La rosa de los tiempos


Diana Ospina

 


Antes de hacer cualquier tipo de descubrimiento escucho el sonido —casi imperceptible— y el lenguaje aparece como un pensamiento secreto. La palabra tiene ese poder mágico de algunas hadas, aunque no le da vida a las cosas, declara su existencia... “hoy, oí que ya no me quieres oí, oí hoy, es una herida que duele, hoy oí...” es la letra de una canción que no ha dejado de aullar en el tiempo recobrado de mi memoria.
¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhhhh! Sonó el grito. Interminable… cada vez más lejano, cada vez más ausente. Volvió a sentarse, a pararse, a caminar, a conversar, a saludar. Volvió a dormir. Volvió a despertar… ¡Odió la autoconmiseración! De todas esas que se asoman frente al espejo… odió sentirse explosión… hecatombe… y lamento… dolor de patria, dolor de madre, dolor de hija, de esposa… lamentó este dolor de mujer… y habló en otras historias y en otros cuentos… habló de unas, las... vosotras… habló de nosotras… habló de ellas… y en éste…sólo hablo de esto…
***
A veces dejo de vivir para buscar ese sentido en las palabras. Entonces escribo.
Días antes María comentó que hacía dos años no hablaba con su hermana, aún viviendo bajo el mismo techo; también dijo que estaba conectada a internet, lo cual era una novedad. Fui a enviar un correo electrónico desde su casa. María bajó saltando las escalas; cargaba un perrito. Entré a un espacio reluciente y con un olor a piso recién trapeado. Un hombre sentado en una poltrona veía el noticiero del mediodía en televisión. Supuse que era su padre. Lo saludé. María y yo nos sentamos frente a la computadora. Al momento apareció una señora de ojos claros, me saludó y sin mirar al hombre, puso un plato de almuerzo sobre un banco circular que estaba frente al señor. Se retiró y dio unos pasos hacia donde estábamos.
—¿Quiere coca-cola o zum? —le dijo a María.
—¡¿Papi, va a tomar coca-cola o zum?! —gritó María de inmediato sin quitar los ojos de la pantalla de la computadora.
—Zum —dijo él sin apartar su mirada de las noticias. “... después de dieciocho meses de soportar un desplazamiento de por lo menos seis mil personas de una vasta zona selvática del Chocó. Los desplazados se encuentran en lugares transitorios...”.
El sonido del tenedor contra el piso llamó la atención a todos, miré las patas del banco reflejadas en el piso resplandeciente. La señora se acercó con un vaso y lo dejó al lado del comedor improvisado, avanzó de nuevo unos pasos hasta donde estábamos y se paró detrás de nosotras aparentando interés por lo que sucedía en la pantalla.
—Mari me dijo que usted tiene una librería —habló observándome con curiosidad.
—Sí señora —la miré y sonreí. Con razón su otra hija tiene los ojos claros —agregué.
—Y, ¿qué tipo de libros venden?
—Hay de todo —respondí evitando enumerar la variedad. Ella continuó detrás de mí con una mano sobre la cadera. María se pasaba los dedos sobre la boca y la barbilla; movía rítmicamente uno de sus pies y marcaba otra vez la contraseña.
—¿Tiene novelas? —preguntó.
—Sí señora.
—A mí me gusta mucho Lo que el viento se llevó, me he visto todas las películas que han sacado con esa novela, ¿cierto Mari?
—Sí mami —susurró María y afirmó con la cabeza sin separar los ojos del monitor. Había logrado conectarse y estaba enviando el correo. El señor comía desprevenido y escuchaba con atención a un comentarista deportivo.
—¿Ustedes tienen allá de esas novelas donde pasa de todo?... —empecé a afirmar pero ella continuó —... como historias de amor —alargó la “o” y se agachó un poco más buscando complicidad— de odio —dijo “odio” retorciendo la boca, presionando los dientes y girando un poco cabeza y ojos hacia donde se encontraba el señor almorzando frente al televisor.
