zapatos gastados, y que no se atrevía a levantarse para acariciar las teclas rotas del piano. Sobre el mantel encarnado, su mano pálida se abre como una flor marchita, lastimada por la ausencia del tubo de madera que la hacía vivir en medio de la orquesta.


Olga Echavarría
Nació en Medellín. Terminó estudios de Ingeniería de Sistemas en la Funda­ción Universitaria San Martín. Actualmente estudia Letras: Filología Hispánica, en la Universidad de Antioquia. Pertenece al taller de escritores de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, que dirige Jairo Morales Henao, desde el año 2006. Ha publicado cuentos en el Suplemento Generación de El Colombiano, en las antologías Obra Diversa (2007) y Obra diversa 2 (2010), editadas por la BPP, y en la obra Antología Relata 2011, editada por el Ministerio de Cultura.


www.odradekelcuento.com

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