La lección del micotauro

 


Andrés García Londoño

 


El micotauro caminaba por el bosque. Era un ser gentil. Cuando corría por la pradera prefería hacerlo a grandes saltos para sentir la energía de sus muslos poderosos, pero ahora avanzaba despacio, apartando con delicadeza las ramas para no herir a los árboles de cuya sombra disfrutaba, y poniendo atención en que sus cuernos no tumbaran ningún nido.
Era tan feliz como puede serlo un micotauro. Le gustaba su vida, que consistía de día en acercarse a las flores y olerlas, contemplar las maravillas que cada rincón le traía y disfrutar la digestión de los pequeños animales que cazaba. Y en las noches, contemplaba las estrellas, dormía resoplando con pequeños bramidos, o se escabullía en el cuarto de alguna de las campesinas de la isla, quienes a veces lo invitaban a hacer un alto temporal en sus vagabundeos por el reino que le pertenecía por herencia.
Como micotauro resultaba bastante apuesto, a decir verdad. El cuerpo de toro rebosaba de salud y poder, con un torso tan inmenso que, cuando reía, parecía un terremoto continental. Sus brazos, marcados de venas, tenían músculos que parecían burbujas de brea a punto de estallar, lo cual le resultaba muy útil cuando debía rescatar novillos u ovejas extraviados que hubiesen resbalado por alguno de los acantilados de la isla, abundantes aunque por fortuna no demasiado altos, así que muchos de los animales sobrevivían. Estos rescates constituían sólo una entre varias acciones generosas por las cuales los súbditos aceptaban de buen grado las excentricidades de su príncipe, que comenzaban por su apariencia física pero no terminaban allí, ya que, al preferir el campo abierto a los espacios cerrados, podían pasar meses entre una visita suya al palacio y la siguiente.
La cara de rasgos simiescos era amable y bondadosa, sin perder con ello cierta actitud de picardía más propia de un tití que de un gorila. Su otro rasgo notable, el pene que colgaba hasta abajo de la rodilla, le había traído antes muchos problemas, pues solía lastimarse en el bamboleo de las carreras o recoger hojas y espinas cuando caminaba entre arbustos y hierbas altas, hasta que finalmente había hallado la solución de atarlo con una cinta de tela roja a su muslo derecho. Esa prenda era la única vestimenta que llevaba encima.
El de ese día era un paseo como el de cualquier otra jornada hasta que escuchó el llanto, un gimoteo femenino que se colaba entre las hojas. Convencido de que debía tratarse de una pastorcilla que había perdido parte de su rebaño, se dirigió hacia allí, presto a ayudar, pues su olfato era una herramienta magnífica cuando de hallar animales extraviados se trataba. ¿Cuál no sería su sorpresa cuando en vez de hallar a la prevista campesina de tez morena y ojos de almendra, halló a una extraña joven de rasgos nunca antes vistos en esa tierra de sol y arcilla? Era rubia y con ojos tan azules como el mar profundo que desde las colinas el micotauro acostumbraba contemplar por horas. Sus ropas eran también extrañas, pues parecían muy finas y de un color celeste que hacía juego con los ojos de su portadora, tejidas con un material nunca antes visto en la isla. Pero la seda —pues de seda se trataba— estaba muy manchada y hecha jirones.
—Uuuuh, uuuuh —lloraba la joven.
—Hola —dijo el micotauro, luego de un momento de confusión, pensando que un saludo era lo que mejor correspondía a la situación.
La muchacha paró por un momento de sollozar y lo miró con ojos muy abiertos, antes de cambiar el llanto por los gritos y tratar de subir el risco que había tras de ella con movimientos inútiles, pues en su terror resbalaba a cada instante.
—Hola —repitió el micotauro más confuso que nunca. A decir verdad, no entendía lo que pasaba, pues nunca antes en la isla, donde todos lo conocían, alguien había intentado escapar de él.
La muchacha se volvió y lo miró, mientras respiraba pesadamente.
—Por favor, no me hagas daño —dijo, con un fuerte acento extranjero.
—¿Pero por qué habría de hacértelo? — respondió él.
