Un autorretrato junto
a la ventana del baño


Lina María Parra Ochoa


Sobra decir que la mayoría de autorretratos, los fotográficos, se toman en el baño, a puerta cerrada, cuando uno está desnudo frente al espejo, o no desnudo pero en pijama, que es como estar desnudo del alma, viéndose como realmente se es. Y por esa ventana del baño entra la luz de la mañana y nos ilumina de una forma diferente, como una renovación, y nos vemos el rostro por primera vez como si no fuera propio, y se nos cae el cepillo de dientes al lavamanos porque de la sorpresa dejamos la boca abierta, como atontados por nuestra imagen, y nos encontramos con que apenas si nos conocemos. Y entonces he ahí el autorretrato, para plasmar en algo más que solo la memoria esa cara desconocida que nos mira desde el espejo, aún con las marcas de la almohada en las mejillas. En el baño, sin que nadie nos vea, no existe la pena y nadie nos cohíbe y no posamos, simplemente ponemos la cámara y listo, la foto de quien realmente somos, no del que pensamos que somos, no del que decimos que somos a los demás, que es más perfecto y más audaz y más exitoso que nosotros. Ese de la foto, con pelo de recién despertar, es nuestro único autorretrato, el Yo que buscamos con desespero toda la vida, derrochando dinero en sicólogos, loqueros, sociópatas y demás, nos ha estado mirando cada mañana en el espejo del baño, tal vez guiñándonos un ojo cuando nos agachamos sobre el lavamanos para enjuagarnos la boca. Pero casi nunca nadie lo ve, y él se queda ahí, todavía en el espejo, después de que el baño está desierto y ya no hay nadie a quien reflejar, mirando por la ventana cómo la luz de la mañana desaparece, para él también desvanecerse y ser remplazado por el reflejo del baño vacío.
Un autorretrato junto a la ventana del baño es algo raro de encontrar, la mayoría de nosotros los guardamos con recelo porque no queremos que nadie nos vea en ese estado desprolijo de desnudez. Tal vez sólo si somos lo suficientemente curiosos o si tenemos una cámara a mano es probable que tengamos uno de estos autorretratos, pero es casi una hazaña imposible conocer el de alguien más. Y es que a nadie le gusta entrar al baño acompañado, ni que lo vean ojeroso y despeinado, chorreando sueño y alma por los ojos. Por eso estas fotos inusuales son guardadas con celo y en muchos casos destruidas al poco tiempo, porque es sabido que si hay algo más difícil que mostrarse a los demás es ver nuestro verdadero rostro. Por suerte yo me encontré hace unos años el autorretrato de mi tía Leonor. Desnuda y flaca se fotografió a contraluz delante de la ventana del baño y aunque apenas se veían los detalles de su rostro y de su cuerpo supe que hasta ese momento no la había conocido, no la había visto realmente, sin el pelo recogido ni el disfraz de tía encima era otra persona. Apenas si pude ver que tenía un tatuaje de un pájaro junto al seno izquierdo, un lunar junto al pezón, el pelo largo, el cuello largo, las ojeras largas. Detrás de la fotografía vi escritos con tintas de colores los nombres de diferentes ciudades del mundo, cada uno con una fecha debajo, y escrito en tinta roja con la letra de mi tía, la misma de las listas de mercado que me entregaba los fines de semana, se leía: Un autorretrato junto a la ventana del baño, Leonor.
La verdad es que estaba buscando en el cuarto de mi tía el lugar donde escondía el dinero para sacar un poco, pero se había vuelto más cuidadosa desde que comenzó a sentir que le faltaban billetes de su monedero, billetes que yo robaba por costumbre desde hacía tiempo, como mi forma estable y remunerada de trabajo. Esta vez no conseguí dinero, pero encontré la foto en el fondo de un cajón de su armario y me la quedé. Nunca había visto una imagen así de cruda, tan sencilla que era chocante, tan honesta que era incómoda. Las fechas de la parte de atrás eran muy viejas, de hacía más de 30 años, cada una escrita con una caligrafía diferente, pero más allá de eso no pude entender nada de su procedencia ni de su razón de ser, porque parecía que la foto hubiera pasado de mano en mano y que cada mano hubiera escrito uno de los nombres de ciudades y una de las fechas. Aunque nunca me imaginé a mi tía Leonor mostrando su foto desnuda a gente de por ahí.