—¡Sí, claro! Vaya un día de estos. Allá hay de todo.
***
He descubierto algo particular en mi esencia —claro que también se trata de mi presencia— y en realidad puede ser como la de muchos, pero es particular porque se trata de la mía —ésa es la que escucho y conozco un poco más o, mejor dicho menos menos. No se puede decir tampoco que fue precisamente hoy cuando lo oí. Es decir, hay bastantes hoyes que vengo oyéndolo. Lo que hoy hago es transcribirlo. Y así se convierte en una especie de memoria perpetuada —por lo menos hasta cuando mis ojos ya no recorran más estas palabras.
Acabo de llevarme a la boca un pedazo de chocolatina, de ésas que traen caramelo, por eso no pude continuar escuchando el descubrimiento que tuve hoy, claro que tampoco pude escucharlo con profundidad precisamente por tratar de hacerlo palabras…
Entonces… decido cambiar de rumbo… abro al azar un archivo en el computador donde tengo mis escritos y resulta ser el cuento: “¡¿Por un chocolate?!”... lo leo y la paradójica realidad de tantos aquí en esta ciudad me roba el aliento. Una oleada de pensamientos atraviesa rauda la habitación renovando el aire. Automáticamente o dirigida acaso por esa onda abro otro cuento: “¿No sé quién empezó la carrera?” decido cambiarle definitivamente de persona. Antes estaba en primera persona, es en la que me siento más cómoda, pero ahora decido pasarlo a la tercera… mejor aún a una tercera-primera. Entonces me someto voluntariamente a un riguroso trabajo de taller y así transcurren estos días enteros... obstinados... y tristes...
***
¿Qué es lo que tengo que descubrir en esto que ahora escribo? Me pregunto sentada frente a la pantalla de la computadora. Y cuando empiezo a escuchar la palabra, dan tres golpes en la puerta. Son tres golpes pausados, tímidos. Pienso que es un mendigo. Me levanto con desgano y me asomo por la ventana abriendo con cuidado la cortina para que no me descubra. Una señora obesa y descuidada en el vestir, trae unos papeles en la mano y espera en la acera. Me siento de nuevo frente a la pantalla… intento continuar escribiendo, pero el recuerdo del infarto de mi abuelo en un vagón de metro de un país lejano me asalta. Me asomo decidida por la ventana. En su rostro las arrugas del tiempo le dan un aspecto descolorido a la vieja; me pregunta por alguien y le digo que esa persona ya no vive en casa.
—¡¿Pero, me lo recibe por favor?¡ —me suplica estirándome un papel. Le abro la puerta. Del hombro de la señora cuelga un bolso viejo y casi vacío.
­—¿Cuál es su nombre? —pregunta y le respondo mientras recibo un extracto de una compañía de seguros; la dirección corresponde a la librería, pero el nombre no coincide y tiene el número de teléfono de hace dos años.
—Esa persona ya no vive acá —insisto tratando de devolvérselos.
—No importa... yo necesito entregar esto.
Me estira la mano mostrándome cuatro o cinco papeles más que me entrega con urgencia de que se los reciba. Ella anota mi nombre y el nuevo número telefónico. Me pide firmar un papel y mientras lo hago mira hacia el interior de la librería y entra sin darme tiempo para detenerla. Coge un libro que hay sobre el mostrador.
—¡Un diario sobre sexo! —lee emocionada. Una mirada de águila la lleva hasta un estante del fondo. Agarra un libro de gran formato con una fotografía de un hombre y una mujer desnudos.
—¿Y esto qué es? —pregunta mientras corre una silla para sentarse.
—Fotografía erótica —le respondo parada frente al mostrador. Ella pone el libro sobre la mesa y empieza a abrirlo con torpeza.
—La librería atiende de dos a ocho de la noche. Si desea puede venir en las horas de la tarde, es que... éste no es horario de servicio —le digo con una sonrisa tonta.
La señora acomoda como un resorte el libro sobre el estante tumbando otro que se encuentra al lado.
