Valeria y su jardín

 


Consuelo Triviño

 


—¡Valeria! ¡Valeria!
—¿Qué?
—Que vengas, ¿no ves que te necesito?
—¿Para qué?
—¿Cómo que para qué? Antes no me hablabas de esa forma...
—¿De qué forma?
—Con tanta indolencia.
—Estoy ocupada.
—¿Ocupada en qué?
—A ti no te importa, respondió Valeria, levantándose de su escritorio para acudir a la llamada.
Valeria entró en el baño y sin rechistar le arrebató a Stella la esponja empapada de agua y gel que ella le entregaba con la mano temblorosa, como pidiéndole auxilio. Mientras le restregaba la espalda, Valeria la veía tan pequeña y frágil como un gato mojado, sobre todo ridícula con su gorro blanco de plástico, bombacho y salpicado de violetas. Sintió el impulso de arrancárselo, pero no se atrevió. Bajo el gorro se ocultaba una cabeza abultada por esos espantosos bigudíes, tan pasados de moda. Los efectos de la esponja presionando sobre su espalda, de arriba abajo, tranquilizaron a Stella que recuperó el tono afectuoso con el que doblegaba a Valeria.
—¿Qué estabas haciendo Valeria?, le preguntó con su voz de gata mimosa.
—Escribiéndole a un amigo.
—¿Qué amigo?
—Lo sabes de sobra, respondió, sin disimular su mal humor.
—¡Qué tontería cartearse con amigos que no ves ni vas a ver!
—Es mi problema, dijo Valeria, dejándola con la palabra en la boca.
No podía soportar que Stella se empeñara en ignorar su pasado, que despreciara a sus amistades y pretendiera destruir sus recuerdos. Lo peor de todo es que ella no sólo lo había consentido, sino que la había conducido a esa pelea a muerte que emprendió contra las personas que la rodeaban, convenciéndola de que todos eran enemigos suyos. Valeria lo creyó porque cuando se conocieron se sentía muy sola, maltratada por el mundo, menospreciada por la gente. También es verdad que le halagó aquella excluyente pasión que la convertía en el centro de las preocupaciones y desvelos de su nueva amiga. Sin un horizonte, después de haber dejado atrás su país, todo lo que hasta entonces había constituido su mundo, se estaba ahogando en el pozo de sus desgracias cuando su amiga extendió hacia ella esa mano, la misma que le pasaba la esponja empapada de gel. A Stella le debía todo lo que tenía, su obligación era corresponderle, se lo repetía a diario, como una letanía. Por nada del mundo deseaba cargar sobre su conciencia la culpa de otra traición. Lo malo es que ya empezaba a cansarse y no podía luchar contra el resentimiento. Por un lado, se sentía prisionera de Stella, notaba cómo su amiga se las arreglaba para depender cada vez más de ella, hasta el punto de que debía darle miles de explicaciones o mentir, si era preciso, para irse sola a una exposición, o salir a caminar sin ella, sin ella... ¡Por Dios! Eso era algo que desde hacía diez años no se podía permitir. Había llegado a un punto en que le era imposible estar consigo misma. La asfixia la llevaba al borde de la desesperación y el odio contra Stella se iba apoderando de ella.
Valeria lo admitía, la rabia que sentía contra su protectora era una monstruosidad, pero también lo era no escucharse a sí misma, no preguntarse lo que quería de la vida, no ahondar en su angustia ni en su desesperación. Perdida, atrapada en el nudo de sus emociones, languidecía en la ventana, frente a su jardín, como una niña con vestido nuevo a la que no se le permite salir para que no se manche.
