Cerca al canal

 


José Guillermo Ánjel R.

 


A Erich Hackl que, mostrándome otra Viena, me hizo comprender el sentido de la resistencia.

 


—A los judíos primero los encerraban en escuelas como ésta, donde antes habían estudiado sus hijos, y luego, tras un juego de selecciones al azar, los enviaban en grupos a la estación de trenes y de ahí a la muerte en algún campo de concentración, —dijo el hombre delgado mostrando una placa que había en una pared y en la que se decía que ahí, en ese sitio de paredes amarillentas, habían almacenado judíos vieneses. El hombre gordo que lo acompañaba leyó la placa con atención y antes que miedo o asco o tristeza sintió calor. El día estaba muy bello y el sol picaba con fuerza. Además había caminado un trecho largo. —Pero, —prosiguió el hombre delgado y de pelo largo—, ahí adentro los judíos se morían de hambre. No tenían dinero, eran obreros, pequeños artesanos, empleados. Algunos eran actores y libreros. Claro que alguna gente se arriesgó a traerles comida, pero no fue suficiente. Hubo demasiados guardias en las calles y en las puertas.
El centro de Viena es neo-barroco y huele a corte, a príncipes austro-húngaros, generales y señoras listas a ser retratadas. Pero lejos de ahí, la ciudad cobra un aspecto diferente, con más historias trágicas y cómicas. Esto lo percibía el hombre gordo, quien a medida que escuchaba a su compañero de ruta imaginaba a los judíos que entraban en las escuelas con una maleta en la mano, llevando sus abrigos y sombreros, alguna ropa de cama, quizás un par de porcelanas y a los hijos de la mano. Supuso que algunos de esos hijos se resistían a regresar de nuevo a la escuela y, por tanto, en el camino los niños escucharon mentiras de sus padres. Y si bien ahora la calle estaba vacía e iluminada por un sol de primavera, la imaginó en esos días de persecución con muchas filas de judíos provenientes de distintos barrios. “Si mi madre hubiera estado por esos días en Viena, habría estado en alguna fila y pudo haber llevado la maleta negra que fue de su padre”, pensó el hombre gordo. Y la vio con el pelo negro cogido en cola y bajo un abrigo largo. Pero ni aun así el hombre gordo sintió tristeza ni asco ni miedo. Estaba acalorado y lleno de asombro, como asistiendo a una película en la que él no era más que un espectador con un paquete de palomitas de maíz en la mano.
—Cerca de aquí se conservan todavía las baterías antiaéreas de los nazis. Son demasiado fuertes para demolerlas y muy feas para darles otro uso. —El hombre delgado y de pelo largo caminaba rápido, apretando en la mano la agarradera de su maletín fino, con muchos papeles adentro—. Pero quiero mostrarte el Augarten, donde los obreros venían con sus familias. Todavía lo hacen, —dijo el hombre flaco. El pelo le caía sobre la frente y casi sonreía al hablar, como un muchacho que cuenta una aventura. Eso le gustó al hombre gordo que, aunque sentía calor, seguía imaginando qué hubiera sido de su madre si hubiera estado en Viena cuando los judíos salieron de sus casas y fueron almacenados en las escuelas. Las palabras del hombre flaco pasaban frente a sus ojos y se convertían en personas de los años cuarenta y una de ellas pudo haber sido Marta Malaji, que por los días de la guerra (¿cómo saber cuáles son si todavía estamos en ella?) tenía una cara bonita y el pelo largo y que bien pudo haber estado en alguna de estas calles siguiendo la espalda de otro judío que luego ingresó en la escuela en la que lo registraron en un libro y le asignaron un trozo de salón de clase o un lugar en el patio. Marta, su madre, pudo haber sido catalogada como mercancía con destino a la estación de trenes. La vio señalada, con una estrella amarilla sobre el corazón, un poco asustada, mirando las puertas y ventanas en las que había algún conocido o por donde ella había entrado o se había asomado porque su madre era una mujer de vecinos. También la vio sonriendo y jugando con los niños. Y si su madre hubiera estado ahí, el hombre gordo quizá no hubiera nacido y esa historia que imaginaba con base en las palabras que oía del hombre flaco no habría sucedido nunca. El hombre gordo miró la calle que iba hasta el fondo. Ya habían atravesado el canal del Danubio y más allá seguro estaba el río. Se imaginó las aguas frías sobre su cuerpo caliente.