Más calmada, la joven se sentó en una roca mientras recobraba su aliento, y lo miró con ojos que aún conservaban una buena dosis de desconfianza.
—Mi nombre es Nadia. ¿Dónde estoy?
—Estás en mi isla —dijo él.
—¿Y en esta isla son todos como tú?
—No, yo soy único. No existe otro como yo sobre la Tierra —respondió el micotauro, con palabras donde no faltaba cierta dosis de orgullo—. De hecho, así suelen llamarme: “Único”, pues al parecer a mis súbditos les complace que ninguna otra nación tenga un heredero similar, aunque mi madre haya escogido para mí otro nombre que sólo ella pronuncia... Pero dime, ¿cómo has llegado aquí?
Entonces Nadia contó su historia. Era hija única de un poderoso rey del norte. Al llegar a la edad casadera, su padre le había presentado a múltiples pretendientes. Pero ella no encontró en ninguno al príncipe perfecto que, según los relatos que le contaban las nanas en su infancia, le correspondía a una princesa con tantos dones como ella. Al principio, su padre le había presentado a jóvenes con cuyas familias al reino le convenía crear alianzas, más tarde había intentado con cualquiera que tuviera sangre noble y finalmente, ya desesperado, le había presentado a los jóvenes plebeyos del reino. Pero a todos ellos la muchacha les encontraba algún defecto: unos eran demasiado simples, otros, engreídos; unos olían mal, otros no olían a nada; unos eran demasiado flacos y a otros les sobraba estómago; éste era muy narizón, ése hablaba demasiado, a aquél otro le faltaban modales... En ésas continuaron hasta que se acabaron los prospectos. El rey amenazó a su hija con forzarla a casarse con el primer extranjero que cruzara las fronteras del reino, ante lo cual Nadia trató de lanzarse del balcón de su alcoba en el castillo. Entonces el rey tomó una resolución: construyó una barca, la llenó con abundantes víveres y agua, colocó a su hija en ella y, luego de desearle que encontrara al príncipe con el cual soñaba, la dejó ir a la deriva. Así había estado Nadia los últimos meses, refugiada bajo el toldo de la barca y al capricho de las corrientes, hasta que una tormenta la había hecho encallar en la isla.
—Uuuuuuh, uuuuuuuh —rompió a llorar de nuevo la muchacha.
—No llores, por favor... Aunque, por otra parte, entiendo que lo hagas. ¿Cómo pudo ser tan desalmado tu padre? —respondió el micotauro conmovido.
—No lloro por mi padre —se calmó Nadia—. Fue sabia su decisión, pues gracias a ella al menos ahora tengo la esperanza de encontrar a mi príncipe. Lloro porque aunque ya necesitaba bajar a tierra, pues el agua comenzaba a saber mal, la tormenta estropeó mi barca y ahora no puedo continuar buscando a mi príncipe.
Entonces Único la vio tan bella y triste que, por primera vez, notó cierto ardor en el pecho que le hizo exclamar con voz baja, casi avergonzada:
—Yo soy un príncipe, ¿sabes?
Ella lo miró como si no entendiera lo que él quería decir, así que rápidamente continuó:
—.... Y como tal, puedo ayudarte a reparar la barca.
—¿De verdad? —lo miró Nadia, con unos ojos donde la esperanza comenzaba a ganarle espacio a la sospecha.
—De verdad. Te ayudaré. Palabra de príncipe.
—¡Gracias, Único!... Gracias —exclamó con voz entrecortada la princesa, pues volvía a llorar, aunque esta vez parecía un llanto de felicidad, que hizo que el corazón del micotauro se diluyera en una calidez nunca antes por él conocida.
—Puedes llamarme Uni —afirmó él entonces­, tímidamente, aunque con la misma voz de bajo con que salía cualquier palabra desde la profundidad de su gruesa garganta—. Así me llaman mis más cercanos.
—Gracias, Uni —respondió ella, con una sonrisa que, a pesar de los labios agrietados por días de sed, le pareció al micotauro la cosa más bella que había visto.
