La llama de San Isidro

 


Claudia Arroyave

 


Los gestos nobles son siempre sospechosos
E.M. Ciorán

 

Esta mañana, antes de que la plaza se llenara de gente y el olor a estiércol se filtrara por cientos de narices, un forastero amarró una llama a la estatua del Libertador. Apenas si lo vieron Merceditas, que daba su caminada mañanera, y don Alirio Cobo, que ya mismito terminaba de barrer. Pero como la primera vive tan en quién sabe dónde, ni se dio cuenta cuando bajaron el animal de la volqueta, le amarraron el cabestro y lo jalaron hasta el monumento; y como el de la escoba tiene siempre los ojos bien clavados en el piso, cuando más tarde se quisieron saber los qué de la llama, no hubo testigo de donde agarrar.
Y bien sorprendido el pueblo de que tan raro mamífero ahí cuelliatado fuese una ofrenda más —primera vez en el pueblo que en la fiesta de San Isidro se donaba una llama— comenzaron a llegar los creyentes, como cada año, con sus prendas al santo. En menos de una hora, la plaza se convirtió en mercado y nido de gallinas flacas, terneras anémicas, cabras, pollos, patos, perros, gallos y cerdos. Y pueblerinos, claro, que cuando convoca la parroquia no han de faltar. Con sus estampas más nuevas, eso sí, pues para los solteros es este el mejor balcón, como para las solteras, la pasarela más cotizada.
Todos los animales donados —menos la llama— se van encerrando en una jaula gigante con varios compartimentos, armada desde la noche anterior. Aparte de ella, en la plaza se destacan los toldillos que ofrecen hortalizas, frutas y carne. Además está el puesto de tamales que atiende doña Zulma; a la cabeza de las empanadas está doña Martina, que apenas termine donará toda su venta a la causa que inspira el santo conmemorado; detrás del mostrador de Candilejas está, como siempre, don Nazareno bregando borrachos; y, entre el tumulto, se ve pasar a don Julio César vendiendo por dos billetes de doscientos una foto instantánea con su cámara polaroid. Éste sí que se hace su agosto. Ah, bueno, y allá en la puerta central de la iglesia está Piedadcita, la sobrina mayor del cura, administrando el puesto de escapularios, laminillas de todos los santos, veladoras, agua bendita, y todo lo que la parroquia puede comercializar.
En una tarima improvisada se acaba de parar el padre Amaya a subastar. Con este cumple siete años alzando la voz el día de San Isidro, sin permitir que nadie mueva un dedo, aparte de su sacristán. “Al diablo le gusta aparecerse en forma de dinero”, es una de sus destacadas frases de homilía. Por eso, como ya se conoce los artilugios de Satán, es el más indicado para dirigir la subasta y determinar en qué se gasta el dinero recaudado (aunque es sabido por todos que éste casi siempre va a parar a la casa cural).
Y desde la tarima, el padre ve a la llama amarrada y se pregunta quién habrá sido el excéntrico solidario, pero confiado en que ya aparecerá para proponer su valor en la subasta, enciende el megáfono, tose tapándose la boca con el puño de la mano desocupada y saluda. Todos sus movimientos los sigue desde el balcón de su despacho don Próspero Cuervo, máxima autoridad municipal quien, antes de ver al dinamizador de la subasta, también se fijó en la llama y, llevándose la mano a la barbilla, se entregó por completo a la especulación. Resulta que el pueblo es más bien de bajos fondos, por eso se hace raro que en día de San Isidro se hagan tremendas donaciones. En fin, ya hubo quien la regaló, ahora falta ver si hay quien la compre.
El sacristán se prepara, lápiz y papel en mano para llevar las cuentas.
—Treinta y dos animales. Apunte bien —le recuerda el padre, no le vaya a suceder como el año pasado que dejó perder un cerdito y una gallina de puro elevado— Treinta y tres. Cuente también esa llama que ahora debe aparecer el dadivoso.