El hombre flaco y de pelo largo, que seguía aferrado al maletín que llevaba en la mano, hablaba de la resistencia, de archivos de difícil acceso, de gente de izquierda, de torturadores, de obreritas sencillas, de gente que antes habitó los edificios de las calles por donde pasaban, pero que ahora ya no estaban allí ni volverían nunca porque los habían desaparecido. Y el hombre gordo, sin sentir tristeza ni asco ni miedo, lo seguía jadeando porque el calor le tenía la sangre hirviendo y además lo afectaba el peso y que el hombre flaco caminara rápido y sin parar de hablar. Y esto de que hablara seguido era encantador porque entonces el hombre gordo se asombraba que él estuviera caminando por esas calles sin tener que seguir una fila ni estar marcado, sin hacerse preguntas ni buscar desesperadamente una esperanza. Y quizá por eso, porque estaba al otro lado de lo que había sucedido, el hombre gordo se sentía tranquilo. Esto pasó hasta que entraron en el Augarten y allí él se encontró con su madre joven, que estaba sentada en una banca. Llevaba un abrigo largo y sobre el pecho una estrella amarilla mal cortada. “No tuvo para comprar una impresa”, se dijo el hombre gordo que, para su sorpresa, también llevaba otro abrigo y otra estrella sobre el corazón. Y qué comenzó a pensar qué haría para seguir vivo ahora que no podía ejercer de profesor. A su lado el hombre flaco tomaba notas en un cuaderno de contabilidad. “Unos quedarán, otros se perderán; de algunos quedará memoria, de otros apenas un nombre que no dirá nada”, decía. Y anotaba nombres y hechos a una velocidad sorprendente. Cuando agotó el primer cuaderno, sacó otro del maletín, también de contabilidad. Al hombre gordo, que ya no era gordo ni sentía calor, le causó curiosidad que la letra del hombre flaco, a pesar de la velocidad con la que escribía, fuera casi un bordado.
Luego el hombre gordo, que ya no era gordo ni sentía calor sino frío, se detuvo y encendió un cigarrillo. Mientras fumaba miró a todos los que estaban en el Augarten. Se veían solos, sin caras, las cabezas cubiertas por sombreros grandes y el cuerpo dentro de abrigos enormes. Y en esa noche de abrigos y sombreros oscuros, las estrellas amarillas. Y la madre detrás de él con su maleta negra.
—Pero tú no recibes órdenes de nadie, —le dijo el hombre gordo que ya no era gordo. La madre sonrió—. Pero tú no entrarás en esa escuela —afirmó el hombre. La madre sonrió—. Pero no caerás en la trampa de ir a la estación. —La voz del hombre gordo se agotaba. La madre sonrió—. Nos podremos esconder. —La voz del hombre gordo que ya no era gordo se hizo diminuta, casi una respiración de alguien que sufre de los bronquios. Delante de ellos el hombre flaco de pelo largo seguía anotando en el libro de contabilidad. Lo hacía minuciosamente. Tenía cara de niño.
Al finalizar el día, el hombre gordo volvió a ser gordo y el hombre flaco se agarró de nuevo a su maletín. Entraron en el metro subterráneo y allí subieron en la línea 1.
—Esta es la que usan los pobres de la ciudad, —dijo el hombre flaco, sonriendo.
—Gracias, —dijo el hombre gordo. Y no sintió miedo ni asco ni tristeza en su corazón sino un intenso amor de hermano por el hombre flaco. Y vio de nuevo la imagen de la madre sentada en el banco del Augarten, mirando hacia las defensas antiaéreas. Se había quitado la estrella y allí envejecía viendo correr a los hijos de los obreros de Viena, cerca al canal del Danubio.


José Guillermo Ánjel R. (???)


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