—Por ahora, ocupémonos de lo más urgente —dijo él, haciéndose cargo de la situación—. Por ejemplo, la pregunta de dónde te quedarás... Si quieres, puedo llevarte al palacio de mis padres. Sé que ellos te tratarán con todas las atenciones.
—La verdad, preferiría que nadie más supiera que estoy aquí. Me harían preguntas incómodas, o peor aún, tratarían de convencerme de volver a la tierra de mi padre.
—Tengo una idea. Te llevaré a una cueva que utilizo cuando estoy por estos parajes y te instalarás allí mientras reparo tu barca.
El micotauro llevó entonces a Nadia a la cueva y la dejo allí, con comida y agua fresca.
Los siguientes días fueron muy ajetreados para el micotauro. Consistieron en frecuentes viajes al palacio, para traer a la cueva tapices persas, espejos egipcios y adornos fenicios, con las cuales finalmente la convirtió en un aposento real, como merecía la princesa.
Alguna vez su madre le preguntó a dónde llevaba todos esos objetos, pero él en lugar de responderle, le dirigió una sonrisa tímida. Y como la reina lo amaba, respetó su secreto y no volvió a preguntarle, además de prohibir que cualquier otro lo hiciera: simplemente se le daría a Único cualquier cosa que solicitara. Ello, sin embargo, no impidió que el rey, preocupado, ordenara a sus rastreadores que siguieran a su hijo y averiguaran qué estaba haciendo, pero como el micotauro se movía por el descampado de la isla con mayor agilidad que cualquier cazador, nadie descubrió nunca la cueva ni lo que contenía.
Cuando no estaba viajando a la capital, Único se dedicaba a reparar la barca de la princesa. No necesitaba demasiadas herramientas, pues su cuerpo era una sola y gran máquina multiusos. Echaba abajo los árboles con una patada, los hachaba con golpes de sus brazos poderosos y lijaba la madera frotándola con sus nudillos, antes de abrir con sus cuernos los agujeros para los clavos. Nadia lo ayudaba cosiendo nuevas velas para remplazar las anteriores, desgarradas en la tormenta, con otras hechas con la mejor tela que el micotauro había podido conseguir. La meta de éste era hacer para Nadia la barca más bella jamás construida, y la más resistente, de modo que ella pudiera continuar su odisea en búsqueda del príncipe soñado sin temer mayores peligros del mar.
Por las noches conversaban, a menudo hasta la medianoche, con risas frecuentes. El micotauro le revelaba a la muchacha secretos de la vida silvestre que pocos conocen, y ella le narraba anécdotas de su anterior vida en la corte o de su travesía. Las conversaciones culminaban cuando Nadia entraba a la cueva y el micotauro se quedaba dormido, guardando la entrada, sobre un montón de hojas secas. Con frecuencia, el micotauro al mirar a la muchacha sentía una curiosa mezcla de alegría y tristeza que lo preocupaba, pues no conseguía distinguir la emoción que lo embargaba. Así que una noche, sentados lado a lado, le preguntó lo siguiente:
—¿De verdad piensas irte?
La muchacha no respondió.
—No quiero que lo hagas. Me gustaría que te quedaras.
Ella continuó callada un rato, hasta que dijo:
—A una parte de mí también le gustaría quedarse, Uni. Jamás había tenido un verdadero amigo.— Al decir esto, apoyó la mano sobre el velludo muslo del micotauro.
Él notó que la mano de ella temblaba y, al sentir esto, él mismo comenzó a temblar y percibió cómo su propio sexo comenzaba a inflamarse, amenazando con romper la cinta que lo sujetaba. Por un momento, Nadia no retiró la mano, a pesar de que con seguridad percibía el temblor, fruto de la deliciosa tortura que provocaba en él. Sin embargo, tras unos instantes la retiró y luego dijo con la voz más fría que el micotauro le había escuchado:
—Pero, más allá de cualquier otra cosa, debo irme tan pronto la barca esté lista. En algún lugar mi príncipe me espera. Lo sé.
Se retiró entonces al interior de la cueva mientras él la observaba.