Comienza pues la subasta.
—¡Mil pesos por esta gallina, señores, escuchen bien, mil pesos! Aquí me dicen que viene de familia muy ponedora. Sólo mil para arrancar.
Alrededor de la tarima se van agolpando los presentes. Más de uno quiere aprovechar las gangas, pues bien barato sale comprarle a San Isidro uno de los animales que le donaron los feligreses. Aquí todos salen ganando, menos el padre —según dice él— que subastado el decimonoveno animal ya va perdiendo la voz.
—Acuérdense que esta platica no es para mí, hermanos, es para el bien de toda la comunidad. Muy bien, muy bien, miren ahora esta criaturita, cómprenla de una vez para que tengan tiempo de engordarlo y comérselo en diciembre. Siete mil pesos…
Del corrillo van saliendo negociantes con animales al hombro y sonrisa al diente. La mayoría de los que quedan están esperando la oferta de la llama. El sacristán acaba de escribir en su libreta el precio pagado por un par de patos y tres cabras. Apenas faltan tres animales para por fin ver quién se queda con la llama.
—Como ven, sólo nos quedan dos gatos y este buen perro pastor. De una vez aprovecho para pedirle al hermano que le donó la llamita a San Isidro, que se acerque por aquí.
Pero nada, vendidos ya los dos gatos, el donador no se presenta a la tarima y, por ser la primera vez que se subasta una llama en San Isidro, no sabe el padre cuánto pedir de base. Así que, mientras negocia el último gato, piensa velozmente qué precio ponerle al animal, que no sea exagerado y que tampoco salga perdiendo. “Con lo que den por ella le podemos cambiar el techo a la casa cural”, planea.
—Ahora sí, lo que yo sé que muchos de ustedes están esperando. Vamos a subastar la llama. Ya que el donador decidió hacer su ofrenda de manera anónima, expresando en ello una verdadera humildad, me veo obligado a ponerle yo mismo el precio base…
Entre tanto, arriba, en su despacho, don Próspero hizo en su cabeza un mapa de respuestas frente al interrogante que no le dejó trabajar. ¿Quién donó la llama? En los setenta y cinco minutos que van de venta y después de un rápido balance, llegó a la conclusión de que tuvo que haber sido un forastero muy devoto que, a cambio de un favor implorado a San Isidro, le prometió donarle una llama en su fiesta de julio, pero en un pueblo bien olvidado para que valiera la pena el agradecimiento. Y como el santo escuchó su petición, viajó muchos kilómetros con su llama y, cerciorándose de que fuesen anónimos sus pasos, entró al pueblo tempranito, tal vez cuando apenas estaba despertando, y la amarró al Libertador. ¿Pero por qué la amarró ahí? Sobre esta nueva cuestión, el alcalde trató de buscar una relación simbólica entre la llama y la estatua, por fortuna —se trata de hombre inteligente— rapidito dedujo que no habiendo dónde más ponerla, el forastero se decidió por lo que vio más práctico: un monumento en pleno centro de la plaza. Imposible que no la vieran ahí.
Tenía que ser de este modo, pensó el alcalde, alguien del pueblo no pudo haber sido, y esto no sólo porque no hay sujeto tan adinerado como para donarla, sino porque en caso de que lo hubiere, conocia a sus votantes, no habría uno tan solidario y desprendido como para homenajear a San Isidro con una llama. Ni a él mismo se le hubiese ocurrido, aunque, ya que lo piensa, imagina su protagonismo y se ve bajando las escalas de la administración, con las manos dentro de los bolsillos de su abrigo, abriéndose paso por entre los comensales que esperan la venta, caminando derechito y decidido hasta donde está la tarima, subiendo a ésta y, ante la cara sorprendida del padre, tomando el megáfono:
—Sí, queridos habitantes de esta bella tierra. Fui yo quien donó la llama. Quise hacerlo anónimamente y por eso la mandé amarrar a la estatua de nuestro insigne prócer. Pero viendo que al padre Amaya le queda tan difícil poner precio a un animal tan poco visto en nuestra región, me he visto obligado a bajar del despacho donde me hallaba trabajando en asuntos determinantes para el desarrollo, progreso y florecimiento del pueblo, y que en su momento les estaré comentando, para poner de base un valor de…