Pero el asunto de los autorretratos me caló hasta los huesos y con el dinero que ahorré de mis robos a la tía me compré una cámara, me encerré en el baño una mañana y me tomé una foto con la luz de la ventana. Así no más, sin pensarlo dos segundos porque entonces me arrepentiría, envuelta en una toalla antes de entrar en la bañera, puse la cámara en la repisa de madera que hay debajo del espejo, dejé caer la toalla al suelo y con una mano estirada oprimí el obturador. Listo, ese sería mi autorretrato. Entonces, mientras me bañaba, me di cuenta del problema en el que me había metido. Si quería tener la foto, tenía que ir a revelarla a algún sitio, y por lo tanto alguien, o muchos alguienes, la verían: el del laboratorio, la niña que empaca las fotos en los sobres, la que los entrega, la de la caja, y con seguridad ellos la mostrarían a otros más y cuando fuera hora de ir por las fotos reveladas todos me mirarían riendo disimuladamente, recordando la imagen como si pudieran ver a través de mi ropa. Así que me disfrazaría, iría sin ser yo, para que nadie supiera que esa desnudez era mía. Ensayé con mucha ropa de mi tía Leonor, una pañoleta en la cabeza y unas gafas, pero cuando me vi en el espejo me di cuenta de que así era más obvio el hecho de que quería esconderme y por lo tanto más fácil sería reconocerme. Tenía entonces que enviar a alguien más o disfrazarme mejor, y alguien más era peligroso porque no podía asegurar que no echara un vistazo a las fotos antes de entregármelas, después de todo no hay nadie que no sea curioso si tiene la oportunidad. Decidí finalmente, y a falta de más opciones, ir de disfraz, pero con uno menos llamativo: unas gafas oscuras, un abrigo y una peluca bien puesta.
Fui, revelaron las fotos, seguramente rieron, me las entregaron, volví, y en el baño, pues sólo allí me sentía realmente sola, pude abrir el sobre y sacar las fotografías. Verme fue como ver a la tía Leonor de nuevo por primera vez, y fue verme a mí misma también por vez primera, desnuda, igual que la tía, pero sin el tatuaje, con pecas en otras partes de mi cuerpo y con el pelo suelto, en crespos desordenados. Verme fue como nacer, o como cuando se ve a alguien más desnudo por primera vez y no se puede dejar de mirar ese otro cuerpo tan similar y tan diferente, no se puede dejar de asombrar uno con esos nuevos rincones que se insinúan entre las axilas o en el ombligo y más allá. Pero aunque era yo, realmente no me conocía, algunos lunares no los había visto hasta ese momento, algunas curvas. No me encontré gorda ni flaca en extremo, pero me encontré y eso me aterró un poco. Era diferente a verme desnuda en el espejo, esto era mi alma congelada en un momento, era mi cuerpo blanco expuesto, desnudo de la carne, un desnudo desnudo. Por un momento quise romper la fotografía, quemarla, para no tener que enfrentarme a mí misma, que es algo a lo que todos le huimos siempre, pero me contuve y me forcé a mírame de nuevo, a aprenderme de memoria, a verme desnuda a la luz de la mañana que es la que ilumina todas la verdades, congelada para siempre a mis veintitrés años, con los labios pálidos y los senos pequeños.