Esa noche, el micotauro soñó. En su sueño, Nadia, sudorosa, le presentaba con orgullo a un niño recién nacido: un pequeño fuerte y saludable que conservaba de su padre los cuernos y de su madre el color de los ojos. Una emoción infinitamente dulce estremeció al micotauro y, al despertar, notó que su semilla se había derramado en abundancia sobre su cuerpo, manchando los vellos de su torso. Fue entonces al arroyo cercano y se lavó con cuidado. Luego regresó y esperó el despertar de la princesa. Cuando ella salió, fue incapaz de mirarla de frente y su boca estaba tan seca, a pesar de acabar de beber, que ni siquiera intentó hablar. El silencio sólo se rompió cuando Nadia, luego de extender los brazos para desperezarse, dijo con una sonrisa:
—Anoche soñé contigo.
Él la miró con ojos asombrados, no podía creer lo que escuchaba, antes de que ella continuara con el rostro radiante.
—Sí, anoche soñé contigo, Uni. En realidad, tú no tienes nada de toro, ¿sabes? En mi sueño, tú eras un gran caballo blanco que corría a mi lado y en lugar de dos cuernos, tenías sólo uno. Un unicornio, así te llamaré, pues hace juego con tu nombre, y si alguien me pregunta luego por ti, así te describiré. Como un caballo blanco y de corazón puro: el único ser en quien una doncella como yo podría confiar. Cuando encuentre a mi príncipe le hablaré de ti como el mejor de los amigos... Ven, déjame darte un abrazo.
El micotauro estaba petrificado. Cuando ella lo abrazó, no hizo el menor intento de moverse a pesar de que el contacto resultaba tan doloroso como antes había sido placentero el sueño. Aunque ella era alta no llegaba más arriba de las tetillas del micotauro, y sin embargo él se sentía en ese momento no más grande que una hormiga. Cuando Nadia finalmente lo soltó, farfulló cualquier excusa y se alejó.
Corrió por horas, hasta caer rendido sobre una roca. Allí se quedó, implorando a los dioses que le dijeran qué hacer. Pasaron algunos minutos en silencio antes de que escuchara un balido. Se acercó a un precipicio y contempló abajo a una oveja moribunda. Era el animal más blanco que había visto, con excepción del lugar donde las rocas habían herido su cuerpo. Abundante sangre manchaba la lana, antes de verterse en el mar que rodeaba la escena. El micotauro bajó, tomó al animal y lo calmó con dulces caricias. Y cuando la oveja se hubo tranquilizado y sólo se escuchaba el resoplido de los pulmones perforados por las costillas y los débiles quejidos de dolor, gentilmente posó la mano en su cuello y con un solo apretón la desnucó, dándole una muerte rápida. Luego dejó el cadáver sobre la arena y se quedó contemplándolo.
¿Qué querían decirle los dioses? ¿Por qué una oveja? ¿Por qué blanca? ¿Por qué la sangre que manchaba la lana?... Por horas meditó en el misterio, antes de hallar una posible respuesta: los dioses le sugerían que, ya que no podía expresar en persona las únicas palabras que quería decir, las expresara de otro modo. Cogió entonces la oveja, la desolló, y secó la piel. Se sentó ante ella y, luego de morder su dedo, tomó una pluma de gaviota, la mojó en su sangre y comenzó a escribir una larga carta donde expresaba todo lo que sentía, las emociones que lo invadían cada vez que la veía, su deseo de un futuro juntos y su adoración por todo lo que ella tocaba, desde el aire que respiraba hasta el suelo que pisaba.
Cuando terminó, la firmó con su nombre de príncipe, con aquél que su madre había escogido y él nunca pronunciaba, y se marchó a continuar su trabajo en el barco como si nada hubiera pasado. En la noche no habló ni la miró. Comieron en silencio y luego de terminar, cuando Nadia entró a dormirse, esperó a escuchar los suaves ronquidos de la princesa y, por primera vez desde que ella había llegado, entró a la cueva, dejando su carta junto a la cabeza de la muchacha que dormía tranquila. Luego se retiró y se recostó bajo las estrellas, aunque no pudo dormir en toda la noche.