—Yo tampoco tengo tiempo. Necesito buscar más direcciones. Es que tengo mucho trabajo —se disculpa acomodándose el bolso vacío sobre el hombro. Se queja de nuevo por la cantidad de trabajo que la espera. Camina con sus tenis viejos y me pregunta por una dirección que señala con la uña negra de mugre. Yo no sé cómo guiarla. Ella sale mirando la nomenclatura de las casas y agarrando con fuerza varios extractos viejos que lleva en la mano. Entro de nuevo a casa y me siento a escribir.
La tierra ha dado su giro habitual y de este lado del planeta ya no quedan vestigios de luz solar. Ha llegado la hora para salir. Aparece mi sombra. Las lágrimas de mi hija retrasan la salida. Llevo un rato tratando de calmarla para que no se quede llorando. Ya lo he intentado de muchas formas. Agarro el bolso. El llanto de la niña aumenta. Sale arrastrando su cobijita detrás de mí.
—¡Por favor hija! Tengo que salir —digo mientras esculco dentro del bolso y con una urgencia de escapar.
—¡No! ¡No quiero! —gimotea la niña arrastrando su cobijita blanca y tratando de cogerme.
—¡Por favor, hija! No te pongas así —insisto y saco un dulce del fondo del bolso. Le entrego el bombón y avanzo con rapidez. Ella mira el chupete por un momento y lo lanza al piso. Le doy una vuelta rápida a la perilla, salgo y logro cerrar justo antes de que la niña llegue a la puerta.
“He dejado de existir para ella”, pienso y las lágrimas acuden prontas en medio del gemido agudo de los gritos de mi hija rogándome para que me quede.
El viento enfría de momento mi cara. El olor a noche fresca acelera mis sentidos y sin darme cuenta empiezo a caminar dando brinquitos casi imperceptibles. Limpio los restos de lágrimas y después de algunos pasos voy tarareando y silbando la tonada de un vallenato que canta Carlos Vives.
Al cruzar la esquina tengo que estar pendiente de cuatro sitios por donde pasan carros continuamente… producen un rugido caótico de bestias en una guerra salvaje.
Al otro lado de la avenida espero el bus. Un hombre moreno sale de la casa vieja de la esquina, silba una canción. No alcanzo a darme cuenta de qué tema se trata, tal vez de salsa. Al instante escucho un disparo y en ese mismo momento el hombre salta hacia atrás en medio de un grito. ¡Lo mataron! Pienso, y al mismo tiempo viene a mí la imagen del vestido de novia ensangrentado, justo al frente de mi casa cuando un carro nupcial se chocó contra un árbol; unos motorizados acababan de disparar al recién casado, y la viuda desesperada pedía auxilio con su vestido blanco manchado con la sangre de su amado. Pero al instante retorno a esta calle y el moreno silba de nuevo su tonada de salsa mientras entra a la casa vieja de la esquina y cierra la puerta.
Miro el reloj. Vuelvo y miro. No retengo el tiempo. El bus se demora en llegar; me molesta esperar cuando pasan tantos carros —seguramente en dirección similar a la mía. Los taxistas me pitan, tienen la esperanza de que me suba, pero tengo muy poco dinero —al menos eso creo. Continúo en la esquina esperando el bus que no llega. En el reloj los segundos avanzan sin control. La única posibilidad es que pare un carro particular que viaje en el mismo sentido mío. De nuevo el reloj. Un automóvil conducido por un joven con cabello egominado se estaciona, imagino que subo sin problema pues iba por la misma ruta mía, conversamos un poco, el muchacho apenas me mira, conduce con nerviosismo a una gran velocidad. Trato de decirle algo pero no me escucha. Observo de reojo la hora. Pasan más carros. ¡El bus! ¡Por fin! Se acerca a la esquina, arremete y sin que lo pueda evitar veo que me tira al piso y siento por instantes que quedo sin aire cuando la trompa da una embestida sobre mí. No retengo el tiempo. Saco rápidamente unas monedas, me subo al bus, pago y me acomodo en una de las bancas traseras para estar cerca a la puerta. El olor penetrante de un perfume barato me hace sacar la nariz por la ventanilla para no marearme.