Cuando se conocieron, Valeria se encontraba tan mal que ya había tomado la decisión de dejarse llevar por la corriente, acatar el mandato de su destino, todo, menos regresar cuando había dicho adiós para siempre. A los pocos meses de su llegada se estrelló contra la realidad, nada de lo que le sucedía se parecía a lo que esperaba. Se había hundido en una tremenda depresión, sin permiso de trabajo, sin residencia y sin vínculos familiares ni conexiones de ninguna clase. En los dos únicos trabajos la explotaron de forma descarada, hasta que la despidieron sin pagarle. Luego, se defendió repartiendo publicidad, con lo que sacaba sólo para la comida, pero sus necesidades crecían y ella no veía la forma de cubrirlas. El dinero conseguido con tanto esfuerzo en su patria, sus ahorros de muchos años, se le fueron como agua entre los dedos. A medida que disminuía su poder adquisitivo, perdía su seguridad y se desvanecían sus sueños de una vida distinta. ¿Qué vida? ¿Con quién?, se preguntaba con amargura, pensando en lo radical que había sido dejar su país sin darse a sí misma la opción de volver. Si alguien le preguntaba cuándo iba a regresar, le decía que por nada del mundo se le ocurriría dar marcha atrás, hacerlo significaba asumir una derrota, no sólo ante los demás, sino frente a sí misma.
Valeria aceptó el destierro con resignación y llegó a abandonarse tanto que en ese tiempo buscaba el peligro con enfermiza insistencia. Una noche que perdió el último tren, caminó durante casi dos horas por las calles más siniestras. La madrugada la sorprendió en un bar donde se gastó el dinero que le quedaba y de repente se encontró a la intemperie con los bolsillos vacíos. Fue consciente de que había buscado esa situación y aún sentía lástima de sí misma al recordar aquellos momentos. Tuvo que volver a pie a la casa donde se alojaba, eludiendo los grupos de desconocidos, las insinuaciones de quienes detenían el coche frente a la calzada. Llegó hasta el portal de aquel edificio, que le recordaba su precaria situación de huésped ocasional, con el corazón a punto de estallarle y cubierta de humillaciones, aquel era el último sitio a donde quería llegar, pero también el único al que podía ir. Los amigos que vivían en ese edificio, que unos meses atrás la recibieron con miles de proyectos, ni siquiera le dirigían la palabra y ella no sabía cómo decirles que ese mes no podría cumplir con la parte que le correspondía del alquiler. La situación era tan tensa que decidió pasar la mayor parte del tiempo fuera.
Supo lo que era dormir en la calle cuando se quedó frente al portal aterida de frío, hasta que el conserje salió a las ocho de la mañana a recoger el contenedor de basura. Aquel hombre tan antipático ni siquiera le preguntó si estaba bien. —Lo que hay que ver con estos extranjeros—, le dijo, sin disimular su desprecio. Valeria se deslizó hacia adentro acongojada, cogió el ascensor y se agarró al timbre de la puerta, hasta que Luisa, la compañera de su amigo, se levantó con cara de fiera a abrirle. Ella entró en su cuarto sin saludar, cabizbaja, y se quedó encerrada llorando el resto del día. Tan mal iban las cosas que nadie se acercó a preguntarle qué le pasaba. Fue entonces cuando Stella se presentó en su vida como la única salvación.
Desde que la vio sintió que entre ellas existía una conexión muy peculiar. Se entendieron en su afición al cine y empezaron a crear una cotidianidad los fines de semana, yendo a la primera función y comentando las películas en un bar hasta las tantas. Un día Stella se ofreció a llevarla a su casa, pero Valeria le pidió que la dejara dormir esa noche en la suya. Le contó que estaba viviendo una situación muy tensa con sus compañeros de apartamento, que si no ocurría un milagro tendría que marcharse, no ya de aquella casa, sino del país de donde iba a ser deportada irremediablemente. Stella no le dijo nada pero la llamó al día siguiente para que se entrevistara con una amiga que necesitaba una auxiliar en su despacho de abogados. El trabajo consistía en hacer los recados y ayudar a su secretaria. El sueldo no era una maravilla, pero le permitiría vivir con la modestia de una estudiante. Valería sintió que la adoraba, que había encontrado en ella a la madre dispuesta a hacer cuanto tenía en sus manos para ayudarla.
