Los trabajos y los días


Alberto Chimal


—Así que —les dijo el señor Brom— es un sacrificio pequeño. Realmente muy pequeño. Insignificante.
Era un hombre delgado; esto ocasionó que Horacio Kustos se avergonzara de pensar en Dumbo, el simpático elefantito de las películas. Pero Brom, mientras hablaba, ya se estaba desatando el turbante, y en efecto no estaba hecho de tela, y si bien las dos orejas eran bellamente rosadas y saludables, ambas daban varias vueltas alrededor de su cabeza. Cuando por fin terminó de desplegarlas, cayeron flojamente al piso y quedaron colgando como dos cortinas de terciopelo rosa. Los pies del hombre acabaron por desaparecer entre los pliegues de carne. Un paso en cualquier dirección habría ocasionado que Brom tropezara y cayera de bruces en el suelo de mármol. Como Dumbo, en aquella secuencia tan triste.
Kustos preguntó si el turbante era la única forma de...
—... de —dijo, y se detuvo, porque no sabía cómo terminar. Estaba realmente sorprendido. De hecho, todos los hombres y mujeres que acompañaban a Kustos estaban realmente sorprendidos, o por lo menos ninguno hizo los comentarios burlones que tanto habían abundado mientras abordaban la camioneta y durante el viaje en carretera hacia la finca de Brom, en la que éste y los suyos habían pasado los últimos diez o veinte años de su peregrinar, protegidos y en el anonimato.
(Antes de llegar a la finca:
—¿Cuál era el nombre de la ciudad? ¿Cuerno de Chivo?
—Esa es un arma que usan los lugareños.
—Yo quisiera saber cuál es el nombre del país...
—Kustos, ¿de verdad vale la pena repetir las hazañas de los conquistadores viniendo hasta aquí?
—¿Hay al menos una mina de oro, unas pirámides?
—De seguro va a ser una de esas mansiones increíblemente vulgares, con paredes doradas y repleta de columnas corintias...
Y ante la cerca que ocultaba la finca, levantada en una loma verde que miraba a la ciudad pero no se dejaba mirar:
—Estilo minimalista, ¡qué aburrido!
—Para esto, Kustos, podría habernos llevado a Nueva York, a Dubai...
—A algún otro pueblucho de los que le gustan.
Kustos (agrio): —Algunos de ustedes vienen de esos...
—Un poco de brillo en las paredes no estaría mal. ¿No se supone que todos los inmortales son millonarios?
—¿Y todos usan turbantes? ¡La gente va a decir que son una secta! — y así sucesivamente, entre risas y frases obscenas en varias lenguas vivas y muertas).


* * *

Ahora, como se ha dicho, todos tenían las bocas entreabiertas y las cejas levantadas. Pero Brom no dejó de ser gentil y no dijo nada sobre esto. En cambio explicó que, usando un ingenioso armazón hecho de varillas de plástico y espuma de goma, podía estirar por completo las dos orejas, al modo de un par de alas, y hasta usarlas para planear un poco.
—En todo caso, como ya les decía —concluyó—, lo más importante es que este crecimiento..., este que ven..., es el único efecto secundario. Notorio, sí, pero el único.
—¿De verdad? —preguntó una de las mujeres.
—En cuarenta y un mil quinientos doce años, seis meses y ocho días, no he registrado ningún otro. Permítanme. ¡Farouk! —llamó Brom, y después de un momento entró en el salón un hombre moreno y musculoso, vestido con camiseta y pantalones de mezclilla—. Éste es Farouk y ha sido mi asistente por un par de siglos. Un jovencito —sonrió—: vean cómo las orejas le llegan sólo hasta los hombros...
Farouk saludó a todos con una inclinación de cabeza tan sutil que sus orejas, de color más bien café con leche, apenas se agitaron.
—Farouk es el científico de mi equipo: los demás se dedican a otras tareas y yo, se los digo con toda franqueza, encontré la fórmula por accidente en el... el lugar donde crecí, que a estas alturas ya no aparece en ninguna historia... Pero él puede explicarles claramente las causas y los efectos. Al parecer, el... crecimiento, sigámosle diciendo así, es de hecho imprescindible para que las células se estabilicen y no se degraden...
Otro de los acompañantes de Kustos, un hombre de estatura mediana y ojos minúsculos, dijo: —Ridículo.
Brom, quien en el fondo era de verdad persona gentil —así lo pensó Kustos, siempre—, dijo:
—Farouk puede ayudarme también a darles pruebas documentales de nuestra edad. De la mía, la de él y la de cualquiera de nuestros treinta y seis compañeros...
—No, no —respondió el hombre—, creo perfectamente que usted tiene la edad que dice tener. Se le ve. Se le vería sin las orejas. Y a él también, y seguro a los demás. ¡Pero usted está diciendo también que solamente por medio de su fórmula...!
Farouk y Brom se envararon.
—Le repito —dijo éste—: nuestras investigaciones...
—¡Pfah! —dijo el hombre. Kustos reconoció el tono de la sílaba: así se resoplaba en la ajardinada Babilonia. Por lo tanto, previó lo que estaba a punto de ocurrir y quiso calmar a su compañero:
—Excelencia —comenzó, pero el hombre alzó la voz y dijo:
—¡Sus investigaciones están erradas por razones que me parecen obvias! ¡Venir con semejante arrogancia a explicarle la eternidad al conde de Saint-Germain!
—¡El conde de Saint-Germain está muerto! —gritó, de inmediato, Farouk— ¡Saint-Germain nunca...!
—Además, si me permite —dijo Brom, pero ya no sonreía—, con toda propiedad, ustedes fueron quienes vinieron hasta aquí.
El resto del grupo de Kustos murmuró y asintió debilísimamente, reconociendo que Brom tenía razón, pero el hombre (de una vez digámoslo: el conde) no se dio cuenta.
—¿Saint-Germain nunca qué? —preguntó, agresivo.
—¡Por favor, conde! —pidió Kustos.
—Saint-Germain —dijo Farouk— era un estafador que murió en 1784.
—No fue así —dijo el conde—. Me retiré de la vida pública, eso es todo. Demasiados charlatanes. ¡Y mire que me hubiera ido mucho mejor explotando mi fama...! De hecho estuve... En la última década, por ejemplo, me vi reducido, qué triste es decirlo, a cometer crímenes de poca monta en una ciudad más bien...


