La cometa


Guillermo Bustamante


Llevé la cometa al campo. La había hecho para mí un tío, el que me enseñó a contar en francés hasta 5 —los años que yo había cumplido—. Él relataba historias y yo miraba, por la ventana de su cuarto, el techo del corredor y un segmento de cielo. Encima de su armario, ciertas cosas se iban volviendo amorfas, de utilidad imprecisa, como una fotografía que señala al pasado, pero que no se puede habitar. Allí apareció un rollo de papel color tomate, entre tomate y naranja. Le pregunté.
—Es para fabricar una cometa.
Las había visto en las ilustraciones: papeles de varios tonos, una cola con retazos desiguales de tela y una línea parabólica que descendía justo hasta la mano de un niño. Según él, siendo más pequeño, yo las había visto elevar. No lo recordaba. Tal vez recordar le ocurre a uno cuando se aleja lo suficiente del punto de partida.
—¿Cuándo la vas a hacer, tío?
—Todavía no.
Le gustaba generar tensión. Uno podía simplemente usufructuar el nuevo artículo, o dejarse incorporar por él en un mundo inexplorado.
—¿Sabes por qué vuelan las cometas?
—¡Por el viento! —contesté.
—¿Y por qué más?
—Porque alguien las eleva...
En esas charlas supe del capricho anual de los vientos, de la antigüedad de las cometas. Aprendí que alguna vez los chinos habían montado sobre ellas; me lo mostró en una ilustración de El tesoro de la juventud, cuyo verde oscuro me hacía dudar: ¿le pertenecía a los libros o a los años? Lo del abuelo, todo era viejo.
Anhelé imitar a los chinos.
—Cuando la hagas volar —dijo mi tío—, entenderás todo lo que es necesario hacer, y decidirás si vale la pena correr el riesgo.
Un día, anunció la ejecución de la obra. Con palos muy delgados y fuertes hizo un sustento para el papel. No lo creí tan frágil. Las medidas debían ser precisas. Quedó de un solo color. Los tirantes confluían en una cuerda que dejaba mis manos rojas, marcadas, cuando calibraba su resistencia.
—Es cáñamo —me explicó, y yo lo veía grande, sabio.
La casa estaba situada en una zona rural; sin embargo, en ese momento poco distaba ya de la urbe primeriza. Vivían ahí porque el abuelo trabajaba en los talleres del Ferrocarril, que habían sido hechos fuera de la ciudad, pero la ciudad se había venido bulliciosa hasta sus linderos.
—¿Cuándo vamos a elevarla?
—Pronto.
El mes de los vientos se avecinaba. Varios lugares posibles esperaban por una decisión.
Tras la casa, reinaba la montaña. Una serie de senderos llevaban hasta la cima. Donde se moldeaban pliegues, los arbustos crecían más. En esos rincones oscuros se formaban jardines en miniatura.
—Es musgo —decía el tío.
—Quiero llevar para la casa, quiero tener ese pequeño pastizal y poner ahí los soldados.
—¿Y te gustaría encontrar esto cada vez que vengamos?
—¡Claro!
—Si todos se llevaran un trozo, al final no habría musgo; nada frenaría la lluvia y, en poco tiempo, la tierra estaría desnuda. ¿Lo llevas?
—Sí... hay mucho... ¡mira!
El matorral era alto. Hierbas enormes, cortantes, impedirían correr con la cometa para producir un viento y convocar otro.
Hacia el frente de la casa, más allá de la carretera, pasábamos un alambre de púas. Había muchos árboles.
—¿Ves esa ceiba? Para alcanzar ese tamaño, debe tener como cien años.
—¿En serio?
—Cuando nos vinimos a vivir aquí, ya era grande; a su sombra veníamos a almorzar. Les dábamos comida a las ardillas.
Fui conociendo los nombres del bosque, los períodos de floración, las épocas en las que los frutos convocaban una algarabía de picos y revoloteos de todas las tonalidades. Me sorprendía el chiminango: ninguno era igual a otro; hasta las pequeñas hojas eran irregulares... todas verde encendido. Los guayacanes eran quizá más raros: el follaje abandonaba las ramas y en poco tiempo se volvían gigantescos manojos de flores; unos rosados, otros amarillos. Tampoco aquí podríamos elevarla:
—No podemos controlar su vuelo como para evitar que un viento caprichoso la reúna con las ramas.
Más allá, árboles y arbustos se hacían esporádicos. La hierba no llegaba al horizonte: ese límite lo ejercía una cadena de montañas, tan lejana que era una penumbra de tinte impreciso. Las vacas pastaban indiferentes. El nerviosismo de los peyares, que se nos venían encima como pequeños aviones de guerra, avisaba que sus nidos estaban cerca. Entonces yo los buscaba...