Pero no, no, no. A él tampoco se le ocurre un precio para la llama. ¿Y si baja a decir eso y de repente aparece el dueño? Se decide más bien por otra estrategia y, llevándose de nuevo la mano derecha a la barbilla, con base en las respuestas que tiene en su mapa, tarda unos segundos para entrar en acción. Antes de bajar las escalas de su despacho le ordena a la señorita Sofi que separe exactamente cien papelitos de los de su partido en dos bloques de a cincuenta, sin decirle para qué. Ella, que vino hoy domingo porque —como a sí misma se describe— es una mujer incondicional —pero la verdad es que acepta toda excusa para salir de su casa— obedece de inmediato. Su jefe no ha bajado a comprar la llama, eso lo tiene él muy claro, pues políticamente no estaría bien visto que se demostrase, sobre los intereses de los demás, su solvencia económica.
—… pero antes de decir el precio —continúa el padre Amaya— invito a Albeiro, el sacristán, aquí a la tarima para que nos diga cuánto se ha recaudado. Dios les pague por su solidaridad con la parroquia…
Albeiro toma el micrófono y comienza su balance. No es que sea un hombre muy atractivo y que llame por sobre todo la atención —aunque sea precisamente esto lo que el joven colaborador del capellán quiere imaginar—, pero de todos los lados de la plaza, incluso de las calles que allí desembocan se va acercando más y más gente para ver subastar la llama. La mayoría no tiene con qué comprarla, eso es evidente, pero por lo menos ver quién la compra es algo que nadie puede impedir. Entre ellos se acerca también don Próspero quien, abriéndose paso por entre los comensales que esperan la venta, caminando derechito y decidido hasta donde está la tarima, subiendo a ésta, ante la cara sorprendida del padre toma el megáfono:
—Esa llama no se puede subastar, padre, eso es contraproducente.
¡Contraproducente! ¿Qué quiere decir contraproducente? Todo el pueblo se queda atónito ante las repentinas palabras de don Próspero, hombre admirado profundamente por hacerle honor a su nombre. Y ante los cuchicheos de los expectantes, se ve al alcalde apagar el megáfono y mover de un brazo al padre y conducirlo hacia el proscenio de la tarima.
Mientras se sabe del futuro de la llama, don Julio César aprovecha para tomar fotos a los habitantes con el animal, y no es que tenga que pregonar mucho pues ya le espera una fila de mamás con niños de la mano. Atractivo resulta ver su encarte tratando de explicarle a los inquietos qué clase de cosa es la que está amarrada al Libertador. Ésta, por su parte, mira sin consuelo, aunque, al secarse las fotos tras ventilarlas como abanico, se ve en su boca el esbozo de una sonrisa, o eso es lo que interpreta el fotógrafo. Valioso motivo para vender más.
Los toldillos se van quedando sin clientes y sus dueños paran oreja y tratan de mirar por encima de las cabezas. Se mueren de la curiosidad. Pero hay unos más decididos, como doña Zulma, por ejemplo, que por tener en servicio un solo ojo le queda complicado enterarse desde tan lejos. Por eso, y porque a esta señora el chisme sí no la deja, abandona por unos minutos el puesto y se acerca al tumulto. A tanto llega el misterio que hasta los borrachos del bar de don Nazareno paran de beber.
En cuestión de segundos, al parecer tras un acuerdo, el padre vuelve a encender el megáfono, tose un par de veces tapándose con el puño de la mano desocupada y dice:
—En buena hora viene a alertarme el doctor Próspero sobre las rarezas de la aparición de la llama. A todos nos ha causado intriga, ¿no cierto?, pues no sabemos si es realmente una donación o la puso alguien ahí con intereses personales. Por eso, para evitar eventuales problemas si se presenta en otro momento el dueño de la llama, pedimos a su dueño que se haga presente o que nos haga saber que se trata meramente de una donación. Si no aparece, nos veremos en la obligación de suspender la subasta hasta averiguar de quién se trata.
Obviamente el pueblo se paraliza, eso de intereses personales extraña a todas las cabezas asomadas y, sobremanera, a los que creen más en el padre que en sus propias almas. Así, en pequeños corrillos, se niega cualquier conocimiento sobre el arribo del animal. A Dios gracias siempre hay entre la masa alguno que todavía piensa. Para el caso es aquel que no contento con descartarse, eleva en un solo grito el nombre de una fuente segura: “¡Don Alirio Cobo, él debe saber!”. Mas, como las palabras inteligentes a veces no conducen a nada, el barrendero, buscado e interrogado, jura no saber nada del asunto (aunque lo escueto de la respuesta es apenas una manera de adornar su contundencia: “A mí me pagan por barrer, no por ver quién deja llamas en la plaza”). Doña Martina, que finalmente también dejó el puesto de empanadas por unos segundos, piensa en la primera persona que vio en el día. “¡Merceditas!, claro, ella es de las primeras que se levanta en este pueblo”, y comparte esa posibilidad con los que tiene cerca. Sea por el deseo de enterarse de quién es tan rico y tan devoto, o por las ganas de algunos de saber quién se queda al fin con la llama, pero de voz a voz se busca con urgencia a la susodicha. Tanto alboroto para saber que lo único nítido que recuerda la pobre es que muy en la mañana vio una volqueta en la plaza. Pero, “¿Llama? ¿Eso qué es?”
Pasan así diez minutos sin que nadie diga yo y sin saber siquiera un dato del buscado. Arriba, en la tarima, el señor alcalde parece convencer de algo al padre y sólo cuando éste termina por asentir con la cabeza, vuelve a encenderse el megáfono:
—Señores. El padre Amaya como representante de Dios, y yo, como representante del pueblo, hemos analizado este extraño caso y llegado a una conclusión que quisiésemos fuese escuchada y apoyada por ustedes. Con todos los paisanos de testigos, proponemos que la llama no se venda…
Los ánimos de más de uno se vienen al piso, pero, para alivio inmediato y esperanza de aquellos que no pensaron tener semejante animal, el alcalde termina su intervención.
—Sí, como escucharon, esta llama ya no se va a vender sino que, para dar por terminada la fiesta, y como regalo y agradecimiento de San Isidro, la llama se rifará entre los presentes.
¡Rifarla! Sólo a una persona tan solidaria, tan entregada al pueblo y tan honesta se le hubiera ocurrido. Definitivamente este alcalde sí es bondadoso. Sabiendo que todos los ciudadanos se morían de ganas por el animal y nadie podía comprarlo, ha propuesto una rifa. Los pobladores están estupefactos y con las bocas entreabiertas escuchan el procedimiento. En breve, don Próspero traerá unos papeles que se repartirán entre quienes alcancen. Allí, por familia se escribirá un nombre, luego se pondrán todos en una bolsa y se sacará al ganador. Hay que hacer esto velozmente porque faltan dos cuartos de hora para la misa de doce y el padre debe irse a organizar.
Dicho y hecho. Del lado derecho de la tarima el padre reparte cincuenta papelitos timbrados con un logo sobre un lema que dice “Porque la solidaridad tiene nombre”. Del lado izquierdo, el alcalde reparte otro montón y, recogidos en una misma bolsa negra los nombres de los participantes, se disponen a rifar la llama.
—¿Y usted no va a meter su nombre, padre? —pregunta el alcalde, despertando en el sacerdote un táctico sentimiento de exclusión.
Éste, sin darse al dolor de ver aplazado el arreglo del techo de su casa, pero consciente de la transparencia que debe rodear a los guías de la comunidad, enciende el megáfono y se manifiesta.