El ruido de los carros, como huracanes, hace que mi pensamiento dé un nuevo salto... manos que atraviesan con un puñal alguna vida, alguien que goza, otros que roban, otros que sufren, otros que mueren, los que hacen el amor, los que bailan en las discotecas, los que no paran de trabajar, los que estudian, los que leen, los que rezan en el cementerio, los que... viven en este preciso momento… mientras yo los pienso… mientras ahora los escribo.
***
¿Qué piensa esa señora que va diagonal a mí en el bus? Pienso sentada en una banca, me gustaría poder escuchar su mente… sobre todo, porque me acercaría un poco más a vivir otra forma de sentir la vida. Cómo se suceden sus voces, en qué se quedan detenidos con mayor insistencia sus oídos; quisiera vivir un instante en su mundo interior. Empiezo a leer en sus gestos, en su rostro, en cada movimiento, en su mirada, en cada arruga de su piel y de pronto creo escuchar lo que piensa... y por momentos imagino que “soy” esa persona y que voy para alguna casa, que es la de esa persona —la mía ahora… y trabajo y trabajo sin descanso… cocino… lavo… plancho… y voy y vengo extraviada en el vasto universo de una casa.
***
Cuando escucho alguna frase, por encima de todo ese bullicio interior, empiezo a confirmar algo; algo que antes no podía sentir —y lo primero que confirmo es que tengo un pensamiento recurrente, que me muestra ese permanente fluido de voces, y que a veces puedo percibir.
—¡Ring! ¡Ring! —me levanto de la silla y contesto.
¡Aló! ¿Cómo está doña Sonia? ... ¡Muy bien!... Está muy linda... quince meses...
Hablo por más de tres minutos sobre mi hija, sobre la felicidad de ser mamá, sobre cuándo pienso entrarla a la guardería y así tener más tiempo para escribir.
—¿Por ahí está Celene?... —me pregunta. Es que desde que se pasó de esta casa ya no sé dónde encontrarla... no, en el apartamento tampoco está y este perro me tiene loca... ya no sé a quién le ha dado más duro si a Dago o a mí... claro que sí querida, las relaciones se mejoran mucho con la distancia, ya casi no peleamos... ella está muy querida conmigo... pero el Dago no se ha podido reponer, no quiere comer y eso sí es muy grave porque vos sabés él cómo es de velón... imaginate tanto tiempo viviendo juntos... cuando ella viene el perro se esconde debajo de la cama y no hay quien lo saque... ella porque se queda horas tratando de convencerlo a punta de mimos... ¡¿Manipulador?! ¡Manipulador y medio! Imaginate, no lo hago yo que soy la mamá, lo viene a hacer ese perro... sí, si hablás con ella decile por favor que me llame, que Dago se va a morir de la pena moral.

***
Diagnóstico: “Dispersiones crónicas” —o acaso Crónicas crónicas, como tituló un libro de cuentos alguien a quien recién conocí en Bogotá el día del estreno de La vendedora de rosas.
***
Necesito las palabras como una respiración... entonces escribo.
Hoy descubrí o por lo menos intenté capturar algo que tiene que ver particularmente con esa esencia de lo que pienso, o mejor de como pienso... rebotando de acá para allá, vagando sobre un laberinto de palabras. Cómo vuelvo por distintos caminos a los mismos pensamientos que me acosan, a las mismas sensaciones que siempre están a la zaga... tendida en el tiempo para capturar la vida con las palabras. Mi cuerpo no deja de moverse casi siempre de cierta manera... repite de diversas formas las mismas cosas, las mismas voces, los mismos sonidos… que vagan extraviados esperando su momento para ser escuchados… para ser escritos.