En la mañana, él la escuchó levantarse y luego siguió un largo silencio, que finalmente se rompió cuando Nadia salió de la cueva y avanzó hacia él, llorando feliz.
—Único, Único... Mi príncipe. Por fin —dijo, antes de lanzarse a abrazarlo. Él, conmovido y feliz, posó una mano sobre su cabello y lo acarició dulcemente. Luego ella volvió a hablar:
—¿Sabes? No sé cómo. No sé por qué milagro, pero, por fin, aquí, en esta isla, ha sucedido —afirmó mientras sostenía la carta como un tesoro, antes de abrazar fuertemente al micotauro y volver a posar su cabeza en el pecho de él, quien continuó acariciándola—. Nos hemos encontrado. ¡Qué alma tan sensible! ¡Qué virilidad elocuente! ¡Qué ser tan maravilloso! Incluso el nombre es perfecto. No lo repetiré, pues no quiero gastarlo, pero es brillante, apropiado para una estrella. Sólo me pregunto por qué no se ha presentado en persona —la mano sobre el cabello se detuvo—. Un hombre que escribe en forma tan hermosa, con tal claridad de sentimientos y una necesidad de amor tan profunda, debe ser por fuerza el más bello de los seres.
El micotauro, a quien algo indefinible se le había roto en ese último minuto, se separó de ella.
—¿Qué te pasa, Uni?... ¿No estás feliz por mí? —la muchacha lo miró sorprendida, pero sólo estuvo en silencio por un segundo antes de continuar—. Me pregunto cuándo se presentará, cuándo me dejará verlo. ¿Qué crees, Uni? Quizás quiere que conozca su alma antes que su cuerpo para estar seguro de que mi amor es tan puro como el de él. Sí, debe ser eso... Pero, entonces, tiene que volver a escribirme, ¿no crees? Una sola carta resulta insuficiente para conocer, para realmente conocer, a alguien. Creo que me volveré loca si no encuentro otra carta mañana en la mañana.
El día pasó más lentamente que cualquier otro. ¿Cómo podía ser que ella no supiera que era él quien había escrito la carta?, se preguntaba el micotauro mientras trabajaba en el barco y la princesa hablaba una y otra vez acerca de su príncipe. En algún momento, pensó en retirarse y escribir otra carta, pero el simple pensamiento le resultaba tan doloroso, dada la experiencia de la mañana, que desechó la idea. Así llegó otra noche de insomnio y el nacimiento de un nuevo día, antes de que los gritos de la princesa lo estremecieran.
—¡No me escribió, Uni! ¡No me escribió! Luego de tanto amor, cómo es posible que se esté olvidando ya de mí...
El micotauro no podía verla sufrir. Algo más fuerte que su propio dolor le impulsaba a querer impedir tal agonía. Así que se despidió con el pretexto de ir a recoger frutos para desayunar, buscó otra oveja, la mató, preparó la piel, mordió su dedo y se sentó a escribir una carta tan amorosa como la anterior. Esta vez, sin embargo, se aseguró de poner las suficientes pistas en ella, describiendo su primer encuentro, para que la princesa supiera quién la había escrito. Luego regresó a la cueva, entró en ella y volvió a salir, antes de decirle a la princesa, mostrándole la carta:
—Tómala. No te ha dejado de amar. Simplemente se cayó al mover la manta donde dormías.
Ella le arrebató la carta con manos temblorosas y la leyó con ojos ansiosos.
—Me ama. Me sigue amando. Hay algunas cosas que no entiendo, pues él habla a veces como si ya nos conociéramos, pero lo importante es una sola cosa: sé que es a él a quien he estado buscando y él también lo sabe... ¡Ah, qué alegría, Uni, que hayas hallado la carta! ¡Qué haría yo sin ti!
El día pasó como el anterior. La princesa, feliz, hablando una y otra vez sobre la carta; el micotauro, meditabundo, pero habiendo tomado ya una resolución. Continuaría escribiendo. Más pronto o más tarde, ella comprendería.