La primera vez que se vieron fue en casa de unos amigos de Stella, muchísimo más jóvenes que ella. En aquel ambiente ella irradiaba seguridad, bienestar, mundos por descubrir y promesas. Stella ofrecía una vida interesante, viajes, contactos que a Valeria podían resolverle la vida, como de hecho ocurrió. Entonces no reparó en la edad, ni en sus manías, pues todo cuanto la rodeaba colmaba sus expectativas. Pero aquellos comienzos quedaban tan lejos que ni siquiera el recuerdo de esa época ablandaba el corazón de Valeria, cuando le restregaba con fuerza la espalda a su protectora.
—Me haces daño, se quejó ésta, con una ñoñería que la puso fuera de sí.
—No te quejes, —respondió, tirando la esponja contra la bañera.
—Pero, ¿qué haces, no ves que salpicas el suelo?
—Ya lo limpiarás cuando termines.
—Vuelve aquí, Valeria, sabes que no soporto que me dejes con la palabra en la boca.
Te aguantas, respondió Valeria para sí, intentando en vano retomar la escritura de la carta dirigida a César, el amigo de toda la vida, el único que le enviaría un billete de vuelta a casa, si se lo pidiera, pero Valeria no pensaba regresar a ninguna parte, sólo huir de Stella. Sin embargo, reconocía que ella le había llenado su vida, le había dado cuanto necesitaba: un hogar, comida, trabajo, seguridad, papeles en regla y como premio, vacaciones en Costa Brava, además del regreso tranquila a la rutina al final de verano. ¿Entonces qué le hacía falta? ¿No era eso lo que deseaba ardientemente diez años atrás cuando se sentía como un perro callejero? Tal vez lo que más la hacía sufrir era el presentimiento de que había pasado de perro callejero a gato doméstico, que era como se sentía cuando Stella le reclamaba afecto.
Stella, en cambio, tenía muy presentes los primeros días en los que Valeria desplegó todos sus encantos para conquistarla: desayunos en la cama, cenas sorpresa, y un derroche de simpatía que le llenó la vida de solitaria de más de sesenta y cinco años, próxima a jubilarse, escéptica y llena de manías. Valeria se entregó en cuerpo y alma a la tarea de ganársela, hasta que consiguió que le pidiera irse a vivir con ella. El primer año todo el tiempo fueron íntimas sorpresas, viajes al campo los fines de semana, y cine los domingos por la tarde. Ante los conocidos de Stella mantuvieron una rigurosa reserva, hasta que finalmente ella decidió que era el momento de asumir la nueva condición de las dos. Luego vinieron las presentaciones formales ante los amigos, los viajes en grupo, las cenas, las visitas, las salidas durante las vacaciones, etc., y todo eso abrumaba a Valeria hasta que un día empezó a reconstruir su pasado y se encontró con que estaba sola en el mundo. Stella ya no era una compañía, ni siquiera una compañera, sino una carga que no la dejaba pensar en sí misma como individuo. Se encontró con que necesitaba respirar y el aire estaba lleno de Stella. Entonces le dio por salir a dar largos paseos sin decirle nada.
El primer enfrentamiento ocurrió tras la repentina visita de una vieja amiga de Valeria. Fue muy difícil que Stella admitiera que se alojara en casa de las dos y mucho más que comprendiera cuánto necesitaba volver a hablar íntimamente con alguien que no fuera ella. En ese momento tomó conciencia del paso del tiempo, de cuánto hacía que no conversaba con otra persona que no fuera Stella o sus amistades. Por primera vez Valeria se dio cuenta de que había perdido su yo. Con Stella había dejado de ser ella misma y ya no se reconocía ante el espejo. Se había fundido o, mejor, confundido con Stella y no lograba encontrarse. Entonces trató de recuperar pedazos de sí misma, escribiendo a antiguos amigos. Desesperada quiso reconciliarse con sus anteriores compañeros de apartamento, pero el miedo a ser rechazada se lo impidió, sólo le quedaban los del otro lado del mar. No podía explicarles lo que estaba sintiendo, antes debía contarles paso a paso lo que le había sucedido desde el momento de la despedida, explicarles quién era Stella, pero los puentes estaban rotos y sólo tuvo fuerzas para escribirle a César, que la conocía desde los cinco años.