Ese día lo pasé entero en el baño, mirándome asombrada, asustada, atontada. Para nada era egocentrismo, era más parecido al miedo de que alguien más me viera así, no desnuda simplemente, sino desnuda a la luz de la mañana, desnudada en mí desnudez, porque así sabría todo de mí y ya no me quedaría nada que guardar. La tía Leonor tocó a la puerta del baño algunas veces, preguntando si me había indigestado y si quería algún té de hierbas, después pensó que andaba deprimida o que estaba fumando algo raro, pero nunca se le ocurrió que yo estaba ahí, sentada dentro de la bañera, mirando una foto mía, igual a la foto que ella se había sacado hace tantos años. Eventualmente dejó de tocar, porque gracias a dios no era muy insistente ni entrometida, y me quedé sola, ya en un baño medio oscuro por la poca luz del crepúsculo, mirando la foto, mas sin verla, sino viendo a través de ella todas esas mañanas que desnuda frente al espejo del baño no me había visto de verdad. Pensé entonces que los espejos no los han acabado de inventar, porque sólo muestran la carne pero no las entrañas del alma, porque no saben ver los cuerpos desnudos como las cámaras fotográficas, que en ese instante, doloroso a veces, en que el obturador obtura, logran atrapar sin adornos la desnudeseidad de la desnudez desnuda.
Luego pensé que era justo que yo habiendo visto la foto de mi tía le diera la oportunidad a ella de ver la mía. Aunque pensarlo como un acto de justicia fue lógico, caminar del baño hasta la cocina donde estaba ella fue casi imposible. Cada vez el paso era más lento y las respiración más rápida, y las razones para no hacerlo miles y el miedo exponencial. Seguro me odiaría porque le robaba dinero y porque le esculqué los cajones, seguro tendría que entregarle la cámara como pago y su foto, y si estaba especialmente despiadada también la mía. Seguro no me dejaría encerrarme más en el baño o se negaría a dejarme vivir con ella. Entré a la cocina, estiré el brazo hacia ella en silencio con mi foto en la mano, ella la cogió, la miró, me miró y luego la volteó para ver la parte de atrás. Se sonrió un poco, con esa sonrisa que no está pensada para nadie más, que es sólo una sonrisa propia, para los adentros, para el pensamiento, y entonces me llevó a su cuarto, de un escritorio pequeño que tenía junto a la ventana tomó una pluma y con tinta roja escribió en el dorso de mi fotografía, igual que en la de ella: Un autorretrato junto a la ventana del baño. Lina. La metió en un sobre de papel blanco, escribió en él una dirección, salió de la casa y lo metió en un buzón del correo que había en la esquina.
Encontrar verdaderos autorretratos es difícil, porque muy pocos tienen el valor o la honestidad de mostrarse como son por un momento frente a la lente de una cámara. Aun así, hay unas cuantas personas que no he visto de frente, pero a quienes les conozco la desnudez del alma. Porque los autorretratos junto a la ventana del baño son escasos, pero existen como una verdad oculta al resto del mundo, y se reparten en el correo como una red fantasma a través de las ciudades, en una búsqueda silenciosa por conocer el alma de los demás, tal vez para estar un poco menos solos. Así, igual que el autorretrato de la tía Leonor, que por cierto ya tiene escrito en el dorso el nombre de esta ciudad y la fecha en que lo encontré, o el mío, que tiene escrita la fecha de ese día en la cocina cuando se lo enseñé a la tía y otras fechas más, hay muchos otros autorretratos junto a la ventana del baño, como los que recibo a veces con el correo, desde ciudades distantes, metidos en un sobre blanco, mientras espero a que vuelva el mío, que debe estar en manos de alguien más, un desconocido que también lo recibió con el correo.

Lina Parra
Vivo en un mundo hecho de tinta, de letras y de papel, nadando entre la realidad, la ficción y las noches de inexistencia. Compradora compulsiva de libros, ya no me caben en el cuarto y  hace dos noches las bibliotecas se derrumbaron por su peso sobre mí mientras dormía. Aun estoy atrapada, el que lea esto por favor venga a sacarme.


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