A partir de ese día los campesinos comenzaron a hablar de un mal que se extendía por los rebaños de la isla. Un ladrón raptaba durante las noches las ovejas más blancas, aunque no le faltaban modales, pues siempre depositaba dos monedas de oro al pie de la choza del dueño. Y cómo a pesar de todo era un buen negocio, pues pagaba más por los animales de lo que habrían conseguido en el mercado, los campesinos no hicieron grandes esfuerzos por descubrir al acechador. Por su parte, la princesa estaba tan alegre como nunca, y aunque ya la barca había sido terminada, hablaba sólo de las cartas y esperaba únicamente el momento en que su príncipe llegaría al fin a desposarla.
A quien no le iba nada bien era al micotauro. La sangre que perdía con cada carta lo debilitaba progresivamente y pasaba tanto tiempo escribiendo que no se alimentaba en forma apropiada. Las costillas bajo el pecho parecían las arcadas de un puente en ruinas. Sus vellos, antes espesos y fuertes, comenzaban a caerse, por lo cual en su lomo ya tenía zonas de calvicie. Sus dedos, mordidos numerosas veces, se habían infectado y ya no soportaban mucha presión, por lo cual consideraba una fortuna haber concluido el trabajo en la barca. Sus brazos ya sólo con esfuerzo podían partir el tronco de los árboles y, aun así, sólo de los brotes más tiernos. Incluso su pene había disminuido de tamaño con los numerosos sangrados, hasta parecer sólo el de un nombre normal, por lo cual ya no tenía la necesidad de amarrarlo con cinta y, aunque ahora andaba del todo desnudo, su desnudez era una pena, pues nada de vigor quedaba en su cuerpo y parecía un animal abandonado. Impresión que se veía reforzada por el hecho de que estaba tan débil que a veces se veía forzado a caminar en cuatro patas, pues con frecuencia sus piernas eran incapaces de sostener su peso. Hacía meses que no volvía a palacio ni permitía que nadie lo viera, ya que no quería que sus padres se preocuparan.
Sin embargo, algo dentro de él conservaba la esperanza. Después de todo, había recibido un consejo de los dioses y lo seguía a plenitud. Y, aunque se sintiera enfermo, la princesa ciertamente se enamoraba más con cada carta. Por otra parte, ahora que él estaba débil, ella parecía sentirse del todo cómoda en su presencia, e incluso era frecuente que ella le hiciera una caricia sobre el lomo, que él recibía con la misma gratitud con que lo haría un perro sin dueño. Pero el micotauro se preguntaba cuándo se terminaría esta dolorosa etapa y ella lo reconocería finalmente como el autor de las cartas. Para acelerar un poco la conclusión en esa dirección, se aseguraba de poner en las misivas alusiones directas a eventos que habían compartido juntos, pero todo parecía confundirse en la mente de la muchacha, quien hablaba luego de tales comentarios como si fueran experiencias que su príncipe quisiera compartir con ella en un futuro. Así que el micotauro había tomado una nueva resolución: entregar las cartas en la madrugada, cuando la oía despertar. Mas siempre que entraba en la cueva, la encontraba recostada, por lo que comenzó a sospechar que ella cerraba los ojos y fingía dormir cada vez que lo escuchaba entrar a depositar las cartas.... Y esa sospecha lo llevó a empeorar, hasta el punto de que cada caminata a buscar las ovejas le tomaba medio día de sudor frío y ahora tenía que morderlas en el cuello, contemplando el espanto en los ojos del animal mientras lo hacía, pues ya no tenía fuerza para desnucarlas.
Su angustia y su enfermedad comenzaron a reflejarse en las cartas, y la cara de la princesa empezó a mostrar signos de preocupación. Pronto, en lugar de risas, las lágrimas le ganaron espacio a las sonrisas con que antes releía cada carta.
—Dioses, ¡cómo sufre! Ayúdenlo, por favor. No puedo contemplar tanto dolor —exclamaba dirigiéndose hacia el micotauro, quien la miraba con ojos que sangraban por un insomnio de cien noches.