Paso tantos ratos fuera y dentro de mí —sumergida en las voces que cubren estas palabras que escribo... y la dispersión se convierte así sin pensarlo en una máxima concentración y es irremediablemente así... puesto que un ser disperso que vive estas horas para escribir del tiempo, también puede ser un personaje, cuyo nombre queda en blanco, para que en cada caso esa supuesta abstracción, de la que escribiera alguna vez Cortázar en su Rayuela, sea resuelta, tal como él lo propuso, en una atribución hipotética.

***
Juego por largo rato con mi hija… ¡estamos felices!, yo pariéndola de nuevo y ella naciendo otra vez; yo dándole la leche tibia en un biberón de muñeca, contándole cuentos de gnomos, dragones alados, hadas y musas; ella abriéndole caminos a esa niña que vaga perdida en mi memoria —un ayer vuelto presente que me enfrenta a una imagen traída por el tiempo en la que ella tan ella, soy yo misma... mi propia niña... De pronto, un sordo impulso me precipita a escribir —no sé en qué momento me ahogué en una selva de palabras. Entonces ya no tengo calma y me siento a transcribir.
—Mami juguemos —dice mi hija, me insiste con besos, con la muñeca llorona que tanto me gusta, con el cascabel de colores.
—No puedo hija, ahora estoy escribiendo —le digo una y otra vez, con el pensamiento puesto en ella que es mi niña, ella que resuelve los problemas de mi infancia perdida, ella que me recobra la oportunidad de encontrarle un sosiego a mi niñez...
—Mami arrulla la bebé —dice mi hija entregándome la muñeca llorona.
—¡Ahora no! Hija por favor, ya jugamos un rato, estoy escribiendo y no me dejas concentrar. Mi hija se acerca con curiosidad, pero no le permito que toque el teclado y la pantalla del computador no le atrae con esa cantidad de signos que ella no comprende. Se sienta sobre un sillón buscando refugio en la punta de la cobijita con la que se acaricia la nariz mientras se chupa el pulgar.
—Mami, ¿ya acabaste? —me dice una y otra vez con esa persistencia que sabe tener ella que aún es niña. Yo le respondo haciendo un gesto negativo con la cabeza mientras describo el juego que compartíamos hacía un momento: … Ella convertida en mi niña, en esa niña que se quedó dormida en algún momento de mi infancia... esa inocencia detenida que recobro ahora…
Mi hija recuesta su cabeza sobre mis piernas. La dulce tibieza de su cuerpo me hacen sentir tentada a acariciarla, pero me contengo. Intenta de nuevo un juego que no correspondo y cuando trato de describirlo… mis dedos navegan sobre su la suavidad de su piel, recorro su carita, su espalda, su cuello. Sin darme cuenta, la niña se sienta sobre mis muslos y juega con el teclado. Dhañwoej,nfaoiapeajmo*vcj303laepapkte9eerdep +++**sseepxxszx_Ñew,k<a<a<*[A<a<A   de  ie
—¡Déjame seguir por favor! Ya estuvimos mucho rato juntas —le digo mientras intento retirarla de mis piernas, pero ésta es una razón que sus ilusiones de niña no alcanza. —¡Te vas ya para tu alcoba! —insisto aparentando enojo y eso la aleja de mí por un tiempo.
Fumo un cigarrillo y pienso en cómo alcanzar el final. Escribo por largo rato y justo cuando estoy tecleando: ella sirviéndome dulces en la vajilla de su juguetero... descubriéndome sonrisas... siento una caricia tibia que me aleja de la pantalla del computador. Es mi niña otra vez. La beso. El brillo de sus ojitos se agita y con su vocecita de niña me pregunta:
—Mami ¿cuándo vas a dejar de escribir?
Mi sonrisa hueca aparece traída no sé desde cuándo, ni de dónde… aspiro y mis hombros se levantan y caen desconsolados sin que yo pueda hacer nada... “¡¿cuándo vas a dejar de escribir?!” me pregunto también y un grito acude en silencio —tampoco yo lo sé.


Diana Ospina (1963)
Especialista en Dramaturgia y en guiones y dirección de televisión y radio.


www.odradekelcuento.com

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