Y no tenía otra alternativa, ya que le parecía imposible refugiarse en los amigos de Stella, frívolos y distantes. Lo peor es que no existía un rincón para ella en la nueva casa que su amiga había hecho construir para las dos, ya que la casa no tenía puertas. Aquella magnífica estancia abierta, con un jardín de ensueño, era su cárcel. Comprendió que no podía salir de allí sin que le armara un escándalo. Siempre había un compromiso, una cita, una comida, algo que le impedía disponer de una tarde. Cuando Valeria decidía salir, Stella se ponía como una fiera, exigía, lloraba, suplicaba, por último, se arrastraba, luego prometía el oro y el moro. Semejante actitud la había atrapado, la hacía sentirse importante, ya que hasta entonces nadie le había dicho que la necesitaba con tanta vehemencia. Pero Valeria al fin comprendió con tristeza que se había sucumbido a sus propias debilidades, que el precio eran las caprichosas exigencias, las demandas de afecto y el temor a que la acusara de haberse aprovechado. Ahora chirriaban en sus oídos los gritos histéricos de Stella.
Cuando salió de su país, Valeria era una muchacha alegre y vivaz a pesar de lo mucho que había sufrido por ser diferente. Esa lucha por defender lo que era y en lo que creía la había llevado a buscar otros horizontes. Pero de aquella muchacha ya no quedaba nada. Se encontraba casi tan vieja como su amiga. Esta no paraba de acaparar su tiempo y llenarse de su sangre, de su vida, como si se hubiera propuesto arrebatarle su juventud, alimentándose del tiempo de Valeria, treinta y cinco años menor que ella. Podría decirse que Stella era una niña vieja, intransigente, caprichosa, que se valía de tretas para estropear sus planes, cambiando los suyos de manera sorpresiva. Valeria no entendía por qué reaccionaba con aparente normalidad cuando le decía que se iba a quedar con una amiga y al final obstaculizaba esa cita, la obligaba a cenar con ella, mientras miraban una película que no le interesaba, pues ya ni siquiera coincidían en las películas que les gustaban.
Un día, después de un duro enfrentamiento, Stella le confesó que no podía soportar un minuto sin ella. Se pidieron perdón, se prometieron amor eterno, se entregaron de nuevo a esa quimera, sólo que Valeria ya no se sentía halagada por despertar tan frenética pasión, ya no quería acomodarse en aquella calma que seguía a las tempestades. Y de la calma pasó a una etapa de resignada aceptación, a una apatía desesperante que enfermaba a Stella. Ante la ausencia de un horizonte y ante su falta de voluntad, Valeria temía seguir al lado de su amiga, pues justamente había perdido la fuerza que empujó a la muchacha de otro tiempo a enfrentar a la familia, a su medio, a las instituciones y a quién hiciera falta para defenderse.
Stella también había cambiado en esos diez años, con la edad se había vuelto más rígida con los horarios, se ponía muy nerviosa si no llegaba a casa a la hora de la comida, y los fines de semana Valeria debía estar disponible para las compras y la organización de las tareas domésticas: los domingos cine, sólo a la primera función, los martes a la clase de natación, los miércoles a las sesiones de yoga. Una profunda tristeza se apoderó de Valeria al tomar conciencia de la monotonía de su vida. Iba como autómata, sin ignorar que algo moría dentro de ella, que empezaba a marchitarse por dentro. Pensó que quizá le hacía falta un alimento espiritual que no le garantizaban ni el yoga ni la natación.