Finalmente, justo en el momento en que el micotauro pensaba que ya no tendría la fuerza para llegar arrastrándose hasta donde los rebaños, todo cambió. Luego de leer una carta donde la letra oscilaba por el dolor de sostener la pluma, ella salió de la cueva con cara de resolución y le dijo:
—No más juegos, Uni.
—Sí, por favor, no más juegos —respondió el micotauro, sentado en el suelo, pues las piernas le temblaban de dolor.
—Te quiero, Uni ­—le dijo al micotauro, quien no podía creer a sus oídos y soltó un suspiro de alivio profundo antes de que ella continuara—. Me has ayudado mucho. Ha sido gracias en parte a ti que he encontrado a mi príncipe. No creas que ignoro que tú has sido su mensajero —el micotauro sacudió la cabeza, incapaz de creer lo que escuchaba—. Tú has traído las cartas que tanta alegría me brindaron al principio y luego tanta preocupación. He pensado mucho sobre el asunto y sospecho que mi príncipe no vive en esta isla o ya habría venido. Debe haberme buscado tanto como yo a él y, por un motivo u otro, al saber de mi llegada aquí, no pudo venir en persona y envió las cartas en su lugar. Pero no podemos continuar así: mi príncipe está enfermo y, ya que él no puede venir, yo debo ir en su búsqueda. Necesito que me digas dónde está.
El micotauro precisó de un par de minutos antes de responder.
—Pero, ¿de verdad no lo entiendes, Nadia?... Yo soy tu príncipe. Fui yo quien te escribió esas cartas.
Ella lo miró con incredulidad por un instante, antes de responder con el ceño fruncido, bajo el cual comenzaban a nacer las lágrimas.
—Eso sí que no me lo esperaba, Uni. ¿Cuándo te he dado pie para pensar que yo podría sentir por ti algo distinto a la más pura amistad? ¿Cuándo te he pedido algo parecido al amor? ¡No puedo creer que ahora tú, a quien yo consideraba el más fiel de los amigos, me salgas con esa traición! ¡Que pretendas aprovecharte del trabajo y de la sensibilidad de otro para acabar con tu soledad de monstruo!
“Monstruo”: nunca nadie había llamado así al micotauro, quien comenzó a resoplar pesadamente, pero al mirar a la princesa el orgullo se disolvió entre el dolor. Aun así, halló la fuerza para responder:
—Yo no soy un monstruo. Yo soy Único. No hay otro como yo sobre la Tierra. Y soy yo quien te ama y te ha escrito esas cartas.
—¡Mentira! —respondió ella gritando—. No puedes ser tú. Mi príncipe es fuerte, no lo creas, y si estuviera acá te haría pedazos por pretender tomar su lugar. Pero también es delicado como una flor, capaz de acariciar el viento con su suave mano, de despertar emociones en una mujer que un ser a medias animal como tú nunca entendería. Pero ya que las cosas son así, me marcharé. No importa que no me digas dónde está. Ahora que sé que existe y conozco su nombre, más pronto o más tarde lo encontraré.
El micotauro halló la fuerza para levantarse y tomar a la princesa de una mano.
—Nadia, no te vayas. No así, no después de todo lo que hemos compartido.
Por un momento ella pareció dudar, pero luego retiró la mano.
—No, lo siento, Uni. Te consideraré siempre un amigo. En nombre de todos los días que pasamos juntos te perdonaré incluso la enorme mentira de hoy, pero ya no puedo quedarme, pues mi príncipe me necesita. Además, estás enfermo, no creas que no lo he notado, y no puedo arriesgarme a que me contagies y luego yo le transmita esa enfermedad a él, quien ya está débil por mi ausencia.
Con una voz que parecía un ronco susurro, el micotauro murmuró:
—Un beso tuyo bastaría para curarme, Nadia. Incluso si luego te fueras, yo sabría con ello que todo esto no ha sido en vano.
Ella lo miró en silencio por un instante antes de contestar.
—No, Uni, no tendrás ese beso. Entiéndelo: aunque te quiero, nunca podré amarte. Quizás antes habría sido posible, pero no ahora que sé que mi príncipe existe. Toda yo le pertenezco... Adiós.