* * *

Al final, todos los del grupo de Kustos terminaron por identificarse, por contar sus historias.
—Y todo se fue al diablo —dijo Farouk a Kustos, diez años después, en una cantina de Tánger; estaba tan borracho que no tardaría en caer al piso—. Todo ese tiempo..., todos estos años... Todos hacíamos un voto. Juntos y en secreto. ¿Y para qué?
—Se suponía que ninguno de ellos tenía que decir nada —explicó Kustos. También estaba borracho pero llevaba diez años sintiéndose culpable; él mismo hubiera dicho que la culpa lo mantenía de pie y le permitía hablar—. Yo les dije: no les vayan a decir nada. Los llevo, hago todos los arreglos, los llevo precisamente con la condición de que no le digan nada, que no le digan quiénes son ni nada parecido al señor Brom, que es muy sensible, que de niño era ya de por sí orejoncito, nada fuera de lo normal pero orejoncito, y sufría, sufría porque le decían “el orejas”, es decir, en el idioma de la cultura en la que vivía... ¡Y todos habían dicho que sí! ¡Caín dijo que sí, Shakespeare dijo que sí, Infante dijo que sí! ¡Ennoia dijo que sí! ¡Flamel que es tan..., Flamel dijo que sí...! ¡El conde dijo que sí!
Farouk abrió la boca, como para responder, pero luego la cerró.
Luego de un minuto se animó a decir:
—¿Sabes que antes de irse le prendieron fuego a la finca? —Kustos lo sabía pero no pudo responder— Los demás. Mis compañeros. Mis hermanos. Una semana después de la visita. La de ustedes. Los treinta y seis se fueron contra nosotros. Contra mí y contra Louis. Contra el señor Brom. Todos dijeron lo mismo.
(Ante las llamas, mientras guardaban en mochilas y maletas los objetos que deseaban llevarse; todos con rabia, todos salpicando el castellano que se hablaba en el país con palabras de sus lenguas maternas, por igual las vivas y las muertas:
—¡Todos estos años nos estuvo engañando!
Farouk: —¿Engañando?
—Sí, engañando. Haciéndonos sufrir para nada...
—A lo mejor no lo ves porque eres jovencito, Farouk.
—Más bien no lo ve es porque no es objetivo.
—¡Más bien es porque es puto!
—... ¿Qué insinúas, Margaret?
—No seas maliciosa, Margaret.
—¡No soy maliciosa, idiotas, soy un monstruo!
—Cirugía plástica, querida.
Farouk: —¡Eso no les importaba...!
—Cállate.
—¿Cirugía, dices, Guy?
—...Tiene razón.
—¡Tiene razón! Al diablo con todo. Con el secreto...
—¡Al diablo con la eternidad! Yo quiero ser normal, dejarme crecer el pelo... ¡Yo tengo muy hermoso cabello!
Farouk: —No se pueden ir así...
—Un momento, un momento. ¿Alguien sabe dónde encontrar al conde ese...?
—¡No es mala idea!
Farouk: —Esperen...
—¡Bellos e inmortales!)
—¿Pero qué pasó con Brom? —preguntó Kustos. Ya lo había preguntado varias veces.
—¿Sabes que se puso el nombre de Louis en 1751? En el año en que yo nací...
Farouk volvió a quedarse en silencio por un rato.
—Cuando nos quedamos solos —continuó—, me dijo que tenía que pensar muy seriamente en muchas cosas —y entonces, por fin, cerró los ojos y cayó.
Su turbante, hecho de tela blanca pero cuyo fin era que nadie le viera las orejas (aún demasiado pequeñas para plegarse como era debido), amortiguó el golpe de la cabeza. También se ensució: el piso estaba cubierto de mugre y de cenizas.

Alberto Chimal (Toluca, 1970)
Ha publicado una novela, cuentos y ensayos. Tiene un sitio web:
http://www.lashistorias.com.mx.


www.odradekelcuento.com

Anterior | Siguiente