Al ver cómo se apagaba, Stella le propuso un cambio radical de vida: irse del centro urbano a las afueras a una casa con jardín, olvidarse del estrés, de los problemas de tráfico, dejar el despacho de abogados, instalar un gimnasio en la casa para no tener que desplazarse tan lejos. Valeria había soñado toda su vida con cuidar un jardín y creía que ese sueño ya no sería posible. Entonces se olvidó de lo que estaba sucediendo dentro de ella y vio en ese cambio la esperanza de un renacimiento. Se convenció de que nadie en el mundo la iba a querer ni a comprender tanto como su amiga y se metió en ese proyecto en el que puso todas sus energías. Seis meses se dedicaron a la venta del apartamento, a la adecuación de la casa nueva, el traslado y organización. Valeria compró semillas de las flores más exóticas, mandó hacer un estanque, puso incluso un columpio para sentarse a leer todas las tardes hasta que se ocultara el sol.
A los seis meses brotaron los primeros retoños, los pensamientos y las violetas se asomaron. Desde su habitación, Valeria veía el jardín que como un milagro había florecido y le ofrecía una promesa de redención. Pero esa alegría desapareció a los pocos días cuando se encontró cara a cara con Stella, sin saber cómo decirle que quería marcharse. Temía lo que se le iba a venir encima, empezó a poner condiciones molestas: habitaciones separadas, total y absoluta libertad para compartir o no la vida social de Stella, derecho a encerrarse en sí misma sin ser acosada con preguntas. Stella aceptó a regañadientes estas condiciones, sabía que Valeria no tenía a dónde ir y que, a la postre, conseguiría convencerla para hacer algo juntas los fines de semana, aunque fuera lo que Valeria quería, como ir a caminar por el campo o sentarse en el jardín a leer cuando hacía buen tiempo. Valeria también había sembrado rosas, hortensias, camelias y geranios que rociaba con esmero, a la espera de verlos florecer, como si aquello fuera lo único que le pedía a la vida. Por las tardes se quedaba en la mecedora con un libro en el regazo, balanceándose sin parar, mientras pensaba en una forma de escapar.
Sus treinta años iban a ser cosa del pasado y aún no sabía dónde estaba ni para dónde iba, como si se hubiera despertado de un largo sueño en una estación de tren desconocida. Stella ya debía estar frente al espejo desenroscándose los malditos bigudíes, tarea que le correspondía a Valeria, pero de la que se había librado porque debía ducharse y arreglarse para salir al concierto.
—Valeria, date prisa, que no quiero llegar tarde. ¿Pero, qué diablos haces? ¿Qué esperas? ¿Es que te propones enloquecerme?
Asomada a la ventana que daba al jardín, Valeria vio con horror al gato doméstico castrado que empezaba a engordar y tuvo pena de sí misma y de ese animal desmemoriado que ceba grasa en el vientre, absorbiendo hasta las enfermedades de su ama. Ya no oía los gritos de Stella. Sin dudarlo agarró el bolso, cogió el libro que estaba leyendo, dejó las llaves sobre la mesa del comedor, arrancó de la percha un abrigo y corrió hacia la estación del tren de cercanías. No era la primera vez que lo hacía. Recordó aquella noche, diez años atrás, cuando perdió el último tren y anduvo vagando sin rumbo. Pensó que entonces tendría que haber vivido más a fondo su experiencia de perro callejero, que no lo hizo por temor a caer en el abismo. Comprendió que debía volver a ese punto del trayecto para encontrarse. Por eso no se situó en el andén que señalaba al centro de la ciudad, sino el que indicaba la dirección contraria.


Consuelo Triviño (Colombia)
Nace en Bogotá donde se define su vocación literaria. Reside en Madrid, es decir, opta por la condición de exiliada, por la nostalgia de la ciudad natal que conjura en una novela Prohibido salir a la calle, 1998 y un libro de cuentos La casa imposible, 2005. Para hacer honor a los géneros narrativos, prefiere no mencionar aquí sus libros de ensayo y otros pecados escriturales.


www.odradekelcuento.com

Anterior | Siguiente