Y sin decir más la princesa empezó a correr. El micotauro trató de seguirla, pero sus piernas tropezaban a cada paso. Al notar que ella se dirigía a la barca, se forzó a seguir en cuatro patas. Pero era inútil. Nada quedaba en él del joven poderoso de unos meses atrás. Ella incrementaba la distancia a cada paso y él la perdía con cada traspiés. Cuando el micotauro llegó al acantilado desde el cual podía contemplar el mar, notó que la barca con su amada ya se había hecho a la mar y la desesperación le devolvió parte de su antiguo poder.
—¡Ahhhhh! —gritó y el aire salió con tal fuerza de sus pulmones que, por un momento, las olas invirtieron su curso y se dirigieron hacia el mar, golpeando los costados de la barca. Pero fue sólo por un momento, por lo que pronto el mar retornó a su eterno ritmo y la barca continuó alejándose.
El micotauro contempló el acantilado a sus pies. Y recordó a la oveja moribunda. Entonces supo que el mensaje de los dioses no era un consejo sino una advertencia. Una advertencia que él no supo interpretar, como sucede generalmente con las profecías, la mayor muestra de humor negro de los dioses.
Se lanzó al abismo.
Pero no murió. Incluso debilitado, su cuerpo de toro era demasiado resistente para extinguirse de una simple caída. La subida de la marea lo despertó. Y cuando el agua mojó su frente, obligándolo a sacudirse, los ojos que miraron al cielo nocturno eran los de un demente.

***
El terror se extendió por la isla. El príncipe cazaba aldeanos y bestias, alimentándose de ambos por igual. Numerosas partidas de cazadores recorrían el descampado, buscándolo, mientras la reina lloraba en su habitación y el rey sollozaba en el trono. Pero toda búsqueda era inútil. Cuando un grupo armado encontraba al heredero, los despedazaba con tanta facilidad como antes los había ayudado, pues había recuperado ya su antigua fuerza.
En su guarida, la cueva que antes había acondicionado para la princesa y cuyo suelo decoraban ahora osamentas animales y humanas, el príncipe miraba su imagen en el espejo de cuerpo entero que había traído a Nadia para que se arreglara cada mañana por si su amado aparecía, y se daba cuenta de que su propia cara había cambiado. Conservaba todos los rasgos del toro: tanto sus cuernos como su ancha mandíbula. Pero en cambio sus rastros simiescos habían desparecido. Su vello se había hecho menos espeso, dejando ver sus fuertes pómulos y su amplia frente, bajo la cual los ojos brillaban con astucia profunda. No era ya más un micotauro. Había evolucionado. Aún poseía la fuerza del toro, pero ahora la dirigía la ira del hombre.
Planeaba allí el próximo paso de su venganza contra los dioses que tan cruelmente habían jugado con su destino, burlándose de él con presagios inútiles. Ella lo había llamado “monstruo”; él se encargaría de que no quedara duda de ello. Se entregaría a los hombres del rey a cambio de la construcción de un laberinto que reflejase su propio estado interior, así como la naturaleza de la existencia. Y a cambio de quedarse allí demandaría la entrega de doncellas y donceles. Pero como el único recuerdo benévolo que sobreviviera a la caída era la sonrisa de las campesinas que en su juventud lo habían recibido en sus lechos, cobraría sólo con sangre noble el beso que le había sido negado. Aceptaría como víctimas únicamente a los hijos e hijas de los reyes.
Pero vengarse de los dioses y del recuerdo de aquella que lo había despreciado era sólo la parte más fácil. El otro lado de su venganza era más complejo. Había resuelto que no permitiría ya que nadie lo llamara Único. Todos, en cambio, lo llamarían con el nombre que su madre había elegido para él luego de leer las estrellas de su nacimiento. Todos, hasta el fin de la historia, lo conocerían como Asterión, príncipe de Creta, la perdición hecha carne del laberinto de Minos. Así, él se encargaría de ensuciar por siempre el nombre de aquel que le había robado el amor, en una venganza que duraría tanto como la eternidad.


Andrés García Londoño (Venezuela)


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