—Sé que es tentador coger esos pequeños trofeos —decía mi tío—. Pero, debido a esa curiosidad, los huevos ya no serán empollados y las crías no recibirán alimento...
¿Y puede un pequeño, pensaba yo, ser abandonado por algo tan fortuito? El terror debía ataviar mi cara, pues el tío me explicó: al tocarlos, dejaría algo, un olor, por ejemplo, y así los pájaros, al no reconocer a su cría, no la protegerían, no la alimentarían. Me parecía injusto. Y creo que el grito desesperado de los peyares, cuando corría por ese campo, interpretaba mi malestar; como si rogaran para no tener que llegar al nido y encontrar otra cosa, en todo caso no aquella cría por quien podrían dar hasta la vida.
—¿Cuándo vamos a elevarla? ¡Ya está haciendo bastante viento!
—Mañana.
Creo que no dormí. O tal vez la intensidad de los sueños me hizo sentir que estaba despierto. Me levanté de primero. El gallo de la abuela también madrugó. El tío me sugirió esperar hasta la tarde, cuando bajaba de la montaña el viento más propicio. ¿Y qué podía hacer hasta entonces? La tarde llegó, finalmente. Pasamos la arboleda y llegamos a la llanura. Nada de lo hecho, nada de lo conversado, había sido en vano: me sentía con una potencia que sólo el vuelo de la cometa vendría a canalizar. Corrí varias veces para que emprendiera sus acrobacias. Tuvimos que bajarla con el fin de hacer ajustes en la cola, pues tiraba mucho para los lados. También hubo que remendarla, pues en una caída se rasgó el papel. Estábamos preparados para todo.
Levanté mi mirada con ella. Abajo quedó la llanura, la loma desde la que se veía la casa, los árboles más altos. La cometa lo dominaba todo, y yo con ella. Soñé. Fui héroe. Hice fuerza. Dejé que pidiera cuerda. La traje, la dejé irse otra vez. El arroyo, el pequeño jardín de musgo, los guayacanes pintados, los mangos en racimos colosales... todo era viento.
Cuando la bajé, el tío era ya un ingeniero que prodigaba sus invenciones en otro país. El volantín cayó sobre una superficie de tierra a la que el viento arrancaba nubes de polvo. La ciudad había crecido a expensas del llano. Los peyares no gritaban. Las vacas comían concentrado. La casa del abuelo había dado lugar a un edificio de apartamentos. Quienes habían subido a la loma parece que habían tenido la misma tentación, pues ahora era un amasijo de rocas y de tierra que rodaba cada vez más con cada lluvia, que inundaba de fango los barrios que se alzaban al pie. El arroyo había sido canalizado, pues sólo conducía aguas negras. Ahora los gallos no celebraban la ansiedad de salir a jugar. La cometa no era de papel tomate—naranja, era de plástico y había sido comprada. Las montañas ya no se ven; sé que están ahí, tras el gris—marrón que exhala la ciudad. Los trenes ya no pasan, aunque las líneas siguen tercas en el piso. Donde funcionaban los talleres del Ferrocarril, ahora hay un centro comercial, comarcial. Los niños van de la mano de un grande que mira vitrinas. No se puede correr.
Alejado suficientemente del punto de partida, recuerdo que llevé la cometa al campo, que me la había hecho mi tío, el que me enseñó a contar en francés hasta 5. Nunca volé en una cometa, como había visto en El tesoro de la juventud. La ceiba es la única que sigue ahí. Pierde sus hojas con la regularidad de siempre; ya no es morada de nadie. Nadie almuerza a su sombra, pues está al borde de la calle, rodeada de un muro al que quiere abatir. Debe tener como 150 años. En serio.


Guillermo Bustamante Zamudio (Colombia)
Cofundador y Codirector de las revistas de minicuentos Ekuóreo (Cali). Premio “Jorge Isaacs” 2002, con el libro de cuentos Convicciones y otras debilidades mentales. Libros de minicuentos: Oficios de Noé (Bogotá: Común Presencia, 2005). Co-compilador (con Harold Kremer) de: Antología del cuento corto colombiano); Los minicuentos de Ekuóreo; y Segunda antología del cuento corto colombiano. Co-autor (con Harold Kremer) de: Ekuóreo: un capítulo del minicuento en Colombia.



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