—Yo sé, hermanos, que sonará extraño lo que voy a decirles, pero considerando que el dinero de esta llama debía pertenecer a San Isidro, creo que la parroquia también debe participar en la rifa. Y, si somos justos, también el señor alcalde, que tan gentilmente ha venido a apoyar la fiesta.
Hay entre los presentes una que otra bajita objeción, pero sin éxito. El pueblo está de acuerdo, los dos pastores deben participar en la rifa, ni más faltaba. Así que, aceptada la petición, cura y alcalde depositan el papel con su nombre en la bolsa que sostiene el sacristán. En primer lugar, hasta el fondo mete la mano don Próspero Cuervo, aprovechando para revolver y dar más veracidad a su depósito. Por último, y ya para definir la situación, el padre introduce su papel.
Albeiro cierra la bolsa con el puño y revuelca los papeles que hay en su interior. Entre los espectadores hay bendiciones, dedos cruzados, corazones a galope. Hay uno por ahí que se arrepiente de haber participado, pensando que, de ganarse la llama, no sabría qué hacer con ella. Por el contrario, feliz estaría don Julio César de ser el afortunado, pues un buen billete sacaría tomando, en los pueblos vecinos, fotos con el animal. Cada cual hace sus planes, hasta el alcalde quien, tan pronto se cierra la bolsa, por decisión propia y sin que nadie parezca oponerse, estira la mano para sacar al ganador. Y mientras la introduce hasta el codo y revuelve por última vez, dice a los presentes en un grito enérgico: “¡Mucha suerte para todos!”.
De haber banda municipal no quedaría mal en este momento la intervención de un redoblante, mas, no teniéndola, habrá que contentarse con entregar el papel del afortunado al padre para que lo lea a viva voz. Faltando diez minutos ya para las doce, éste recibe de parte del alcalde el papel y desdobla los cuatro quiebres diciendo:
—Y el ganador de la llama de San Isidro es… ¡don Próspero Cuervo! Vaya suerte, señor alcalde…
La segunda parte de la frase es acentuada más con sorpresa que con indignación. Todos lo vieron, fue cuestión de suerte, y es eso lo que se dicen entre sí los presentes, aunque no falta quien diga que hubo trampa. Y, frente a ánimos tan encontrados, el ganador, con gesto humilde y cabeza gacha, toma el megáfono una vez más:
—Yo no puedo recibir esta llama, querido pueblo, aunque por suerte se me haya asignado. No quiero despertar luego comentarios de que en este evento que nos convoca se ha hecho fraude. No. Yo prefiero renunciar a ello. Aunque, si ustedes, testigos de mi honestidad, consideran que honradamente la gané, no tendré argumentos con qué disuadirlos.
Un aplauso al unísono es la contestación de los presentes. “Sí, se la ganó el alcalde”; “Sí, doctor Próspero, la llama es suya”; “No, no es trampa, todos vimos que no”… y así se define, pues, el destino de la llama.
Cambiando rápidamente el giro a la fiesta, el padre Amaya cierra la jornada agradeciendo a todos los que se solidarizaron con la causa y contribuyeron en el buen término de la subasta de San Isidro. Invita a la misa de doce, que en menos de diez minutos estará comenzando, y fe licita sinceramente al dueño de la llama. Éste, por su parte, a la vista de los presentes y con toda tranquilidad se sube las mangas de su abrigo, dejando ver el reloj brillante que hace unos minutos, cuando metía la mano a la bolsa, le sirvió para pisar el papel con su nombre; baja de la tarima recibiendo el espaldarazo de los ciudadanos y, por ahí derecho, ordena a alguno que desate el animal y lo lleve a su casa, “hay que darle de comer, hombre. La pobre debe estar que se desmaya”.
Y siguiendo el llamado, el padre, el pueblo se dispersa. La plaza queda hecha un chiquero y viendo la nube negra, se recogen los toldillos apresuradamente porque va a llover.


Claudia Arroyave (Colombia)
Periodista, Ganadora de la Convocatoria para Proyectos Culturales del Municipio de Medellín 2005, en el género Cuento


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